«El derecho a la rebeldía: el ejemplo de los Cristeros mejicanos» - Eugenio Vegas Latapié (1907-1985)
La anticlerical y laicista constitución mejicana de 1917, fue coronada casi una década después por una inicua ley promulgada en 1926 por el Presidente Plutarco Elías Calles. Produjo ello el heroico y glorioso levantamiento en armas del fiel pueblo mejicano, dando origen así a la llamada «Guerra Cristera». Al cumplirse, pues, este año el centenario de tal epopeya «Decíamos ayer...», rinde homenaje a quienes ofrendaron sus bienes y sus vidas, al grito de «¡Viva Cristo Rey y viva la Virgen de Guadalupe!».
Y según la ley casi todas las cosas se purifican con sangre:
y sin derramamiento de sangre no se hace la remisión.
(Epístola de San Pablo a los Hebreos, IX-12)
Son los católicos mexicanos[1]
los que, dando un ejemplo admirable al mundo entero, han puesto por fin en
práctica las palabras del Apóstol y han hecho oferta generosa de su sangre y de
su vida en aras de la Religión y de la Patria. En pleno reinado del
materialismo, cuando la conservación de la vida y de la hacienda se han elevado
a la categoría de supremos ideales, los católicos mexicanos, en un heroico y
prolongado alarde de valor físico y de encendida caridad, solamente censurado
por los prudentes, los templados y los acomodaticios, sacrificando
conscientemente todas las delicias de la cómoda existencia actual, han empuñado
las armas en defensa de la fe y de la moralidad de nuestra generación y de las
futuras. Sólo hay dos actitudes dignas para afrontar las horas gravísimas
porque atraviesa el mundo: una es la que nos enseñan los católicos del siglo
XVI, que en una mano llevaban la cruz y en la otra la espada; la otra es la de
dejarse matar en voluntario martirio, sacrificar los provechos del gobierno
antes que rendir pleitesía al error o ser su cómplice. Estas dos únicas
actitudes que hoy pueden adoptar los auténticos católicos se practicaron
también en el siglo XVI. Los soldados de Felipe II que luchaban en Flandes y en
Lepanto fueron el instrumento de que la Providencia se sirvió para que no
quedara la religión católica barrida de todos los Estados ante las acometidas
del protestantismo y del islam, en tanto que los frailes españoles, amparados por
la espada de los conquistadores, daban a Roma veinte pueblos por cada uno de
los que le arrebataba la herejía. La otra actitud, igualmente lícita e
individualmente más admirable, fue la observada por los católicos ingleses
frente a los impíos designios de Enrique VIII y de su hija adulterina Isabel.
Cinco cartujos inician la santa teoría que había de contar seiscientos mártires
que prefieren perder la vida a obedecer los deseos ilícitos de los reyes
herejes; pero estos sacrificios no pudieron impedir que la herejía se impusiera
en toda Inglaterra y que tardara más de dos siglos en volver el catolicismo a
dar públicas señales de vida en el país.
Los católicos mexicanos han
vuelto a empuñar la espada que, en 1929, por obediencia a la autoridad
eclesiástica, se vieron obligados a enfundar a conciencia de que por esta causa
muchos de ellos habían de perder su vida. Y esta vez, aleccionados por el cruelísimo
tropiezo pasado… saben a dónde van y hasta dónde alcanzan sus derechos de
ciudadanos y de católicos. Fechado el 12 de diciembre de 1934 en San Antonio de
Texas, el Delegado Apostólico en México, monseñor Leopoldo Ruiz, Arzobispo de Morelia,
dirigió una instrucción al Episcopado, clero y católicos de México, que remitió
igualmente a todos los obispos esparcidos por todo el mundo «a fin de que todos
los católicos de la tierra –son palabras del Delegado Apostólico– conozcan
nuestra situación y pidan a Dios el remedio de nuestros males», en cuya Instrucción,
en su apartado II leemos: «Por esto, en nombre de Dios y de nuestro santísimo
Padre el Papa Pío XI, y de acuerdo plenamente con el venerable Episcopado
Mexicano, damos las siguientes normas de conducta, según las cuales obraremos
los Prelados y deberán también obrar el Clero Secular y Regular y todos los
fieles:
»1º. La Iglesia Católica no
reconoce ningún poder humano que le pueda impedir nada de lo que Ella misma
juzgue necesario para la salvación de las almas; por lo mismo, en las cosas
espirituales, a nadie está subordinada…
»Por lo mismo no debe de
extrañarle al Gobierno que siempre que dé una orden atentatoria contra los
derechos que la Iglesia tiene, como Sociedad perfecta que es, se hagan las
debidas protestas; pues no porque la fuerza y la violencia nos impidan el libre
uso de nuestros derechos dejen éstos de existir, y por lo mismo de clamar
justicia. Deberá, pues, protestarse siempre contra todo acto atentatorio de las
libertades inalienables de la Iglesia, haciendo esto con toda prudencia y con
todo valor cristiano.
»2º. Teniendo como tiene la
Iglesia la misión de civilizar, siendo como es Madre de los pueblos libres,
necesariamente debe hacer saber y recordar a sus hijos que tiene grave
obligación de trabajar y de sacrificarse por la libertad de México en todos los
órdenes y valiéndose de todos los medios, con tal de que se guarden siempre las
normas inmutables de la moral y de la justicia. El peligro del comunismo es
inminente, y sólo la acción decidida, unánime y constante de todos los buenos
mexicanos podrá salvar a nuestra desventurada Patria.
»Las normas de su Santidad, si
se cumplen debidamente, producirán, sin duda, excelentes resultados. Por lo
que se refiere al uso de medios violentos, como sería el recurso a las armas,
ni el Episcopado ni el Clero debemos entrometernos, promoviéndolo o
prohibiéndolo».
¿Quiénes
son los insensatos que sostienen que la Iglesia prohíbe defender la Religión y
la fe de los niños y de las generaciones futuras con las armas en la mano? Si
nos es lícito e incluso legal, luchar por defender nuestros bienes y derechos
materiales, ¿cómo no iba a ser lícito luchar y morir en defensa de los valores
espirituales y eternos?
Tras dos siglos de ideología
enciclopedista y liberal que terminaron por materializarlo todo, incluso los
ideales de los que nos decimos católicos, vuelve la luz de la verdad a dejarse ver
y a pregonar por todas partes que sólo a fuerza de sacrificios y de sangre se
hacen las cosas grandes. El nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, en Hacia la
Cruz del Sur, lanza desde su Patria una ardiente plegaria que va
encontrando eco en todos los pechos jóvenes y generosos. Dice así el heredado
grito conquistador:
¡Ay Virgencita! que luces
ojos de dulces miradas:
pues viste venir espadas
que dieron paso a las cruces,
¡mira tus tierras amadas!
y si hoy arrancan las cruces,
¡brillen de nuevo las luces
del filo de las espadas!
«Todo hombre que está decidido a morir –escribía Edouard Drumont– puede influir en los acontecimientos. Detrás de todos los acontecimientos hay un hombre que está decidido a morir…».
Nadie sabe nada de lo que pasa
en México. Parece que no sólo no lo sabemos, sino que tampoco queremos saberlo.
Y, sin embargo, no sólo tenemos obligación de enterarnos, sino que, además,
deberíamos de haber acudido en ayuda de nuestros hermanos los católicos
mexicanos, víctimas desde hace varios lustros de las más crueles y refinadas
persecuciones. Pero los católicos en general, y más especialmente los católicos
españoles, vivimos totalmente ajenos a la constante vigencia del divino
precepto del amor al prójimo. Si permanecemos totalmente indiferentes a que en
nuestra misma casa, calle o ciudad, sea mayor cada día el número de las
personas que desconocen el nombre de Dios y sus enseñanzas sapientísimas y a
que sea enormemente superior el número de quienes desean instruirse en las
verdades de la fe que el de maestros dispuestos a enseñarla, ¿cómo nos vamos a
interesar por la suerte de los católicos mexicanos? ¡Amaos los unos a los
otros! ¡Ama al prójimo como a ti mismo! Son preceptos fundamentales que
Nuestro Señor promulgó durante su vida mortal y, sin embargo, en la práctica,
no hay preceptos que con más constancia y universalidad se conculquen que
éstos. Es inútil que nada ni nadie intente romper la rutina materialista de las
sociedades contemporáneas. ¡Qué nos importa que un poder tiránico sojuzgue a un
pueblo, persiga y asesine a los sacerdotes, destruya los templos, deshaga
hogares y prepare conscientemente la sistemática corrupción de la infancia y de
la juventud! ¡Qué nos importa que, cuando nuestros hermanos los católicos
mexicanos, en cumplimiento de sagradas obligaciones se vieron forzados a
lanzarse al campo para defender virilmente la fe de sus hijos y los derechos
imprescriptibles de la Religión y de la Patria, carecieran de armas, de dinero
e incluso de apoyo moral! El mundo católico contempla insensible el martirio de
un pueblo creyente, y desde las columnas de sus rotativos, servidos por el
sectarismo de las agencias yanquis, califica de «bandidos» y «criminales» a los
héroes de la epopeya que con su sangre generosa están escribiendo en estos
momentos los católicos mexicanos.
El 12 de febrero de 1929, el
Obispo de Huejutla lanzó desde el destierro un conmovedor documento, que
titulaba Mensaje al mundo civilizado, en el que, para nuestra vergüenza,
podemos leer lo siguiente:
«¿Será posible que el mundo
civilizado nos siga mirando aún con el más irritante desprecio?
»Ya en nuestro anterior Mensaje
decíamos que, fuera del Augusto Pontífice de la Cristiandad, que sí se ha
preocupado verdaderamente por México y hecho todo lo humanamente posible por aliviar
nuestra inmensa miseria, todos los pueblos que integran la gran familia
cristiana nos han mirado con la más completa indiferencia.
»Al presente, después de más de
dos años de prolongada agonía, en que hemos perdido lo más granado de nuestra
juventud y consumido en la lucha gran parte de nuestra energía; después de haber
demostrado con la elocuencia de los hechos que los mexicanos sabemos morir por
la fe y por la libertad, y de haber desmentido solemnemente los embustes del
tirano que soñaba acabar para siempre con la Religión de nuestros padres;
después de haber probado, en pleno siglo XX, que la Religión Católica,
Apostólica Romana es la única resurrección para el mundo en medio del naufragio
universal, éste no ha sabido tener ni siquiera una palabra de aliento para los
heroicos católicos de México, ni un gesto de indignación para la casta de
asesinos y bandidos de todo progreso y de toda civilización que nos esclavizan».
Y continúa, enardecido, el
ejemplar Prelado: «Sería un crimen en los Estados Unidos, por ejemplo, enviar
armas y parque a los libertadores, aunque no lo sea el apoyar con todas las
fuerzas a los facinerosos que desgarran las entrañas del pueblo mexicano.
»No sabemos qué pánico se
apodera en estos momentos de toda la familia humana que impide tender una mano
generosa a un pueblo civilizado que sucumbe en las garras de la tiranía y del despotismo.
Nosotros creemos que es vano temor a los grandes de la tierra; pero esto mismo
causa en nuestro ánimo la más profunda tristeza, porque vemos que el mundo
actual retrograda violentamente al paganismo arrastrado por la corriente
impetuosa de la fuerza bruta.
»El mundo civilizado ha sido muy
cruel para con el pueblo mexicano. Viéndole aherrojado, azotado y herido de
muerte por sus poderosos enemigos, lo ha abandonado y despreciado; viéndole caído
en tierra, ha seguido de fiesta con sus verdugos, celebrando y aplaudiendo los
actos de barbarie y salvajismo que ignoraron los siglos pasados».
Pero ¿qué sucede en México? La
historia de la República mexicana sería, aproximadamente, la misma relación de
revoluciones, motines y tiranías que la que constituye la de las demás
repúblicas hispanoamericanas, de no tener la
vecindad espantosa del monstruo yanqui, dedicado, desde la independencia de
México, a descristianizar este país y a asegurar por todos los medios la
estabilidad de los demagogos en el poder. El territorio mexicano ha sido, desde
siempre, presa codiciada de todos los políticos norteamericanos, que en el
desorden interior y la total descatolización del país ven los medios
indispensables de adueñarse de él por completo. La enemistad a la Religión
católica por parte de los políticos yanquis ha sido constante desde la
independencia de México, por estimar indispensable la muerte del catolicismo
para acabar con el espíritu nacional y hacer posible que todo México siga la suerte
de California y Texas.
La persecución religiosa se
inicia poco después de la independencia, como consecuencia de la instauración
de las instituciones liberales y democráticas, que, como en todos los demás países,
ha llevado aparejada la guerra a la Iglesia. La persecución religiosa se
presentaba, al correr de los años, unas veces con formas crueles y otras
persiguiendo solapadamente sus designios; pero al subir a la presidencia
Plutarco Elías Calles se decidió la destrucción radical y completa de la
Religión católica en México. Pacientes y sumisos hasta entonces, los católicos
tratan de impedir que se les prive de sus últimas libertades, y, al efecto, dentro
de la legalidad y fieles a la más pura doctrina democrática, elevan
innumerables solicitudes, peticiones y protestas a los poderes públicos,
algunas de las cuales iban autorizadas por millones de firmas. Pero todo fue
inútil. Al fin, cuando se creyeron cargados de una razón que desde un principio
les había asistido, tras no poco tiempo perdido en esas ingenuas reclamaciones,
decidieron acudir a las vías de hecho, a esas peligrosas vías de hecho tan
censuradas por los cobardes y prudentes egoístas, pero sin las cuales nada
grande se hubiera hecho en el mundo.
Primero fue el boycot
pacífico a la vida económica del país, restringiendo hasta lo absurdo todos los
gastos superfluos e incluso los necesarios, constituyendo una imponente
manifestación de protesta de la inmensa mayoría del país. Más tarde, ante el
desprecio del gobierno tiránico decidieron apelar, por fin, a las armas.
Lo que fue aquella guerra
esperamos que se escribirá algún día, para asombro y ejemplo de las
generaciones venideras. De 1926 a 1929, a despecho de los contratiempos y de la
carencia de armas y dinero, a precio de sangre y de heroísmo se va organizando un
aguerrido ejército, que recibe el título de «Libertador», que llegó a contar
con treinta mil valerosos cruzados, y en nada estuvo que no lograse derrocar la
tiranía imperante. De este ejército dice el Obispo de Huejutla: «Por entre los
escombros de nuestras humeantes ruinas, a lo largo de los inmensos valles
sembrados de cadáveres, por entre los escarpados montes de la sierra de Anáhuac,
en aquellas cavernas donde ha ido siempre a refugiarse la justicia cuando se ha
visto perseguida en las grandes ciudades, se ve por doquier a los soldados de
la libertad. Éstos no roban, ni asesinan, ni ultrajan a mujeres, ni son carga
pesada para el Estado, ni se compran con dinero, ni se rinden al cansancio, ni
se abaten por la adversidad.
ȃstos no son soldados
asalariados que combaten por el pan, sino nobles ciudadanos que luchan por la
conquista de un ideal. Estos hombres pálidos y demacrados, hambrientos y
cubiertos de andrajos que montan endebles caballos y devoran inmensas distancias,
que velan durante la noche, y al amanecer se ven cubiertos por el humo del
combate, que gimen, que lloran, que saben sentir las desdichas de la Patria,
son los honrados y cultos mexicanos que han trocado las delicias del hogar por
los azares de la guerra; que han abandonado mujer, hijos e intereses, por servir
a la Patria, y que saben morir valientemente para servir a Dios.
»Si el Ejército Libertador
hubiera sido apoyado por el elemento acaudalado del país, si los ricos hubieran
cumplido, siquiera en parte, con su deber, dando a los libertadores unas
cuantas monedas, en muy poco tiempo habrían derribado éstos a la infame tiranía
que nos oprime; pero no, no son los ricos a quienes el pueblo deberá su futura
liberación, ni son ellos los que se han sacrificado por la Patria: es la clase
media, es el pueblo humilde de donde han surgido los mártires de la fe. Muchos
jóvenes, principalmente de la benemérita A.C.J.M., han cortado su carrera, o
bien renunciado a un brillante porvenir, por irse a engrosar las filas de la
libertad; otros se hallan en el destierro, y muchos han sido descuartizados por
el enemigo de nuestra fe».
Pero esta guerra religiosa, que
pudo ser para México tan fausta y saludable como, según la Biblia, fue la
revuelta de los Macabeos para Israel, no tuvo los resultados que eran de
esperar por la intervención en la lucha, de la política, las negociaciones y
las torpes componendas... La escuela seguiría ignorando a Dios, la infancia
seguiría siendo iniciada con miras corruptoras en todos los misterios de la
vida sexual; el divorcio continuaría deshaciendo hogares; en una palabra,
seguiría vigente toda la legislación antirreligiosa, reconociéndose de hecho
unas leyes que para los católicos no tienen de ley más que el nombre, a cambio
de que algunos templos continuaran abiertos, no se persiguiera a los sacerdotes
y otras ínfimas conquistas…
Durante dos años, el modesto statu
quo no se vio grandemente violado. Alguna vez lograban filtrarse en las
columnas de la prensa telegramas perdidos, dando la noticia de haber aparecido asesinado
un jefe «cristero» a poco de haber regresado a su aldea. Así fueron cayendo centenares de jefes del ejército
libertador, estando indefensos por haber depuesto las armas obedeciendo…; de
tal modo, que el número de muertos habidos en tiempo de paz excedió al de los
que cayeron en el campo de batalla.
Deshecha la resistencia
católica, desalentados los cruzados y sin medios humanos para poder de nuevo
levantar cabeza tras el rudo golpe que les infligió el «pacto» de 1929, el
Gobierno mexicano ha vuelto a imprimir ritmo acelerado a la política
antirreligiosa y comunista. Pero lo que a juicio de las gentes frívolas era imposible,
no lo es para los hombres de fe. La fe mueve las montañas, y sólo pensando en
esta fuente inagotable de energías espirituales podemos concebir que los
católicos mexicanos hayan logrado sacar de la nada otro Ejército libertador
que, cuando se escriben estas páginas, está riñendo combates en más de nueve Estados.
El libro, al que las precedentes consideraciones sirven de prólogo, no es, como a primera vista parece, una ingenua novela mejor o peor escrita y más o menos inspirada. Son una serie de estampas rigurosamente históricas tomadas de la situación por que atravesó México de 1926 a 1929, y que hoy se están repitiendo. Hechos históricos, argumentos y conversaciones que nos dan una impresión exacta de la situación de México en aquellos días, de la mentalidad de los recios varones y las esforzadas mujeres mexicanas. La doctrina defendida a lo largo de sus páginas es la misma que sostiene en El Derecho a la Rebeldía el Magistral de la Catedral de Salamanca, Sr. Castro Albarrán. Puede decirse de Héctor que es la forma novelada de El Derecho a la Rebeldía. El autor, cuya sólida cultura queda bien patente con la lectura de este libro, se ha visto obligado, por residir en México, a ocultar su nombre bajo el seudónimo de Jorge Gram[2].
* En «Revista Verbo – Speiro», Madrid –
España; N° 451-452 (2007), pp. 27-36
Para ver otra publicación anterior relacionada con este tema, puede descargarse AQUÍ.
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