«Fundación espiritual de Buenos Aires» - Leopoldo Marechal (1900-1970)
Hace 490 años, en febrero de 1536,
tuvo lugar la 1ª fundación de Buenos Aires. Vaya, pues, en su conmemoración,
esta magnífica conferencia. Cuando la transcribíamos, a la vez que emocionados
por el contenido y la belleza de su texto, lamentábamos no haber escuchado nunca en estos
tiempos, ni en homilía ni en discurso alguno, estos conceptos tan profundos y esclarecedores acerca de la fundación de la ciudad de la Santísima Trinidad.
Por mi parte, no intentaré lo
uno ni lo otro. No haré ahora el panegírico de la ciudad presente, como no sea
en el signo de su vocación espiritual, signo de ayer, de hoy y de mañana, signo
que no ha dejado nunca de brillar en la frente de Buenos Aires, signo que habla todavía y hablará siempre a los que saben
el idioma de los signos, aunque la ciudad lo olvide o lo traicione.
Tampoco volveré mis ojos al pasado; y si en algún momento de mi disertación
apelo a los recursos de la historia, lo hago justamente para descubrir ese
signo de Buenos Aires en la hora misma de su nacimiento.
Y es que pertenezco a una legión
ya numerosa de hombres que, siendo al mismo tiempo actores y espectadores de la
ciudad en marcha, vienen preguntándose con amorosa inquietud, adónde se dirige
la ciudad, hacia qué rumbo tienden sus pies tan sólidamente calzados de metal y
de piedra.
Vemos la ciudad enérgica,
enteramente dada a los vientos de la acción; y la ciudad nos duele, porque
sabemos que la acción pura es una energía ciega que se destruye a sí misma,
cuando no recibe y acata las leyes de un principio anterior y superior a ella,
capaz de darle un sentido y un fin. Vemos la frente de la ciudad, cada vez más
alta; los pies de la ciudad, cada vez más hondos; el cuerpo de la ciudad, cada
vez más grande; y la ciudad nos duele, porque no
vemos aún la forma espiritual de su cuerpo, la forma de su vida, y porque
sabemos que sin esa forma espiritual ningún cuerpo vivo tiene vida auténtica,
sino un mecanismo helado que se resuelve, como todo mecanismo, en una triste
parodia de la vida. Por otra parte, oímos que voces acusadoras se
levantan de pronto contra la ciudad: «Babilonia», le gritan unos; «Cartago», le
dicen otros; y la ciudad nos duele ahora en esas voces, y hacemos un ademán
instintivo en su defensa, porque amamos a Buenos Aires, y con una suerte de
amor bien extraña por cierto.
Dije que amamos a Buenos Aires
con una extraña suerte de amor, y es preciso que aclare mi pensamiento. He
conocido las grandes urbes de la tierra y vi que sus habitantes amaban la
ciudad con un amor de hijos, con un filial acatamiento, porque la ciudad era
para ellos una entidad concluida y sellada, en cuerpo y en espíritu, una
entidad corporal y espiritual muy anterior a sus hijos, los cuales, frente a
ella, parecían gritar un noli tángere imperativo. En nuestro amor de
Buenos Aires predomina, en cambio, una rara inquietud paternal, como si
todavía, y en cierto modo, fuéramos los constructores de la ciudad que crece a
nuestro lado, como si la infancia de la ciudad se prolongase más allá de
nuestra muerte; por eso es que nuestros ojos no se apartan de su estatura, y es
por eso que la contemplamos como se contempla a un niño, vale decir, en enigma,
en recelo y en esperanza. Este linaje de amor es el que justifica el tono de
mis palabras, que de otro modo podrían parecer extrañas o pretenciosas. Las dirijo, sobre todo, a los que padecen la ciudad como
un dolor íntimo.
Hablaré sobre una vocación
espiritual de Buenos Aires. Y ante todo necesito explicar el sentido en que
deberán entenderse aquí las palabras «vocación» y «espiritual», o mejor dicho,
debo restituir esas palabras a su verdadera significación, para evitar
confusiones y vaguedades. Etimológicamente, la palabra «vocación» significa «llamado».
Ahora bien, un llamado supone tres cosas: alguien que llama, alguien a quien se
llama y algo para que se llama. Luego, al referirme a una vocación de Buenos
Aires, doy a entender que la ciudad es objeto de un llamado; pero si agrego que
se trata de un llamado «espiritual», no sólo doy en la naturaleza de la
vocación, sino en el nombre del que llama, porque tal adjetivo, pese a la vaga
extensión que le ha dado el uso, sólo puede convenir, estrictamente, a los
principios eternos, creadores y conservadores del universo, y a sus operaciones
misteriosas. La ciudad es objeto de un llamado
hecho a su espíritu, y es Dios el que la llama, particularmente por el Espíritu
Santo, cuya figura simbólica está grabada en el escudo de Buenos Aires y acerca
de cuya significación especial hablaré más adelante, cuando me refiera al
objeto o fin del llamado espiritual a que vengo refiriéndome.
No ignoro lo difícil que resulta
señalar a Buenos Aires (y en los días que corren) una vocación espiritual tan
definida. Cuando confié mi proyecto a los amigos que suelen acompañarme, recibí
numerosas objeciones, coloreadas de pesimismo y de asombro, y las recibí no
sólo de los amigos espirituales que reconocen, como yo, la supremacía de lo
espiritual y eterno sobre lo material y corruptible, sino también, y con mayor
título, de los amigos que comparten la indiferencia de la mayoría.
Decían los primeros: «Ciertamente,
Buenos Aires nació bajo un signo espiritual y durante mucho tiempo ha guardado
fidelidad a su vocación; pero se ha entregado luego a las corrientes del siglo,
y el siglo parece realizar su nueva concepción de la vida en el desconocimiento
y negación de esos principios eternos que, según usted, solicitan el espíritu
de la ciudad. Y es más –agregaban–; se diría que la deserción espiritual es más
completa en Buenos Aires, tal vez porque su fondo tradicional no es tan antiguo
y fuerte como el de otras ciudades, o quizás porque sufre todavía ese fracaso
inicial de América, la cual, revelada por milagro a los ojos de la historia,
olvidó muy luego la misión sobrenatural que se le había conferido, víctima de
la tentación que acecha detrás de todo lo verdaderamente grande». Tales cosas
decían mis amigos espirituales. Y concluían así: «Para que un llamado de esa
índole llegase a la ciudad, sería necesario que la ciudad tuviese un alma que
lo recibiera; mire usted a su alrededor y díganos dónde está el alma de Buenos
Aires».
Confieso que tales palabras me
hacían sufrir y que, en el fondo, no estaba yo seguro de que fueran enteramente
justas; pero la incomprensión, ingenua casi, que mis otros amigos manifestaban
por todo lo que fuese de naturaleza espiritual no hacía sino robustecer ese
pesimismo. Sinceramente, no entendían que la ciudad necesitase un alma.
Es quizás el deseo de responder
a unos y otros, en defensa de Buenos Aires, lo que me hace recordar ahora la
intercesión de Abraham, ante Dios mismo, en favor de los habitantes de Sodoma,
sobre la cual se cernía ya la amenaza divina: –¿Por ventura destruirás al justo
con el impío? –preguntó Abraham al Señor. –Si hubiese en la ciudad cincuenta
justos ¿perecerán a una? ¿y no perdonarás a la ciudad, por amor de los
cincuenta justos, si se hallaren en ella?
Y el Señor respondió:
–Si hallare en Sodoma cincuenta
justos perdonaré a todo el lugar, por amor de ellos.
Y respondiendo Abraham, dijo:
–Si hubiera cinco justos menos
que cincuenta, ¿destruirías toda la ciudad, por los cuarenta y cinco?
Y dijo Dios:
–No la destruiré si hallare allí
cuarenta y cinco.
–¿Y si sólo fueren hallados
cuarenta, qué harías?
–No la heriré, por amor de los
cuarenta.
–¿Y si fueren treinta? –insistió
Abraham.
–No la destruiré, si hallare
allí treinta –respondió el Señor.
Abraham dijo entonces:
–Pues ya que he comenzado una
vez, hablaré a mi Señor: ¿y qué si se hallaren allí sólo veinte?
–No la destruiré, por amor de
los veinte.
–¿Y si se hallaren diez? –volvió
a preguntar Abraham con extraña insistencia.
–No la destruiré, por amor de
los diez.
El mérito de diez hombres justos
hubiera salvado a Sodoma, la ciudad amenazada. Ciertamente, una formidable
gravitación del cielo pesa sobre la obra del hombre, y podríamos afirmar que
oponiéndose a esa gravitación y estableciendo, con su propia virtud, una suerte
de amoroso equilibrio en la balanza divina, hay diez justos en toda ciudad que
se mantiene de pie; diez columnas que sostienen el cuerpo de la ciudad, para
que no se derrumbe. Y el alma de toda ciudad, en
esta hora, está en esas diez cariátides invisibles que la sostienen, que animan
secretamente su barro moribundo, le visten con ese mínimum de gracia que basta
para detener aún el brazo de la justicia.
La
vocación de una ciudad se manifiesta sobre todo (y ante todo) en el acto mismo
de su fundación. Este acto supone la voluntad de un fundador, orientada por una
inteligencia segura de lo que se quiere hacer; supone la voluntad de un
artífice que construye la ciudad según sus planes de inventor, la fundamenta
sobre principios determinados y la encamina hacia un fin claramente
preestablecido.
El
creador de la ciudad es dueño de su obra, como lo son todos los creadores, y es
dueño de su obra en el principio y en el fin de la misma, por una clara
paternidad que inviste de hecho y en la que continúa por derecho; de modo tal
que la ciudad comete un acto de traición consigo misma en el instante en que
olvida sus principios y reniega del fin a que fue destinada por su creador.
Hay una fundación espiritual
(anterior y superior a la fundación material) en el origen de las ciudades que
pueden hacer gala de un nacimiento legítimo. Y diré ahora qué debe entenderse
aquí por nacimiento legítimo de una ciudad: debe entenderse, ante todo, que la
ciudad se funda en el Primer Principio de todas las cosas creadas y que se une,
por lo mismo, al orden universal; debe entenderse luego que a la ciudad
naciente se le ha señalado un fin rigurosamente ceñido a su principio eterno,
fin que deberá cumplir en el transcurso de la existencia que recién inicia, y
que será el objeto propio de su vida, la misión que se le ordena realizar en el
orden del tiempo.
En toda ciudad tradicionalmente
constituida observamos esa enunciación inicial del principio y del fin, y esa
congruencia del fin con su principio. A la fundación espiritual sucede la
fundación material; y la primera se impone a la segunda, como la forma se
impone a la materia. Luego viene la dedicación de la ciudad, acto no menos
grave por el cual se ofrece la obra naciente al mismo principio eterno en que
se funda. La ciudad es ofrecida para el cumplimiento de tal fin; y es aceptada
y bendecida desde lo alto, sobre todo por la virtud del fin que debe realizar. Hay aquí una suerte de acto jurídico entre la tierra que
ofrece y el cielo que acepta, un pacto invisible que se firma invisiblemente,
una toma de posesión gracias a la cual el asentimiento divino parece recaer
sobre la ciudad y confirmarla como buena en la enunciación de su finalidad
terrestre. Más adelante me atreveré a decir lo que un asentimiento de
tal naturaleza nos permite aguardar, y lo diré en el recto ejercicio de la
esperanza.
No hubiera señalado los (por así
llamarlos) requisitos de legitimidad que reúnen las ciudades rectamente
constituidas si no los hallase todos en la fundación de Buenos Aires. Cuando
narra la segunda fundación de Buenos Aires la historia corriente se complace en
describir los gestos de los fundadores en el acto mismo, considerando tales
gestos más como formalismos de la época que como expresiones simbólicas de un
sentido profundo. Lo mismo hace con la redacción del acta, sin tener en cuenta
que las actas de fundación manifiestan, con toda exactitud y con impresionante
solemnidad, los principios espirituales sobre los que la ciudad fundada
comienza a levantarse. Y es que la historia moderna, fiel a su siglo, sólo se
mueve en el plano de lo natural y temporal, totalmente desvinculada de lo
sobrenatural y eterno, que es la causa de las causas. Es así que la historia,
por no transponer el círculo de las causas segundas, se hace de más en más
ininteligible.
Para dar en la fundación
espiritual de Buenos Aires es necesario detenerse, ante todo, en la figura
espiritual de sus fundadores, pues tal es el artífice tal es la obra de sus
manos. Luego es preciso considerar los términos del acta de su fundación, en la
que, con notables precauciones, se fijan por escrito los basamentos de la
ciudad. Por último es imprescindible leer otro testimonio, no menos escrito ni
menos legible, y es el testimonio cifrado de la Heráldica.
Consideraré ahora la figura
heroica de los dos fundadores de la ciudad y diré, ante todo, que las dos
fundaciones de Buenos Aires, aunque sucesivas en el orden del tiempo, aparecen
a los ojos del observador desapasionado, no como dos hechos distintos, sino
como las dos partes necesarias de una sola obra, como las dos faces de una
misma gesta, como dos movimientos que se armonizan y complementan en la unidad
del fin.
La misión que le tocaba cumplir
era espinosa (como lo son todas las iniciaciones) y muy aventurada en el azar y
en la contingencia. Fundar una ciudad es distinguir
en la tierra la posibilidad de un nuevo centro humano y establecer en ella un
nuevo polo de atracción y de concentración. Y señalar en la tierra desnuda la
ubicación exacta de dicho centro es obra de genialidad, porque requiere, no la
audacia ciega de un movimiento libre, sino la audacia cavilosa del genio que se
somete a ciertas leyes, números y medidas, en la previsión del futuro y en la
providencia de su obra. A don Pedro de Mendoza tocó elegir el asiento de
Buenos Aires, y desde ese momento el puñado de tierra que señalaba su mano
quedó signado por el futuro, y el futuro lo confirmó como centro de hombres y
polo de razas.
El vago esquema de la ciudad
pudo borrarse por algún tiempo, como una huella inicial que se ha impreso en
una materia demasiado rebelde; pero allí era, es y será Buenos Aires. Y si es
cierto que un ángel preside el nacimiento, la vida y el ocaso de las ciudades
terrestres, no dudo que el ángel de Buenos Aires permaneció allí, en el sitio
de elección, entre las ruinas y el humo, cuando la ciudad naciente de don Pedro
de Mendoza fue destruida. El ángel y la tierra quedaron esperando, y no fue
vana su espera.
Otra misión también inicial y
dura en extremo correspondió a don Pedro de Mendoza, y fue la de tomar posesión
de la tierra que la urbe futura debería señorear. No bastaron para él las
fórmulas rituales del caso, ni el tirar de cuchilladas al viento, ni el segar
de hierbas con que Garay corroboró más tarde la potestad de Castilla y de León
sobre la nueva provincia del Plata; aquel terruño misterioso no se entregaba
sin combate, aquella materia virgen no se daría sin resistencia. Y Mendoza
debió afrontar ese choque violento de dos mundos, ese primer contacto de armas
desiguales que coloreó tan sombríamente su aventura y del que salió vencedor al
fin, pero demasiado herido para conocer su triunfo.
En ningún documento escrito, que
yo sepa, dejó Mendoza consignados los fundamentos espirituales de su obra; pero
todos y cada uno de sus gestos, desde la iniciación de su viaje hasta su
muerte, son documentos vivos que hablan del espíritu que animó al Adelantado en
la realización de su empresa: el héroe cristiano traía consigo el mensaje de su
mundo, y ese mensaje tenía la forma de la Cruz que al señalar con sus brazos
los cuatro puntos cardinales del globo reclama la expansión y la universalidad
que naturalmente representa; Mendoza traía el poder espiritual en aquellos
abnegados religiosos, mensajeros como él, que compartieron la estrechez de sus
navíos y la vastedad de su desventura; y traía en su corazón y en el de sus
pilotos la imagen andaluza de Nuestra Señora de los Buenos Aires, patrona de
los que navegan, cuya protección le fue tan manifiesta que la inestabilidad del
océano resultó para Mendoza mucho más grata y segura que las tierras firmes y
los remansos del nuevo mundo.
Lo cierto es que en la ciudad
naciente (y amenazada desde sus primeros pasos), las casas del Señor se
levantaron al mismo tiempo que las de los hombres; y no es menos cierto que
junto al río indígena la forma del Señor se levantó
antes que la forma de las armas, desde la primera aurora de Buenos Aires, como
dando a entender la naturaleza de la misión que se traía. Y este sentido
espiritual que don Pedro de Mendoza dio a su extraordinaria aventura debió ser
muy hondo, para que con trazos tan firmes quedase grabado en el corazón de sus
hombres, cuando el héroe los dejó al fin, ya prometido de la muerte, para
volver a esa España en cuyas riberas no desembarcó jamás; y en efecto, la
crónica de los días posteriores y el testimonio escrito de las gentes que permanecieron
aún en la ciudad revelan hasta qué punto el espíritu del gran capitán quedó
presente en Buenos Aires y alentó a los suyos en la obra y en el consejo.
Con rara unanimidad se le
confiere a don Pedro de Mendoza el título de héroe, y es, en justicia, el que
mejor conviene a su fibra de hombre y al linaje de su misión. Si es verdad que
la palabra «héroe» se deriva de Eros, nombre antiguo del Amor, sólo el que
realiza un sacrificio amoroso entre los hombres merece tan raro título; y obra
de amor es darse todo, cuando la empresa lo exige todo y lo merece todo. El de
Mendoza fue trabajo de amor, que todo lo exigía; y todo le sacrificó él, hasta
llegar al despojo absoluto de su muerte: se hizo pobre hasta el hambre, en un
continente fabulosamente rico; Adelantado en el suelo gigante de las Indias, no
tuvo un puñado de tierra para su sepultura; señor altivo de la guerra, se
humilló cien veces en un combate oscuro y amargo; después de su muerte la
pequeñez humana le disputó hasta sus vestiduras. La empresa lo merecía todo y
Mendoza lo dio todo: no en vano era «el señor magnífico».
Todos los elementos de la
fundación aparecen dispuestos en el acta según el orden de una rigurosa
jerarquía: el mismo hecho de que Garay, contra la costumbre, diese primero
nombre a la Iglesia y luego a la ciudad es una prueba significativa de lo que
vengo afirmando. El acta de fundación manifiesta
primero la autoridad espiritual y enseguida el poder temporal en el nombre de
los cuales obra el fundador. En cuanto a la primera, se la nombra con
tal rigor teológico que demuestra la importancia verdaderamente principal que
se le confería y su reconocimiento como principio de la ciudad, anterior y
superior a cualquier otro principio o conveniencia. Es un exordio que conviene
repetir y cuya majestuosa solemnidad se impone al espíritu que lo lee y
despierta en él no sé qué resonancias. Dice así: «En el nombre de la Santísima
Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero
que vive y reina por siempre jamás, amén; y de la gloriosísima virgen Santa
María su madre, y de todos los santos y santas de la corte del cielo...». Así
dice el exordio; y aun las cosas divinas se enumeran en él según el orden
jerárquico que les corresponde. Enseguida presenta Garay sus poderes y títulos
como representante de la autoridad terrestre, la cual ocupa, según se ve, un
segundo plano en el orden de la fundación.
El
acto de dar nombre a la ciudad no tiene menos importancia, sobre todo para los
que saben la relación estrecha que existe y debe existir entre las cosas y sus
nombres; porque el nombre es la cosa misma, en la expresión de su esencia
inmutable. Ante todo Garay da nombre a la Iglesia, como representante
visible de los principios invisibles que han presidido la fundación; luego, es
la ciudad quien recibe su nombre. A ese respecto el acta dice así: «Y he traído
la Iglesia de la cual pongo su advocación de la Santísima Trinidad, la cual
sea, y ha de ser Iglesia mayor y parroquial, contenida y señalada en la traza
que tengo hecha de la ciudad; y dicha ciudad mando que se intitule Ciudad de la
Trinidad...».
Enseguida viene la distribución
de funciones, el establecimiento de gobiernos, en una palabra, la fundación
terrestre de la ciudad, en cuyos detalles no entraré ahora, ya que sólo trato
de discernir en estas líneas los signos de una fundación espiritual. En vano se
buscaría en la tierra de Buenos Aires una piedra fundamental que recordara la
gesta de aquel día memorable. Pero la ciudad está fundada (y para siempre)
sobre un pequeño catecismo de las verdades eternas.
Dice Víctor Emilio Michelet en
su Secreto de la Caballería que el blasón de un pueblo, de una ciudad o
de una familia expresa las direcciones indicadas a ese pueblo, ciudad o familia
por su antecesor. De modo tal que, leyendo un blasón construido según las
reglas, un espíritu suficientemente instruido puede advertir en él ciertas
revelaciones acerca de las criaturas cuyo destino inicial simboliza el blasón[2].
Fácil es advertir que el águila
coronada simboliza la potestad terrestre, y que la Cruz representa la autoridad
espiritual. Pero Garay no se circunscribe a eso y manda que la Cruz «suba más
alta que la corona», con lo cual expresa simbólicamente la supremacía de lo
espiritual sobre lo temporal. Además es necesario que la potestad terrestre
reconozca y mantenga ese primado de lo espiritual; y es por eso que en el
escudo de Garay el águila misma levanta la cruz por encima de su corona.
No es este el escudo que Buenos
Aires usa hoy: al blasón de Garay ha sucedido el escudo de las naves, de la
paloma y el ancla. Tampoco la ciudad lleva su nombre primitivo, y eso es grave,
pues dije ya la relación que existe entre las cosas y sus nombres. Sin embargo,
el actual escudo de Buenos Aires, aun recuerda simbólicamente el origen y el
hombre de la ciudad, y lo hace con la paloma del Espíritu Santo, que aparece
brillando en el cielo del escudo. Es, justamente, una alusión a la Santísima
Trinidad, en la figura de su tercera persona; y cabe preguntarse aquí lo que se
ha entendido expresar con el ave resplandeciente del Paráclito[3].
Si bien todos los atributos
divinos convienen igualmente a las tres personas de la Trinidad, al Espíritu
Santo se le asignan, particularmente, las obras de amor. ¿Qué se ha querido
decir al colocar su figura simbólica en el blasón de Buenos Aires? Ha querido
darse a entender, acaso, que la ciudad estaba consagrada, desde su origen, a
los amorosos trabajos del espíritu; algo así como si se esperase de ella, en lo
futuro, cierta realización efectiva de la Ciudad Terrestre, la cual es digna de
tal nombre sólo cuando se asemeja, en el orden y la virtud, a la Ciudad
Celeste, de la cual deberá ser imagen y simulacro.
Todo esto nos dice la profunda Heráldica. Y al finalizar con ella estas líneas sobre la fundación espiritual de Buenos Aires no puedo menos que enorgullecerme por mi ciudad, llamada desde su origen a un destino tan alto; y no puedo menos que entristecerme por mi ciudad, en la medida en que ha olvidado la nobleza de su nacimiento. Empero, no hubiera escrito yo estas líneas si no creyera en lo mucho que el futuro promete a la ciudad; como lo creen todos aquellos que no se marean frente al instante fugitivo, porque saben que Dios es, en definitiva, quien escribe las páginas de la historia.
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