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«Prólogo» - P. Julio Meinvielle (1905-1973)

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P ublicado hace más de cincuenta años, resulta, sin embargo, una advertencia de asombrosa y conmovedora actualidad. E ste escrito del P. Meinvielle, junto con el libro al que prologa, nos muestra cómo se ha ido fraguando la conspiración masónica, dentro y contra de la Iglesia, y que, lamentablemente, parece estar hoy en un momento prominente. Nos hemos permitido además, destacar  – en negrita –  los puntos que estimamos más considerables.        Hace apenas unos años, Cruz y Fierro publicó de Pierre Virion «El Gobierno Mundial y la Contra-Iglesia». Allí aprendimos a conocer los planes novísimos que la Alta Masonería estaba ejecutando en el mundo occidental para llegar al gobierno mundial, tanto en el plano económico-político como en el religioso. Un punto oscuro quedaba en la obra de Virion: ¿Cómo romper la osatura de la Iglesia Católica romana para hacerla entrar en esta iglesia Universal de la Masonería junto con los otros cultos de los que creen y no cre...

«Capítulo 21» - Ricardo Güiraldes (1886-1927)

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Del día ya no quedaba más que una barra de nubes iluminadas en el horizonte, cuando, por una lomada, enfrentamos los paraísos viejos de una tapera. Don Segundo, revisando el alambrado, vio que podía dar paso en un lugar, en que dos hilos habían sido cortados. Tal vez una tropa de carros eligió el sitio, con el fin de hacer noche, aprovechando un robito de pastoreo para sus animales. No se veía a la redonda ninguna población, de suerte que el campo era como de quien lo tomara y los arbolitos, aunque en número de cuatro solamente, debían haber volteado alguna rama o gajo, que nos sirviera para hacer fuego. Hicimos pasar nuestras tropillas al campo y, luego de haber desensillado, juntamos unas biznagas secas, unos manojos de hojarasca, unos palitos y un tronco de buen grueso. Prendimos fuego, arrimamos la pavita, en que volcamos el agua de un chifle para yerbear, y, tranquilos, armamos un par de cigarrillos de la guayaca, que prendimos en las primeras llamaradas. Como habíamos hecho...

«La estirpe de un instinto» - Ernesto Giménez Caballero (1899-1988)

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    Hasta hace seis años, yo no conocí Roma. No sólo no la conocí, sino que no me había importado conocerla.     Yo era liberal y socialista. Y escribía en la prensa más siniestra de España. Y mis ídolos espirituales eran aquellos que me llegaban por filtración, y a través de los maestros que entonces regentaban mi cultura. Ídolos que podían resumirse en unos cuantos nombres de ciudades o civilizaciones: París, Londres, Berlín (un poco, Moscú). O bien, en este imperativo categórico: «europeizarse».       Yo había sido uno de tantos muchachos españoles que se habían visto obligados a obedecer ese imperativo categórico, pendiente entonces –antes– sobre las almas españolas, como una especie de espada de Damocles. Había que «europeizarse», que «civilizarse», que «humanitarizarse». España era «bárbara», «rural», «antieuropea» y «atrasada». España padecía una gravísima enfermedad, que sólo tenía remedio en las clínicas de Centro-Europa, donde unos ...

«Carta a Charles Maurras» - Ernesto Psichari (1883-1914)

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Agosto de 1913 Estimado señor: Me excuso por agradecerle tan tarde el envío, halagüeño con exceso, que ha tenido a bien hacerme de su libro. Doblemente crucificado a un sable de oficial y a una pluma de escritor, llevo una vida sin respiro, en la que a menudo me veo forzado a descuidar así mismo mis deberes más caros y más urgentes. Y además, ¿se lo he de confesar?, la lectura de La «Action Francaise» y la religión católica ha despertado en mí sentimientos tan complejos y a la vez tan intensos que temía, al tomar la pluma, debilitar su expresión. No mida, pues, por el tiempo transcurrido desde su generoso pensamiento, la magnitud de mi reconocimiento y la amplitud de mi admiración. Y en cuanto a mi admiración, estoy contento de que me haya dado ocasión de expresarle un sentimiento tan antiguo, tan constante, tan ligado a mí mismo como ése. Es Ud. el único hombre de nuestros días –y hay que remontar mucho en el pasado para encontrar un pensador que se le compare–, el único que h...

«El Imperio no soñado» (fragmento) - Felipe Ximénez de Sandoval (1903-1978)

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En el «Día de la Hispanidad», vaya esta publicación como homenaje y gratitud a España,  nuestra madre patria  y, en ella, a todos los conquistadores y misioneros que nos han legado nuestro idioma castellano y la gracia de nuestra santa religión. [...]      Cristóbal el marino va y viene con su niño de la mano desde la Rábida a Santa Fe de Granada. La urgencia de la guerra con los moros aplaza un día y otro la decisión en el asunto. El genovés maldice interiormente de tanto moro y tanto cristiano que retrasan por su guerrita intrascendente el acontecimiento más grande de la época. ¿Qué importa que Granada caiga o no caiga? ¿Puede tener más importancia una ciudad –aunque tenga dentro una Alhambra y cien mezquitas– que el camino que él está seguro de hallar para Eldorados inmensos e incógnitos? La guerra de moros ha producido ya los romances del Cid y los fronterizos. Las letras españolas necesitan nuevos temas. La Historia está cansada de monótonas guerras y p...

«La Batalla de Lepanto» (fragmento) - William Thomas Walsh (1891-1949)

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[…]                  H acia las dos de la mañana del domingo 7 de octubre, un viento fresco y firme saltó del Poniente y rizó el mar Jónico, despejando el cielo y barriendo la niebla. Don Juan, recostado e insomne en la cámara de su Real , se dio cuenta de que estaba en medio de un inmenso lago, alumbrado por la luz de la luna. Dio la orden, y las grandes áncoras se levantaron; se desplegaron las velas y los pesados cascos empezaron a hendir el agua trémula, como para alcanzar el amanecer en la costa de Albania. Cuando apareció el sol radiante, sobre el golfo de Lepanto, el vigía de Doria, en la vanguardia, apercibió un escuadrón del enemigo, a doce millas de distancia, que regresaba de una descubierta en Santa Maura. La bandera de señal apareció en lo alto del mástil de la nave real, en la que Doria vigilaba. «Aquí venceremos o moriremos», gritó Don Juan, exultante; y ordenó que se desplegara la bandera verde, que era la señal convenida p...