«La adoración de los Reyes» - Ramón del Valle Inclán (1866-1936)
«Un ángel tendía sobre la cuna sus
alas de luz, y las pestañas del Niño temblaban como mariposas rubias, y los
tres Reyes se postraron para adorarle, y luego besaron los pies del Niño».
Desde la puesta del sol se alzaba el cántico de los pastores en torno de las hogueras, y desde la puesta del sol, guiados por aquella otra luz que apareció inmóvil sobre una colina, caminaban los tres Santos Reyes. Jinetes en camellos blancos, iban los tres en la frescura apacible de la noche atravesando el desierto. Las estrellas fulguraban en el cielo, y la pedrería de las coronas reales fulguraba en sus frentes. Una brisa suave hacía flamear los recamados mantos: El de Gaspar era de púrpura de Corinto: El de Melchor era de púrpura de Tiro: El de Baltasar era de púrpura de Menfis.
Esclavos negros, que caminaban a
pie enterrando sus sandalias en la arena, guiaban los camellos con una mano
puesta en el cabezal de cuero escarlata. Ondulaban sueltos los corvos rendajes
y entre sus flecos de seda temblaban cascabeles de oro. Los tres Reyes Magos
cabalgaban en fila: Baltasar el Egipcio iba delante, y su barba luenga, que
descendía sobre el pecho, era a veces esparcida sobre los hombros... Cuando
estuvieron a las puertas de la ciudad arrodilláronse los camellos, y los tres
Reyes se apearon y despojándose de las coronas hicieron oración sobre las
arenas.
Y Baltasar dijo: –¡Es llegado el
término de nuestra jornada!...
Y Melchor dijo:
–¡Adoremos al que nació Rey de
Israel!...
Y Gaspar dijo:
–¡Los ojos le verán y todo será
purificado en nosotros!...
Entonces volvieron a montar en
sus camellos y entraron en la ciudad por la Puerta Romana, y guiados por la
estrella llegaron al establo donde había nacido el Niño. Allí los esclavos
negros, como eran idólatras y nada comprendían, llamaron con rudas voces: –¡Abrid!
¡Abrid la puerta a nuestros señores!
Entonces los tres Reyes se
inclinaron sobre los arzones y hablaron a sus esclavos. Y sucedió que los tres
Reyes les decían en voz baja:
–¡Cuidad de no despertar al
Niño!
Y aquellos esclavos, llenos de
temeroso respeto, quedaron mudos, y los camellos que permanecían inmóviles ante
la puerta llamaron blandamente con la pezuña, y casi al mismo tiempo aquella
puerta de viejo y oloroso cedro se abrió sin ruido. Un anciano de calva sien y
nevada barba asomó en el umbral: Sobre el armiño de su cabellera luenga y
nazarena temblaba el arco de una aureola: Su túnica era azul y bordada de
estrellas como el cielo de Arabia en las noches serenas, y el manto era rojo,
como el mar de Egipto, y el báculo en que se apoyaba era de oro, florecido en
lo alto con tres lirios blancos de plata. Al verse en su presencia los tres
Reyes se inclinaron. El anciano sonrió con el candor de un niño y
franqueándoles la entrada dijo con santa alegría:
–¡Pasad!
Y aquellos tres Reyes, que
llegaban de Oriente en sus camellos blancos, volvieron a inclinar las frentes
coronadas, y arrastrando sus mantos de púrpura y cruzadas las manos sobre el
pecho, penetraron en el establo. Sus sandalias bordadas de oro producían un
armonioso rumor. El niño, que dormía en el pesebre sobre rubia paja centena,
sonrió en sueños. A su lado hallábase la Madre, que le contemplaba de rodillas
con las manos juntas: Su ropaje parecía de nubes, sus arracadas parecían de fuego,
y como en el lago azul de Genezaret rielaban en el manto los luceros de la
aureola.
Un ángel tendía sobre la cuna
sus alas de luz, y las pestañas del Niño temblaban como mariposas rubias, y los
tres Reyes se postraron para adorarle, y luego besaron los pies del Niño. Para
que no se despertase, con las manos apartaban las luengas barbas que eran
graves y solemnes como oraciones. Después se levantaron, y volviéndose a sus
camellos le trajeron sus dones: Oro, Incienso, Mirra.
Y Gaspar dijo al ofrecerle el
Oro:
–Para adorarte venimos de
Oriente.
Y Melchor dijo al ofrecerle el
Incienso:
–¡Hemos encontrado al Salvador!
Y Baltasar dijo al ofrecerle la
Mirra:
–¡Bienaventurados podemos
llamarnos entre todos los nacidos!
Y los tres Reyes Magos despojándose de sus coronas las dejaron en el pesebre a los pies del Niño. Entonces sus frentes tostadas por el sol y los vientos del desierto se cubrieron de luz, y la huella que había dejado el cerco bordado de pedrería era una corona más bella que sus coronas labradas en Oriente... Y los tres Reyes Magos repitieron como un cántico:
–¡Este es!... ¡Nosotros hemos
visto su estrella!
Después se levantaron para irse,
porque ya rayaba el alba. La campiña de Belén, verde y húmeda, sonreía en la
paz de la mañana con el caserío de sus aldeas disperso, y los molinos lejanos
desapareciendo bajo el emparrado de las puertas, y las montañas azules y la
nieve en las cumbres. Bajo aquel sol amable que lucía sobre los montes iba por
los caminos la gente de las aldeas: Un pastor guiaba sus carneros hacia las
praderas de Gamalea; mujeres cantando volvían del pozo de Efraín con las
ánforas llenas; un viejo cansado picaba la yunta de sus vacas, que se detenían
mordisqueando en los vallados, y el humo blanco parecía salir de entre las
higueras...
Los esclavos negros hicieron
arrodillar los camellos y cabalgaron los tres Reyes Magos. Ajenos a todo temor
se tornaban a sus tierras, cuando fueron advertidos por el cántico lejano de
una vieja y una niña que, sentadas a la puerta de un molino, estaban
desgranando espigas de maíz. Y era este el cantar remoto de las dos voces:
CAMIÑAD SANTOS
REYES POR CAMINOS DESVIADOS, QUE POL’OS CAMINOS REAS HERODES MANDOU SOLDADOS.
* En «Jardín umbrío – Hstorias de santos, de almas en pena, de duendes y ladrones» – Ed. Espasa-Calpe, Cuarta Edición. Madrid, 1975.
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