«Lecciones de Historia Rioplatense» (fragmento) - Federico Ibarguren (1907 -2000)

En un nuevo aniversario de la gran gesta de la Reconquista y Defensa de la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, en 1806 y 1807, vaya nuestro homenaje a todos los defensores que supieron rechazar con gran coraje y valentía al hereje invasor.  

Las invasiones inglesas
Miranda tiene una importancia grande en nuestra historia, como acaba de verse[1]. Encarna una de las corrientes más activas que interfiere en la revolución de Mayo: la que pacta con el extranjero –siguiendo precedentes borbónicos– recogida sin saberlo por los «morenistas», los «alvearistas» y, más tarde, los «unitarios» de las luchas civiles argentinas.

Pero hubo también patriotas que buscaron la emancipación alegando razones intransigentes, heredadas de la España Contrarreformista. Son los soldados que actuaron en nuestras guerras contra los portugueses y en la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, durante los años de 1806 y 1807. Los patricios de Cornelio Saavedra en 1810. La montonera de Artigas, caudillo de la Banda Oriental invadida por enemigos seculares imperialistas. Y la hueste federal de Rosas, triunfadora en dos memorables ocasiones de Francia e Inglaterra, a la sazón las potencias más poderosas de la tierra.

Ya saben ustedes que las tan mentadas invasiones inglesas al Río de la Plata se hicieron posibles, a raíz del triunfo de Nelson en Trafalgar, el 21 de octubre de 1805. A partir de entonces es Gran Bretaña quien precipita los acontecimientos, preparando con sigilo una expedición marítima que puso al mando de Popham, quien debía salir del Cabo con destino a Buenos Aires.

Dicha flota llega a la vista de esta Capital –como se sabe– en la segunda quincena de junio, y después de desembarcar en el banco de Ortiz, sus jefes ordenan el desembarco a la altura de Quilmes. Sobremonte es el virrey a cargo del gobierno. Ya había actuado sin brillo en la guerra llamada de las «naranjas» (1801) entre España y Portugal, en la que la primera perdió los siete pueblos de las misiones Orientales uruguayas. Su actitud será ahora mucho más lamentable, por desgracia. Huye precipitadamente a Córdoba con los caudales, para trasladar tierra adentro –según dijo– la capital del Virreinato; en tanto los porteños, inermes, quedan lamentablemente solos y librados a sus propias fuerzas.

Pero la acefalía no dura mucho y surge de inmediato una personalidad salvadora: Santiago de Liniers, hombre del antiguo régimen –francés noble y marino por añadidura– que se había puesto al servicio de España llegando al Río de la Plata en la expedición de Pedro de Cevallos, triunfante sobre los portugueses allá por 1777. Liniers ya era maduro en aquel tiempo (tenía 53 años de edad) y, a la sazón, mandaba una escuadrilla en el Estuario. Sobremonte, desconfiando de él, lo relevó del cargo en el preciso momento que nos ocupa.

Liniers, Pueyrredón y Álzaga
Debo dar por conocidos los acontecimientos que se producen inmediatamente de pisar los ingleses tierra argentina en 1806. No voy a referirme, pues, a ellos en detalle.

El invasor no puede ser frenado por las milicias improvisadas del subinspector de Milicias y Tropas Regladas, Pedro de Arze; las cuales se dispersan. La hueste de Beresford avanza incontenible, sin encontrar mayor resistencia a su paso. Liniers, desconcertado y presintiendo el desastre, trata vanamente de ponerse al habla con algunos jóvenes patriotas, pero resuelve enseguida trasladarse a Montevideo y, junto con Ruiz Huidobro, organizar desde allí la Reconquista.

Los ingleses ocupan así la ciudad sin resistencias. Entretanto, en Buenos Aires, aparece una figura juvenil, arrogante, a quien los acontecimientos militares darán bien pronto jerarquía de caudillo: Juan Martín de Pueyrredón. Había completado, siendo muchacho, su educación en Francia, de donde procedía su padre, y era –hijo, por la sangre, de la patria de Enrique IV– enemigo a muerte, lógicamente, de los británicos. Reunió pues a unos cuantos gauchos (Pueyrredón ya contaba con una apreciable fortuna) librando heroica acción en Perdriel, donde destacó el joven notables condiciones de arrojo personal. Mas su gente fue dispersada sin dificultades por el invasor.

Sin embargo, a pesar del fácil triunfo de Beresford, los intrusos –odiados por la población– fueron recibidos con hostilidad sorda cuando tomaron posesión de la Capital en nombre de S.M.B. Refiriéndose a esto, nos dice el documentadísimo historiador Carlos Roberts[2]: «El vulgo los miraba como herejes y capaces de aplicar sus leyes intolerantes si llegaban a dominar, y la Iglesia no titubeaba en proclamar sus guerras como religiosas. Muchos de los ingleses que formulaban planes de expediciones a América, llamaban la atención del Gobierno sobre esta dificultad, y proponían formar y enviar cuerpos formados puramente por católicos, tanto oficiales como tropa, en lo que no les faltaba razón... Los soldados irlandeses católicos desertaron en gran número en Buenos Aires y Montevideo, y muchos se juntaron con la tropa criolla haciendo sin duda propaganda anti-inglesa».

La gran masa del criollaje de la ciudad y sus alrededores tachaba –según se ve– a los británicos de herejes, educada en el espíritu de la Contrarreforma del siglo XVI. De ahí que bien pronto, fueran formándose núcleos patrióticos de gente resuelta en todas partes, anunciadores de la inminente reacción. Liniers, desde Montevideo, organiza una mesnada y atraviesa el río por sorpresa, poniéndose en contacto con la milicia de Buenos Aires. En forma rápida e improvisada –lo que vale fundamentalmente en toda resistencia es el espíritu– se planea la Reconquista. La epopeya se lleva a cabo, con pleno éxito, triunfando en toda la línea el día 12 de agosto de ese mismo año.

Confundido en el tropel de voluntarios de todas las edades, peleó –en esa jornada– el niño de apenas trece años, Juan Manuel de Rosas, con «una bravura digna de la causa que defendía». Consta el hecho concreto en carta de felicitación que Liniers envió a la madre del muchacho (Agustina López de Osornio), el día 13; carta que fue publicada por Adolfo Saldías en el tomo 1º de su Historia de la Confederación Argentina. «También en estas invasiones inglesas al Río de la Plata –anota el uruguayo Juan Zorrilla de San Martín[3]– nos encontramos con un capitán o ayudante mayor, José Artigas, quién, hallándose enfermo, al ver que su regimiento se queda de guarnición en Montevideo cuando sus camaradas han partido a la reconquista de Buenos Aires, ruega al gobernador Huidobro que le permita incorporarse a la gloriosa cruzada. Huidobro accede; le da un pliego para Liniers. Artigas cruza solo el río; alcanza la expedición, cuando ésta va a expugnar a Buenos Aires; pelea en los Corrales de Miserere, en el Retiro, la Plaza Victoria. Rendido el inglés, es él quien se presenta a Huidobro en Montevideo con el parte de la victoria; ha repasado el río en una barca; ésta ha naufragado, y el animoso tripulante, desnudo como el heraldo de Maratón, ha ganado la orilla a nado, con la feliz noticia».

Y bien: fue el pueblo de Buenos Aires por sí, y no un ejército español europeo, quien lograría de Beresford la gloriosa capitulación militar valiéndose de Liniers, que era, a la sazón, su jefe de guerra. Éste, eficazmente secundado por Pueyrredón y Martín de Alzaga (el gran alcalde vasco, tan calumniado por nuestra historia), encarnaría en esos días terribles el fecundo despertar tradicionalista en defensa de la religión católica y de la soberanía hispana en las regiones del Plata. «...O el amo viejo o ninguno», para decirlo en la tajante frase de Manuel Belgrano.

De ahí el sustancial antagonismo que separó enseguida al criollaje, en dos incompatibles corrientes, durante la cruenta lucha por nuestra emancipación política de España. La de los «mirandistas»: actuando desde las cancillerías extranjeras, ideólogos impenitentes que obraban contagiados por el liberalismo francés, británico o yanqui. Y la de los otros: rudos soldados en los momentos de peligro común; fieles a la voz de la Iglesia Católica; con arraigo en su tierra y en su raza. Hombres telúricos necesarios: Caudillos.

Después de la Reconquista
La primera invasión inglesa termina, al cabo, con una capitulación cabal. Se rinden los agresores, quedando prisioneros muchos de sus oficiales. Pero, impotentes de avasallarnos por las armas en 1806, nos dejaron los gérmenes deletéreos de su ponzoña herética y mercantilista.

El establecimiento firme de las primeras logias masónicas –está probado– se remonta, en Buenos Aires, a ese año crucial de la Reconquista, precisamente. Mientras en España se constituyen con los Borbones (1726), en Buenos Aires comienzan recién con los ingleses.

Dos logias principales instálanse en la ciudad después de 1806: la mentada «Estrella del Sur», primero, y la denominada «Hijos de Hirám», inmediatamente después. Mediante tales instrumentos, el tenaz enemigo consigue infiltrarse poco a poco, hacerse de adeptos influyentes, sobornar funcionarios de la administración, mechar a comerciantes con intereses contrarios al proteccionismo imperante; logrando organizar así con gran paciencia y habilidad una sutil «quinta columna» en el corazón del Plata. Contando con ella, Inglaterra preparará su segunda invasión: su revancha.

Al año siguiente, una poderosa expedición a cuyo frente marcha el brigadier Samuel Auchmuty, ocupa Montevideo, llegando después John Whitelocke a la capital del Virreinato, con 9.000 hombres de tropa y 9 barcos de guerra. Adviertan ustedes, señores, la importancia extraordinaria que para S. M. B. tenían las posesiones españolas del nuevo mundo. Sin duda, el agresor organizó muy bien aquí su «servicio de inteligencia», para continuar la obra separatista, en el supuesto de repetir, los criollos, su hazaña reconquistadora del 12 de agosto. Whitelocke llegó, por eso, con instrucciones precisas dadas oficialmente por el gabinete inglés, que nos revelan sus finalidades en 1807.

Escribe sobre este particular, Carlos Roberts[4]: «Lo primero que hizo el gobierno fue enviar un barco veloz al Cabo, el sloope Fly para darle a Craufurd[5] la noticia, ordenarle abandonara su expedición a Chile, y partiera al Río de la Plata para ponerse a las órdenes de Auchmuty (quien tomará la plaza de Montevideo defendida por el general Ruiz Huidobro). Al mismo tiempo, ordenó a Wellesley presentara un memorándum sobre el asunto, expidiéndose el 29 de enero de 1807. En él dice que sin duda ya Auchmuty, con la ayuda del refuerzo del Cabo, habría tomado a Montevideo (en verdad, esto sucedió el día 2 de febrero de 1807), y que cuando se le juntara Craufurd era de esperarse que sería tomada de nuevo Buenos Aires. Como habría en el Río de la Plata un ejército considerable, con tres generales de brigada, Auchmuty, Craufurd y Lumley, recomendaba se enviaran dos buenos generales, de habilidad y de rango superior, el más antiguo como gobernador y al más moderno, que debería ser un oficial de mucho servicio, como jefe de las tropas, bajo las órdenes del primero. Consideraba que, para mantenerse en el país, se necesitarían para la Banda Oriental 1.200 hombres de infantería y 400 de caballería; para Buenos Aires 2.500 de infantería y 1.000 de caballería, y para el interior, en Córdoba, 1.500 de infantería y 700 de caballería; en total 5.200 de infantería y 2.100 de caballería, o sean 7.300 hombres. El gobierno hizo suya la indicación de enviar dos generales de rango, eligiendo al teniente general Whitelocke, quien había solicitado el cargo, y el mayor general Levisón Gower, los que llevarían más refuerzos aún; pero éstos no eran, evidentemente, del tipo de hombre que proponía Wellesley, como se verá leyendo sus biografías en el capítulo correspondiente y viendo su actuación posterior. El 24 de febrero, el ministro Windham avisó a Whitelocke su nombramiento por el rey, de comandante en jefe de las fuerzas en Sudamérica, al que se le agregó el 6 de marzo de 1807 el cargo de Gobernador Civil, con un sueldo suplementario de £ 4.000 por año. Whitelocke partió para su destino el 9 de marzo».

Estos testimonios irrecusables desmienten, en forma categórica –creo yo–, lo alegado por algunos historiadores nuestros de que las invasiones de marras fueron aventuras de almirantes audaces, sin expresa autorización real (cuando no, contrariando los sentimientos y órdenes del rey de Inglaterra). Todo lo contrario en verdad, según queda terminantemente probado aquí.

La Defensa
Y bien, lo ocurrido después del 2 de febrero de 1807, se sabe al dedillo.

Caído Montevideo en poder de Auchmuty, prosigue de inmediato la invasión a nuestra ciudad. La ingloriosa defección de Sobremonte, del año anterior, había originado el célebre Cabildo Abierto del 14 de agosto, que impuso a Liniers como Jefe Supremo de las fuerzas militarizadas, con prescindencia del virrey legal, refugiado ahora en la Banda Oriental. El gobierno civil recayó –por mandato de aquel Cabildo– en la Audiencia. Y Santiago de Liniers se convierte, así, en el ídolo del criollaje movilizado con motivo de la heroica Reconquista.

Pueyrredón había creado ya el cuerpo de Húsares a caballo de su nombre –compuesto por jóvenes escogidos de ascendencia hidalga–, admitiendo voluntarios con obligación de costearse pecuniariamente la instrucción, el armamento y el uniforme. «Debido a la forma de constituir los batallones, la emulación fue grande y Buenos Aires se convirtió en una gran plaza de armas –comenta Carlos Roberts[6]–. Todo el mundo hacía instrucción de 5 a 8 de la mañana, y los negocios y oficinas abrían sus puertas recién cuando los soldados volvían. Liniers resultó un activo y entusiasta organizador y supo infundir su espíritu en sus subalternos».

Caída la plaza de Montevideo, una Junta de Guerra presidida por el héroe porteño de 1806, resuelve comunicar a Sobremonte (el 10 de febrero) su destitución definitiva. Quedan, así, a cargo de aquel marino francés y del Cabildo, los preparativos militares para la defensa de la Capital a punto de ser asaltada nuevamente desde la otra Banda. 

El flamante conductor de los criollos –acaso pagado de su fuerza– mostróse partidario, a la sazón, de dar una batalla campal, a cuyo objeto organizó la caballería que debía hostilizar a los invasores británicos, atrayéndolos a un lugar, para allí atacarlos y deshacerles el ejército. ¡Plan arriesgado el de jugar toda la suerte a una sola carta! Su resultado, en consecuencia, fue la derrota de Miserere.

La sede gubernativa del Virreinato quedó, pues, a merced del enemigo. El Ayuntamiento, ahora responsable del desastre, constituyóse en sesión permanente afrontando la tormenta en medio de la angustia y desasosiego generales. En esta hora trataron, conferenciaron y convinieron los señores –reza el acta capitular del día– en que el medio más adecuado para alcanzar la victoria era implorar la protección del divino auxilio, y en vista de ello votaron hacer un novenario a nuestro glorioso San Martín...” (Se refieren al Santo de Tours).

Entretanto, como corolario del drama, la figura recia y señera de Martín de Alzaga –cuya energía produjo asombro después de la defección de Liniers– irá cobrando relieves destacados. Él personalmente fue quien organizó la defensa de la capital: calle por calle y casa por casa. Mandó abrir trincheras en lugares estratégicos del centro y sus alrededores. Levantó censos de armas, pólvora y municiones de boca. Ordenó aceleradamente la resistencia popular desde las azoteas, balcones, etc.

Martín de Álzaga es el hombre de esta jornada heroica de julio de 1807. Y, en honor a la verdad, quien en la capitulación final impuso a John Whitelocke, general vencido, el retiro y entrega –al término de dos meses– de la plaza de Montevideo tomada por Auchmuty.

«Que se defiendan como puedan»

Las invasiones inglesas, que acabo de reseñar muy brevemente, tuvieron la virtud de provocar en el pueblo criollo victorioso la conciencia de su responsabilidad y de su fuerza. Transformaron (como por ensalmo) a una generación predestinada de argentinos, enseñándoles –con sangre– el verdadero camino intransigente de la independencia nacional: sin tutelas ideológicas ni protecciones extrañas.

Nos cuenta la historia vernácula que, pasados los episodios del 12 de agosto, el Cabildo de Buenos Aires envió un representante a España para pedir urgentes auxilios materiales –armas y dinero– y, al mismo tiempo, le fueran otorgados a la ciudad, títulos honoríficos por su lealtad y espíritu de sacrificio demostrados al Rey. El nombramiento recayó en el joven Juan Martín de Pueyrredón, quien, después de largas gestiones, consiguió en Madrid el tratamiento oficial de «Excelencia» reclamado por Buenos Aires. Respecto a la ayuda en milicias y armamentos, la metrópoli no se mostró tan generosa; actitud ésta que fue comunicada por el emisario a su mandante porteño. Las autoridades hispanas habíanle respondido lacónicamente a aquel muchacho criollo: Que las colonias se defiendan como puedan. Frase histórica que legitimaría los acontecimientos posteriores ocurridos en Buenos Aires (luego de 1810), malgrado la opinión en contrario de rancios funcionarios realistas y de no pocos patriotas retardados de la época.

Entre tanto, los ingleses tenían secretamente organizada aquí, entre nosotros –en relación estrecha con las logias masónicas dejadas por Beresford– su «quinta columna» de comerciantes y aventureros internacionales. «Entre otras disposiciones tomadas –refiere Carlos Roberts[7]– fue una de ellas la organización de un batallón de comerciantes y empleados ingleses, que sirviera de guarnición, para llevar a Buenos Aires el máximo de tropa de línea. Se nombra al teniente coronel Tyrrell, Director de Aduana, como jefe, y a los comerciantes más aptos, como oficiales. Se les uniformó con chaqueta colorada, pantalón azul, con franja colorada, y gorra. Se le llamó «1er. Royal Regiment of South American Militia» o sea «1º Regimiento Real de Milicia Sudamericana».

Mas, con todo, y en definitiva, los planes de Whitelocke fracasaron providencialmente. Porque: «La resistencia del habitante del Río de la Plata había sido de una resolución y de una constancia admirables, sin que pudiera esperarse cosa igual ni del entusiasmo religioso y patriótico, ni del odio inveterado e implacable» (según lo confesó el jefe británico, en uno de sus alegatos de descargo, al ser enjuiciado por el rey de Inglaterra con motivo de su humillante derrota). ¡Helás!


* En «Lecciones de Historia Rioplatense», Ed. Huemul – Buenos Aires, 2ª ed. 1966.


[1] Tema que trató Ibarguren en el capítulo anterior al que aquí transcribimos.
[2] Las invasiones inglesas del Río de la Plata – 1806-1807
[3] La epopeya de Artigas
[4] Op. Cit.
[5] Robert Craufurd fue un oficial escocés del ejército británico que fue puesto al mando de la expedición que debía conquistar Chile, quien junto con Beresford, que había tomado Buenos Aires -y luego vencido-, deberían atacar a Perú y de ese modo desplazar a España de sus territorios en el Virreinato.  Llegada la expedición a Ciudad del Cabo, se conoció la noticia de la caída de Buenos Aires en manos de los porteños, por lo cual, Craufurd se trasladó a Montevideo, que ya había sido tomada por el general Samuel Auchmuty. Allí se les unió poco después el general John Whitelocke. (Nota de «Decíamos ayer…»).
[6] Op. Cit.
[7] Op. Cit.
____________________ 

Para ver más publicaciones de este blog referentes a las invasiones inglesas, pueden descargarse AQUÍ.

blogdeciamosayer@gmail.com