«Carta a un rehén» (fragmento) - Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944)
«...El muchacho que me había sonreído y que, un segundo antes, sólo era una
función, un útil, una suerte de insecto monstruoso, se revelaba ahora algo
torpe, casi tímido, de una maravillosa timidez...»
IV
Fue en el curso de un reportaje
sobre la guerra civil española. Yo había cometido la imprudencia de asistir
clandestinamente, cerca de las tres de la mañana, a un embarco de material
secreto en una estación para trenes de carga. Mi indiscreción se vio favorecida
por la agitación de los equipos y una cierta oscuridad. Pero resulté sospechoso
a los milicianos anarquistas.
Fue muy simple. Yo no sospechaba
nada acerca de su elástica y silenciosa aproximación, cuando ellos ya se
cerraban sobre mí, suavemente, como los dedos de una mano. El caño de una
carabina se posó ligeramente contra mi vientre, y el silencio me pareció solemne.
Finalmente, levante los brazos.
Observé que no clavaban los ojos
en mi cara, sino en la corbata (la moda de un barrio anarquista desaconsejaba
tal objeto de arte). Mi carne se contrajo. Esperé la descarga; era la época de
los juicios expeditivos. Pero no hubo descarga. Después de algunos segundos de
un vacío absoluto –a lo largo de los cuales los equipos de trabajo me dieron la
impresión de que bailaran en otro universo una suerte de ballet de ensueño–,
mis anarquistas, con un ligero movimiento de cabeza, me indicaron que los
precediera, y nos pusimos en marcha, sin apuro, a través de las vías de la
playa. La captura había tenido lugar en medio de un perfecto silencio y con
extraordinaria economía de movimientos. Así juega la fauna submarina.
Muy pronto me hundí en el
subsuelo transformado en puesto de guardia. Mal iluminados por una triste
lámpara de petróleo, otros milicianos dormitaban con la carabina entre las
piernas. Intercambiaron algunas palabras, en voz neutra, con los hombres de mi patrulla.
Uno de ellos me registró.
Yo hablo castellano, pero ignoro
el catalán. Con todo, comprendí que me exigían mis papeles. Los había olvidado
en el hotel. Respondí: «Hotel... periodista...», sin saber si mi lenguaje transmitía
algo. Los milicianos se pasaron de mano en mano mi máquina fotográfica, como
una pieza de convicción. Algunos de los que bostezaban, desplomados en sus
sillas cojas, se levantaron con cierto aburrimiento y se pusieron contra la
pared.
Porque la impresión dominante
era la del tedio. De molestia y de sueño. Tuve la sensación de que la capacidad
de atención de aquellos hombres había sido estirada al máximo. Casi hubiese
deseado, como contacto humano, una señal de hostilidad. Pero no me honraban con
ningún signo de cólera, ni siquiera de reprobación. Intenté varias veces
protestar en castellano. Mis protestas cayeron en el vacío. Me miraron sin
reaccionar, como si hubieran mirado un pez chico en un acuario.
Esperaban. ¿Qué esperaban? ¿El
regreso de alguno de ellos? ¿El alba? Me decía: «Esperan, quizás, tener
hambre».
Me decía también: «¡Harán una
tontería! ¡Es absolutamente ridículo!». Más que de angustia, el sentimiento que
experimentaba era de disgusto por lo absurdo. Me decía: «¡Si se desentumen, si
quieren actuar, tirarán!».
¿Me encontraba, sí o no,
realmente en peligro? ¿Seguían ignorando que yo no era un saboteador, que no
era un espía, sino un periodista? ¿Qué mis papeles de identidad se encontraban
en el hotel? ¿Habían tomado una decisión? ¿Cuál?
Yo no sabía nada acerca de
ellos, salvo que fusilaban sin grandes cargos de conciencia. Las vanguardias
revolucionarias, cualesquiera que sean, practican la caza, no del hombre (no
miden al hombre en su sustancia) sino de los síntomas. La verdad adversa les
parece una enfermedad epidémica. Por un síntoma dudoso se remite a los
contagiosos a la celda de aislamiento. O al cementerio. Por eso me parecía
siniestro este interrogatorio que me caía encima, a través de monosílabos
vagos, de tanto en tanto, y del que no comprendía nada. Mi pellejo se jugaba en
una ruleta ciega. También por eso experimenté, para adquirir una presencia
real, la extraña necesidad de gritarles algo acerca de mí, algo que me colocara
en mi verdadero destino. Mi edad, por ejemplo. Es impresionante, ¡la edad de un
hombre! Resume toda su vida. Su madurez se ha hecho lentamente; se ha hecho
ante obstáculos vencidos, ante graves enfermedades curadas, ante penas
calmadas, ante desesperaciones superadas, ante riesgos de los que la mayor
parte escaparon a su conciencia. Se ha hecho a través de tantos deseos, de
tantas esperanzas, de tantas nostalgias, tantos olvidos, tanto amor. Representa
una hermosa carga de experiencia y de recuerdos. ¡La edad del hombre! A pesar
de las trampas, de los tumbos, de los atolladeros, hemos continuado avanzando,
bien o mal, pasablemente, como una buena carreta. Y ahora, gracias a una
convergencia obstinada de felices circunstancias, aquí estamos. Tengo treinta y
siete años. Y la buena carreta, si Dios quiere, llevará aún más lejos su carga
de recuerdos. Me decía, pues: «Aquí he llegado. Tengo treinta y siete años». Me
hubiese gustado abrumar a mis jueces con esa confidencia pero ya no me
interrogaban más.
Fue entonces cuando ocurrió el milagro. ¡Oh! Un milagro muy discreto. No tenía cigarrillos, y puesto que uno de mis carceleros fumaba, le rogué con un gesto que me diera uno, y esbocé una vaga sonrisa. Al comienzo el hombre se estiró, se pasó la mano lentamente por la frente, levantó los ojos ya no en la dirección de mi corbata, sino en la de mi rostro, y –con gran sorpresa de mi parte– esbozó también él una sonrisa. Fue como el día que nace.
El milagro no evitó el drama,
simplemente lo borró, como la luz respecto de la sombra. Ya no había lugar para
el drama. El milagro no modificó nada de lo visible. La triste lámpara de
petróleo, una mesa con papeles esparcidos, los hombres adosados a la pared, el
color de los objetos, el olor, todo persistió. Pero todas las cosas fueron
transformadas en su sustancia misma. Aquella sonrisa me liberó. Era un signo
tan definitivo, tan evidente en sus consecuencias cercanas, tan irreversible
como la aparición del sol, inauguraba una nueva era. Nada había cambiado, y
todo había cambiado. La mesa con papeles esparcidos se convertía en algo vivo.
La lámpara de petróleo se convertía en algo vivo. Las paredes estaban vivas. El
tedio que rezumaban los objetos muertos de aquella cueva se disipaba por
encantamiento. Era como si una sangre invisible hubiera comenzado a circular
nuevamente, ligando todas las cosas en un mismo cuerpo, y restituyéndoles una
significación.
Tampoco los hombres se habían
movido; a pesar de ello, mientras un segundo antes me habían parecido más
alejados de mí, como una especie antediluviana, ahora nacían a una vida
cercana. Experimentaba una extraordinaria sensación de presencia. Eso es: de presencia.
Y sentía mi parentesco.
El muchacho que me había sonreído y que, un segundo antes, sólo era una función, un útil, una suerte de insecto monstruoso, se revelaba ahora algo torpe, casi tímido, de una maravillosa timidez. Y no se trata de que fuera menos brutal que los otros –¡ah, terrorista!–, sino que el advenimiento del hombre en él ponía a luz su parte más vulnerable. Nosotros, los hombres, adoptamos grandes aires, pero sabemos, en lo secreto del corazón, de la vacilación, de la duda, de la pena...
Nada se había dicho hasta
entonces. Sin embargo, todo estaba resuelto. Yo apoyé la mano, en señal de
agradecimiento, sobre la espalda del miliciano, cuando éste me tendió el
cigarrillo. Y así, roto el hielo, los otros milicianos se convirtieron también
ellos en hombres; entré en su sonrisa como en un país nuevo y libre.
Entré en su sonrisa como otras veces había entrado en la sonrisa de nuestros salvadores en el Sahara. Los camaradas, al encontrarnos después de jornadas de búsqueda, después de aterrizar lo menos lejos posible, marchaban hacia nosotros a grandes pasos, balanceando muy visiblemente, en el extremo del brazo, las botas de agua. De la sonrisa de los salvadores –si me tocaba ser náufrago– como de la sonrisa de los náufragos –si me tocaba ser salvador– me acuerdo como de una patria donde me sintiera extraordinariamente feliz. El placer verdadero es placer de comensal. El salvamento sólo era la ocasión para ese placer. El agua no tiene el poder para encantar si no es antes regalo de la buena voluntad de los hombres.
Los cuidados que se prodigan al
enfermo, la acogida que se brinda al proscrito, el perdón mismo sólo tienen
valor gracias a la sonrisa que ilumina la fiesta. En la sonrisa nos reunimos
por encima de los lenguajes, de las castas, de los partidos. Somos los fieles
de una misma Iglesia, ellos y sus costumbres, yo y las mías.
Para ver otros textos de Saint-Exupéry publicados en este blog, pueden decargarse AQUÍ
blogdeciamosayer@gmail.com
