«Fundación espiritual de Buenos Aires» - Leopoldo Marechal (1900-1970)

Hace 490 años, en febrero de 1536, tuvo lugar la 1ª fundación de Buenos Aires. Vaya, pues, en su conmemoración, esta magnífica conferencia. Cuando la transcribíamos, a la vez que emocionados por el contenido y la belleza de su texto, lamentábamos no haber escuchado nunca en estos tiempos, ni en homilía ni en discurso alguno, estos conceptos tan profundos y esclarecedores acerca de la fundación de la ciudad de la Santísima Trinidad. 

El señor Intendente de Buenos Aires ha querido que la voz de los escritores se uniese a las muchas que celebran, en estos días, el cuarto centenario de la ciudad[1]. Y es así que, desde este micrófono, ya en son de alabanza, ya en minuciosa labor de recuerdos, la gesta de Buenos Aires ha sido referida y cantada.

Por mi parte, no intentaré lo uno ni lo otro. No haré ahora el panegírico de la ciudad presente, como no sea en el signo de su vocación espiritual, signo de ayer, de hoy y de mañana, signo que no ha dejado nunca de brillar en la frente de Buenos Aires, signo que habla todavía y hablará siempre a los que saben el idioma de los signos, aunque la ciudad lo olvide o lo traicione. Tampoco volveré mis ojos al pasado; y si en algún momento de mi disertación apelo a los recursos de la historia, lo hago justamente para descubrir ese signo de Buenos Aires en la hora misma de su nacimiento.

Y es que pertenezco a una legión ya numerosa de hombres que, siendo al mismo tiempo actores y espectadores de la ciudad en marcha, vienen preguntándose con amorosa inquietud, adónde se dirige la ciudad, hacia qué rumbo tienden sus pies tan sólidamente calzados de metal y de piedra.

Vemos la ciudad enérgica, enteramente dada a los vientos de la acción; y la ciudad nos duele, porque sabemos que la acción pura es una energía ciega que se destruye a sí misma, cuando no recibe y acata las leyes de un principio anterior y superior a ella, capaz de darle un sentido y un fin. Vemos la frente de la ciudad, cada vez más alta; los pies de la ciudad, cada vez más hondos; el cuerpo de la ciudad, cada vez más grande; y la ciudad nos duele, porque no vemos aún la forma espiritual de su cuerpo, la forma de su vida, y porque sabemos que sin esa forma espiritual ningún cuerpo vivo tiene vida auténtica, sino un mecanismo helado que se resuelve, como todo mecanismo, en una triste parodia de la vida. Por otra parte, oímos que voces acusadoras se levantan de pronto contra la ciudad: «Babilonia», le gritan unos; «Cartago», le dicen otros; y la ciudad nos duele ahora en esas voces, y hacemos un ademán instintivo en su defensa, porque amamos a Buenos Aires, y con una suerte de amor bien extraña por cierto.

Dije que amamos a Buenos Aires con una extraña suerte de amor, y es preciso que aclare mi pensamiento. He conocido las grandes urbes de la tierra y vi que sus habitantes amaban la ciudad con un amor de hijos, con un filial acatamiento, porque la ciudad era para ellos una entidad concluida y sellada, en cuerpo y en espíritu, una entidad corporal y espiritual muy anterior a sus hijos, los cuales, frente a ella, parecían gritar un noli tángere imperativo. En nuestro amor de Buenos Aires predomina, en cambio, una rara inquietud paternal, como si todavía, y en cierto modo, fuéramos los constructores de la ciudad que crece a nuestro lado, como si la infancia de la ciudad se prolongase más allá de nuestra muerte; por eso es que nuestros ojos no se apartan de su estatura, y es por eso que la contemplamos como se contempla a un niño, vale decir, en enigma, en recelo y en esperanza. Este linaje de amor es el que justifica el tono de mis palabras, que de otro modo podrían parecer extrañas o pretenciosas. Las dirijo, sobre todo, a los que padecen la ciudad como un dolor íntimo.

Hablaré sobre una vocación espiritual de Buenos Aires. Y ante todo necesito explicar el sentido en que deberán entenderse aquí las palabras «vocación» y «espiritual», o mejor dicho, debo restituir esas palabras a su verdadera significación, para evitar confusiones y vaguedades. Etimológicamente, la palabra «vocación» significa «llamado». Ahora bien, un llamado supone tres cosas: alguien que llama, alguien a quien se llama y algo para que se llama. Luego, al referirme a una vocación de Buenos Aires, doy a entender que la ciudad es objeto de un llamado; pero si agrego que se trata de un llamado «espiritual», no sólo doy en la naturaleza de la vocación, sino en el nombre del que llama, porque tal adjetivo, pese a la vaga extensión que le ha dado el uso, sólo puede convenir, estrictamente, a los principios eternos, creadores y conservadores del universo, y a sus operaciones misteriosas. La ciudad es objeto de un llamado hecho a su espíritu, y es Dios el que la llama, particularmente por el Espíritu Santo, cuya figura simbólica está grabada en el escudo de Buenos Aires y acerca de cuya significación especial hablaré más adelante, cuando me refiera al objeto o fin del llamado espiritual a que vengo refiriéndome.

No ignoro lo difícil que resulta señalar a Buenos Aires (y en los días que corren) una vocación espiritual tan definida. Cuando confié mi proyecto a los amigos que suelen acompañarme, recibí numerosas objeciones, coloreadas de pesimismo y de asombro, y las recibí no sólo de los amigos espirituales que reconocen, como yo, la supremacía de lo espiritual y eterno sobre lo material y corruptible, sino también, y con mayor título, de los amigos que comparten la indiferencia de la mayoría.

Decían los primeros: «Ciertamente, Buenos Aires nació bajo un signo espiritual y durante mucho tiempo ha guardado fidelidad a su vocación; pero se ha entregado luego a las corrientes del siglo, y el siglo parece realizar su nueva concepción de la vida en el desconocimiento y negación de esos principios eternos que, según usted, solicitan el espíritu de la ciudad. Y es más –agregaban–; se diría que la deserción espiritual es más completa en Buenos Aires, tal vez porque su fondo tradicional no es tan antiguo y fuerte como el de otras ciudades, o quizás porque sufre todavía ese fracaso inicial de América, la cual, revelada por milagro a los ojos de la historia, olvidó muy luego la misión sobrenatural que se le había conferido, víctima de la tentación que acecha detrás de todo lo verdaderamente grande». Tales cosas decían mis amigos espirituales. Y concluían así: «Para que un llamado de esa índole llegase a la ciudad, sería necesario que la ciudad tuviese un alma que lo recibiera; mire usted a su alrededor y díganos dónde está el alma de Buenos Aires».

Confieso que tales palabras me hacían sufrir y que, en el fondo, no estaba yo seguro de que fueran enteramente justas; pero la incomprensión, ingenua casi, que mis otros amigos manifestaban por todo lo que fuese de naturaleza espiritual no hacía sino robustecer ese pesimismo. Sinceramente, no entendían que la ciudad necesitase un alma.

Es quizás el deseo de responder a unos y otros, en defensa de Buenos Aires, lo que me hace recordar ahora la intercesión de Abraham, ante Dios mismo, en favor de los habitantes de Sodoma, sobre la cual se cernía ya la amenaza divina: –¿Por ventura destruirás al justo con el impío? –preguntó Abraham al Señor. –Si hubiese en la ciudad cincuenta justos ¿perecerán a una? ¿y no perdonarás a la ciudad, por amor de los cincuenta justos, si se hallaren en ella?

Y el Señor respondió:

–Si hallare en Sodoma cincuenta justos perdonaré a todo el lugar, por amor de ellos.

Y respondiendo Abraham, dijo:

–Si hubiera cinco justos menos que cincuenta, ¿destruirías toda la ciudad, por los cuarenta y cinco?

Y dijo Dios:

–No la destruiré si hallare allí cuarenta y cinco.

–¿Y si sólo fueren hallados cuarenta, qué harías?

–No la heriré, por amor de los cuarenta.

–¿Y si fueren treinta? –insistió Abraham.

–No la destruiré, si hallare allí treinta –respondió el Señor.

Abraham dijo entonces:

–Pues ya que he comenzado una vez, hablaré a mi Señor: ¿y qué si se hallaren allí sólo veinte?

–No la destruiré, por amor de los veinte.

–¿Y si se hallaren diez? –volvió a preguntar Abraham con extraña insistencia.

–No la destruiré, por amor de los diez.

El mérito de diez hombres justos hubiera salvado a Sodoma, la ciudad amenazada. Ciertamente, una formidable gravitación del cielo pesa sobre la obra del hombre, y podríamos afirmar que oponiéndose a esa gravitación y estableciendo, con su propia virtud, una suerte de amoroso equilibrio en la balanza divina, hay diez justos en toda ciudad que se mantiene de pie; diez columnas que sostienen el cuerpo de la ciudad, para que no se derrumbe. Y el alma de toda ciudad, en esta hora, está en esas diez cariátides invisibles que la sostienen, que animan secretamente su barro moribundo, le visten con ese mínimum de gracia que basta para detener aún el brazo de la justicia.

La vocación de una ciudad se manifiesta sobre todo (y ante todo) en el acto mismo de su fundación. Este acto supone la voluntad de un fundador, orientada por una inteligencia segura de lo que se quiere hacer; supone la voluntad de un artífice que construye la ciudad según sus planes de inventor, la fundamenta sobre principios determinados y la encamina hacia un fin claramente preestablecido.

El creador de la ciudad es dueño de su obra, como lo son todos los creadores, y es dueño de su obra en el principio y en el fin de la misma, por una clara paternidad que inviste de hecho y en la que continúa por derecho; de modo tal que la ciudad comete un acto de traición consigo misma en el instante en que olvida sus principios y reniega del fin a que fue destinada por su creador.

Hay una fundación espiritual (anterior y superior a la fundación material) en el origen de las ciudades que pueden hacer gala de un nacimiento legítimo. Y diré ahora qué debe entenderse aquí por nacimiento legítimo de una ciudad: debe entenderse, ante todo, que la ciudad se funda en el Primer Principio de todas las cosas creadas y que se une, por lo mismo, al orden universal; debe entenderse luego que a la ciudad naciente se le ha señalado un fin rigurosamente ceñido a su principio eterno, fin que deberá cumplir en el transcurso de la existencia que recién inicia, y que será el objeto propio de su vida, la misión que se le ordena realizar en el orden del tiempo.

En toda ciudad tradicionalmente constituida observamos esa enunciación inicial del principio y del fin, y esa congruencia del fin con su principio. A la fundación espiritual sucede la fundación material; y la primera se impone a la segunda, como la forma se impone a la materia. Luego viene la dedicación de la ciudad, acto no menos grave por el cual se ofrece la obra naciente al mismo principio eterno en que se funda. La ciudad es ofrecida para el cumplimiento de tal fin; y es aceptada y bendecida desde lo alto, sobre todo por la virtud del fin que debe realizar. Hay aquí una suerte de acto jurídico entre la tierra que ofrece y el cielo que acepta, un pacto invisible que se firma invisiblemente, una toma de posesión gracias a la cual el asentimiento divino parece recaer sobre la ciudad y confirmarla como buena en la enunciación de su finalidad terrestre. Más adelante me atreveré a decir lo que un asentimiento de tal naturaleza nos permite aguardar, y lo diré en el recto ejercicio de la esperanza.

No hubiera señalado los (por así llamarlos) requisitos de legitimidad que reúnen las ciudades rectamente constituidas si no los hallase todos en la fundación de Buenos Aires. Cuando narra la segunda fundación de Buenos Aires la historia corriente se complace en describir los gestos de los fundadores en el acto mismo, considerando tales gestos más como formalismos de la época que como expresiones simbólicas de un sentido profundo. Lo mismo hace con la redacción del acta, sin tener en cuenta que las actas de fundación manifiestan, con toda exactitud y con impresionante solemnidad, los principios espirituales sobre los que la ciudad fundada comienza a levantarse. Y es que la historia moderna, fiel a su siglo, sólo se mueve en el plano de lo natural y temporal, totalmente desvinculada de lo sobrenatural y eterno, que es la causa de las causas. Es así que la historia, por no transponer el círculo de las causas segundas, se hace de más en más ininteligible.

Para dar en la fundación espiritual de Buenos Aires es necesario detenerse, ante todo, en la figura espiritual de sus fundadores, pues tal es el artífice tal es la obra de sus manos. Luego es preciso considerar los términos del acta de su fundación, en la que, con notables precauciones, se fijan por escrito los basamentos de la ciudad. Por último es imprescindible leer otro testimonio, no menos escrito ni menos legible, y es el testimonio cifrado de la Heráldica.

Consideraré ahora la figura heroica de los dos fundadores de la ciudad y diré, ante todo, que las dos fundaciones de Buenos Aires, aunque sucesivas en el orden del tiempo, aparecen a los ojos del observador desapasionado, no como dos hechos distintos, sino como las dos partes necesarias de una sola obra, como las dos faces de una misma gesta, como dos movimientos que se armonizan y complementan en la unidad del fin.

Y a don Pedro de Mendoza, el «señor ilustre y magnífico» como le nombran los documentos de la época, correspondió, justamente, la primera parte de la fundación, la más difícil, la más ingrata y quizá la más oscura, pero en la oscuridad de los cimientos que, ocultos bajo tierra, sostienen, sin embargo, toda la gracia exterior de la obra. Mendoza fue el «Adelantado», es decir, el héroe de la vanguardia; y nadie podrá sustraerlo a la gloria ni al dolor de la vanguardia, en aquella primera hora de nuestra ciudad.

La misión que le tocaba cumplir era espinosa (como lo son todas las iniciaciones) y muy aventurada en el azar y en la contingencia. Fundar una ciudad es distinguir en la tierra la posibilidad de un nuevo centro humano y establecer en ella un nuevo polo de atracción y de concentración. Y señalar en la tierra desnuda la ubicación exacta de dicho centro es obra de genialidad, porque requiere, no la audacia ciega de un movimiento libre, sino la audacia cavilosa del genio que se somete a ciertas leyes, números y medidas, en la previsión del futuro y en la providencia de su obra. A don Pedro de Mendoza tocó elegir el asiento de Buenos Aires, y desde ese momento el puñado de tierra que señalaba su mano quedó signado por el futuro, y el futuro lo confirmó como centro de hombres y polo de razas.

El vago esquema de la ciudad pudo borrarse por algún tiempo, como una huella inicial que se ha impreso en una materia demasiado rebelde; pero allí era, es y será Buenos Aires. Y si es cierto que un ángel preside el nacimiento, la vida y el ocaso de las ciudades terrestres, no dudo que el ángel de Buenos Aires permaneció allí, en el sitio de elección, entre las ruinas y el humo, cuando la ciudad naciente de don Pedro de Mendoza fue destruida. El ángel y la tierra quedaron esperando, y no fue vana su espera.

Otra misión también inicial y dura en extremo correspondió a don Pedro de Mendoza, y fue la de tomar posesión de la tierra que la urbe futura debería señorear. No bastaron para él las fórmulas rituales del caso, ni el tirar de cuchilladas al viento, ni el segar de hierbas con que Garay corroboró más tarde la potestad de Castilla y de León sobre la nueva provincia del Plata; aquel terruño misterioso no se entregaba sin combate, aquella materia virgen no se daría sin resistencia. Y Mendoza debió afrontar ese choque violento de dos mundos, ese primer contacto de armas desiguales que coloreó tan sombríamente su aventura y del que salió vencedor al fin, pero demasiado herido para conocer su triunfo.

En ningún documento escrito, que yo sepa, dejó Mendoza consignados los fundamentos espirituales de su obra; pero todos y cada uno de sus gestos, desde la iniciación de su viaje hasta su muerte, son documentos vivos que hablan del espíritu que animó al Adelantado en la realización de su empresa: el héroe cristiano traía consigo el mensaje de su mundo, y ese mensaje tenía la forma de la Cruz que al señalar con sus brazos los cuatro puntos cardinales del globo reclama la expansión y la universalidad que naturalmente representa; Mendoza traía el poder espiritual en aquellos abnegados religiosos, mensajeros como él, que compartieron la estrechez de sus navíos y la vastedad de su desventura; y traía en su corazón y en el de sus pilotos la imagen andaluza de Nuestra Señora de los Buenos Aires, patrona de los que navegan, cuya protección le fue tan manifiesta que la inestabilidad del océano resultó para Mendoza mucho más grata y segura que las tierras firmes y los remansos del nuevo mundo.

Lo cierto es que en la ciudad naciente (y amenazada desde sus primeros pasos), las casas del Señor se levantaron al mismo tiempo que las de los hombres; y no es menos cierto que junto al río indígena la forma del Señor se levantó antes que la forma de las armas, desde la primera aurora de Buenos Aires, como dando a entender la naturaleza de la misión que se traía. Y este sentido espiritual que don Pedro de Mendoza dio a su extraordinaria aventura debió ser muy hondo, para que con trazos tan firmes quedase grabado en el corazón de sus hombres, cuando el héroe los dejó al fin, ya prometido de la muerte, para volver a esa España en cuyas riberas no desembarcó jamás; y en efecto, la crónica de los días posteriores y el testimonio escrito de las gentes que permanecieron aún en la ciudad revelan hasta qué punto el espíritu del gran capitán quedó presente en Buenos Aires y alentó a los suyos en la obra y en el consejo.

Con rara unanimidad se le confiere a don Pedro de Mendoza el título de héroe, y es, en justicia, el que mejor conviene a su fibra de hombre y al linaje de su misión. Si es verdad que la palabra «héroe» se deriva de Eros, nombre antiguo del Amor, sólo el que realiza un sacrificio amoroso entre los hombres merece tan raro título; y obra de amor es darse todo, cuando la empresa lo exige todo y lo merece todo. El de Mendoza fue trabajo de amor, que todo lo exigía; y todo le sacrificó él, hasta llegar al despojo absoluto de su muerte: se hizo pobre hasta el hambre, en un continente fabulosamente rico; Adelantado en el suelo gigante de las Indias, no tuvo un puñado de tierra para su sepultura; señor altivo de la guerra, se humilló cien veces en un combate oscuro y amargo; después de su muerte la pequeñez humana le disputó hasta sus vestiduras. La empresa lo merecía todo y Mendoza lo dio todo: no en vano era «el señor magnífico».

Juan de Garay llega después como continuador y consumador de la obra tan dolorosamente comenzada. El conocimiento de los principios eternos, de la jerarquía de los valores divinos y humanos, de los gestos rituales cuyo sentido entendía, evidentemente, a fondo, colocan a Garay, lo mismo que a Mendoza, entre los pocos héroes de América que no traicionaron la misión original iniciada por Cristóbal Colón. Ciertamente, la América escondida en la inmensidad de las aguas occidentales fue revelada a los hombres para que cumplieran en ella una misión espiritual; y Colón lo supo y lo quiso (no en vano era Cristóbal: el que trae a Cristo); lo supo y lo quiso, por lo cual mereció el amparo de la Providencia que con eficacia tan visible y con medios tan desusados favoreció la empresa del Gran Navegante. Se trataba de manifestar la extensión gigante de las Indias, no para convertirla en una nueva y grande provincia de la tierra, sino para levantarla de las aguas como una nueva y grande provincia del cielo. La tierra era redonda, ciertamente: su forma era perfecta, como trabajo de Dios. Y perfecta debía ser también la adoración de sus hombres, total y continuada, como la misma tierra que a toda hora ofrece al sol una mitad despierta de su cuerpo. Ya dije antes cómo se había malogrado ese destino, por la tentación que acecha detrás de toda empresa verdaderamente grande; pero hubo quienes lo recordaron y cumplieron, en la medida de sus fuerzas, y Garay fue uno de ellos, no sólo en tanto que varón cristiano (y todos lo eran entonces), sino como fundador de una obra que debía realizarse en el orden del tiempo. En esa obra, que selló al fin con su sangre, Garay no sólo trabajaba por el acrecentamiento de un reino y por la gloria de un César: esa toma de posesión en el nombre de Felipe Segundo, ese tirar de cuchilladas, ese cortar de hierbas en el acto mismo de la fundación expresan, sin duda, que todo ello lo hacía Garay en el nombre de una potestad terrestre; pero Garay conocía el primado de lo espiritual sobre lo temporal y el orden que ocupa lo humano en su relación con lo divino; y esa relación jerárquica la dejó escrita Garay, no sólo en el acta de la fundación de Buenos Aires, sino, y con mayor precisión, en el escudo de armas que luego dio a la ciudad.

Todos los elementos de la fundación aparecen dispuestos en el acta según el orden de una rigurosa jerarquía: el mismo hecho de que Garay, contra la costumbre, diese primero nombre a la Iglesia y luego a la ciudad es una prueba significativa de lo que vengo afirmando. El acta de fundación manifiesta primero la autoridad espiritual y enseguida el poder temporal en el nombre de los cuales obra el fundador. En cuanto a la primera, se la nombra con tal rigor teológico que demuestra la importancia verdaderamente principal que se le confería y su reconocimiento como principio de la ciudad, anterior y superior a cualquier otro principio o conveniencia. Es un exordio que conviene repetir y cuya majestuosa solemnidad se impone al espíritu que lo lee y despierta en él no sé qué resonancias. Dice así: «En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero que vive y reina por siempre jamás, amén; y de la gloriosísima virgen Santa María su madre, y de todos los santos y santas de la corte del cielo...». Así dice el exordio; y aun las cosas divinas se enumeran en él según el orden jerárquico que les corresponde. Enseguida presenta Garay sus poderes y títulos como representante de la autoridad terrestre, la cual ocupa, según se ve, un segundo plano en el orden de la fundación.

El acto de dar nombre a la ciudad no tiene menos importancia, sobre todo para los que saben la relación estrecha que existe y debe existir entre las cosas y sus nombres; porque el nombre es la cosa misma, en la expresión de su esencia inmutable. Ante todo Garay da nombre a la Iglesia, como representante visible de los principios invisibles que han presidido la fundación; luego, es la ciudad quien recibe su nombre. A ese respecto el acta dice así: «Y he traído la Iglesia de la cual pongo su advocación de la Santísima Trinidad, la cual sea, y ha de ser Iglesia mayor y parroquial, contenida y señalada en la traza que tengo hecha de la ciudad; y dicha ciudad mando que se intitule Ciudad de la Trinidad...».

Enseguida viene la distribución de funciones, el establecimiento de gobiernos, en una palabra, la fundación terrestre de la ciudad, en cuyos detalles no entraré ahora, ya que sólo trato de discernir en estas líneas los signos de una fundación espiritual. En vano se buscaría en la tierra de Buenos Aires una piedra fundamental que recordara la gesta de aquel día memorable. Pero la ciudad está fundada (y para siempre) sobre un pequeño catecismo de las verdades eternas.

Dice Víctor Emilio Michelet en su Secreto de la Caballería que el blasón de un pueblo, de una ciudad o de una familia expresa las direcciones indicadas a ese pueblo, ciudad o familia por su antecesor. De modo tal que, leyendo un blasón construido según las reglas, un espíritu suficientemente instruido puede advertir en él ciertas revelaciones acerca de las criaturas cuyo destino inicial simboliza el blasón[2].

También Garay fijó las direcciones de Buenos Aires y el punto inicial de su destino en el escudo de armas que, a requerimiento del vecindario, dio a la ciudad en el acuerdo del 20 de octubre de 1580. Transcribo algunas líneas del acta correspondiente: «Y el dicho señor General –expresa el acta– dijo que señala por armas y blasón de esta ciudad un águila negra pintada al natural, con su corona en la cabeza, con cuatro hijos debajo demostrando que los cría, con una cruz colorada sangrienta que salga de la mano del águila y suba más alta que la corona, que semeje la cruz a la de Calatrava, y lo cual esté sobre campo blanco; y éstas dijo que señalaba y señaló por armas de esta ciudad, la razón de la cual y del blasón es el haber venido a este Puerto con el fin y propósito firme de ensalzar la Santa Fe Católica y servir a la Corona de Castilla y León...».

Fácil es advertir que el águila coronada simboliza la potestad terrestre, y que la Cruz representa la autoridad espiritual. Pero Garay no se circunscribe a eso y manda que la Cruz «suba más alta que la corona», con lo cual expresa simbólicamente la supremacía de lo espiritual sobre lo temporal. Además es necesario que la potestad terrestre reconozca y mantenga ese primado de lo espiritual; y es por eso que en el escudo de Garay el águila misma levanta la cruz por encima de su corona.

No es este el escudo que Buenos Aires usa hoy: al blasón de Garay ha sucedido el escudo de las naves, de la paloma y el ancla. Tampoco la ciudad lleva su nombre primitivo, y eso es grave, pues dije ya la relación que existe entre las cosas y sus nombres. Sin embargo, el actual escudo de Buenos Aires, aun recuerda simbólicamente el origen y el hombre de la ciudad, y lo hace con la paloma del Espíritu Santo, que aparece brillando en el cielo del escudo. Es, justamente, una alusión a la Santísima Trinidad, en la figura de su tercera persona; y cabe preguntarse aquí lo que se ha entendido expresar con el ave resplandeciente del Paráclito[3].

Si bien todos los atributos divinos convienen igualmente a las tres personas de la Trinidad, al Espíritu Santo se le asignan, particularmente, las obras de amor. ¿Qué se ha querido decir al colocar su figura simbólica en el blasón de Buenos Aires? Ha querido darse a entender, acaso, que la ciudad estaba consagrada, desde su origen, a los amorosos trabajos del espíritu; algo así como si se esperase de ella, en lo futuro, cierta realización efectiva de la Ciudad Terrestre, la cual es digna de tal nombre sólo cuando se asemeja, en el orden y la virtud, a la Ciudad Celeste, de la cual deberá ser imagen y simulacro.

Todo esto nos dice la profunda Heráldica. Y al finalizar con ella estas líneas sobre la fundación espiritual de Buenos Aires no puedo menos que enorgullecerme por mi ciudad, llamada desde su origen a un destino tan alto; y no puedo menos que entristecerme por mi ciudad, en la medida en que ha olvidado la nobleza de su nacimiento. Empero, no hubiera escrito yo estas líneas si no creyera en lo mucho que el futuro promete a la ciudad; como lo creen todos aquellos que no se marean frente al instante fugitivo, porque saben que Dios es, en definitiva, quien escribe las páginas de la historia.

* En «Leopoldo Marechal, Obras Completas», Ed. Libros Perfil, Buenos Aires, 1998 - T° V, p.105-116.

[1] Conferencia integrante del ciclo de disertaciones histórico-literarias auspiciado por la Intendencia de la ciudad de Buenos Aires, en 1936, con motivo del cuarto centenario de su fundación por don Pedro de Mendoza. El ciclo fue propalado por la radiodifusora del Teatro Colón. Publicada en Homenaje a Buenos Aires en el cuarto aniversario de su fundación, Conferencias, Buenos Aires, Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 1936, pp. 479-492.
[2] Victor Émile Michelet, Le Secret de la Chevaliere, Editions, Véga, París.
[3] Cabe aclarar que por ordenanza n°49.669/95 se adoptó para el pabellón de la Ciudad, el escudo de armas creado por Don Juan de Garay para la Ciudad de la Santísima Trinidad (Nota de «Decíamos ayer...»).

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