«Mensaje a los defensores del Alcázar de Toledo» - José María Pemán (1898-1981)
A los 90 años del
Alzamiento militar que diera lugar a la gloriosa Cruzada Española, vaya nuestro
homenaje a aquellos héroes de aquella inmortal gesta de la defensa del Alcázar
de Toledo.
Caballeros cadetes; defensores todos del Alcázar de Toledo:
Toledo ha cumplido, una
vez más, el destino de sus piedras: que es destino imperial. Mejor diría la paradoja de sus
piedras, que parecen hechas para la intimidad recóndita del recoveco, la
callejuela o la fachada hermética, y están hechas, en realidad, para tocar de
locura imperial y universalista cuanto en ellas se hace o se produce. Allí, en
aquellas sombrías intimidades de piedra, se amasó sustancia de cristiandad
universal, en los Concilios; allí en la escuela de traductores de Domingo
Gundisalvo, se cimentó el pensamiento europeo dándole a Aristóteles el salvoconducto
con que había de llegar hasta París a bautizarse en la celda de Santo Tomás de
Aquino. Toledo ha hecho siempre, paradójicamente, cosas universales desde sus
rincones íntimos. Ahora más achicada que nunca su intimidad, más estrechada que
nunca en los muros de su Alcázar cercada y sitiada, Toledo, como una flor
apretujada, disparó más lejos que nunca su olor imperial. Durante tres meses,
Toledo ha sido otra vez, cabeza de imperio: de un imperio universal y ancho de
simpatía, de entusiasmo y de admiración.
Y por ello merece de España las más
estremecida gratitud.
Ésta es guerra de
ideales y de pensamientos: no de mercados ni de dominios imperiales. Peleamos por este gran dilema –el
concepto material o el concepto espiritual de la vida– que agita todo el mundo
contemporáneo. Cada pueblo, y aun cada individuo, ve reflejado en la tierra
ensangrentada de España, como un espejo, su propio drama interior. Vamos
enganchados, como nunca, a la Historia Universal: y a medida que avanzamos,
batalla a batalla, hacia la victoria, el mundo entero, tironazo a tironazo, se
bambolea, hacia un nuevo porvenir, detrás de nosotros.
Por esta razón, por esta expectación
mundial que nos rodea, esta es muy esencialmente guerra de propaganda. Por eso
Dios, generalísimo de esta cruzada, ha querido providencialmente que dos de las
más intensas acciones guerreras de la campaña, ocurrieran en esos escenarios
fronterizos e internacionales, que son Badajoz e Irún. En el primero se
presentó aquel milagro de la impetuosa entrada del Tercio por el boquete de la
muralla; en el segundo, el drama de magia del loco avance de Beorlegui por
Oyarzum, batido por los fuegos de San Marcos y Guadalupe. Al primer espectáculo
asistió asombrada, desde la raya fronteriza, la oficialidad portuguesa. Al
segundo asistió la frivolidad veraneante de Francia desde las montañas de la
Vera del Bidasoa, donde se pagaban como plateas, los balcones de las casas. En
vista de que Europa no nos miraba ni escuchaba, hemos ido a las rayas mismas de
Europa, como el torero a la barrera, a dejarnos ver en todo nuestro mejor
estilo y desplante…
Y así, Europa, esta Europa que se
había empeñado en no conocer a España, en no leer los libros de Menéndez y
Pelayo, o no oír las conferencias de Levivier, ha tenido que asistir, quieras
que no, en palco proscenio, a unos cursos prácticos de reivindicación española:
a unas demostraciones experimentales de nuestro ímpetu tradicional.
Pero a todo ha superado, en valor
resonante y expansivo, vuestra hazaña, caballeros cadetes. Vuestro Alcázar ha
sido la gran oficina de propaganda de esta guerra. Habéis hablado, con verbo de
hechos y realidades, un viejo lenguaje numantino, con aire de historia y garbo
de romance, fácil de compresión universal. Habéis compuesto vuestro gran
episodio con palabras claras, llenas de cordiales repercusiones para el mundo:
con el Alcázar que está en todas las viejas leyendas hispano-moriscas, de
cautivas y sultanes; con Toledo, que está en todos los itinerarios
sentimentales y en todas las reminiscencias turísticas; con los cadetes, que
están con su florido aroma de juventud, en todos los corazones y en todas las
simpatías. Vuestra epopeya ha tenido además de su honda realidad heroica, todos
los títulos más carteleros y atractivos posibles frente a la frívola curiosidad
universal.
España, rota y descoyuntada en
múltiples frentes de combate, sufría y se angustiaba en toda su extensión. Pero
la atención del mundo es perezosa y su mirada distraída. Necesitaba que toda la
angustia y el sufrimiento de España se reconcentrase en un espacio breve y un
hiriente episodio, donde pudiera posarse la mirada egoísta del mundo. Vosotros
lo habéis hecho. Los cuatro altavoces de vuestras torres han lanzado al orbe
todo el dolor y el valor de España. Habéis tomado a vuestro cargo la honra de
esta cruzada. Habéis salido fiadores y garantes de
veinte siglos de Historia. El mundo, ha vuelto a creer ahora otra vez en
España y en Numancia y en Sagunto y en Gerona y en Zaragoza, porque como Santo
Tomás, el discípulo incrédulo ha metido sus dedos críticos y hurgadores, en esa
herida abierta del costado español, que se llama Alcázar de Toledo. Ha palpado
el presente y por eso cree otra vez, en el pasado. Los telegramas de prensa de
hoy, han certificado el romancero y le han puesto el visto-bueno a la Historia.
Caballeros cadetes, heroicos
defensores todos del Alcázar de Toledo: habéis hecho, no ya por esta guerra de
hoy, sino por la honra eterna de España, más que todos los libros y todas las
defensas. En vuestro Alcázar, como en una gran hoguera, se ha quemado toda la
mala leyenda y la calumnia literaria de España ¡Que busquen por los rincones de
vuestros patios, y encontrarán girones del mantoncillo de la Carmen, de
Merimée; y cuerdas saltadas de la guitarra de Teófilo Gautier; y rodajas de la
pandereta de Dumas y paginas rotas de las cartas persas de Montesquieu, y de
las obras de Drapper! Toda la mala España calumniada
y cascabelera, ha ardido sobre vuestras piedras: sólo ha quedado la mejor
España de perfil romano, la clara, la eterna, la inmortal. Se acabaron
las tarjetas postales y las acuarelas chillonas. Ha sonado, otra vez, la hora
de la sobria melancolía de las lápidas.
Gracias, pues, caballeros cadetes.
Por vosotros España vuelve a ser amada y comprendida. Habéis ganado la más
ancha e invisible batalla de esta guerra. Y así como al final de tantas
acciones se lee: «Hemos tomado para el Ejército tantas ametralladoras» o «Hemos
tomado tantos carros de asalto o tantos fusiles»; al final del parte ideal de
vuestra gesta, trasmitido con alfabeto de estrellas al futuro, se lee: «Hemos
tomado para España tantos corazones»… Y en ese tantos va implícita la
cifra enorme, de una arrolladora y universal simpatía.
Simpatía ganada para España y para la
verdad. Porque no olvidemos lo que antes decíamos: esta es guerra de ideales y
de pensamientos. Lucha en ella, el gran dilema contemporáneo, del materialismo
y el espiritualismo. Las guerras de este tipo son a menudo, como clases
prácticas y experimentales, donde se resuelven definitivamente las disputas de
cátedra. Así el Alcázar de Toledo, ha resuelto más
rotundamente que ningún libro ni ninguna conferencia el problema de la primacía
de lo espiritual, refutación suprema del marxismo. El mundo ha asistido
a un gran experimento, a una gran medición de densidades y de fuerzas: y hemos
visto, dándole la razón a toda la Historia de España, sobrenadar los eternos
valores del espíritu, sobre los valores de la técnica, del cálculo y de la materia.
El Alcázar de Toledo no ocupaba una
posición estratégica en nuestro material avance sobre Madrid. Ocupaba una
posición estratégica en el avance del pensamiento universal. Era la refutación
viva de todo el materialismo soez del marxismo: era el triunfo del ideal y del
espíritu por encima de todas las previsiones materiales. Se decía que estaba
solo y aislado: pero estaba, en realidad acompañado de toda la enorme compañía
de la Verdad. No estaba unido a ningún frente de
guerra: pero estaba unido a todas las raíces de nuestra Historia: a San Juan y
a Santa Teresa, a las Navas y a Zaragoza, a todo cuanto representa la locura
del espíritu vencedora de todas las corduras de la carne.
El mundo de hoy, este mundo de
mercaderes y cambistas, necesitaba una refutación estridente del materialismo:
y la ha tenido. En el Alcázar lo duro y lo resistente no han sido las piedras,
sino la obsesión ilusionada; lo abundante no han sido las municiones, sino los
entusiasmos. Ha ganado el valor como en el más vulgar de los romances, como en
la más elemental de las novelas. Los técnicos calculaban espesores de muros y
coeficientes de dilataciones de gases, y vacilaban y dudaban. Sólo los poetas acertaron en sus cálculos y en sus
coeficientes, porque con medir la altura del entusiasmo defensor y del ideal
defendido, supieron enseguida que el Alcázar de Toledo estaba, como las
estrellas, fuera de tiro para el vano plomo perezoso de los simples mortales.
No cabe refutación más total del
marxismo. Hace ya un siglo que Carlos Marx dijo que la historia era un puro
juego de fuerzas económicas y que Bakunine afirmó que el hombre era un simple
trozo de materia… Y ahora, al cabo del siglo, resulta que el mundo entero se
estremece por la gesta puramente espiritual del Alcázar; por la guerra de España, que es guerra de ideales,
cruzada de religión, empresa de soldados y poetas. Después de tantos años de
fábricas, mercados, estadísticas y materialismo, estamos otra vez en el punto
de partida. Estamos otra vez en Homero, en la fuente ingenua y cristalina de la
epopeya. Al mundo le siguen gustando los romances heroicos y las osadías
inverosímiles. Los periódicos vienen atiborrados de cotizaciones de Bolsa: pero
el botones de Berlín, y el lechero de Bearne y el pilluelo de Nueva York, se
abren paso entre los números turbios y van a buscar, con afán, el telegrama de
los cadetes de Toledo.
Gracias,
caballeros cadetes; gracias gloriosos oficiales; gracias heroicas mujeres del
Alcázar: gracias en nombre de todos los poetas del mundo, por cuyo crédito
habéis vuelto. Ya vamos a poder soñar y cantar sin rubor, seguros de que el
canto y el sueño no son vanas manipulaciones de nubes irreales, sino sólidas
construcciones de valores fundamentales que llegan a tener, en la vida,
equivalencias tan vivas y reales como esta epopeya de Toledo. ¡Gracias a
vosotros, el alma vieja y sucia de este siglo veinte, se ha vestido de limpio y
ha vuelto a encontrar acentos de juventud y entusiasmo!
No sólo han repicado, anoche, las
campanas de España: han repicado también todos los corazones puro y niños que
quedan en todos los pueblos de la tierra. Anoche fue dos veces Domingo para el
mundo entero. ¡Anoche, gracias a España, gracias a Toledo, después de un siglo
de recelosa prisión, fue amnistiado el Espíritu, y fue puesta en libertad la
Poesía!
* Discurso pronunciado el 28 de septiembre de 1936 desde el micrófono de Radio Jerez, y publicado en «¡Atención! ¡Atención!... Arengas y crónicas de guerra», Ed. Escelicer-Cerón, Cádiz, 1937, pp.45-51.
