«Mensaje a los defensores del Alcázar de Toledo» - José María Pemán (1898-1981)

A los 90 años del Alzamiento militar que diera lugar a la gloriosa Cruzada Española, vaya nuestro homenaje a aquellos héroes de aquella inmortal gesta de la defensa del Alcázar de Toledo. 

Caballeros cadetes; defensores todos del Alcázar de Toledo:

Ahora que ya todas las campanas de España nos han dicho vuestra liberación, es tiempo de que os enteréis. Durante todo este tiempo de gloriosa resistencia, cuando más encerrados y cercados os creíais vosotros entre los muros del Alcázar, más desparramados habéis estado por el mundo y más plantados en el centro de él, ante la vista y el asombro de los pueblos. Durante tres meses, vuestras fronteras materiales de piedra han estado sobre vosotros agobiadoras y asfixiantes: pero vuestras fronteras de luz y de fama corrían, allá lejos, por los confines del mundo. En Berlín, el botones del hotel donde se hospedaba Eugenio Montes –el dulce escritor de la prosa de gaita–, le preguntaba cada mañana por los cadetes del Alcázar; y el paisano bearnés que iba de madrugada, por la vereda, con su manso carrillo cargado con botellas de leche, abandonaba las riendas para mirar en el periódico el cliché de vuestro nuevo Sagunto; y el pilluelo de Nueva York aprendía a descifrar, por causa vuestra, el duro nombre del Alcázar y el dulce nombre de Toledo; y aquel profesor alemán, en un periódico berlinés, definía con énfasis de dogma: «España había batido el record del heroísmo en Numancia; pero ahora ha superado ella misma su propio récord»; y Carlos Maurras, con su duro francés latinizado, proclamaba desde las columnas de l'Action Francaise: «los defensores del Alcázar de Toledo deberán ser citados, con mención honorífica, en el orden del día del universo civilizado»… Todo el mundo, caballeros cadetes, guardias civiles, defensores todos, ha estado lleno de vosotros: cuando vosotros apenas ocupabais un rinconcito en el mundo.

Toledo ha cumplido, una vez más, el destino de sus piedras: que es destino imperial. Mejor diría la paradoja de sus piedras, que parecen hechas para la intimidad recóndita del recoveco, la callejuela o la fachada hermética, y están hechas, en realidad, para tocar de locura imperial y universalista cuanto en ellas se hace o se produce. Allí, en aquellas sombrías intimidades de piedra, se amasó sustancia de cristiandad universal, en los Concilios; allí en la escuela de traductores de Domingo Gundisalvo, se cimentó el pensamiento europeo dándole a Aristóteles el salvoconducto con que había de llegar hasta París a bautizarse en la celda de Santo Tomás de Aquino. Toledo ha hecho siempre, paradójicamente, cosas universales desde sus rincones íntimos. Ahora más achicada que nunca su intimidad, más estrechada que nunca en los muros de su Alcázar cercada y sitiada, Toledo, como una flor apretujada, disparó más lejos que nunca su olor imperial. Durante tres meses, Toledo ha sido otra vez, cabeza de imperio: de un imperio universal y ancho de simpatía, de entusiasmo y de admiración.

Y por ello merece de España las más estremecida gratitud.

Ésta es guerra de ideales y de pensamientos: no de mercados ni de dominios imperiales. Peleamos por este gran dilema –el concepto material o el concepto espiritual de la vida– que agita todo el mundo contemporáneo. Cada pueblo, y aun cada individuo, ve reflejado en la tierra ensangrentada de España, como un espejo, su propio drama interior. Vamos enganchados, como nunca, a la Historia Universal: y a medida que avanzamos, batalla a batalla, hacia la victoria, el mundo entero, tironazo a tironazo, se bambolea, hacia un nuevo porvenir, detrás de nosotros.

Por esta razón, por esta expectación mundial que nos rodea, esta es muy esencialmente guerra de propaganda. Por eso Dios, generalísimo de esta cruzada, ha querido providencialmente que dos de las más intensas acciones guerreras de la campaña, ocurrieran en esos escenarios fronterizos e internacionales, que son Badajoz e Irún. En el primero se presentó aquel milagro de la impetuosa entrada del Tercio por el boquete de la muralla; en el segundo, el drama de magia del loco avance de Beorlegui por Oyarzum, batido por los fuegos de San Marcos y Guadalupe. Al primer espectáculo asistió asombrada, desde la raya fronteriza, la oficialidad portuguesa. Al segundo asistió la frivolidad veraneante de Francia desde las montañas de la Vera del Bidasoa, donde se pagaban como plateas, los balcones de las casas. En vista de que Europa no nos miraba ni escuchaba, hemos ido a las rayas mismas de Europa, como el torero a la barrera, a dejarnos ver en todo nuestro mejor estilo y desplante…

Y así, Europa, esta Europa que se había empeñado en no conocer a España, en no leer los libros de Menéndez y Pelayo, o no oír las conferencias de Levivier, ha tenido que asistir, quieras que no, en palco proscenio, a unos cursos prácticos de reivindicación española: a unas demostraciones experimentales de nuestro ímpetu tradicional.

Pero a todo ha superado, en valor resonante y expansivo, vuestra hazaña, caballeros cadetes. Vuestro Alcázar ha sido la gran oficina de propaganda de esta guerra. Habéis hablado, con verbo de hechos y realidades, un viejo lenguaje numantino, con aire de historia y garbo de romance, fácil de compresión universal. Habéis compuesto vuestro gran episodio con palabras claras, llenas de cordiales repercusiones para el mundo: con el Alcázar que está en todas las viejas leyendas hispano-moriscas, de cautivas y sultanes; con Toledo, que está en todos los itinerarios sentimentales y en todas las reminiscencias turísticas; con los cadetes, que están con su florido aroma de juventud, en todos los corazones y en todas las simpatías. Vuestra epopeya ha tenido además de su honda realidad heroica, todos los títulos más carteleros y atractivos posibles frente a la frívola curiosidad universal.

España, rota y descoyuntada en múltiples frentes de combate, sufría y se angustiaba en toda su extensión. Pero la atención del mundo es perezosa y su mirada distraída. Necesitaba que toda la angustia y el sufrimiento de España se reconcentrase en un espacio breve y un hiriente episodio, donde pudiera posarse la mirada egoísta del mundo. Vosotros lo habéis hecho. Los cuatro altavoces de vuestras torres han lanzado al orbe todo el dolor y el valor de España. Habéis tomado a vuestro cargo la honra de esta cruzada. Habéis salido fiadores y garantes de veinte siglos de Historia. El mundo, ha vuelto a creer ahora otra vez en España y en Numancia y en Sagunto y en Gerona y en Zaragoza, porque como Santo Tomás, el discípulo incrédulo ha metido sus dedos críticos y hurgadores, en esa herida abierta del costado español, que se llama Alcázar de Toledo. Ha palpado el presente y por eso cree otra vez, en el pasado. Los telegramas de prensa de hoy, han certificado el romancero y le han puesto el visto-bueno a la Historia.

Caballeros cadetes, heroicos defensores todos del Alcázar de Toledo: habéis hecho, no ya por esta guerra de hoy, sino por la honra eterna de España, más que todos los libros y todas las defensas. En vuestro Alcázar, como en una gran hoguera, se ha quemado toda la mala leyenda y la calumnia literaria de España ¡Que busquen por los rincones de vuestros patios, y encontrarán girones del mantoncillo de la Carmen, de Merimée; y cuerdas saltadas de la guitarra de Teófilo Gautier; y rodajas de la pandereta de Dumas y paginas rotas de las cartas persas de Montesquieu, y de las obras de Drapper! Toda la mala España calumniada y cascabelera, ha ardido sobre vuestras piedras: sólo ha quedado la mejor España de perfil romano, la clara, la eterna, la inmortal. Se acabaron las tarjetas postales y las acuarelas chillonas. Ha sonado, otra vez, la hora de la sobria melancolía de las lápidas.

Gracias, pues, caballeros cadetes. Por vosotros España vuelve a ser amada y comprendida. Habéis ganado la más ancha e invisible batalla de esta guerra. Y así como al final de tantas acciones se lee: «Hemos tomado para el Ejército tantas ametralladoras» o «Hemos tomado tantos carros de asalto o tantos fusiles»; al final del parte ideal de vuestra gesta, trasmitido con alfabeto de estrellas al futuro, se lee: «Hemos tomado para España tantos corazones»… Y en ese tantos va implícita la cifra enorme, de una arrolladora y universal simpatía.

Simpatía ganada para España y para la verdad. Porque no olvidemos lo que antes decíamos: esta es guerra de ideales y de pensamientos. Lucha en ella, el gran dilema contemporáneo, del materialismo y el espiritualismo. Las guerras de este tipo son a menudo, como clases prácticas y experimentales, donde se resuelven definitivamente las disputas de cátedra. Así el Alcázar de Toledo, ha resuelto más rotundamente que ningún libro ni ninguna conferencia el problema de la primacía de lo espiritual, refutación suprema del marxismo. El mundo ha asistido a un gran experimento, a una gran medición de densidades y de fuerzas: y hemos visto, dándole la razón a toda la Historia de España, sobrenadar los eternos valores del espíritu, sobre los valores de la técnica, del cálculo y de la materia.

El Alcázar de Toledo no ocupaba una posición estratégica en nuestro material avance sobre Madrid. Ocupaba una posición estratégica en el avance del pensamiento universal. Era la refutación viva de todo el materialismo soez del marxismo: era el triunfo del ideal y del espíritu por encima de todas las previsiones materiales. Se decía que estaba solo y aislado: pero estaba, en realidad acompañado de toda la enorme compañía de la Verdad. No estaba unido a ningún frente de guerra: pero estaba unido a todas las raíces de nuestra Historia: a San Juan y a Santa Teresa, a las Navas y a Zaragoza, a todo cuanto representa la locura del espíritu vencedora de todas las corduras de la carne.

El mundo de hoy, este mundo de mercaderes y cambistas, necesitaba una refutación estridente del materialismo: y la ha tenido. En el Alcázar lo duro y lo resistente no han sido las piedras, sino la obsesión ilusionada; lo abundante no han sido las municiones, sino los entusiasmos. Ha ganado el valor como en el más vulgar de los romances, como en la más elemental de las novelas. Los técnicos calculaban espesores de muros y coeficientes de dilataciones de gases, y vacilaban y dudaban. Sólo los poetas acertaron en sus cálculos y en sus coeficientes, porque con medir la altura del entusiasmo defensor y del ideal defendido, supieron enseguida que el Alcázar de Toledo estaba, como las estrellas, fuera de tiro para el vano plomo perezoso de los simples mortales.

No cabe refutación más total del marxismo. Hace ya un siglo que Carlos Marx dijo que la historia era un puro juego de fuerzas económicas y que Bakunine afirmó que el hombre era un simple trozo de materia… Y ahora, al cabo del siglo, resulta que el mundo entero se estremece por la gesta puramente espiritual del Alcázar; por la guerra de España, que es guerra de ideales, cruzada de religión, empresa de soldados y poetas. Después de tantos años de fábricas, mercados, estadísticas y materialismo, estamos otra vez en el punto de partida. Estamos otra vez en Homero, en la fuente ingenua y cristalina de la epopeya. Al mundo le siguen gustando los romances heroicos y las osadías inverosímiles. Los periódicos vienen atiborrados de cotizaciones de Bolsa: pero el botones de Berlín, y el lechero de Bearne y el pilluelo de Nueva York, se abren paso entre los números turbios y van a buscar, con afán, el telegrama de los cadetes de Toledo.

Gracias, caballeros cadetes; gracias gloriosos oficiales; gracias heroicas mujeres del Alcázar: gracias en nombre de todos los poetas del mundo, por cuyo crédito habéis vuelto. Ya vamos a poder soñar y cantar sin rubor, seguros de que el canto y el sueño no son vanas manipulaciones de nubes irreales, sino sólidas construcciones de valores fundamentales que llegan a tener, en la vida, equivalencias tan vivas y reales como esta epopeya de Toledo. ¡Gracias a vosotros, el alma vieja y sucia de este siglo veinte, se ha vestido de limpio y ha vuelto a encontrar acentos de juventud y entusiasmo!

No sólo han repicado, anoche, las campanas de España: han repicado también todos los corazones puro y niños que quedan en todos los pueblos de la tierra. Anoche fue dos veces Domingo para el mundo entero. ¡Anoche, gracias a España, gracias a Toledo, después de un siglo de recelosa prisión, fue amnistiado el Espíritu, y fue puesta en libertad la Poesía!

 

* Discurso pronunciado el 28 de septiembre de 1936 desde el micrófono de Radio Jerez, y publicado en «¡Atención! ¡Atención!... Arengas y crónicas de guerra», Ed. Escelicer-Cerón, Cádiz, 1937, pp.45-51.