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«El nuevo Adán y la nueva humanidad» - Johannes Pinsk (1891-1957)

Con la presente publicación, «Decíamos Ayer...» desea a sus lectores una muy feliz y santa Pascua de Resurrección. La fe en la Resurrección de Nuestro Señor no se agota en lo que conocemos y confesamos: Jesús de Nazaret, nacido de María Virgen, crucificado y muerto bajo Poncio Pilato, enterrado en el Gólgota, en el sepulcro de José de Arimatea, sale vivo, al tercer día, de este mismo sepulcro, con el mismo cuerpo con que fue clavado en la Cruz. En  efecto, este acontecimiento terminantemente categórico e histórico es, en su realidad, de tanto fundamento para la actual predicación cristiana, que toda disertación sobre Cristo queda sin sentido y toda la fe en Él pierde valor si no ha resucitado. La total existencia cristiana queda nula sin la Resurrección del Señor, porque se basa en esencia en la remisión del pecado, y no se habrá dado tal cosa si el cuerpo humano de Cristo ha continuado en la muerte y en el sepulcro. Así, sobra la fe cristiana sin la perseverancia creyente en la Re

«Redención de Cristo y Corredención de María» - Fray Alberto García Vieyra O.P. (1912-1985)

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En vísperas de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo,   «Decíamos ayer...» quiere destacar el privilegiado papel de la Santísima Virgen María como CORREDENTORA del género humano.  Aquí va, entonces,  un fragmento de este excelente trabajo del P. García Vieyra . Su texto completo –cuya lectura recomendamos vivamente– se podrá descargar al pie de la página. [...] 3. La compasión de María Sin hablar aún de co-redención, San Alberto Magno [1] interpreta el papel de María en la obra redentora de su Hijo, a través de ciertas expresiones de la Escritura. Glosemos sus palabras. Se le aplica a María, sobre todo cuando se la contempla junto a la Cruz, la expresión «mar de amargura». No un mar tempestuoso e inquieto, sino lleno de aguas de piedad y misericordia. Pareciera un contrasentido poner en el nombre de María una referencia a la amargura. El dolor, la amargura, es pena del pecado. A la Santísima Virgen se le debe la alegría de la bendición: ¡alégrate!... ¡Bendita entre

«Las negaciones de Pedro» - Mons. Fulton J. Sheen (1895-1979)

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«...Pedro le dijo: “¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por Ti”.  Respondió Jesús: “¿Tú darás tu vida por Mí? En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo hasta que tú me hayas negado tres veces”» (Del Evangelio del Martes Santo). Cuando nuestro Señor fue preso, Pedro le siguió a cierta distancia; Juan le acompañaba también. Ambos llegaron hasta la casa de Anás y Caifás, donde Jesús sufrió el proceso religioso. La casa del sumo sacerdote estaba construida, al igual que muchas otras casas orientales, alrededor de un patio cuadrangular al que se entraba por un pasillo desde la parte delantera del edificio. Este pasaje abovedado era un pórtico cerrado a la calle por medio de una pesada puerta. En aquella ocasión se hallaba guardando la puerta una criada del sumo sacerdote. El patio interior a que daba acceso este pasaje se hallaba descubierto, y el suelo estaba pavimentado con lajas. Aquella noche hacía frío, pues era en los primeros días de abril. Pedro había sido i

«La Anunciación» - Fray Vicente M. Bernadot O.P. (1883-1941)

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       Por un libre decreto de su sabiduría, decidió Dios eternamente que el misterio de Cristo no se realizara sino con el consentimiento de la que debía ser la ayuda del nuevo Adán; al prestar su libre adhesión, entró María en este misterio como cooperadora y nos mereció verdaderamente la gracia. La respuesta que dio al mensajero de Dios: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra» [1] , es, sí, una palabra de obediencia, pero más aún, es una palabra de resolución y de autoridad. Hasta que ella no ha consentido, todo permanece en suspenso. Los consejos eternos no se cumplirán más que por el sí que ella puede pronunciar o retener. Pronunciado este sí, comienza el nuevo orden sobrenatural. Palabra humilde su «hágase», pero poderosa e inmensa, que podemos comparar con el «hágase» de la creación; éste nos había hecho hombres, por aquél nos hacemos miembros del Verbo encarnado, hijos adoptivos de Dios. Este «hágase» de María es el acto más soberano que haya realizado,

«Un ideal cristiano - La Caballería» Daniel-Rops (Henri Petiot) (1901-1965)

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¡El caballero!  Entre todos los tipos representativos de la Edad Media que se han impuesto a la memoria, ¿existe otro que todavía impresione más nuestro espíritu y que conmueva tanto nuestro corazón? Todo lo que el hombre llevaba en sí de pasión animal y de voluntad de poder, todo lo que en las zonas obscuras de su conciencia, tendía trágicamente a la violencia y   a la destrucción, quedaba satisfecho y trascendido en aquella noble imagen del guerrero justo y noble, orlado de intacta pureza, y cuyo fin último más bien era el sacrificio que la victoria, más la sangre ofrecida que la sangre derramada. La Caballería no nació en tierra cristiana, sino en las tradiciones de las tribus germánicas, en las cuales el joven no llevaba las armas mientras no las hubiese recibido –casco, escudo y frámea–, de manos de su padre o de su jefe. ¡Con qué lentitud y con qué paciencia trabajó la Iglesia hasta hacer de la investidura militar esa especie de Sacramento que hubo de ser el espaldarazo! Tra

«Sobre la esperanza y sus contrarios» - P. Leonardo Castellani (1899-1981)

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      Leopoldo Marechal se sirvió, en su novela Adán Buenosayres , de un imaginario «descenso a los infiernos» para hacer ver las miserias más típicas del ser argentino. Estructura su infierno en torno a los ocho pecados capitales (que en la más antigua tradición eran justamente ocho, aunque hoy se cuentan siete). Cada círculo infernal responde a uno de los vicios. El quinto es la pereza. Al pretender abandonar el quinto infierno, Adán, el protagonista, se encuentra con unas apariciones que le cierran el paso. Son los «potenciales», como los llama Marechal. «Lector vidente, raro es el hombre que escondido en la intimidad segura de su alma, no haya inventado para sí destinos locos, aventuras imposibles, gestos desmesurados y personificaciones absurdas que, forjadas en el inviolable taller del ensueño, no se atrevería él a confesar ni bajo tortura». Se le presenta el primero: «Yo habría sido aquel Edison Anabaruse, aquel muchacho boxeador, la Pantera Salvaje de Villa Crespo... (que) venc

«El Catolicismo y España» - Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912)

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    ¿Qué se deduce de esta historia? A mi entender, lo siguiente: Ni por la naturaleza del suelo que habitamos, ni por la raza, ni por el carácter, parecíamos destinados a formar una gran nación. Sin unidad de clima y producciones, sin unidad de costumbres, sin unidad de culto, sin unidad de ritos, sin unidad de familia, sin conciencia de nuestra hermandad ni sentimiento de nación, sucumbimos ante Roma, tribu a tribu, ciudad a ciudad, hombre a hombre, lidiando cada cual heroicamente por su cuenta, pero mostrándose impasible ante la ruina de la ciudad limítrofe, o más bien regocijándose de ella. Fuera de algunos rasgos nativos de selvática y feroz independencia, el carácter español no comienza a acentuarse sino bajo la dominación romana. Roma, sin anular del todo las viejas costumbres, nos lleva a la unidad legislativa; ata los extremos de nuestro suelo con una red de vías militares; siembra en las mallas de esa red colonias y municipios; reorganiza la propiedad y la familia sobre funda

«Presentación» (fragmento) - Alfredo Di Pietro (1933-2015)

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       1. Para un joven actual, por lo menos en lo que se refiere al panorama habiente en nuestra Argentina, el nombre de Virgilio pasa disimuladamente desapercibido. Apenas si algunos –por supuesto que sin ningún sentimiento de admiración– lo alcanzan a rememorar como «algo aprendido en la secundaria», entremezclado en el recuerdo de una cantidad de nombres que, para el caso de haber sido «aplicados», pudieron adquirir de un enciclopedismo confuso, mal enseñado y peor asimilado. Por ello es que, si ese joven se acerca a la lectura de esta bella obra, podrá resultar en parte sorprendido desde su mismo comienzo. En parte, por el título mismo, de apariencia un tanto pretenciosa, en cuanto hace del poeta latino el «Padre de Occidente», y en parte, por el ardiente consejo que nos trae Haecker en el acápite inicial extraído de un imaginario «Diálogo sobre Europa» donde nos pone a consideración que «en tiempos semejantes», refiriéndose a los actuales, y «antes de que sea tarde, (pensemos)