«...si
jamás pudo lograrse en la historia el arquetipo de guerrero soñado por Platón,
ha sido posible, en cambio, la existencia real y física del guerrero de Cristo,
guardián celoso de la Cristiandad».

Platón asigna a la clase de los
guerreros la noble función de custodiar la paz y el orden. Para que tarea
semejante sea desempeñada con desinterés y, sobre todo, con ánimo esforzado,
empieza por exigir que ninguno de ellos posea bienes, salvo los indispensables
para cumplir con sus deberes. Tampoco admite que vivan en propiedades
particulares, ni de sus propios graneros, pues han de vivir como cuadra a
guerreros sobrios y valerosos: en cobertizos comunes, con el sustento
imprescindible para que el cuerpo no desfallezca en medio de las fatigas y
trabajos que están llamados a experimentar. Quiere también que tengan
conciencia cabal de la dignidad que revisten, de la misión divina a que han
sido llamados, y, así, no han de entregarse a lujos ni a liviandades, ni han de
apetecer tierras, casas o dineros. En su afán de suprimir todos los motivos que
pudiesen inducirles a posponer los intereses generales a los particulares, por
respetables que éstos fuesen, llega a sostener para ellos el régimen de
comunidad de las mujeres y de los hijos. De esta manera, los guerreros
constituirían verdaderos arquetipos de ciudadanos entregados por entero al
servicio de la República y cumplidos ejemplares en quienes brillaría la virtud
de la Fortaleza.
Por mucho que desconociese la
existencia del Pecado original, Platón no podía prescindir de esa realidad que
es la naturaleza caída del hombre; de ahí su empeño en buscar remedios contra
los más variados incentivos del egoísmo humano; pero de ahí también que sus
soluciones parezcan a veces reñidas con las más íntimas exigencias de la
naturaleza actual del hombre. Su República ideal, más que ideal resulta
utópica. Cualquier tentativa de realización, más o menos lejana, de sus
arquetipos traería como lógica consecuencia el establecimiento de formas
infrahumanas de convivencia: es lo que sucede con los regímenes comunistas. Y
no podría ser de otro modo, ya que las fallas de nuestra naturaleza sólo pueden
ser superadas por la Gracia que nos coloca en un orden enteramente nuevo y
sobrenatural.
Pero lo que era imposible en el
paganismo ha podido darse en el seno de la Iglesia, no sólo como ideal sino
también como realización hic et nunc de lo que el ideal preconiza. La
Gracia, valiéndose de medios desconocidos para el «hombre viejo», hace factible
lo que parecía inalcanzable, y ¡cosa singular! tales medios, no obstante estar
por encima de lo natural, perfeccionan y sobreelevan nuestra naturaleza caída,
mientras que los meramente naturales la degradarían aún más. Así, resulta por
demás elocuente comparar la promiscuidad sexual de que hablaba el sabio antiguo
con la castidad exigida en las órdenes de caballería, o la paternidad colectiva
del sistema pagano con la paternidad espiritual del monje soldado; y no menos
elocuente resulta comprobar que, si jamás pudo
lograrse en la historia el arquetipo de guerrero soñado por Platón, ha sido
posible, en cambio, la existencia real y física del guerrero de Cristo,
guardián celoso de la Cristiandad.

Pues ¿dónde podrían encontrarse
más auténticos custodios de la paz y del orden que en las órdenes de
Caballería? La innegable belleza de las palabras con que Sócrates, dirigiéndose
a Glauco, describía a sus esforzados guardianes es pálido reflejo del esplendor
de la exhortación de San Bernardo a los caballeros del Temple, «más mansos que
corderos y más feroces que leones», a quienes no faltaba ni la «mansedumbre del
monje ni la fortaleza del soldado», porque no eran otra cosa que monjes que a
los tres votos de castidad, pobreza y obediencia, unían el de luchar contra los
infieles y proteger a los peregrinos; munidos de esas armas, hijas de la
Caridad, no admitían jamás el cómodo recurso de rendirse ante la superioridad
material del adversario, y sabían que la muerte recibida de manos del enemigo
los incorporaba a las heroicas falanges de los mártires de la Fe. ¡Con razón la
sagrada liturgia al conmemorar al santo fundador de la Orden de Calatrava, exclama:
«mediante un nuevo y hasta aquellos tiempos inaudito ejemplo, Raymundo juntó la
milicia al monacato»!
El género de vida cenobítica que
debían llevar y los votos comunes a todos los monjes, apartaban a los
caballeros de los peligros que veía Platón. Por la pobreza renunciaban al oro y
la plata, a tierras y posesiones, al lujo, la vida fastuosa y regalada, y a
todo lo que pudiese importar un interés particular; por la obediencia mataban
en sí mismos de raíz sus preferencias y caprichos individuales, y, por la
castidad, hacían imposible que las preocupaciones de familia se interpusiesen
en sus desvelos por el bien común. Sobre la base monástica, con el triple
renunciamiento que importa y el orden sobrenatural que supone, resulta
perfectamente posible lo que de otra manera es casi impensable: las órdenes del
Temple, de Alcántara, de Calatrava, de Santiago y tantas otras lo demuestran.
Claro que semejante «encarnación» del caballero ideal de Cristo requiere
circunstancias históricas muy especiales, y, sobre todo, una auténtica
disposición obedencial por parte de la humanidad.
Pero nuestros monjes soldados
además de reunir en sí mismos las notas características del guerrero separado
de la masa común de la población, ocupan en la unidad social, tal como lo
quería el filósofo, la categoría correspondiente; pues así «como los perros
están sometidos a los pastores» que velan sobre el rebaño, los caballeros deben
obedecer a los obispos que gobiernan la Iglesia de Dios; y, de igual manera, el
pueblo fiel debe cuidar de su manutención y aportarles lo necesario cuando
ellos, impedidos de atender esos menesteres por las exigencias de la guerra
contra los enemigos de la Cristiandad, no han podido procurarse con sus manos
el sustento cotidiano. Entre los obispos y el pueblo, los caballeros
corresponden a lo que podría llamarse la parte irascible del alma de la
Cristiandad: por eso deben obedecer a la parte razonable y estar por encima de
los apetitos inferiores. He ahí por qué el monje soldado es un arquetipo
logrado, cuya actualidad es independiente del hecho de que en este siglo XX la
humanidad no sea capaz de producirlo con la lozanía y la belleza que supo
hacerlo la Edad Media.
Hay otra razón aún más poderosa
que debe inducirnos a ver en el caballero un ejemplar con el cual hemos de
confrontar día a día nuestra debilidad: las órdenes militares corresponden al
Misterio de la Preciosa Sangre del Señor y dan, en los siglos de Fe, el
testimonio que en tiempos de persecución el verdugo arranca a los santos
mártires. La pureza del caballero es así un requisito para participar del
Misterio y su fortaleza el fruto de tal participación. Y sabemos, por boca de
San Juan, que la Sangre es ineludiblemente uno de los elementos que dan
testimonio de la Verdad.
* En Revista «Nuestro Tiempo», Buenos
Aires, viernes 23 de marzo de 1945 – Año 2 – N° 27, y reproducido en «Santos y
Misterios», Colección CRIBA Grupo de Editoriales Católicas, Buenos Aires – 1945,
pp.162-166.
Pueden verse otras publicaciones relacioneadas con el presente tema AQUÍ, AQUÍ, AQUÍ y AQUÍ.
blogdeciamosayer@gmail.com