«La Iglesia en la ‘Leyenda Negra’ hispano-americana» - Rómulo D. Carbia (1885-1944)
«…La “Leyenda negra hispano-americana”, pues, fue, cuando menos, un combinado ataque contra España y contra la Iglesia, y, quizá, en algún momento, más contra la Iglesia que contra España…»
Desde hace aproximadamente una doble decena de años, he venido acumulando materiales para abordar, con la severidad de exigencia, el estudio del origen, difusión y verdadero punto de mira de la leyenda negra hispano-americana. Todo hombre culto la conoce. Es aquella conseja según la cual cuanto Castilla realizó en el Nuevo Mundo se redujo a una diabólica hazaña de pillería, en la que lo burdo atroz rimó al unísono con lo más refinadamente inicuo. Lo que no todos saben, sin embargo, es que quienes explotaron la fábula buscaban a la Iglesia por encima de España, y que, en el supuesto más favorable para ellos, aparecen siempre fusionando en un mismo desamor –el que tenían al monarca católico y el que profesaban a la catolicidad de éste– la razón que acicateaba los ataques.Poco efecto tuvo, a tal respecto, el grito de alerta con que a principios del siglo XVII Vargas Machuca llamó la atención sobre el aprovechamiento que, para sus planes religiosos, los hugonotes hacían de la leyenda[1]. Los pocos que llegaron a conocerlo, no se resolvieron a prestar crédito al peligro que Vargas insinuaba en su Discurso. Quizá creyeron que se excedía en los temores. Y, lógicamente, aquel llamado a la realidad no tuvo frutos. No es posible negar, esto empero, que el trono español, anticipándose inclusive a Vargas Machuca, había dispuesto –hoy diríamos oficialmente– que el mundo fuera informado con verdad, acerca de todo lo atañedero a su obra en América[2]; pero tampoco lo es que el aspecto puramente anticatólico de la campaña difamatoria, no fue contemplado como habría sido necesario y justo. Castilla, esto es cierto, dispuso que se documentara, en una crónica verídica y con solidez erudita, la preocupación que ella tuviera por difundir la Fe en las tierras develadas por Colón, así como, también, el cuidado que prestara a todo cuanto se vinculaba con el culto divino[3]; pero la verdad es que lo que con ello se perseguía, muy de preferencia, era dar cimiento al por entonces discutido justo título. Llamábase así al derecho legítimo que para la total conquista americana, España proclamaba como suyo, y cuya licitud procedía de la donación papal de 1493, que sólo le había impuesto una condición esencial: la de propagar la doctrina evangélica. Insisto, pues, en que el aspecto de ataque a la Iglesia que involucraba la leyenda, no fue por entonces contemplado, por lo menos con la nitidez de rigor. Y como, en el andar del trajín erudito al que ya me referí en los comienzos de esta nota, he ido viendo perfilarse tal singularidad específica del incalificable fabulón, me ha parecido útil extraer del libro, próximo a aparecer[4], y a modo de anticipo suyo, las conclusiones que, en este particular, tengo logradas en mis pesquisas. Tal es el asunto real de las presentes líneas.
Ahora bien: ¿qué fundamento tiene la aseveración de que es la Iglesia el punto de mira último y capital del conocido engendro? La respuesta me es fácil. Bástame exhibir algunas de las diez y siete láminas en que, hacia fines del siglo XVI, el editor holandés Bry concretó la visión objetiva de la leyenda. Aquí mismo inserto dos. Ambas son por demás elocuentes. Para cualquiera que las observa, la Iglesia, aparece, cuando menos, como un cómplice de las atrocidades. Y un cómplice que saca provecho de las circunstancias.
El niño bautizado en las
condiciones en que nos lo exhiben en la lámina primera, así como el indígena a
quien se predica el Evangelio mientras las llamas de la hoguera aniquilan sus
carnes, tal como lo pinta la lámina segunda, son pruebas que patentizan la
dolosa intención de los propagadores de la calumnia. El enemigo verdadero era
el Papado, la Iglesia, lo católico romano, y en la misma protesta contra la
España, dominadora de Flandes, había más de sentimiento religioso que de móvil político
o anhelo patriótico. Hasta lo testifica el hecho de que, cuando parte de
Flandes –aquella que era la parcela realmente católica– se avino a permanecer
bajo el dominio de Felipe II, los holandeses reformados hincaron más hondo el
diente de la difamación y lanzaron a los vientos, en versión al francés, –pues
era esta lengua la mejor conocida por los reacios a sus inspiraciones–, el desdichado
panfleto del P. Las Casas: Brevísima relación sobre la destrucción de las
Indias. La torcida intención está a la vista. Alzan contra España una grita
en la que el vocero mayor es, nada menos, que un misionero indiano, que, para
colmo, había ceñido la mitra episcopal. Se ofrece así su testimonio como
irrecusable, desde que es uno de la grey. Y se señalan los pasajes en que el
dominico denuncia horrores, cuya responsabilidad deben repartirse, por mitades
parejas, la espada del rey y la cruz de los evangelizadores. Claro está que,
cuadrando ello maravillosamente al objetivo que los hugonotes perseguían, el título
original de la Obra del P. Las Casas no fue conservado y se le substituyó por
otro que rezaba: Tiranías y crueldades perpetradas por los españoles en las
Indias Occidentales[5].
Para mejor denuncia de propósitos, el impreso fue decorado con un añadido
bien elocuente. . . Decía: Pour
servir d'exemple et advertissement aux XVII Provinces du páis bas[6].
Este recurso, por otra parte, ha sido de todos los
tiempos. En estos que nos alcanzan, hemos asistido, nuevamente, a su
reflorecimiento. Hace denuncias de tal realidad, la lámina que, al comienzo,
ilustra esta nota. Trátase de la portada de una publicación, tendenciosa y
perversa, hecha en Alemania en los días en que el paganismo oficial arremetía
contra la Iglesia. La carátula –cualquiera lo advierte– está inspirada en una
de las láminas de Bry que aquí se reproduce, y lleva un título que es, en sí
mismo, un categórico pregón de lo que el editor busca sin esbozos. Bajo
el signo de la Cruz, reza la portada, traducido el texto en su más
exacto sentido. Y, naturalmente, intenta así proclamarse que es la Cruz
–nuestro excelso símbolo cristiano– la que, por encima de todo, ha dado amparo
y ha prestado sombra de protección a cuantos horrores describiera Las Casas con
el propósito de exhibir lo que tenía por genuino de la conquista americana. El
propósito avieso salta a la vista y no requiere señalamiento mayor. Ello, a
pesar, me resisto a silenciar que el prólogo introductorio con que el libro se
abre, ofrece todas las características de fina perversidad y avieso fondo que
tipificó el modus operandi de los hugonotes de las
postrimerías del siglo XVI, y de principios del siglo siguiente.
Y esto basta. La «Leyenda negra hispano-americana», pues, fue, cuando menos, un
combinado ataque contra España y contra la Iglesia, y, quizá, en algún momento,
más contra la Iglesia que contra España. Me lleva a sostener esto último, la
verificación de que la repudiable fábula fue empleada en España y por
españoles, en las campañas ideológicas a las que se entregó el liberalismo
ceñudo de principios del siglo XIX. Mucho puede
decirse acerca de esto, pero no quiero anticipar lo que ya tengo escrito
en «La historia de la leyenda negra hispano-americana» próxima
a aparecer[7]. Allí desarrollo, con prueba superabundante, las aserciones que
constituyen mi punto de vista personal en este asunto. Y a tal lugar remito a
cuantos quieran conocer los fundamentos de lo que aquí sólo presento en esbozo.
* En Revista «Sol y
Luna», N°2, Buenos Aires, 1939.
___________________
[1] Bernardo
de Vargas Machuca: Defensa de las conquistas occidentales. Este
tratado forma parte de sus Discursos apologéticos, inéditos
hasta mediados del siglo XIX.
[2] Tal
lo certifica el mandato dado al cronista mayor Antonio de Herrera y
Tordesillas, y al que éste respondió en sus Décadas. La orden
real va implícita en su designación, hecha en 1596.
[3] Esta
fue la comisión dada, en 1635, al doctor Tomás Tamayo de Vargas (Véase:
Carbia: La crónica oficial de las Indias Occidentales, La
Plata, 1934, págs. 186 y siguientes).
[4] «La
historia de la leyenda negra hispano-americana».
[5] El
libro es la reproducción del panfleto de Las Casas, exornado con las 17 láminas
de la edición de Bry, de fines del siglo XVI. Ha sido publicado, en 1936, por
Adolfo Klein, de Leipzig, bajo la dirección de Alfred Miller, que es quien se
ha encargado de presentar la figura de Las Casas acomodada a las conveniencias
de su finalidad proselitista.
[6] Translitero
la leyenda sin variarla en nada. Ella es la que lleva el libro a que me refiero
y que fue impreso en Amberes, en 1589, por François de Ravelenghien.
[7] Poseemos un ejemplar de este excelente
libro de Carbia, «Historia de la Leyenda Negra Hispano-Americana», que fue editado
por Ediciones Orientación Española – Buenos Aires – 1943. No se indica allí si
es la primera edición o alguna subsiguiente. (Nota de «Decíamos ayer…»)
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