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Mostrando las entradas con la etiqueta Don Segundo Sombra

«La sombra del centauro» - Rubén Calderón Bouchet (1918-2012)

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«...es la nostalgia que habita en el alma de los viejos argentinos como si hubiéramos perdido para siempre la oportunidad de ser algo que el destino nos hizo entrever y luego nos lo arrebató, sin explicarnos muy bien lo que era». Se dice que Don Segundo Ramírez, un paisano que sirvió en su estancia, fue el modelo que tomó Güiraldes para gestar la epopeya de Don Segundo Sombra . Es muy probable que así sea; no obstante, el carácter paradigmático de su figura gauchesca supera los límites que podríamos hallar en un hombre singular. En él se concentran todas las fuerzas de una tradición étnica y sería muy improbable encontrarlas encarnadas en una persona de carne y hueso por ejemplar que nos pareciera. Don Segundo Sombra fue concebido por un poeta y por un poeta que no solamente conocía a fondo la vida de nuestras pampas, sino que era capaz de apreciarla desde adentro: en la profundidad de su sangre y de su estirpe. Don Segundo Sombra es también Güiraldes y casi seguramente uno de los co...

«¡Hacéte duro muchacho!» - Ricardo Güiraldes (1886-1927)

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En la pampa las impresiones son rápidas, espasmódicas, para luego borrarse en la amplitud del ambiente, sin dejar huella. Así fue como todos los rostros volvieron a ser impasibles, y así fue también, como olvidé mi reciente fracaso sin guardar sus naturales sinsabores. El callejón era semejante al callejón anterior, el cielo permanecía tenazmente azul, el aire aunque un poco más caluroso olía del mismo modo y el tranco de mi petiso era apenas un poco más vivaracho. La novillada marchaba bien. Las tropillas que iban delante llamaban siempre con sus cencerros claros. Los balidos de la madrugada habían cesado. El traqueteo de las pezuñas, en cambio, parecía más numeroso y el polvo alzado por millares de patas iba tornándose más denso y blanco. Animales y gente se movían como captados por una idea fija: caminar, caminar, caminar. A veces un novillo se atardaba mordisqueando el pasto del callejón, y había que hacerle una atropellada. Influido por el colectivo balanceo de aquella marcha, me ...

«Capítulo 21» - Ricardo Güiraldes (1886-1927)

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Del día ya no quedaba más que una barra de nubes iluminadas en el horizonte, cuando, por una lomada, enfrentamos los paraísos viejos de una tapera. Don Segundo, revisando el alambrado, vio que podía dar paso en un lugar, en que dos hilos habían sido cortados. Tal vez una tropa de carros eligió el sitio, con el fin de hacer noche, aprovechando un robito de pastoreo para sus animales. No se veía a la redonda ninguna población, de suerte que el campo era como de quien lo tomara y los arbolitos, aunque en número de cuatro solamente, debían haber volteado alguna rama o gajo, que nos sirviera para hacer fuego. Hicimos pasar nuestras tropillas al campo y, luego de haber desensillado, juntamos unas biznagas secas, unos manojos de hojarasca, unos palitos y un tronco de buen grueso. Prendimos fuego, arrimamos la pavita, en que volcamos el agua de un chifle para yerbear, y, tranquilos, armamos un par de cigarrillos de la guayaca, que prendimos en las primeras llamaradas. Como habíamos hecho...

«Ricardo Güiraldes»
IGNACIO BRAULIO ANZOÁTEGUI (1905-1978)

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Ricardo Güiraldes tenía el nombre gaucho como él solo. Nombre de estanciero con estancia grande en la mitad de la pampa, abandonada y quieta. Nombre anudado de años, en la silenciosa paciencia del descampado. Nombre para decirlo en el guitarreo largo de los anochecidos, como si fuera el santo y seña de la pampa. Ricardo Güiraldes supo llevar su nombre igual que una esperanza, al tranquito, y acariciándole el cuello, en dirección a la fama. Y la noche del campo se le venía encima como una purificación. Él conoció la gloria de que la pampa misma le llamara por su nombre entero, en las tardes tranquilas y silenciosas. Y se sintió nombrar en las roldanas madrugadoras de los claros aljibes embaldosados de cielo y de mañana. Como nadie, él recorrió la pampa de punta a punta, al galope tendido, con su constancia larga. Él se sabía todas las mañas del pampero que se viene caracoleando desde lejos. Y que en los árboles de la estancia se infla fuerte, como azotando sábanas moj...