«A Roosevelt» - Rubén Darío (1867-1916)
Transcribimos hoy, por su actualidad, el ya conocido poema de Rubén Darío dedicado a Theodore Roosevelt, presidente de Estados Unidos entre 1901 y 1909, digno antecesor de Donald Trump.
que
habría que llegar hasta ti, Cazador!
Primitivo
y moderno, sencillo y complicado,
con
un algo de Washington y cuatro de Nemrod.
Eres
los Estados Unidos,
eres
el futuro invasor
de
la América ingenua que tiene sangre indígena,
que
aún reza a Jesucristo y aún habla en español.
Eres
soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres
culto, eres hábil; te opones a Tolstoy.
Y
domando caballos, o asesinando tigres,
eres
un Alejandro-Nabucodonosor.
(Eres
un profesor de energía,
como
dicen los locos de hoy.)
Crees
que la vida es incendio,
que
el progreso es erupción;
en
donde pones la bala
el
porvenir pones.
No.
Los
Estados Unidos son potentes y grandes.
Cuando
ellos se estremecen hay un hondo temblor
que
pasa por las vértebras enormes de los Andes.
Si
clamáis, se oye como el rugir del león.
Ya
Hugo a Grant le dijo: «Las estrellas son vuestras».
(Apenas
brilla, alzándose, el argentino sol
y
la estrella chilena se levanta…) Sois ricos.
Juntáis
al culto de Hércules el culto de Mammón;
y
alumbrando el camino de la fácil conquista,
la Libertad levanta su
antorcha en Nueva York.
Mas
la América nuestra, que tenía poetas
desde
los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
que
ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que
el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;
que
consultó los astros, que conoció la Atlántida,
cuyo
nombre nos llega resonando en Platón,
que
desde los remotos momentos de su vida
vive
de luz, de fuego, de perfume, de amor,
la
América del gran Moctezuma, del Inca,
la
América fragante de Cristóbal Colón,
la
América católica, la América española,
la
América en que dijo el noble Guatemoc:
«Yo
no estoy en un lecho de rosas»; esa América
que
tiembla de huracanes y que vive de Amor,
hombres
de ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y
sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.
Tened
cuidado. ¡Vive la América española!
Hay
mil cachorros sueltos del León Español.
Se
necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo,
el
Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para
poder tenernos en vuestras férreas garras.
Y,
pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!

