«La sombra del centauro» - Rubén Calderón Bouchet (1918-2012)

«...es la nostalgia que habita en el alma de los viejos argentinos como si hubiéramos perdido para siempre la oportunidad de ser algo que el destino nos hizo entrever y luego nos lo arrebató, sin explicarnos muy bien lo que era».

Se dice que Don Segundo Ramírez, un paisano que sirvió en su estancia, fue el modelo que tomó Güiraldes para gestar la epopeya de Don Segundo Sombra. Es muy probable que así sea; no obstante, el carácter paradigmático de su figura gauchesca supera los límites que podríamos hallar en un hombre singular. En él se concentran todas las fuerzas de una tradición étnica y sería muy improbable encontrarlas encarnadas en una persona de carne y hueso por ejemplar que nos pareciera. Don Segundo Sombra fue concebido por un poeta y por un poeta que no solamente conocía a fondo la vida de nuestras pampas, sino que era capaz de apreciarla desde adentro: en la profundidad de su sangre y de su estirpe.

Don Segundo Sombra es también Güiraldes y casi seguramente uno de los conquistadores que siglos antes vino de España y con su lengua trajo su hidalguía y el gesto señorial de la raza. Es verdad que era peón, pero ¡qué seguridad en sus movimientos! ¡Qué fuerza y qué dominio en los gestos con que se imponía a la insolencia de un provocador taimado o de un pulpero abusivo! Nada del ademán escurridizo del pobre diablo que se siente mal ubicado en un sitio. Recio y seguro, entra en todas partes como si estuviera en su casa y se impone con una mirada tranquila del que sabe mandar o ha hecho pacto con la intemperie y nada ni nadie puede desalojarlo de la altiva soledad donde reina como señor absoluto. Es por naturaleza un patrón, y si ha elegido el oficio trashumante del tropero es porque no se puede quedar en ninguna parte sin querer mandar al poco tiempo. Se lo hace decir el mismo Güiraldes y no hay nada que añadir a esta afirmación que destaca su personal señorío.

La crítica rojilla ha protestado que el señorito Güiraldes adornó el dibujo de su gaucho con atuendos de procedencia patronal, pero no olvidemos que el verdadero gaucho, por muy venido a menos que se encuentre, no es un proletario tal y como hoy entendemos esa palabra. Desciende de los conquistadores españoles y, aunque en la marcha se le haya mezclado un poco de sangre india, no es un mestizo en el sentido riguroso del término: se siente cristiano y blanco, aunque esto último pueda ser un poco desmentido por el color cetrino de la piel.

No sabemos de dónde viene ni hacia dónde va. Es, efectivamente, una sombra, una presencia indefinida, casi mística, algo que sin ser un recuerdo tiene la consistencia onírica de un presentimiento. Surge del pasado y se apoya en la nostalgia cuando oímos una vidala o vemos la silueta de un jinete sobre el terso horizonte de la pampa. Así se le presenta al narrador cuando, inmóvil, «miré alejarse, extrañamente agrandada contra el horizonte luminoso, aquella silueta de caballo y jinete. Me pareció haber visto un fantasma, una sombra, algo que pasa y es más una idea que un ser, algo que me atraía con la fuerza de un remanso cuya hondura sorbe la corriente del río».

Bajo el influjo poderoso de esta atracción, ve nuevamente dibujarse la figura del hombre en el marco de la puerta de la pulpería donde ha ido a mercar unos pocos peces que ha logrado atrapar con su anzuelo. En este nuevo escenario, la personalidad del forastero alcanza la dimensión del asombro cuando responde a las reiteradas provocaciones del Tape Burgos con un irónico: «No tengo tiempo para atenderlo, si quiere pelear conmigo avíseme con unos días de anticipación».

La magnífica serenidad del hombre se agranda en la imaginación del matón que no ve otra salida para salvar su prestigio que atentar contra la vida del que así lo desprecia. Lo espera en la oscuridad de la noche, pero Don Segundo, sigilosamente advertido por el muchacho de las intenciones del Tape, antes de salir a la calle acostumbra su vista a las tinieblas y se desliza contra la pared de la pulpería esperando el ataque, que se produce de inmediato, tan veloz como inútil, porque el agredido esquiva la puñalada con un movimiento rápido y preciso y el cuchillo se rompe contra el muro de ladrillos con un ruido falso de vidrio trizado.

Aquí vemos cómo se impone nuevamente la calidad señorial del gaucho en su impávido dominio de la situación. Don Segundo, que tiene su arma en la mano, la envaina y, recogiendo del suelo los restos del puñal, se lo entrega a su dueño diciéndole, con una voz que no ha perdido su tono pausado y un poco burlón:

«Tome, amigo, y hágala componer, que así tal vez no le sirva ni pa’carniar borregos».

No creo aventurar una conjetura absurda si afirmo que el Tape (indio) debió sentir la grandeza del gesto y algo de esa majestad que emana del que ha nacido jefe. Se sintió dominado y, arrimándose con toda humildad, le dice que la va a hacer componer para cuando él la precise. Se pone así a su disposición y le ofrece su vida para lo que guste mandar sin otro motivo que el reconocimiento de su prelacía moral. Don Segundo le tiende la mano y, luego de verle desaparecer, se vuelve hacia el muchacho que caminaba hechizado al costado de su caballo:

–«¿Lo conocés a ese mozo? —me preguntó terciando el poncho con amplio ademán de holgura». –«Sí, señor. Lo conozco mucho.» –«Parece medio pavote. ¿No?»

Con este sobrio comentario se perdió en la oscuridad al tranco de su cabalgadura. El chico sintió que algo lo ligaba para siempre a la figura del centauro que la precaria luz de un farol prolongaba sobre el callejón como una sombra alucinante.

No es una novela, es un poema en prosa, y no porque Güiraldes haya sentido la preocupación de cultivar un estilo especialmente cuidado, sino por el poder evocativo de sus pasajes, la honda emoción que surge de sus páginas inspiradas por el amor al terruño y la nostalgia de una vida que en todo instante la sentimos que se va, irremediablemente, sin que sepamos bien por qué. Sí, es la nostalgia que habita en el alma de los viejos argentinos como si hubiéramos perdido para siempre la oportunidad de ser algo que el destino nos hizo entrever y luego nos lo arrebató, sin explicarnos muy bien lo que era.

Don Segundo es un personaje esencial, una imagen para la evocación. Así como no sabemos de dónde viene, tampoco sabemos hacia dónde va: no tiene hijos, no tiene mujer, ni pasado, ni porvenir. Como todos los gauchos ejemplares, es un huérfano que necesariamente morirá soltero. No obstante, hay dos principios que lo atan con seguridad y para siempre a su estirpe hispánica: el estoicismo y el cristianismo. Esto, aunque parezca contradictorio, subsiste en la unidad sustancial del gaucho y del español. Lo podemos observar en Martín Fierro y en Don Segundo Sombra para atenernos a los ejemplos que brinda la literatura. Borges lo ha señalado en sus guapos y en sus compadritos y la Historia en nuestros caudillos federales: Facundo Quiroga, Ángel Vicente Peñaloza, Pancho Ramírez. En Martín Fierro predomina el cristiano y en Don Segundo el estoico. De este talante habla su celo por conservar su soledad impenetrable, la roca inhiesta de su orgullo donde la adversidad se rompe como una ola sin arrancarle un gemido o un gesto de dolor, que oculta como a una suprema impudicia.

El cristianismo asoma en los momentos cruciales: cuando se vela a un amigo o se reza un Padrenuestro para que un alma no pene. Fabio descubre esta recóndita veta de su padrino cuando éste se enfrenta con un endemoniado y le enseña la cruz de su daga diciendo: «¡Nómbrese a Dios!»

Comenta un poco más adelante el narrador, que ha recibido una sumaria instrucción doctrinaria en la casa de unas supuestas tías donde pasó su infancia: «Pero ¡qué hombre que no concluiría nunca de conocer! ¿Sabría también de conjuros?»

Era también de preguntarse: ¿Dónde había adquirido esos conocimientos? ¿Qué tradiciones escondía su oscura herencia? La respuesta no es difícil de extraer si recordamos la antigua costumbre del saludo criollo cuando se llegaba a una casa: ¡Ave María Purísima!, y se recibía la contestación: ¡Sin pecado concebida! Nos encontramos en el clima que los conquistadores dejaron a sus vástagos para que se distinguieran de los infieles y reconocieran en la consigna tradicional que se estaba entre católicos.

El humor vagabundo del gaucho se compadecía con ese gusto por la vida independiente que parecía un resabio de las guerras civiles y del nomadismo habitual de los pastores de ganado: conchavos periódicos, amores furtivos y el embrujo del camino siempre abierto como una invitación al tránsito perenne:

¡A la huella, huella,
huella sin cesar!
¡Abrase la tierra,
Vuélvase a cerrar!

La vida pasa como un sueño y en los largos callejones de la Pampa van quedando los recuerdos pegados a los nombres de pueblos con apodos de caballos: el Azul, el Bragado, el Tordillo, o a lugares que la toponimia indígena señaló con significados que se perdieron para siempre: Chivilcoy, Pehuajó, Trenque Lauquen, Moquehuá. Don Segundo suele quebrar la monotonía de los viajes con algunos cuentos que narra, entre mate y mate, a la luz temblorosa de la llama del fogón, mientras se dora un capón ensartado en la cruz de hierro de un asador pangaré.

Una carrera de caballos, una riña de gallos son ocasiones para hacer correr los «patacones» que el gaucho siempre arriesga con prodigalidad de jugador nato: «Las monedas son redondas pa’que rueden». Es una característica del argentino en general y luce esta imprevisión con el descaro de quien no se asusta por la miseria y confía en que siempre caerá parado. Total, más allá del suelo no se puede pasar. Me decían esto cuando montaba un caballo algo arisco y arriesgaba la posibilidad de una caída, siempre deshonrosa para quien se tiene por jinete. Si el golpe se producía había que endulzar el suceso con el estoicismo del caso, entonces sonaba la cuarteta que se ha hecho famosa en todo el país:

Así me gusta un paisano,
que abra la boca y no grite,
aunque le truene el upite (trasero)
como tormenta e' verano.

También la huella tiene sus fiestas y en sus andanzas los reseros llegan a una estancia en la que se ha improvisado un baile, donde las mozas más lindas del vecindario lucen sus atavíos y los jóvenes su habilidad para el zapateo y el piropo «dentrador». Fabio, como muchacho poco ducho en asuntos femeninos, elige la más bonita y vivaracha, pero rechazado en sus aspiraciones demasiado urgentes, se arrima a otra que lo ha mirado con ternura, pero «que no quiere ser escoba para barrer basuras», como le dice con orgullo, cuando advierte la maniobra poco delicada del mozo.

Al lector moderno, acostumbrado a una sobredosis de erotismo, le puede llamar la atención la púdica continencia de estos rudos paisanos, tanto mujeres como hombres, retenidos en la clara manifestación de sus instintos tanto por vergüenza como por la desconfianza en la poca seguridad de aquellos requerimientos provisorios y sin futuro. Las mujeres comprenden las intenciones del «macho» y no ceden con facilidad a la premura de una solicitud sin compromisos y que sólo aspira a terminar entre los surcos de un maizal propicio. El hombre muy rara vez quiere el enganche definitivo que le pone un grillete en los tobillos y lo ata para siempre a la inmovilidad de un rancho. En la tensión de estos impulsos contradictorios transcurre la vida erótica de los paisanos y se perfila la misoginia del varón y la arisca agresividad de las hembras que se hace sentir hasta en la vida matrimonial.

No siempre es juego y fiesta, la tragedia suele asomar su hocico en el camino y un duelo «a jierro punta», como dicen los correntinos, deja su recuerdo sangriento y como una suerte de mojón cronológico en la crónica lugareña: «Jué pa el año en que lo mataron al Chino Dozo en la fonda de Don Camilo o tal vez ¡mucho antes!». Pero la muerte del Chino Dozo marca un hito en la memoria para fijar los acontecimientos con alguna precisión.

Antenor Barragán es, en nuestra historia, un mocetón muy fuerte y ágil y le gusta, por diversión, demostrar su habilidad en el «visteo», una suerte de esgrima gaucha en la que dos hombres, con el dedo índice tiznado, buscan dejar una señal en la cara del contrincante. La esgrima es elemental y sumaria, amagos y quites en donde abunda más la velocidad que la ciencia. Algunos llegaron a sobresalir en estos lances y muchas veces la fama de un buen visteador llegó hasta los oídos de otros no menos celosos de su habilidad y que hizo un viaje a propósito para saber quién era mejor con un cuchillo «dendeveras».

La tradición quiere que estos duelos, donde se dirime una prelacía casi deportiva, sean a primera sangre y terminen con un tajo en la cara que los paisanos llaman «benteveo» por una referencia irónica al canto de un pajarito que parece decir: ¡Benteveo! o ¡Bicho feo! De cualquiera de las dos maneras, hace una burlona referencia al chirlo que cruza el rostro del vencido y señala su humillación para toda la vida. Esta situación explica por qué tales desafíos no terminan siempre en un puro cotejo lúdico y suelen concluir con la muerte de uno de los adversarios.

En muchas ocasiones, un buen «visteador» se convierte en «guapo» y esta condición, tanto en el campo como en las ciudades que ostentan todavía arrabales abiertos a la pampa, es casi un oficio. La policía suele ser escasa y un par de milicos mal armados y peor pagados no son suficientes para garantizar el orden en una jugada de tabas, en la que el dinero expuesto y las cañas consumidas calientan los ánimos y ofuscan las mentes de hombres generalmente armados con facones, dagas o simples cuchillos de trabajo. El «guapo» es colocado allí por los organizadores del juego y cobra sus pesos para asegurar el orden con su sola presencia y la presunción de que puede copar el desafío de algún retador desmandado.

Juan Moreira fue un guapo de los arrabales porteños y vivió de ese oficio hasta que la policía, cansada de sus desmanes y sus abusos, lo acorraló en un prostíbulo del pueblo de Lobos y lo mató en el momento en que iba a saltar una pared para escapar del asedio. El folletín literario y los dramones del circo campesino se apoderaron de su figura y lo convirtieron en un gaucho perseguido con todos los ornamentos del bandido romántico. Sin lugar a dudas, era un bandido, el romanticismo corre por cuenta de los novelistas y los autores de libretos populares. Recordamos que en el prostíbulo de Lobos tenía un par de rameras que explotaba y al mismo tiempo protegía contra las pretensiones abusivas de algunos rufianes con menos agallas que él.

Antenor Barragán era un hombre de campo, un trabajador, y no tenía en vista sentar plaza de bravo ni adquirir las prerrogativas del guapo; si llegó a serlo a raíz de la fama cobrada con la muerte de su retador, no lo sabemos. En las páginas de nuestro libro es apenas el hombre que se ha «desgraciao» en una pelea que no quiso pero que la suerte lo obligó a aceptar. El cine ha entrado en esta escena y ha puesto una nota falsa al convertir al paisano que lo desafía en un antiguo artista de circo. Resulta un poco difícil aceptar que un hombre acostumbrado al uso de puñales de utilería se convierta en un aguerrido combatiente «dispuesto a cortarlo al mocito por donde quiera», tal la confianza que tenía en su propia habilidad con una daga de peleador contumaz.

Don Segundo interviene en la querella con su calma habitual y señala las condiciones de un duelo a primera sangre. Pronto advierte que el forastero tiene un viejo agravio con Antenor y lo mueve el deseo de consumar su venganza con la muerte de Barragán. En tales condiciones el duelo es a muerte y concluye cuando Antenor, después de haberlo cortado para dar término al combate, no tiene más remedio que levantarlo de una puñalada en el pecho y dejarlo allí, sangrando a borbotones, entre el paisanaje que comenta el suceso con algunas jaculatorias de su olvidado cristianismo. El matador monta a caballo y se pierde en la lejanía de esos campos abiertos a los cuatro vientos.

Muchas veces, una cruz de palo señala en un callejón el lugar donde murió alguien. El lúgubre recuerdo se convierte en motivo de una suerte de culto supersticioso en el que los viejos habitantes de la zona colaboran con sus temores y sus fantasías tenebrosas para hacerlo más patético. Cuando no oyen quejarse a los ñacurutuces (especie entre la lechuza y el búho), ven luces malas entre los cardales que rodean el «bendito» o a una mujer enlutada, madre o esposa, que llora sobre la tumba y luego desaparece como un espectro. El culto de la «Difunta Correa» es uno de los mejor instalados del país y goza en la actualidad de un prestigio nacional indisputado. La Iglesia ha construido un santuario y nadie pasa por ese lugar sin rendir homenaje a la «difunta» para evitar complicaciones en el viaje o algún accidente desdichado.

Sucede que Fabio Cáceres era hijo natural de un estanciero y, al morir, su padre le lega una propiedad que lo convierte de golpe en dueño de un establecimiento ganadero. La noticia, totalmente inesperada, lo toma de sorpresa y debe pasar un tiempo para reponerse y enfrentar la nueva situación que le depara el destino. Don Segundo lo acompaña y hasta se instala con él en la nueva morada. Ya no dormirán más sobre el pellón del recado, ni tendrán el duro basto de cuero y crines como única almohada. No verán sobre sus cabezas el cielo estrellado, ni sentirán la áspera caricia del pampero sobre sus rostros curtidos a la intemperie. Han dejado de ser dos gauchos errantes y la vida les ofrece la suave comodidad de una mansión patronal.

Se dice que uno se hace fácilmente a los regalos de la existencia y pierde con la misma rapidez los hábitos que forja la inclemencia. No obstante, existen los nostálgicos de la guerra y los que extrañan las vicisitudes del desamparo. Don Segundo no podía durar mucho tiempo en la holgura de esa situación y Fabio lo veía luchar contra el deseo de retomar la huella y emprender el duro camino que lo conducía a la paz de su soledad.

Las últimas páginas del libro son las más conmovedoras del relato y percibimos en ellas la consistencia casi espectral de esa idea del gaucho que se desvanece en nuestras almas como una sombra. Vale la pena decirlo con las mismas palabras del poeta, cuando Fabio ve desaparecer en el horizonte la figura del que fuera su mentor y su padrino:

«Se fue reduciendo como si lo cortaran de abajo en repetidos tajos. Sobre el punto negro del chambergo, mis ojos se aferraron con el afán de hacer perdurar aquel rezago. Inútil, algo nublaba mi vista, tal vez el esfuerzo, y una luz llena de vibraciones se extendió por la llanura. No sé qué extraña sugestión me proponía la presencia ilimitada de un alma».

«Sombra, me repetí. Después pensé casi violentamente en mi padre adoptivo. ¿Rezar? ¿Dejar sencillamente fluir mi tristeza? No sé cuántas cosas se amontonaron en mi soledad. Pero eran cosas que un hombre jamás se confiesa».

Se vuelve para la casa. El muchacho es ya un hombre y asume la responsabilidad de su nuevo destino. Deja que aquella «sombra» se pierda en el horizonte, pero se vuelve «como quien se desangra».

* En «Anales de la Fundación Francisco Elías de Tejada» Madrid - Año IV, 1998 - pp.153-159.
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La imagen que luce al final del texto pertenece a Alberto Güiraldes, y es una de las que ilustran la edición «Don Segundo Sombra» de Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires – 1960.
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