17/07/2026

«Mensaje a los defensores del Alcázar de Toledo» - José María Pemán (1898-1981)

A los 90 años del Alzamiento militar que diera lugar a la gloriosa Cruzada Española, vaya nuestro homenaje a aquellos héroes de aquella inmortal gesta de la defensa del Alcázar de Toledo. 

Caballeros cadetes; defensores todos del Alcázar de Toledo:

Ahora que ya todas las campanas de España nos han dicho vuestra liberación, es tiempo de que os enteréis. Durante todo este tiempo de gloriosa resistencia, cuando más encerrados y cercados os creíais vosotros entre los muros del Alcázar, más desparramados habéis estado por el mundo y más plantados en el centro de él, ante la vista y el asombro de los pueblos. Durante tres meses, vuestras fronteras materiales de piedra han estado sobre vosotros agobiadoras y asfixiantes: pero vuestras fronteras de luz y de fama corrían, allá lejos, por los confines del mundo. En Berlín, el botones del hotel donde se hospedaba Eugenio Montes –el dulce escritor de la prosa de gaita–, le preguntaba cada mañana por los cadetes del Alcázar; y el paisano bearnés que iba de madrugada, por la vereda, con su manso carrillo cargado con botellas de leche, abandonaba las riendas para mirar en el periódico el cliché de vuestro nuevo Sagunto; y el pilluelo de Nueva York aprendía a descifrar, por causa vuestra, el duro nombre del Alcázar y el dulce nombre de Toledo; y aquel profesor alemán, en un periódico berlinés, definía con énfasis de dogma: «España había batido el record del heroísmo en Numancia; pero ahora ha superado ella misma su propio récord»; y Carlos Maurras, con su duro francés latinizado, proclamaba desde las columnas de l'Action Francaise: «los defensores del Alcázar de Toledo deberán ser citados, con mención honorífica, en el orden del día del universo civilizado»… Todo el mundo, caballeros cadetes, guardias civiles, defensores todos, ha estado lleno de vosotros: cuando vosotros apenas ocupabais un rinconcito en el mundo.

Toledo ha cumplido, una vez más, el destino de sus piedras: que es destino imperial. Mejor diría la paradoja de sus piedras, que parecen hechas para la intimidad recóndita del recoveco, la callejuela o la fachada hermética, y están hechas, en realidad, para tocar de locura imperial y universalista cuanto en ellas se hace o se produce. Allí, en aquellas sombrías intimidades de piedra, se amasó sustancia de cristiandad universal, en los Concilios; allí en la escuela de traductores de Domingo Gundisalvo, se cimentó el pensamiento europeo dándole a Aristóteles el salvoconducto con que había de llegar hasta París a bautizarse en la celda de Santo Tomás de Aquino. Toledo ha hecho siempre, paradójicamente, cosas universales desde sus rincones íntimos. Ahora más achicada que nunca su intimidad, más estrechada que nunca en los muros de su Alcázar cercada y sitiada, Toledo, como una flor apretujada, disparó más lejos que nunca su olor imperial. Durante tres meses, Toledo ha sido otra vez, cabeza de imperio: de un imperio universal y ancho de simpatía, de entusiasmo y de admiración.

Y por ello merece de España las más estremecida gratitud.

Ésta es guerra de ideales y de pensamientos: no de mercados ni de dominios imperiales. Peleamos por este gran dilema –el concepto material o el concepto espiritual de la vida– que agita todo el mundo contemporáneo. Cada pueblo, y aun cada individuo, ve reflejado en la tierra ensangrentada de España, como un espejo, su propio drama interior. Vamos enganchados, como nunca, a la Historia Universal: y a medida que avanzamos, batalla a batalla, hacia la victoria, el mundo entero, tironazo a tironazo, se bambolea, hacia un nuevo porvenir, detrás de nosotros.

Por esta razón, por esta expectación mundial que nos rodea, esta es muy esencialmente guerra de propaganda. Por eso Dios, generalísimo de esta cruzada, ha querido providencialmente que dos de las más intensas acciones guerreras de la campaña, ocurrieran en esos escenarios fronterizos e internacionales, que son Badajoz e Irún. En el primero se presentó aquel milagro de la impetuosa entrada del Tercio por el boquete de la muralla; en el segundo, el drama de magia del loco avance de Beorlegui por Oyarzum, batido por los fuegos de San Marcos y Guadalupe. Al primer espectáculo asistió asombrada, desde la raya fronteriza, la oficialidad portuguesa. Al segundo asistió la frivolidad veraneante de Francia desde las montañas de la Vera del Bidasoa, donde se pagaban como plateas, los balcones de las casas. En vista de que Europa no nos miraba ni escuchaba, hemos ido a las rayas mismas de Europa, como el torero a la barrera, a dejarnos ver en todo nuestro mejor estilo y desplante…

Y así, Europa, esta Europa que se había empeñado en no conocer a España, en no leer los libros de Menéndez y Pelayo, o no oír las conferencias de Levivier, ha tenido que asistir, quieras que no, en palco proscenio, a unos cursos prácticos de reivindicación española: a unas demostraciones experimentales de nuestro ímpetu tradicional.

Pero a todo ha superado, en valor resonante y expansivo, vuestra hazaña, caballeros cadetes. Vuestro Alcázar ha sido la gran oficina de propaganda de esta guerra. Habéis hablado, con verbo de hechos y realidades, un viejo lenguaje numantino, con aire de historia y garbo de romance, fácil de compresión universal. Habéis compuesto vuestro gran episodio con palabras claras, llenas de cordiales repercusiones para el mundo: con el Alcázar que está en todas las viejas leyendas hispano-moriscas, de cautivas y sultanes; con Toledo, que está en todos los itinerarios sentimentales y en todas las reminiscencias turísticas; con los cadetes, que están con su florido aroma de juventud, en todos los corazones y en todas las simpatías. Vuestra epopeya ha tenido además de su honda realidad heroica, todos los títulos más carteleros y atractivos posibles frente a la frívola curiosidad universal.

España, rota y descoyuntada en múltiples frentes de combate, sufría y se angustiaba en toda su extensión. Pero la atención del mundo es perezosa y su mirada distraída. Necesitaba que toda la angustia y el sufrimiento de España se reconcentrase en un espacio breve y un hiriente episodio, donde pudiera posarse la mirada egoísta del mundo. Vosotros lo habéis hecho. Los cuatro altavoces de vuestras torres han lanzado al orbe todo el dolor y el valor de España. Habéis tomado a vuestro cargo la honra de esta cruzada. Habéis salido fiadores y garantes de veinte siglos de Historia. El mundo, ha vuelto a creer ahora otra vez en España y en Numancia y en Sagunto y en Gerona y en Zaragoza, porque como Santo Tomás, el discípulo incrédulo ha metido sus dedos críticos y hurgadores, en esa herida abierta del costado español, que se llama Alcázar de Toledo. Ha palpado el presente y por eso cree otra vez, en el pasado. Los telegramas de prensa de hoy, han certificado el romancero y le han puesto el visto-bueno a la Historia.

Caballeros cadetes, heroicos defensores todos del Alcázar de Toledo: habéis hecho, no ya por esta guerra de hoy, sino por la honra eterna de España, más que todos los libros y todas las defensas. En vuestro Alcázar, como en una gran hoguera, se ha quemado toda la mala leyenda y la calumnia literaria de España ¡Que busquen por los rincones de vuestros patios, y encontrarán girones del mantoncillo de la Carmen, de Merimée; y cuerdas saltadas de la guitarra de Teófilo Gautier; y rodajas de la pandereta de Dumas y paginas rotas de las cartas persas de Montesquieu, y de las obras de Drapper! Toda la mala España calumniada y cascabelera, ha ardido sobre vuestras piedras: sólo ha quedado la mejor España de perfil romano, la clara, la eterna, la inmortal. Se acabaron las tarjetas postales y las acuarelas chillonas. Ha sonado, otra vez, la hora de la sobria melancolía de las lápidas.

Gracias, pues, caballeros cadetes. Por vosotros España vuelve a ser amada y comprendida. Habéis ganado la más ancha e invisible batalla de esta guerra. Y así como al final de tantas acciones se lee: «Hemos tomado para el Ejército tantas ametralladoras» o «Hemos tomado tantos carros de asalto o tantos fusiles»; al final del parte ideal de vuestra gesta, trasmitido con alfabeto de estrellas al futuro, se lee: «Hemos tomado para España tantos corazones»… Y en ese tantos va implícita la cifra enorme, de una arrolladora y universal simpatía.

Simpatía ganada para España y para la verdad. Porque no olvidemos lo que antes decíamos: esta es guerra de ideales y de pensamientos. Lucha en ella, el gran dilema contemporáneo, del materialismo y el espiritualismo. Las guerras de este tipo son a menudo, como clases prácticas y experimentales, donde se resuelven definitivamente las disputas de cátedra. Así el Alcázar de Toledo, ha resuelto más rotundamente que ningún libro ni ninguna conferencia el problema de la primacía de lo espiritual, refutación suprema del marxismo. El mundo ha asistido a un gran experimento, a una gran medición de densidades y de fuerzas: y hemos visto, dándole la razón a toda la Historia de España, sobrenadar los eternos valores del espíritu, sobre los valores de la técnica, del cálculo y de la materia.

El Alcázar de Toledo no ocupaba una posición estratégica en nuestro material avance sobre Madrid. Ocupaba una posición estratégica en el avance del pensamiento universal. Era la refutación viva de todo el materialismo soez del marxismo: era el triunfo del ideal y del espíritu por encima de todas las previsiones materiales. Se decía que estaba solo y aislado: pero estaba, en realidad acompañado de toda la enorme compañía de la Verdad. No estaba unido a ningún frente de guerra: pero estaba unido a todas las raíces de nuestra Historia: a San Juan y a Santa Teresa, a las Navas y a Zaragoza, a todo cuanto representa la locura del espíritu vencedora de todas las corduras de la carne.

El mundo de hoy, este mundo de mercaderes y cambistas, necesitaba una refutación estridente del materialismo: y la ha tenido. En el Alcázar lo duro y lo resistente no han sido las piedras, sino la obsesión ilusionada; lo abundante no han sido las municiones, sino los entusiasmos. Ha ganado el valor como en el más vulgar de los romances, como en la más elemental de las novelas. Los técnicos calculaban espesores de muros y coeficientes de dilataciones de gases, y vacilaban y dudaban. Sólo los poetas acertaron en sus cálculos y en sus coeficientes, porque con medir la altura del entusiasmo defensor y del ideal defendido, supieron enseguida que el Alcázar de Toledo estaba, como las estrellas, fuera de tiro para el vano plomo perezoso de los simples mortales.

No cabe refutación más total del marxismo. Hace ya un siglo que Carlos Marx dijo que la historia era un puro juego de fuerzas económicas y que Bakunine afirmó que el hombre era un simple trozo de materia… Y ahora, al cabo del siglo, resulta que el mundo entero se estremece por la gesta puramente espiritual del Alcázar; por la guerra de España, que es guerra de ideales, cruzada de religión, empresa de soldados y poetas. Después de tantos años de fábricas, mercados, estadísticas y materialismo, estamos otra vez en el punto de partida. Estamos otra vez en Homero, en la fuente ingenua y cristalina de la epopeya. Al mundo le siguen gustando los romances heroicos y las osadías inverosímiles. Los periódicos vienen atiborrados de cotizaciones de Bolsa: pero el botones de Berlín, y el lechero de Bearne y el pilluelo de Nueva York, se abren paso entre los números turbios y van a buscar, con afán, el telegrama de los cadetes de Toledo.

Gracias, caballeros cadetes; gracias gloriosos oficiales; gracias heroicas mujeres del Alcázar: gracias en nombre de todos los poetas del mundo, por cuyo crédito habéis vuelto. Ya vamos a poder soñar y cantar sin rubor, seguros de que el canto y el sueño no son vanas manipulaciones de nubes irreales, sino sólidas construcciones de valores fundamentales que llegan a tener, en la vida, equivalencias tan vivas y reales como esta epopeya de Toledo. ¡Gracias a vosotros, el alma vieja y sucia de este siglo veinte, se ha vestido de limpio y ha vuelto a encontrar acentos de juventud y entusiasmo!

No sólo han repicado, anoche, las campanas de España: han repicado también todos los corazones puro y niños que quedan en todos los pueblos de la tierra. Anoche fue dos veces Domingo para el mundo entero. ¡Anoche, gracias a España, gracias a Toledo, después de un siglo de recelosa prisión, fue amnistiado el Espíritu, y fue puesta en libertad la Poesía!

 

* Discurso pronunciado el 28 de septiembre de 1936 desde el micrófono de Radio Jerez, y publicado en «¡Atención! ¡Atención!... Arengas y crónicas de guerra», Ed. Escelicer-Cerón, Cádiz, 1937, pp.45-51. 

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08/07/2026

«Aristocracia y Oligarquía» - Fray Alberto García Vieyra O.P. (1912–1985)

En un nuevo aniversario de la Declaración de la Independencia, vaya este ilustrativo texto en homenaje a aquellos verdaderos aristócratas que ofrendaron todas sus vidas en aras de una Argentina grande.

La
ARISTOCRACIA es, según Aristóteles, una de las tres formas de gobierno, cuya deformación se llama OLIGARQUIA.

Pero aún sin ser institucionalmente gobierno, aristocracia y oligarquía son factores de poder o presión social, de mayor o menor influencia según las circunstancias. La nota distintiva de la Aristocracia (gobierno de los mejores) es su FUNCIÓN DE SERVICIO DESINTERESADO del Bien Común, su capacidad de dar sin exigir nada en cambio. Por el contrario, la característica esencial de la oligarquía es el predominio de su bien particular sobre el Bien Común, el servicio de los intereses de casta, de clase o de grupo por sobre el Interés de la Comunidad Nacional.

Estos dos factores constitutivos esenciales, responden respectivamente, en el plano individual, a una virtud: la CARIDAD, que se abre hacia los demás, y a un vicio: el EGOÍSMO, que se hace a sí mismo centro y eje de todo y de todos.

Los elementos que integran la Aristocracia son múltiples. No es el dinero solo, a menos que éste sea un medio al servicio común, aunque generalmente el dinero es distintivo y fuerza principal de la oligarquía.

No es sólo el apellido. Éste puede servir si los méritos del antepasado son un acicate y exigencia de altura. Pero no hay nada más ridículo que cuando una ristra de apellidos sirve para hinchar como un pavo a un imbécil que duerme sobre los laureles (y los mangos) de un abuelo que tuvo la gloria de ganar una batalla y la habilidad de alambrar un campito. Vale pues, por lo general, aquello de Don Quijote de que el hombre «es no tanto por donde nace, sino por donde se hace».

No constituyen tampoco de si la aristocracia, la cultura, ni el «magisterio de refinamiento y de costumbres» que, privados de una finalidad posterior se aniquilan en un inútil escepticismo burgués. La aristocracia pues, no es privilegio de una clase social (tampoco lo es la oligarquía), ni constituye a veces un grupo visible u homogéneo, como pasa, por ejemplo, en la Argentina, donde los mejores están dispersos, ocultos, cuidadosamente radiados de los diversos sectores, privados de poder (es decir «Aristos» sin «Cratos»), desalojados por oligarquías diversas que se turnan en el usufructo del Estado.

En la Argentina no existe, pues, una aristocracia auténtica una verdadera «clase dirigente». Pueden existir hombres que manden, que organicen, hombres de empresa, pero mientras sus capacidades no estén dirigidas por un sentido de servicio a la Comunidad y a la Patria, lo estarán inevitablemente, al del interés de la Oligarquía ocupante y usurpadora del Estado. Aristócratas fueron los caudillos criollos, aunque algunos de ellos no supieran leer. Y lo fueron por que dieron su vida y su sangre, sin provechos y sin necesidad personales.

Y recibieron en pago ingratitud, la tremenda ingratitud de esta Patria que está tan lejos de ser lo que ellos soñaron. Tuvimos una aristocracia. Pero ésta se terminó cuando los extranjeros, a los que corrimos con aceite hirviendo o con cañones viejos, volvieron tirando plata en vez de tiros y establecieron el coloniaje espiritual y económico, bajo la máscara de una falsa soberanía política.

Unos quisieron resistir, y fueron exterminados por los mercenarios, y su cabeza clavada en una pica. Otros fueron corrompidos por la bazofia cipaya de la tilinguería intelectual, servida por la escuela sarmientina y la prensa mitrista.

Y con la caída o degeneración de la aristocracia, tuvo nacimiento nuestra oligarquía «tradicional»: estúpida, canallesca, servil ante el extranjero y despectiva frente al criollo pisoteando y traicionando mil veces el legado recibido y la exigencia de una misión hacia el futuro. Ésta que hoy vemos morir sin pena ni gloria, lentamente, para dejar lugar a la nueva oligarquía industrial y financiera, de apellidos impronunciables, u ocultos tras las siglas de Sociedades Anónimas. Menos argentina, porque más advenediza y desarraigada, pero, por lo mismo responsable de la traición histórica, aunque, eso sí, gestora activa de la misma.

Como el nacimiento de la oligarquía es consecuencia de la destrucción y degeneración de la aristocracia, la definitiva e imprescindible destrucción de la oligarquía, sólo podía ser obra del nacimiento de una nueva aristocracia, que hoy toma la forma de una MINORÍA REVOLUCIONARIA. Fiel al pasado, a la tradiciones espirituales y nacionales, pero no para demorarse en una contemplación estática, en una añoranza sentimental, sino para proyectarlos hacia el futuro en la dinámica creadora de la Patria Nueva. Que no será obtenida por ÉSTO (innombrable), que hoy padecemos, sino por la Revolución que está por nacer, que venimos anunciando y exigiendo por la que ya dieron su sangre nuestros mejores camaradas.

* En «Revista Cabildo», Año I, N°9, Buenos Aires, 3 de enero de 1974, p.14.

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24/06/2026

«Odiseo y Eneas» - Teodoro Haecker (1879-1945)

«...todos nosotros vivimos aún en el Imperium Romanum, que no ha muerto. Todos nosotros somos aún miembros del Imperium Romanum, que, después de crueles errores, aceptó el Cristianismo ‘sua sponte’, por su libre voluntad, y ya no puede abandonarlo sin abandonarse también a sí propio...».

Odiseo anduvo errante veinte años, antes de volver a su hogar; veinte años; pero volvió, aunque pobre y desnudo y hecho un mendigo, no obstante, como vencedor; volvió a su hogar y encontró de nuevo casi todo aquello que constituye el hogar: su isla, el suelo y la tierra en que se abrieron por vez primera sus ojos de niño y contemplaron la hermosura del mundo, incluso al anciano padre, a la esposa y al hijo, y una criatura noble por su fidelidad, el perro. ¡Verdaderamente, la imagen de un hombre dichoso que vuelve a su hogar!

Pero Eneas, ¿adónde llegó? ¿Se asemeja a Odiseo? No; dentro del paganismo no hay diferencia mayor, y quien la ve conoce también en qué ridiculez más cruel caen todos aquellos que sólo ven en Virgilio su calidad de plagiario e imitador de Homero. No hay entre los antiguos originalidad más profunda, más asombrosa que la de Virgilio, precisamente en su respetuosa observancia de las formas tradicionales y acreditadas.

¿Regresa Eneas al hogar de su niñez como Odiseo? Es cierto que también se dice incidentalmente que, en tiempos muy remotos, los antepasados de Eneas consideraban a Italia como su patria; pero esto no es más que un registro de oratoria política; esto se produce más tarde por motivos clarísimos; esto, en realidad, no tiene que ver lo más mínimo con la verdadera trama del sino personal de Eneas; esto se olvida allí por completo. No; Eneas no regresa como Odiseo al hogar de su niñez, sino que lo abandona como fugitivo (fato profugus), de manera que Turno, que siempre ha permanecido en su casa del Lacio, el soberbio (superbus desde la coronilla hasta la planta de los pies, en cada palabra que dice, en cada hecho que realiza y –lo hemos de oír aún– hasta en el último suspiro que exhala), le llama afrentosa y despectivamente desertorem Asiae: desertor del Asia, prófugo, cobarde que ha olvidado su deber.

¿Y a quién se lo llama? ¡A Eneas, antepasado de César, imago de Augusto! Eneas no es griego ni vencedor; es un troyano y un vencido como Héctor. En la noche horrorosa de la devastación, en la Troya incendiada, pierde a su esposa, la dulcis coniunx, lleva consigo a su anciano padre y los penates, y a su lado apura los breves pasos su hijito, que apenas puede seguirle. En el viaje se le muere el padre, a él, al pius Aeneas, cuya vida y secreto interior descansaban en el amor hacia el padre y en el amor del padre hacia él, y lo entierra.

A buen seguro que, en cuanto dependía de él, de su propia y libre voluntad, de su inclinación y de sus deseos ligados a la tierra y al pasado, preferiría volver y reconstruir la vieja Troya. Pero no le es posible; el hado, la voluntad omnipotente, le ordena, prometiéndosela al mismo tiempo, buscar una nueva patria: Italia; contra los caprichos de la fortuna, con la fuerza de la virtus, pues Eneas nunca tiene «suerte», mientras que Odiseo siempre volvía a tener suerte:

Disce, puer, virtutem ex me verumque laborem;
Fortunam ex aliis.

Aprende de mí, oh hijo, la virtud y el verdadero trabajo;
de otros, la buena suerte,

contra la oposición de los hombres, incluso con ayuda de la guerra, aunque odiada en sí misma; contra la envidia de los dioses inferiores, contra los propios apetitos, contra la misma compasión, contra la propia voluntad incluso: con la fuerza de la obediencia y de la omnipotencia del hado.

Italiam non sponte sequor,

no busco a Italia por mi propia voluntad.

Me si fata meis paterentur ducere vitam
Auspiciis, et sponte mea componere curas:
Urbem Troianam primum, dulcesque meorum
Reliquias colerem.

Si los hados me dejaran gobernar mi vida conforme a mi voluntad,
si pudiera yo mismo determinar libremente mi fin y mi camino,
la ciudad de Troya y las dulces reliquias de los míos
serían mi cuidado.

¡No hay en la antigua poesía precristiana ningún verso más cristiano que estos! Nos parece como si Saint-Beuve no hubiera escrito ninguna frase más feliz, aunque audaz y expuesta a malas interpretaciones, que esta: La venue même du Christ n’a rien qui étonne quand on a lu Virgile[1].

Contra su propia voluntad se dirige Eneas a Italia, a la que no conoce, que está llena de peligros; pero, como obedece a la misteriosa e inescrutable voluntad superior, poco a poco se va encendiendo en él, hasta llegar a la médula de sus huesos, una abnegada añoranza de esta segunda patria, que solo tiene aún en el mandato de Júpiter y en promesa, y de la cual lo separan todavía largas y más largas viae inviae, caminos sin camino. Aquí ha infundido Virgilio en el héroe su propio amor a Italia, no sólo a Roma. Virgilio era tan italiano como romano.

¡Tan paradójica, tan dialéctica es la vida interior de Eneas! ¿Se parece en esto a algún héroe de Homero? ¡A ninguno! ¿No se parece más bien, de lejos, nacido de otra sangre y en otras tierras, es cierto, pero en el espíritu, que está por encima de todas las sangres, por encima de todas las razas y países y no reconoce ninguna de estas diferencias, al padre de la fe, Abraham? También Abraham tuvo que abandonar la patria familiar a su alma, a su cuerpo y a sus sentidos, arraigada en ellos desde la niñez, para tomar sobre sí, a causa de la fe y en la obediencia ante un designio inescrutable –un hado–, la pena y el acerbo dolor de lastimados recuerdos, que supone para hombres ligados a su tierra y a sus estrellas un cambio de patria.

Tal sucede con Eneas. La grandeza y la irrecuperable unidad poética de los poemas homéricos, perdida eternamente para nosotros, consiste en que sus hombres pueden decir y dicen con toda franqueza lo que les falta y lo que tienen (unidad: al hombre que tiene algo en sentido finito le falta algo); y, donde no lo dicen o lo dicen de otro modo, se trata de un simple dolo, que analógicamente se da ya en los irracionales, como astucia animal. Pueden decir sencillamente su verdad y su mentira, y ambas son automanifestaciones naturales; Eneas no puede hacerlo; como todo hombre reservado, tiene que decir a veces su verdad en palabras oscuras, y, como todo hombre reservado por necesidad o voluntariamente, no hace, ni con mucho, tan buen papel como Aquiles u Odiseo: puede fácilmente ser mal interpretado, lo cual es difícil tratándose de la astucia de Odiseo o de la franqueza de Aquiles.

Quizás se refleje aquí una luz virgiliana sobre el difícilmente comprensible Augusto, en el sentido de que era un hombre reservado, y no hay para qué decir silencioso, y tenía que serlo. Así, cargado con un pensamiento, Eneas es un hombre gravis –pues los muchos pensamientos hacen más bien al hombre ligero y tornadizo; lo hacen grave los pocos pero de peso, y lo que más grave lo hace es uno solo– así se convierte en caudillo, en fundador de Roma. Virgilio no inventó aquí fantásticamente, no improvisó en el aire; explicó en verdad y belleza lo que Roma sostenía ya desde mucho antes implícitamente, y Roma, a su vez, aceptó y sancionó inmediatamente, sin un segundo de vacilación, la explicación de su gran poeta con un acto de espontánea aprobación, sin que hubiera ningún hereje.

Este es un hecho histórico, uno de los más importantes; pues lo que un pueblo acepta de sus grandes poetas con un carácter duradero e irremisible es siempre un conocimiento de sí mismo y una autoconfesión. Goethe no hubiera podido jamás persuadir a los alemanes de que Fausto era parte de ellos, si así no fuera. Un historiador que omite un hecho tal, realizado por un poeta, omite mucho, con frecuencia el todo; se priva de una llave mágica y se ciega una fuente de conocimiento, que mana clara y abundante.

Roma no tiene filósofos especulativos originales, pero tiene grandes pensadores en y en virtud de lo real. El más grande de ellos fue un poeta: Virgilio; las cosas grandes y sencillas de nuestra realidad fueron pensadas por él. El ideal del hombre intelectual, cuya nueva realización anhelaba y esperaba éste continuamente: la unidad del sabio que contempla y del artista ejecutor que realiza, se verificó dos veces en la antigüedad pagana: en Grecia con Platón, que fue pensador y poeta a la manera griega; en Roma con Virgilio, que fue pensador y poeta al modo romano. [En el judaísmo precristiano, en las Sagradas Escrituras, nunca se deshizo esta unidad; allí nadie fue poeta sin ser también sabio, nadie fue sabio sin ser también poeta].

Virgilio demuestra claramente que Roma se conocía muy bien a sí misma, que sabía lo que le faltaba, pero también lo que tenía con exceso. Sin envidia se concede a los griegos la supremacía en las artes plásticas y en la filosofía, pero difícilmente en el arte del lenguaje; con calma y seguridad inconmovibles se reclama para Roma la misión de dominar y de regir, que también es un arte. Pero esta misión, y esto es lo que frecuentemente se pierde de vista y se olvida muy pronto: esta misión no se basa en una fuerza brutal; donde quiera que ésta se da, allí está la sentencia de Virgilio, incorruptiblemente dura. Catilina, el auténtico criminal político, el contemptor divum, el despreciador de los dioses, y no sólo él, sino también Sila y Antonio, generales, violentos, sin la magnanimitas del auténtico político, son odiosos para él y están en el infierno como los criminales políticos de Dante. Incluso el gran César es censurado porque no gobernó siguiendo las costumbres de los antepasados, more patrio.

Esta misión no se basa, por su propia esencia, en la fuerza brutal, sino que es ¡poder dentro de grandes y sencillas virtudes, de las cuales la más alta es la pietas, el amor en el cumplimiento del deber, y la más política, incluida ya en aquélla, la justicia. De aquí la paradoja de que Roma no sea fundada por un vencedor, sino por un vencido. Que se alabara en buenahora el rey Pirro, o incluso cualquier otro tirano insignificante, de tener como antepasado al mismo Aquiles, guerrero siempre invicto; Roma era partidaria de Héctor, y el antepasado del gran César y de César Augusto fue el fugitivo Eneas, que después de una derrota construyó una ciudad.

Con los griegos y con todo aquello que les es demasiado afín no se puede fundar ningún Estado que se mantenga en pie, menos un Imperio que dure; ni con Aquiles, que se lanza resueltamente a la batalla y con igual resolución a una muerte infructuosa, ni con Odiseo, que sabe demasiado, es frívolo, tiene excesivo humor, lo cual puede ser obstáculo para una política acertada. Los antepasados de Roma han tenido que ser constructores y reconstructores de ciudades, no sólo destructores de ciudades. No se puede negar: también los griegos habían construido ciudades; nos dieron los nombres y conocimiento de casi todo lo que tenemos; conocieron la esencia de la Polis, de la Politeia, de la Política, que es la justicia, la cual da a cada uno lo suyo, es decir, no sólo a cada uno cosas semejantes, sino también cosas diversas, puesto que cada uno es, no solo semejante, sino también diverso a otro; conocieron, me refiero a los filósofos, no a los políticos griegos, esta esencia y le dieron nombre, pero no pudieron crear de manera durable el Estado real.

Es cierto; también ellos fundaron ciudades, pero sólo para una vez; cuando fueron destruidas no las reconstruyeron. Eneas, por el contrario, hubiera reconstruido a Troya, si el hado se lo hubiera permitido; así, edificó ciudades latinas. Roma puede ser destruida varias veces, y reconstruida de nuevo. Esto es lo que dijo y dice y dirá Virgilio en su Eneida, a veces largo tiempo incomprendido, luego, de pronto, nuevamente claro a su propia luz, encendida por una catástrofe del tiempo.

Virgilio es el único pagano, junto con los profetas judíos y cristianos, y la Eneida el único libro, junto con la Sagrada Escritura, que, trascendiendo la hora y la circunstancia de sus propios días, contiene frases que resuenan como profecías hasta las puertas de la eternidad, de la cual recibieron su aliento:

His ego nec metas rerum, nec tempora pono: Imperium sine fine dedi;

A éstos no les pongo límites, ni en el espacio ni en el tiempo; Imperio sin fin les he dado;

tal es el fatum Iovis. Porque todos nosotros vivimos aún en el Imperium Romanum, que no ha muerto. Todos nosotros somos aún miembros del Imperium Romanum, que, después de crueles errores, aceptó el Cristianismo sua sponte, por su libre voluntad, y ya no puede abandonarlo sin abandonarse también a sí propio y abandonar el humanismo. Este Imperium Romanum conocido en su grandeza natural y contemplado en el esplendor de su hermosura por Virgilio, no es una idea confusa, ni tampoco una idea verdadera solamente, sino una realidad, aun cuando a veces puede ésta quedar soterrada. La cosa de Roma no es nunca la idea sola, aunque sea verdadera, sino la cosa, la res, y carne y sangre. Donde quiera que hay una voluntad o un principio de imperio, su moderación o su desmesura, su bendición o su anatema, son determinados por la realidad del Imperium Romanum, siempre subsistente, subsistente aun bajo los escombros, incluso cuando la anarquía y la ignorancia, consecuencias de una decadencia espiritual, son tan grandes que se burlan de esta conexión real o ya no son capaces de verla.

La renovación de este imperio nunca totalmente muerto sólo puede hacerse de dos maneras: por una repetición de la Pax Romana, que desnacionalizaba y nivelaba el Occidente, la cual únicamente sería posible por el principado de una sola nación, basado en la pura fuerza, y constituiría el mayor crimen humano y cristiano. Porque hoy no tiene nación alguna la preeminencia que entonces tenía el romano, quien, por otra parte, en su Pax Romana tampoco realizó sólo buenas y hermosas acciones, ¡ciertamente que no! Además, el valor de la nación ha sido sublimado también por el Cristianismo, después que el alto valor del «individuo», de la persona, llegó a ser infinito: la exigencia de la desnacionalización no puede ser admitida por nosotros, a no ser que queramos renunciar a nosotros mismos. La nivelación en lo espiritual es anticristiana. ¡Ante el trono de Dios, rodeado de banderas, están los ángeles de cada nación! ¿Quién pretenderá nivelar ángeles?

Así, pues, la segunda manera es con mucho la mejor: por la comprensión y la reconciliación, y por el respeto y la salvaguardia de la dignidad de todos, uniéndose todos en algo más alto, que sólo puede ser algo espiritual. Pero esta segunda manera no podrá omitir nada de lo que ha precedido, ni tampoco la Roma pagana, que en Virgilio se hizo adventista, pero en el sentido del cumplimiento y de la trascendencia de un nuevo eón, y en el sentido espiritual de la Fe, de la Esperanza y del Amor.

No nos ha resultado difícil precisar un motivo fundamental en las Bucólicas y en las Geórgicas; allí: Amor omnia vincit; aquí: Labor omnia vincit improbus; allí, la fuerza irresistible de Eros, del impulso, del ansia de la Naturaleza que crea, que engendra y que produce, a la que también pertenece el hombre; aquí, en un mundo ya más espiritual, la unidad expresada en la magnífica antítesis de un sustantivo y un atributo: del labor improbus, de la bendición que nace de una maldición, de la bendición que no puede lograrse sin la violencia de la maldición. La grandeza del lenguaje de Virgilio, de la que sólo es capaz un poderoso entendimiento, no el mero sentir impetuoso, alcanza ya una cumbre en esta fuerte y clara Antitética de maldición y bendición, que ve las cosas reales como son, y en el labor improbus.

Pero en la Eneida, cuyo tema es el caudillo, el jefe político, y solo en segundo término el guerrero, las exigencias son todavía mayores, de manera que no basta un solo lema para, en cierto modo, resumir y expresar en él felizmente el contenido. Uno hay, sin embargo, todavía, como veremos. El tema es: Eneas, caudillo para la gloria de Roma. Pero el legítimo caudillo, tal es sin duda la opinión de Virgilio después de cien años de guerras civiles, no se hace caudillo él mismo, sino que es consagrado y elegido por el hado; los que sin la voluntad de éste se constituyen en caudillos, son odiados en lo más íntimo del alma teológica de Virgilio. De este modo, el contenido de la Eneida es también una teología incoativa, indecisa, en espera del espíritu confirmador, de la cual fue capaz el paganismo en la plenitud del tiempo.

El paganismo anterior a Cristo es exactamente tan irrecuperable como el judaísmo precristiano. Esta es la gran diferencia entre la humanidad obediencial y adventista de un Virgilio y el humanismo pálido y demacrado de los llamados humanistas del Renacimiento; aquélla era un suelo fértil, que aguarda la germinación de la semilla; éste, una jardinería que se propaga con esquejes de hermosas plantas de maceta; aquélla, un abismo de añoranza, que suspira por el abismo de la consumación, el cual, por fin, satisfizo sus anhelos; éste, una medida de precaución, que tal vez, a lo sumo y si se da el caso, ayuda durante algunos siglos a cerrar los ojos ante catástrofes que se avecinan –lo grotesco es aquí que los clasicistas han querido ver en Virgilio su propia caricatura, siendo así que él no abandonó nada, ni siquiera lo más mínimo, de lo suyo, de la tragedia y de la culpa, mientras que ellos, en las cosas definitivas, han traicionado con frecuencia el pasado de sus mayores, y por eso en el futuro que nos espera difícilmente será grande su intervención, sino que serán traicionados por sí mismos, por sus hijos y por sus nietos–.

Un humanismo vacío de teología no puede perdurar. Búscase hoy al «hombre» convulsivamente, pero se busca algo que no existe: el hombre autónomo. Tener en cuenta «todo» el hombre quiere decir, no sólo no considerar partes de él como su todo, sino, lo que es más esencial y decisivo, conocer su totalidad en el hecho de que él, «el hombre», es creatura total, y por lo tanto se dirige incesantemente hacia el Creador si no está cerca de él, como el niño hacia la madre, si ella no está a su lado.

* En «Virgilio, Padre de Occidente», Ghersi Editor, 1979, pp.95-105. 


[1] La venida misma de Cristo no es sorprendente cuando uno ha leído a Virgilio.
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17/06/2026

«Imperio y Letra de España» - Rafael García Serrano (1917-1988)

«Cuando los pueblos tienen algo que comunicar su poesía se hace absolutamente oficiosa. El poeta no tiene más misión que cantar el tema del Jerarca, del Honor, del Héroe. Hacer el parte de guerra: el Comunicado. En cambio, si un pueblo no tiene nada que decir, ni divino ni humano, su poesía es desorganizada, triste, con numerosos gérmenes de peligro...»

Año de 1492. Conquista de Granada. Descubrimiento de América. Más: se traducen las églogas de Virgilio, se termina la Catedral de Toledo y se publica la primera gramática nacional de Europa: la española. Dedicada a la «reyna de España e las Islas de nuestro Mar». Y en esa gramática primogénita la razón suprema del esfuerzo es esta: «que siempre la lengua fué compañera del Imperio: e de tal manera lo siguió: que juntamente comenzaron, crecieron e florecieron, e después juntamente fué la caida de entrambos». Nuestro Maestro Elio Antonio de Nebrija sabía de cosas antiguas y en sus palabras de Imperio y Lengua un nombre le quemaba los ojos: Roma.

El César presentido llega a través de poemas y lanzas. Y guerras civiles. Los Césares necesitan de una guerra civil que fecunde el amor de los hombres al combate. Todo se resume en el soneto imperial –no hay otra palabra más precisa– de Hernando de Acuña:

Ya se acerca, Señor, o ya es llegada
la edad gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor sólo en el suelo
por suerte a vuestro tiempo reservada. 

Ya tan alto principio en tal jornada
os muestra el fin de vuestro santo celo
y anuncia al mundo para más consuelo,
un Monarca, un Imperio, y una Espada.

(Con gesto de heraldo. O de pasquín moderno. Anuncia al mundo. Cuando los pueblos tienen algo que comunicar su poesía se hace absolutamente oficiosa. El poeta no tiene más misión que cantar el tema del Jerarca, del Honor, del Héroe. Hacer el parte de guerra: el Comunicado. En cambio, si un pueblo no tiene nada que decir, ni divino ni humano, su poesía es desorganizada, triste, con numerosos gérmenes de peligro. Venéreos a veces)

Ya el orbe de la tierra siente en parte
y espera en todo vuestra monarquía
conquistada por vos en justa guerra. 

Que a quien ha dado Christo su estandarte,
dará el segundo más dichoso día
en que vencido el mar, venza la tierra.

(Por cesión de Cristo. Por gracia de Cristo. Cielo, tierra y mar. Y una batalla de siglos llenando el mundo para que los hombres glorifiquen su cuerpo con el heroísmo y salven su alma combatiendo por Dios).

Sólo una nota: Garcilaso, poeta en pie de guerra. No sé qué cosa era más de su agrado: si la paz o la guerra. Es igual. Él murió en su puesto. Garcilaso de la Vega

«pastor de los sonetos renacientes»

se unió a la antigua Roma por vía de dolor individual, de su dolor de Elisa y Galatea. Yo nada más quiero rezarle mi oración impaciente y desvelada:

Felices los que mueren combatiendo por el Emperador. Felices los que mojan los brazos de un Santo con su agonía y expiran en la gracia de Dios, tras el combate. Felices los que tienen exequias y funerales de dolorida venganza. Felices los que escribieron versos y mataron hombres.

(En el año de 1536 podía morir un poeta, en pie de guerra, bajo la luz de un futuro Santo. Descanse Garcilaso en la Paz del Señor, bajo su olivo, en el Claustro).

Garcilaso seguía la moda de Roma. Luego veremos que Cervantes siguió la de Italia.

España marcha velozmente, impulsada por presentimientos, sin pararse a mirar atrás.

Carlos V. Saco de Roma, 1527. La lengua española se hace inmensa. Universal. Debe sustituir al latín. Y el Emperador, en 1536, habla el castellano ante el Papa[1]. Es que en la lengua imperante se había introducido el latinismo y con él la segunda catolicidad en el mundo. Pleno XVI. «Máxima España, yema del mundo». «El español ha nacido para mandar, no para ser proletario». Y «sólo en nombre de Roma ha tenido imperio España.»

El antihéroe de la picaresca no se hace lugar en la luminosa tierra de Castilla. Tiene la llanura una Geografía Imperial, que después de el Escorial –Roma granítica asida al cielo y al Guadarrama– se ha de convertir en humilde geografía de pícaros y lugares de Picardía. Las Almadrabas, Potro, Oliveras, Arenal, Ventillas, Zocodover...

Era tanta la velocidad de España, tanto su mirar a lo alto, que un mal día no encontró a los Héroes y se dejó llevar de pícaros.

* En «A Roma por todo y volverá a reír», publicado en Revista Jerarquía, n°1 - Navarra 1936.


[1] La descripción de este gran episodio histórico, y narrado -además- con la magnífica prosa de Eugenio Montes, fue una de las primeras publicaciones efectuadas en este blog. Para quien le interese su lectura, puede descargarse AQUÍ

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10/06/2026

«Carta a un rehén» (fragmento) - Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944)

«...El muchacho que me había sonreído y que, un segundo antes, sólo era una función, un útil, una suerte de insecto monstruoso, se revelaba ahora algo torpe, casi tímido, de una maravillosa timidez...»

«...Una sonrisa es a menudo lo esencial. Una sonrisa paga. Una sonrisa recompensa. Una sonrisa anima. Y la cualidad de una sonrisa puede hacer morir. Sin embargo, puesto que esa cualidad nos liberaba tan plenamente de la angustia de los tiempos presentes y nos otorgaba la certeza, la esperanza, la paz, tengo necesidad de contar hoy, para expresarme mejor, la historia de otra sonrisa».

IV

Fue en el curso de un reportaje sobre la guerra civil española. Yo había cometido la imprudencia de asistir clandestinamente, cerca de las tres de la mañana, a un embarco de material secreto en una estación para trenes de carga. Mi indiscreción se vio favorecida por la agitación de los equipos y una cierta oscuridad. Pero resulté sospechoso a los milicianos anarquistas.

Fue muy simple. Yo no sospechaba nada acerca de su elástica y silenciosa aproximación, cuando ellos ya se cerraban sobre mí, suavemente, como los dedos de una mano. El caño de una carabina se posó ligeramente contra mi vientre, y el silencio me pareció solemne. Finalmente, levante los brazos.

Observé que no clavaban los ojos en mi cara, sino en la corbata (la moda de un barrio anarquista desaconsejaba tal objeto de arte). Mi carne se contrajo. Esperé la descarga; era la época de los juicios expeditivos. Pero no hubo descarga. Después de algunos segundos de un vacío absoluto –a lo largo de los cuales los equipos de trabajo me dieron la impresión de que bailaran en otro universo una suerte de ballet de ensueño–, mis anarquistas, con un ligero movimiento de cabeza, me indicaron que los precediera, y nos pusimos en marcha, sin apuro, a través de las vías de la playa. La captura había tenido lugar en medio de un perfecto silencio y con extraordinaria economía de movimientos. Así juega la fauna submarina.

Muy pronto me hundí en el subsuelo transformado en puesto de guardia. Mal iluminados por una triste lámpara de petróleo, otros milicianos dormitaban con la carabina entre las piernas. Intercambiaron algunas palabras, en voz neutra, con los hombres de mi patrulla. Uno de ellos me registró.

Yo hablo castellano, pero ignoro el catalán. Con todo, comprendí que me exigían mis papeles. Los había olvidado en el hotel. Respondí: «Hotel... periodista...», sin saber si mi lenguaje transmitía algo. Los milicianos se pasaron de mano en mano mi máquina fotográfica, como una pieza de convicción. Algunos de los que bostezaban, desplomados en sus sillas cojas, se levantaron con cierto aburrimiento y se pusieron contra la pared.

Porque la impresión dominante era la del tedio. De molestia y de sueño. Tuve la sensación de que la capacidad de atención de aquellos hombres había sido estirada al máximo. Casi hubiese deseado, como contacto humano, una señal de hostilidad. Pero no me honraban con ningún signo de cólera, ni siquiera de reprobación. Intenté varias veces protestar en castellano. Mis protestas cayeron en el vacío. Me miraron sin reaccionar, como si hubieran mirado un pez chico en un acuario.

Esperaban. ¿Qué esperaban? ¿El regreso de alguno de ellos? ¿El alba? Me decía: «Esperan, quizás, tener hambre».

Me decía también: «¡Harán una tontería! ¡Es absolutamente ridículo!». Más que de angustia, el sentimiento que experimentaba era de disgusto por lo absurdo. Me decía: «¡Si se desentumen, si quieren actuar, tirarán!».

¿Me encontraba, sí o no, realmente en peligro? ¿Seguían ignorando que yo no era un saboteador, que no era un espía, sino un periodista? ¿Qué mis papeles de identidad se encontraban en el hotel? ¿Habían tomado una decisión? ¿Cuál?

Yo no sabía nada acerca de ellos, salvo que fusilaban sin grandes cargos de conciencia. Las vanguardias revolucionarias, cualesquiera que sean, practican la caza, no del hombre (no miden al hombre en su sustancia) sino de los síntomas. La verdad adversa les parece una enfermedad epidémica. Por un síntoma dudoso se remite a los contagiosos a la celda de aislamiento. O al cementerio. Por eso me parecía siniestro este interrogatorio que me caía encima, a través de monosílabos vagos, de tanto en tanto, y del que no comprendía nada. Mi pellejo se jugaba en una ruleta ciega. También por eso experimenté, para adquirir una presencia real, la extraña necesidad de gritarles algo acerca de mí, algo que me colocara en mi verdadero destino. Mi edad, por ejemplo. Es impresionante, ¡la edad de un hombre! Resume toda su vida. Su madurez se ha hecho lentamente; se ha hecho ante obstáculos vencidos, ante graves enfermedades curadas, ante penas calmadas, ante desesperaciones superadas, ante riesgos de los que la mayor parte escaparon a su conciencia. Se ha hecho a través de tantos deseos, de tantas esperanzas, de tantas nostalgias, tantos olvidos, tanto amor. Representa una hermosa carga de experiencia y de recuerdos. ¡La edad del hombre! A pesar de las trampas, de los tumbos, de los atolladeros, hemos continuado avanzando, bien o mal, pasablemente, como una buena carreta. Y ahora, gracias a una convergencia obstinada de felices circunstancias, aquí estamos. Tengo treinta y siete años. Y la buena carreta, si Dios quiere, llevará aún más lejos su carga de recuerdos. Me decía, pues: «Aquí he llegado. Tengo treinta y siete años». Me hubiese gustado abrumar a mis jueces con esa confidencia pero ya no me interrogaban más.

Fue entonces cuando ocurrió el milagro. ¡Oh! Un milagro muy discreto. No tenía cigarrillos, y puesto que uno de mis carceleros fumaba, le rogué con un gesto que me diera uno, y esbocé una vaga sonrisa. Al comienzo el hombre se estiró, se pasó la mano lentamente por la frente, levantó los ojos ya no en la dirección de mi corbata, sino en la de mi rostro, y –con gran sorpresa de mi parte– esbozó también él una sonrisa. Fue como el día que nace.

El milagro no evitó el drama, simplemente lo borró, como la luz respecto de la sombra. Ya no había lugar para el drama. El milagro no modificó nada de lo visible. La triste lámpara de petróleo, una mesa con papeles esparcidos, los hombres adosados a la pared, el color de los objetos, el olor, todo persistió. Pero todas las cosas fueron transformadas en su sustancia misma. Aquella sonrisa me liberó. Era un signo tan definitivo, tan evidente en sus consecuencias cercanas, tan irreversible como la aparición del sol, inauguraba una nueva era. Nada había cambiado, y todo había cambiado. La mesa con papeles esparcidos se convertía en algo vivo. La lámpara de petróleo se convertía en algo vivo. Las paredes estaban vivas. El tedio que rezumaban los objetos muertos de aquella cueva se disipaba por encantamiento. Era como si una sangre invisible hubiera comenzado a circular nuevamente, ligando todas las cosas en un mismo cuerpo, y restituyéndoles una significación.

Tampoco los hombres se habían movido; a pesar de ello, mientras un segundo antes me habían parecido más alejados de mí, como una especie antediluviana, ahora nacían a una vida cercana. Experimentaba una extraordinaria sensación de presencia. Eso es: de presencia. Y sentía mi parentesco.

El muchacho que me había sonreído y que, un segundo antes, sólo era una función, un útil, una suerte de insecto monstruoso, se revelaba ahora algo torpe, casi tímido, de una maravillosa timidez. Y no se trata de que fuera menos brutal que los otros –¡ah, terrorista!–, sino que el advenimiento del hombre en él ponía a luz su parte más vulnerable. Nosotros, los hombres, adoptamos grandes aires, pero sabemos, en lo secreto del corazón, de la vacilación, de la duda, de la pena...

Nada se había dicho hasta entonces. Sin embargo, todo estaba resuelto. Yo apoyé la mano, en señal de agradecimiento, sobre la espalda del miliciano, cuando éste me tendió el cigarrillo. Y así, roto el hielo, los otros milicianos se convirtieron también ellos en hombres; entré en su sonrisa como en un país nuevo y libre.

Entré en su sonrisa como otras veces había entrado en la sonrisa de nuestros salvadores en el Sahara. Los camaradas, al encontrarnos después de jornadas de búsqueda, después de aterrizar lo menos lejos posible, marchaban hacia nosotros a grandes pasos, balanceando muy visiblemente, en el extremo del brazo, las botas de agua. De la sonrisa de los salvadores –si me tocaba ser náufrago– como de la sonrisa de los náufragos –si me tocaba ser salvador– me acuerdo como de una patria donde me sintiera extraordinariamente feliz. El placer verdadero es placer de comensal. El salvamento sólo era la ocasión para ese placer. El agua no tiene el poder para encantar si no es antes regalo de la buena voluntad de los hombres.

Los cuidados que se prodigan al enfermo, la acogida que se brinda al proscrito, el perdón mismo sólo tienen valor gracias a la sonrisa que ilumina la fiesta. En la sonrisa nos reunimos por encima de los lenguajes, de las castas, de los partidos. Somos los fieles de una misma Iglesia, ellos y sus costumbres, yo y las mías.

* En «Carta a un Rehén», Editorial y Librería Goncourt, Buenos Aires – 1968 – pp. 49-60.
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03/06/2026

«“Descenso y ascenso del alma por la belleza”, de Leopoldo Marechal» - José María de Estrada (1915-1997)

Publicamos hoy esta excelente recensión de la citada obra de Marechal. Un pequeño fragmento de esa misma obra hemos publicado anteriormente en el blog. El lector que lo desee podrá descargarlo al pie de esta página.

Descenso y ascenso, tal es el viaje natural del alma. Descenso hacia lo creado y ascenso hacia el Creador. Descenso hacia lo sensible y ascenso por lo sensible hacia lo inteligible.

El alma y el cuerpo constituyen una unidad perfecta que es el hombre. El alma puede vivir sin el cuerpo, pero no se completa sino con el cuerpo. Es decir, que no hay hombre completo sino cuando existe un cuerpo informado por un alma. De ahí que el cuerpo no sea algo absolutamente despreciable, como creía Platón, ni su origen sea perverso, como también afirmaban los maniqueos y todos aquellos que han creído en la existencia de un principio absoluto del mal. Dios creó el alma y el cuerpo. Deus creavit coelum et terram. El mal no es más que un desorden, una desintegración.

Por eso el hombre debe valerse de esos medios materiales –internos y externos– para llegar a su fin último que es la contemplación. Despreciarlos significaría desconocer el valor de la creación y cometer un pecado de angelismo. Los mismos santos cuando flagelan su cuerpo le asignan a éste un valor inestimable. Es el medio de su santificación y, al castigar lo que es bueno en sí mismo aunque corrompido por el pecado, no pierden de vista la futura resurrección. Ellos descienden para ascender, como Cristo descendió y ascendió.

El poeta también desciende y asciende. Porque es hombre –antes de ser poeta– y tiene una vocación celestial, desciende y asciende, y porque es poeta –y en esto se diferencia de los demás hombres– también desciende y asciende. Desciende y asciende por la belleza. Tiene un hábito, una predisposición para ver ese especie de bien que es la belleza, ese resplandor de la forma de las cosas, o de la verdad de las cosas, o del orden de las cosas (pues todo es lo mismo), en una palabra, tiene un hábito para aprehender el resplandor de lo que las cosas son. Y por ese resplandor de las cosas el poeta viaja hacia la eternidad. Descubre la unidad en la multiplicidad de las cosas y goza directamente de esa unidad. El viaje del poeta es veloz y menos arduo que el del santo, pero es también más inestable. El poeta debe volver hacia lo creado, su misión es moverse (en tanto que poeta) entre las criaturas. «El poeta –dice M. Roland de Reneville– se identifica con las fuerzas del universo manifestado, mientras que el místico las atraviesa y trata de alcanzar, detrás de ellas, el poder inmóvil y sin límites de lo absoluto». El poeta vuelve a las criaturas e imita la belleza, que misteriosamente ha contemplado, por medio de la imitación de las criaturas. Y entonces comienza la difícil y ardua labor del artista.

Así, el poeta se convierte en un obrero. Pero sin dejar un instante de ser poeta pues, en ese caso, ¿cómo discerniría sobre la conveniencia de emplear tal o cual imagen, tal o cual color, tal o cual sonido o palabra y, sobre todo, tal o cual género de arte para poder imitar? Porque el artista debe encontrar los medios para construir una obra lo suficientemente perfecta como para que otra inteligencia, al contemplarla, intuya la belleza que él mismo contempló.

Pero si el poeta desciende y asciende y luego vuelve a descender, es para colaborar con Dios en la obra de la creación y para que otros desciendan y asciendan. El artista vuelve a descender, no para perderse en la multiformidad de las cosas sino para mostrar a sus semejantes el resplandor de su unidad.

El viaje se reduce, pues, a un descenso exigido por la materialidad y a un ascenso requerido por el espíritu.

El descenso y ascenso de Leopoldo Marechal está en el «Laberinto de Amor»[1]. Aquí el viaje está recubierto con las transparencias del lenguaje poético, del lenguaje simbólico y semioscuro pero eminentemente vivo, que es el lenguaje de la poesía.

En el «Laberinto de Amor» se desciende:

Allá toda hermosura decía su lenguaje
Y en toda flor el alma puede salir de viaje

y se asciende:

En un anochecer, al oriente, mi duelo
buscaba por amor las figuras del cielo.

Pero el «Laberinto de Amor» es en sí mismo un descenso y un ascenso. Si fuera sólo la descripción del descenso y del ascenso no sería poesía sino que sería prosa, en el sentido estricto del término.

Pues bien, el «Descenso y Ascenso del Alma por la Belleza» es la descripción del viaje. Es un discurso, con todas las bellezas propias de la prosa, sobre el itinerario del alma desde la criatura al Creador. Es un discurso hecho por un poeta –por un gran poeta– que no puede prescindir de la poesía, pero es un discurso. Intenta ser sólo una glosa de un texto de San Isidoro, pero sobrepasa esa intención y se convierte en un libro con un ser particular y propio.

El tema es grande y casi inefable. «Hablaré –dice– de la belleza, del amor y de la felicidad» y luego comienza el viaje que ha de culminar en la posesión del Principio Primero, que es fuente de toda belleza y de toda felicidad.

El viaje, ya dijimos, es el viaje natural del alma. Por la consideración de las criaturas llegamos a la consideración del Creador, dice San Pablo. Marechal recuerda a San Agustín y a Platón. Ambos nos señalan el itinerario: de belleza participada en belleza participada a la belleza en sí misma. De la belleza, de las cosas corporales a la Idea de Belleza, según Platón; de la belleza de las cosas creadas a la Belleza que las crea, según San Agustín. Luego nos habla Marechal del peligro de la dispersión: la Esfinge. El hombre puede perderse, si desoye los llamados de la Prudencia, en la belleza de las criaturas y entonces éstas terminan por devorarlo. Debe, sin embargo, interrogarlas, buscar en ellas los vestigios del Amado; descender a ellas sin servirlas. En una palabra, debe ser su juez. Las criaturas le ofrecen, entonces, un cántico de afirmación y de obediencia y, así, el alma por ellas y a través de ellas llega a la posesión del Bien y de la Verdad, para entonar, en hermandad con todo lo creado, un interminable aleluya. Pero, como la naturaleza del alma es una naturaleza corrompida por el pecado, busca su refugio en la Iglesia de Cristo.

Tal es el esquema de ese hermoso libro. Comienza haciendo consideraciones sobre la belleza, como resplandor del orden, la verdad o la forma y termina en un Laus Deo et Agno, que es una alabanza al Creador de toda belleza y al Redentor de todas las cosas que habían perdido la belleza.

Este libro es un tratado de estética porque habla de la esencia de la belleza, pero es sobre todo un itinerario porque habla del modo de alcanzar y unirse a la Belleza.

* En «Revista Sol y Luna», Buenos Aires, N°3, Año 1939, pp.188-190.


[1] Laberinto de Amor, es una obra poética de Marechal, publicada en primer lugar en Revista Sur, Buenos Aires, en 1936. También ha sido editada en «Leopoldo Marechal Obras Completas», Ed. Libros Perfil, Buenos Aires, T°I, p.163-178. (Nota de «Decíamos ayer...»).
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El lector que lo desee puede descargar AQUÍ la publicación del fragmento de esta obra de Marechal, y AQUÍ otros escritos de José María de Estrada, ya publicados en el blog.

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26/05/2026

«Las ilusiones del Centenario» - Ernesto Palacio (1900-1979)

Y continuando con la «Semana de Mayo» he aquí un excelente análisis de lo que en realidad fue el centésimo aniversario de aquellas jornadas.

«...El programa de Caseros se cumplía, en efecto. Todo lo nacional estaba a punto de desaparecer. Hasta la misma imagen de la Argentina real, suplantada por una grotesca mentira...».

El optimismo progresista alcanzó su punto más alto en los festejos del Primer Centenario de la emancipación, en mayo de 1910, siendo presidente Figueroa Alcorta y electo ya su sucesor, Sáenz Peña, cuyo nombre suscitaba una esperanza. El país se sentía fuerte, rico y seguro del porvenir. Contaba con poco más de siete millones de habitantes, la tercera parte extranjeros, de las inmigraciones de las últimas décadas, preferentemente italianos (casi un millón) y españoles (ochocientos mil). El desarrollo económico correspondía al aumento de población y tenía sus manifestaciones visibles en la construcción de obras públicas, que se acentuó notablemente bajo esa presidencia a partir del palacio del Congreso, inaugurado en 1906.

Contribuía a elevar la tónica nacional el descubrimiento de nuevas riquezas, como el yacimiento petrolífero de Comodoro Rivadavia, y la llegada de los barcos de nuestra marina de guerra, cuya exhibición en la rada constituyó, para la población porteña, una emocionante novelería.

A esta exaltación provocada por la fausta fecha no podían ser ajenos los poetas y los escritores. Una nueva generación intelectual había surgido en los últimos años, llena de talento e ímpetu creador, y por primera vez se cantaba a la patria y se hablaba de ella como de una cosa viva. A la cabeza de esta generación se hallaba Leopoldo Lugones, que dedicó cuatro libros en homenaje al Centenario. En las Odas Seculares fijaría, de manera perdurable, los mitos y las imágenes que suscitaban en el espíritu nacional, el «milagro» de nuestro advenimiento.

Los versos de Lugones y de Rubén Darío (Canto a la Argentina), que conmovieron a la generación entonces actuante, tenían como signo común la confianza en nuestra predestinación a la grandeza, y no hay duda de que esa fe careció a la sazón de herejes y cismáticos y animó sin excepción a todos los argentinos.

Pero el entusiasmo es como los alcoholes, estimulante en dosis razonables y depresivo en dosis exageradas. La exaltación del Centenario traería, a la larga, una extraña anestesia del espíritu nacional y la eliminación de las reacciones defensivas necesarias para sobrevivir. A favor del optimismo progresista que suscitó, se impondría, de manera definitiva, la falsificación histórica de la generación organizadora, cuyo «panteón» se declararía sacro e intocable: se perdería el sentido de la realidad de nuestra formación y de nuestros más urgentes problemas. La convicción dogmática de ser ya una gran nación (por obra –claro está– de Urquiza, Sarmiento y Mitre) nos privaba de las nociones y los instrumentos indispensables para llegar alguna vez a serlo de veras.

Si algo nos sorprende hoy, al recorrer la literatura del Centenario, es ese extraño reemplazo de la historia real por una mitología optimista, y el inherente olvido de los problemas concretos del país, tan vivos todavía, pocos años antes, en la corriente política de tradición federal, que había dado origen a la obra de Hernández, Quesada y Guido y que animó la acción tribunicia y parlamentaria de autonomistas y radicales, como del Valle y Alem. ¿Acaso habían dejado de existir esos problemas? Lejos de ello, se habían agravado. Nadie los mencionaba, sin embargo, bien por acostumbramiento a males que se consideraban inevitables, bien por esperar su curación del mero transcurso del tiempo. No escapaba a esta regla la misma Unión Cívica Radical, heredera directa del partido de la independencia, que limitaba a la sazón sus reivindicaciones a la conquista del sufragio libre.

La persistencia de la propaganda liberal había hecho presa poco a poco en los adversarios, a favor de la predisposición del espíritu humano a aceptar como verdadera la versión de los triunfadores. No es difícil señalar las diversas fases de la infiltración, en la coalición de distintas fracciones del autonomismo con Sarmiento en el 80 y con Mitre en el 90, en cuyo transcurso se va atenuando la resistencia al influjo extranjero, hasta que, poco a poco, se olvida. En 1890 todavía parecía escandalosa a muchos la entrega de los ferrocarriles a los ingleses; en 1910 ya resulta normal, y no escandaliza a nadie que se concedan también a empresas extranjeras los tranvías, la electricidad y los teléfonos, aun sacrificando a cooperativas criollas competidoras.

También se olvida la historia. Sólo queda en pie la versión unitaria. Rosas es un hombre fatídico, que hay que borrar de sus anales, porque en el mejor de los casos pertenece a la psicopatología. Mientras los médicos se dedican a investigar las taras físicas y morales del Restaurador, el Martín Fierro cae en manos de los folkloristas, como expresión de pintoresco gauchismo. Con todo ello, se va levantando sobre la Argentina real una Argentina convencional y aséptica, que pronuncia frases como «América para la Humanidad», que tiene «dos maestros por cada soldado» y que se ofrece, como un paraíso progresista y laico, a todos los hombres del mundo que quieran habitarla.

La generación intelectual del Centenario, sucesora de la del 80, acepta esa herencia sin beneficio de inventario, porque también es europeísta y civilizadora y trae propósitos de renovación social de signo ecuménico, que empalman con la ideología liberal de los precursores. Como 1901 vio la apoteosis de Mitre –«el hombre funesto», según Carlos D’Amico–, 1911 verá la de Sarmiento, al que Lugones le dedica una exaltada apología. Los años siguientes serán los de la reedición, en ediciones populares, de los «clásicos argentinos». «La Cultura Argentina», fundada por José Ingenieros y la «Biblioteca Argentina» fundada por Ricardo Rojas, difundirían exclusivamente las obras de los escritores de la tradición liberal, que aparecen así, ante los estudiantes y el pueblo, como único pensamiento de la República.

Porque la oligarquía dominante es implacable con los disidentes. Carlos Guido y Spano alcanza un relativo indulto por callarse a tiempo y permitir que se lo considere como un lírico intrascendente, al que no hay que tomar en serio. Sus escritos políticos desaparecen de las librerías y no vuelven a editarse. Saldías muere olvidado. Ernesto Quesada concita todos los odios y las calumnias y se le hace fama de pesado e ilegible: morirá en el extranjero. Zeballos, que ha denunciado la política de entrega del mitrismo y del roquismo y que ha exaltado la nacional de Rosas, verá sus últimos años amargados también por la calumnia, y caerá de su decanato universitario por una sublevación estudiantil de sospechoso origen.

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En los treinta años transcurridos desde el 80 se había producido también otro fenómeno que contribuía en gran parte a la transformación del país. Ya actuaban en profusión y empezaban a intervenir en la vida pública las generaciones de hijos de los inmigrantes llegados en masa, en sucesivas oleadas, desde poco antes del 60. Con la extensión de los cultivos agrícolas y la adopción general del alambrado, habíanse modificado las modalidades del trabajo rural. El antiguo peón criollo, que trabajaba a campo abierto y lazo, iba siendo paulatinamente reemplazado por el inmigrante, más adaptado a las nuevas modalidades económicas. La mano de obra para las cosechas era casi exclusivamente extranjera. Se había generalizado para esa fecha la llamada «inmigración golondrina», que venía temporalmente con dicho objeto y retornaba luego a los países de origen. Sólo una parte, si bien apreciable, se incorporaba a la vida argentina, con ánimo de permanecer y fundar hogar.

En 1910 no sólo la mayoría de las chacras, sino la casi totalidad del pequeño comercio, estaban en manos de extranjeros, principalmente italianos y españoles; el gran comercio, así como la totalidad de las incipientes industrias, en mano de ingleses, franceses y alemanes.

Todo ello contribuía a formar una población excesivamente heterogénea, cuya amalgama ulterior constituía un problema de solución difícil. Si de acuerdo con los principios del alberdismo, era de práctica la apología del «crisol de razas» que el país aspiraba a ser, no se sabía aún a ciencia cierta qué metal saldría en definitiva de ese crisol. La inquietud al respecto daría nacimiento pronto a un nuevo sentimiento defensivo de xenofobia larvada en los dueños de la situación, herederos de quienes habían hecho la doctrina de la entrega al extranjero: empezarían a sentir contra el inmigrante el mismo temor que los había llevado a proclamar el exterminio del criollo. Muchos de ellos, en esta fase de la evolución, justificaron la prolongación del sistema del fraude comicial y los gobiernos electores, fundándose en la preocupación (naturalmente «patriótica») que les causaba la perspectiva de que el gobierno cayera en manos de los inmigrantes y sus hijos.

Los hijos de la inmigración, educados en la escuela pública argentina, recibían la misma enseñanza que los hijos de los criollos y aceptaban, sin beneficio de inventario, la imagen convencional de la Argentina imbele y acogedora que impartía el régimen imperante para consumo general.

Pero tanto ellos como sus padres sentían, en el choque con la realidad, que ésta no era tan cordial como lo proclamara el optimismo dominante. Algunos triunfaban, sin duda; pero la mayor parte debía ir a engrosar la cohorte cada vez mayor de los vencidos, la masa de proletariado urbano y rural, con bajos salarios y frecuente desocupación. Tras de la fachada esplendorosa de la joven Argentina, en la que había teóricamente porvenir para todos, se ocultaba tanta opresión y miseria como en cualquier país del Viejo Mundo.

El campo les estaba vedado a los que llegaban, por el acaparamiento de la tierra en grandes latifundios ganaderos, donde sólo se los admitía en calidad de peones a precio de hambre. La colonización agrícola había sido, en general, un fracaso. Los colonos se arruinaban con frecuencia por el bajo precio de sus productos y debían vender la tierra, si la tenían. En 1910 sólo una tercera parte de los chacareros, repartidos por el país, eran propietarios; el resto, arrendatarios, a precios altísimos, que les insumían la mayor parte de las ganancias. Una red de fletes, intermediarios, intereses y amortizaciones aprisionaba al trabajador del campo, condenándolo a una vida precaria que no le permitía levantar cabeza. Los hijos que no cabían ya en la chacra debían salir a peonar.

No era mejor la situación del trabajador urbano, a la que estaba condenada la gran masa de la inmigración, por falta de demanda campesina.

El país de la abundancia, de que se hacían lenguas los dueños de la situación, donde sólo bastaba extender la mano para hallar sustento, conoció la vergüenza del trabajo de las mujeres y los niños menores, con salarios inferiores a un peso, cuando el pan costaba 0,30 el kilo: una ley presentada por Palacios en el congreso le puso fin. Conoció el hacinamiento de los conventillos, instituciones típicamente porteñas y generalizadas, que era la vivienda corriente de la población obrera, con una pieza a lo sumo para cada familia, cuando no para dos. Conoció la plaga de la mendicidad por hambre, y los sin trabajo y sin hogar durmiendo en los umbrales y alimentándose de los residuos de los tachos de basura[1].

Dadas esta situaciones extremas –compensación del triunfo de unos pocos– y el bajo nivel general de los salarios, unido a la dureza de las condiciones en que el trabajo se desarrollaba, no es de extrañar la virulencia que adquieren las luchas sociales en la época del Centenario, cuyos festejos debieron celebrarse bajo la vigencia del estado de sitio.

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Si tales eran las condiciones del trabajo en la capital de la República, ¡cuáles no serían las del interior!

En los ingenios de azúcar, en los obrajes y en los yerbales del norte se había establecido un régimen de verdadera esclavitud, en el que a los bajos salarios se agregaba, para mermarlos más todavía, la explotación del trabajador mediante el crédito en las «proveedurías», establecidas por los mismos empresarios y donde debía obligadamente comprar, a precios exorbitantes, los artículos de primera necesidad. Para asegurarse la clientela, no se le abonaban los salarios en moneda corriente, sino en bonos especiales, que sólo tenían curso en los referidos comercios. La llave del sistema consistía en mantener al obrero hambriento perpetuamente endeudado con la empresa, de modo que no pudiera abandonar su puesto sin hacerse culpable de la estafa. Las policías locales, que recibían de los empresarios una asignación más suculenta que el sueldo oficial, tenían buen cuidado de que todo marchase sin inconvenientes, y de que los caritativos patronos no fuesen burlados en su generosidad y buena fe.

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Pero todo ello se ignoraba en la capital de la República, cuyo núcleo privilegiado mantenía viva su fe en la prosperidad milagrosa del país, donde «no podía» haber problemas sociales por la abundancia de recursos: creencia que algunos conferenciantes extranjeros, como el profesor Ferri, no tuvieron empacho en confirmar.

Ese núcleo privilegiado, esa oligarquía estaba constituida, según sabemos, por los intereses afines de los grandes ganaderos, agrupados en la Sociedad Rural, y del capital inglés: comercio de exportación e importación, ferrocarriles y frigoríficos, con sus conexiones políticas, profesionales y administrativas y su influencia todopoderosa sobre los órganos de la opinión pública. Tal era la Argentina actuante y visible, optimista y feliz.

Los ferrocarriles habían logrado desde 1907 su estatuto con la ley que lleva el nombre de su autor, el ingeniero Emilio Mitre, hijo del general –por cierto– y heredero de sus principios. Ella había dado fin a la incertidumbre de las concesiones, y había ratificado por 40 años la exención de impuestos, salvo un 3 por ciento que se aplicaría sobre las utilidades cuya determinación quedaba de hecho librada a la buena fe de las empresas. El tono del debate mostró cuán lejos se estaba de la época (1891) en que el diputado Osvaldo S. Magnasco había dicho: «El ferrocarril inglés en la Argentina no es un negocio... es una extralimitación insolente», aludiendo después a los «grandes robos» de las empresas. Magnasco había recibido ya su castigo, al tener que renunciar a un ministerio efímero (1901) a raíz de una campaña en que toda la prensa lo acusó de imaginarios escándalos. Era natural que, a la sazón, nade se atreviera a imitarlo.

Sobre la incidencia de los ferrocarriles en la economía del país, bástenos recordar que sus entradas llegaron a igualar y a veces a sobrepasar las rentas del Estado nacional y que lo que extrajeron como dividendo anual compensó con frecuencia el monto de las cosechas. Su política de fletes, calculada a medida del interés inglés, tendía a sofocar toda tentativa industrial que pudiera chocar con el de los importadores británicos.

Con los dividendos de las inversiones extranjeras, los intereses y amortizaciones de una deuda externa en permanente crecimiento y las compras en el extranjero para suplir nuestra deficiencia industrial, el país sufría un drenaje permanente de su riqueza, que impedía todo conato de capitalización. Lo cual se pagaba a costa del «hambre y las sed» del pueblo argentino, cuyo nivel de alimentación, no sólo en el interior, sino en la misma capital, estaba debajo de las necesidades elementales. El país de la carne y el trigo llegó a tener los índices más altos de excepciones al servicio militar por desnutrición y anemia. Lo que no había logrado la «pacificación» mitrista (a saber, el extermino manu militari de la población nativa) se estaba consiguiendo de modo más sutil y lento. ¡La República liberal era, realmente, la concreción de los sueños de sus fundadores!

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El programa de Caseros se cumplía, en efecto. Todo lo nacional estaba a punto de desaparecer. Hasta la misma imagen de la Argentina real, suplantada por una grotesca mentira.

Y todo ello ocurría con el beneplácito, mejor dicho, con el auspicio entusiasta de la «inteligencia» argentina, que lo aceptaba en nombre del Progreso y que, aun cuando se aventuraba a afirmar que no vivíamos en el mejor de los mundos posibles, buscaba remedio en la aplicación de las recetas de última moda en Europa, eludiendo el estudio de las verdaderas causas de los males sociales y políticos. Pululaban los «constitucionalistas» y los «sociólogos». Pero el punto de coincidencia de todos ellos era la aceptación del ideario de la generación organizadora, cuyos dogmas fundamentales consistían en la afirmación de la incapacidad nativa para la industria y en la aceptación consiguiente de la necesidad de fomentar el capital y el comercio extranjeros, puntales de la «grandeza» argentina. Por lo demás, la «inteligencia» dependía de los diarios y la administración pública, los que dependían cada vez más de la buena voluntad de los gerentes.

Por lo que hace a los políticos de la situación, ya hacía tiempo que sabían dónde estaba el verdadero poder, al que –paradójicamente– había que obedecer para poder mandar.

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El Centenario se celebró con grandes fiestas y con real emoción patriótica por el pueblo de la República. Concurrieron delegaciones de todas las naciones del mundo (con excepción del Brasil, donde subsistían los resquemores) y se coronó con un grandioso desfile militar en la Avenida de Mayo. Nuestra visitante más encumbrada fue la infanta Isabel, tía de Alfonso XIII.

No alcanzó a deslucir la magnitud de los actos la agitación obrera, sofocada por el estado de sitio oportunamente declarado y por el cierre de los locales de los sindicatos. Ni siquiera los desmanes de la «juventud dorada» de Buenos Aires, cuya exaltación patriótica derivó en persecución a mano armada de los «gringos anarquistas», entre lo que había no pocos criollos hambrientos. Los vástagos de la oligarquía porteña, que se educaban en la Facultad de Derecho para servir al capital inglés, desplegaron en la ocasión una xenofobia inesperada que por cierto, no halló en su camino a ningún cliente posible y sólo se cebó en pobres inmigrantes indefensos, italianos y «gallegos». Con lo cual la oligarquía del puerto demostraba una vez más los resabios de la pulpería originaria, visible en la falta de ese señorío heredado de las aristocracias verdaderas, cuya principal virtud es el amor a los humildes.

* En «Historia de la Argentina (1515-1983)», Abeledo Perrot, 15ª edición, Bs.As., 1988, p.p. 613-620. La primera edición, fruto de una serie de artículos escritos quince años antes, fue publicada por Ediciones Alpe, en mayo de 1954.
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[1] Cualquier semejanza con la realidad actual y, en general, con la historia argentina después de Caseros, es una simple causalidad liberal (Nota de «Decíamos ayer...»).

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