«“Descenso y ascenso del alma por la belleza”, de Leopoldo Marechal» - José María de Estrada (1915-1997)
Publicamos hoy esta excelente recensión de la citada obra de Marechal. Un pequeño fragmento de esa misma obra hemos publicado anteriormente en el blog. El lector que lo desee podrá descargarlo al pie de esta página.
El alma y el cuerpo constituyen
una unidad perfecta que es el hombre. El alma puede vivir sin el cuerpo, pero no
se completa sino con el cuerpo. Es decir, que no hay hombre completo sino
cuando existe un cuerpo informado por un alma. De ahí que el cuerpo no sea algo
absolutamente despreciable, como creía Platón, ni su origen sea perverso, como
también afirmaban los maniqueos y todos aquellos que han creído en la
existencia de un principio absoluto del mal. Dios creó el alma y el cuerpo. Deus
creavit coelum et terram. El mal no es más que un desorden, una
desintegración.
Por eso el hombre debe valerse
de esos medios materiales –internos y externos– para llegar a su fin último que
es la contemplación. Despreciarlos significaría desconocer el valor de la
creación y cometer un pecado de angelismo. Los mismos santos cuando flagelan su
cuerpo le asignan a éste un valor inestimable. Es el medio de su santificación
y, al castigar lo que es bueno en sí mismo aunque corrompido por el pecado, no
pierden de vista la futura resurrección. Ellos descienden para ascender, como
Cristo descendió y ascendió.
El poeta también desciende y
asciende. Porque es hombre –antes de ser poeta– y tiene una vocación celestial,
desciende y asciende, y porque es poeta –y en esto se diferencia de los demás
hombres– también desciende y asciende. Desciende y asciende por la belleza. Tiene un hábito, una predisposición para ver ese especie
de bien que es la belleza, ese resplandor de la forma de las cosas, o de la
verdad de las cosas, o del orden de las cosas (pues todo es lo mismo), en una
palabra, tiene un hábito para aprehender el resplandor de lo que las cosas son.
Y por ese resplandor de las cosas el poeta viaja hacia la eternidad.
Descubre la unidad en la multiplicidad de las cosas y goza directamente de esa
unidad. El viaje del poeta es veloz y menos arduo que el del santo, pero es
también más inestable. El poeta debe volver hacia lo creado, su misión es
moverse (en tanto que poeta) entre las criaturas. «El poeta –dice M. Roland de
Reneville– se identifica con las fuerzas del universo manifestado, mientras que
el místico las atraviesa y trata de alcanzar, detrás de ellas, el poder inmóvil
y sin límites de lo absoluto». El poeta vuelve a las criaturas e imita la
belleza, que misteriosamente ha contemplado, por medio de la imitación de las
criaturas. Y entonces comienza la difícil y ardua labor del artista.
Así, el poeta se convierte en un
obrero. Pero sin dejar un instante de ser poeta pues, en ese caso, ¿cómo
discerniría sobre la conveniencia de emplear tal o cual imagen, tal o cual
color, tal o cual sonido o palabra y, sobre todo, tal o cual género de arte
para poder imitar? Porque el artista debe encontrar
los medios para construir una obra lo suficientemente perfecta como para que
otra inteligencia, al contemplarla, intuya la belleza que él mismo contempló.
Pero si el poeta desciende y
asciende y luego vuelve a descender, es para colaborar con Dios en la obra de
la creación y para que otros desciendan y asciendan. El artista vuelve a
descender, no para perderse en la multiformidad de las cosas sino para mostrar
a sus semejantes el resplandor de su unidad.
El viaje se reduce, pues, a un
descenso exigido por la materialidad y a un ascenso requerido por el espíritu.
El descenso y ascenso de Leopoldo Marechal está en el «Laberinto de Amor»[1]. Aquí el viaje está recubierto con las transparencias del lenguaje poético, del lenguaje simbólico y semioscuro pero eminentemente vivo, que es el lenguaje de la poesía.
En el «Laberinto de Amor» se
desciende:
Allá toda hermosura decía su lenguaje
Y en toda flor el alma puede salir de viaje
y se asciende:
En un anochecer, al oriente, mi duelo
buscaba por amor las figuras del cielo.
Pero el «Laberinto de Amor» es
en sí mismo un descenso y un ascenso. Si fuera sólo la descripción del descenso
y del ascenso no sería poesía sino que sería prosa, en el sentido estricto del
término.
Pues bien, el «Descenso y
Ascenso del Alma por la Belleza» es la descripción del viaje. Es un discurso,
con todas las bellezas propias de la prosa, sobre el itinerario del alma desde
la criatura al Creador. Es un discurso hecho por un poeta –por un gran poeta–
que no puede prescindir de la poesía, pero es un discurso. Intenta ser sólo una
glosa de un texto de San Isidoro, pero sobrepasa esa intención y se convierte
en un libro con un ser particular y propio.
El tema es grande y casi
inefable. «Hablaré –dice– de la belleza, del amor y de la felicidad» y luego
comienza el viaje que ha de culminar en la posesión del Principio Primero, que
es fuente de toda belleza y de toda felicidad.
El viaje, ya dijimos, es el
viaje natural del alma. Por la consideración de las criaturas llegamos a la
consideración del Creador, dice San Pablo. Marechal recuerda a San Agustín y a
Platón. Ambos nos señalan el itinerario: de belleza participada en belleza
participada a la belleza en sí misma. De la belleza, de las cosas corporales a
la Idea de Belleza, según Platón; de la belleza de las cosas creadas a la
Belleza que las crea, según San Agustín. Luego nos habla Marechal del peligro
de la dispersión: la Esfinge. El hombre puede perderse, si desoye los llamados
de la Prudencia, en la belleza de las criaturas y entonces éstas terminan por
devorarlo. Debe, sin embargo, interrogarlas, buscar en ellas los vestigios del
Amado; descender a ellas sin servirlas. En una palabra, debe ser su juez. Las
criaturas le ofrecen, entonces, un cántico de afirmación y de obediencia y,
así, el alma por ellas y a través de ellas llega a la posesión del Bien y de la
Verdad, para entonar, en hermandad con todo lo creado, un interminable aleluya.
Pero, como la naturaleza del alma es una naturaleza corrompida por el pecado,
busca su refugio en la Iglesia de Cristo.
Tal es el esquema de ese hermoso
libro. Comienza haciendo consideraciones sobre la belleza, como resplandor del
orden, la verdad o la forma y termina en un Laus Deo et Agno, que es una
alabanza al Creador de toda belleza y al Redentor de todas las cosas que habían
perdido la belleza.
Este libro es un tratado de estética porque habla de la esencia de la belleza, pero es sobre todo un itinerario porque habla del modo de alcanzar y unirse a la Belleza.
* En «Revista Sol y Luna», Buenos Aires, N°3, Año 1939, pp.188-190.
El lector que lo desee puede descargar AQUÍ la publicación del fragmento de esta obra de Marechal, y AQUÍ otros escritos de José María de Estrada, ya publicados en el blog.
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