«La vía dolorosa» - P. Agustín Berthe C.Ss.R. (1830-1907)
Con
la presente publicación «Decíamos ayer...» desea a sus lectores una fervorosa
Semana Santa y una muy feliz y santa Pascua de Resurrección.
Apenas proferida la sentencia,
Pilatos entregó a Jesús a la rabia de los príncipes de los sacerdotes quienes
decidieron fuera llevado sin tardanza al lugar del suplicio. Les pareció
peligroso diferir la crucifixión hasta después de las solemnidades pascuales:
¿quién sabe si aquellas turbas desenfrenadas, después de haber pedido con
frenesí la muerte de Cristo, no volverían a entonar ocho días más tarde el
hosanna en su honor? Además, en lugar de llamar a aquellos salvajes al respeto
a la ley, el mismo Pilatos estaba ansioso de llegar al término haciendo
desaparecer cuanto antes en el secreto de la tumba la víctima de su criminal
cobardía.
Desde el tribunal, Jesús fue
conducido al pretorio para los preparativos del suplicio. Cuatro verdugos le
arrancaron el jirón de púrpura pegado a su cuerpo ensangrentado y cubriéronle
de nuevo con sus vestidos ordinarios, prodigándole toda suerte de injurias.
Dejáronle en la cabeza la corona de espinas a fin de provocar con esta alusión
a su realeza, los insultos y burlas del populacho.
Para envilecerle más aún, los
príncipes de los sacerdotes sacaron de la prisión a dos ladrones condenados a
muerte para exhibirlos al público y crucificarlos al lado de Jesús. Las cruces
que los reos debían llevar al lugar de la ejecución se componían de dos
maderos, de los cuales el principal tenía diez codos de largo y estaba
atravesado en los dos tercios de su altura por el otro que medía la mitad del
primero. Era este un peso abrumador para Jesús, agotado como estaba ya por la
pérdida de sangre, la fatiga y los dolores, sobre todo después de aquella
horrible flagelación.
Impusiéronle bruscamente sobre
sus hombros aquella cruz, símbolo de la infamia en la cual morían los esclavos,
los ladrones, los asesinos, los falsarios. En lugar de quejarse, Jesús recibió
con amor aquel patíbulo de ignominia, convertido para él desde ese día en el
madero más precioso, el madero redentor del mundo, el trofeo de la más
brillante de las victorias, el cetro del Rey de los reyes. Los dos ladrones
colocados a ambos lados del Cristo, fueron igualmente cargados con su cruz.
Terminados estos preparativos,
los tres reos conducidos por los verdugos, llegaron a la plaza donde debía
formarse el cortejo. Una multitud inmensa los recibió dando gritos de muerte y
mostrando con el dedo entre afrentosas burlas, al rey coronado de espinas, al
Mesías entre dos ladrones. La trompeta dio la señal de partida y el ejército de
deicidas se puso en marcha. Un pregonero iba a la cabeza proclamando los
nombres y los crímenes de los reos; luego, los soldados romanos encargados de
mantener el orden y facilitar el pasaje del cortejo. Seguía un grupo de hombres
y niños que llevaban cuerdas, escaleras, clavos, martillos y el título que
debía colocarse en lo alto de la cruz del Cristo.
Tras éstos, avanzaban los dos
ladrones y al fin Jesús con los pies desnudos, cubierto de sangre, encorvado
con el peso de la cruz, con pasos vacilantes como un hombre próximo a
desfallecer. Inundado de sudor, devorado por la sed, jadeante el pecho,
sostenía con una mano la cruz sobre sus hombros y levantaba con la otra el
largo manto que embarazaba su marcha. Sus ensangrentados cabellos caían en
desorden bajo las espinas que laceraban su frente; sus mejillas y barba
manchadas de sangre de tal manera le desfiguraban, que era imposible
reconocerle. Los verdugos le sujetaban con dos cuerdas atadas a la cintura y se
divertían en fatigarle, ya tirándolo con violencia; ya golpeándole para
apresurar su marcha. Como cordero inocente que se lleva al matadero, Jesús
soportaba estas crueldades sin dejar escapar una sola queja y en su magullado
rostro cada uno podía leer la expresión más sublime del amor y de la
resignación.
En torno de él se agrupaban sus
encarnizados enemigos, los príncipes de los sacerdotes, los jefes del pueblo,
aquellos fariseos tantas veces reducidos al silencio por el gran profeta,
felices ahora con poder arrojar sobre él las olas desbordadas de su implacable
odio. Uno en pos de otro, se aproximaban a Jesús, llenábanle de invectivas,
burlábanse de sus predicaciones y de sus milagros. Un destacamento de soldados
mandados por un centurión a caballo, cerraba la marcha y mantenía a raya a
aquella multitud de esclavos, obreros, hombres de la hez del pueblo que desde
la mañana habían estado lanzando gritos de muerte y que acudían ahora al lugar
de la ejecución, ávidos de ver correr sangre humana.
El camino que Jesús debía
recorrer, pedregoso y accidentado, medía cerca de mil doscientos pasos. Del
Moria descendía hacia la ciudad baja y luego volvía a subir por una pendiente
escarpada para llegar a la puerta occidental de la ciudad. La crucifixión debía
verificarse en el Gólgota, fuera del recinto urbano. La vía del Gólgota se
llama con propiedad la Vía Dolorosa, ya que Jesús pudo decir al recorrerla:
«Vosotros los que pasáis por este camino, ved si hay dolor semejante a mi
dolor»[1]. Puédese también llamarla con no menos razón, vía triunfal, pues ella ha
visto pasar armado de su glorioso estandarte, a un vencedor más grande que los
Césares al subir al Capitolio. La humanidad jamás olvidará el camino del
Gólgota. De todos los puntos del globo, los discípulos de Jesús se reunirán en
Jerusalén para seguir paso a paso la senda que ha recorrido el Maestro, mezclar
lágrimas de amor a las gotas de su sangre adorable y meditar los memorables
episodios que han marcado las etapas de esa vía ya para siempre sagrada.
Desde el palacio de Pilatos el
siniestro cortejo descendió de la colina del templo por una calle estrecha con
dirección al oeste, hasta llegar a una calle más ancha que, a doscientos pasos
de distancia, corre hacia el mediodía. Antes de llegar al punto de unión de
estas dos calles, Jesús, abrumado bajo el peso de su carga, cayó penosamente en
el camino. Detúvose un momento el cortejo para levantarlo, lo que dio ocasión a
los verdugos para maltratarle de nuevo y a los fariseos para dirigir sus
sarcasmos a ese extraño taumaturgo que hacía andar a los paralíticos y él mismo
no podía mantenerse en pie. Con la ayuda de los soldados, Jesús volvió por fin
a tomar su cruz y prosiguió su camino.
Apenas había andado cincuenta
pasos por la gran calle de Efraín, cuando el más desgarrador de los
espectáculos vino a conmover los corazones todavía capaces de compasión. Una
mujer, la Madre de Jesús, acompañada de algunas amigas le salió repentinamente al
encuentro. María quería verlo por la última vez y darle el postrer adiós. La
noche y la mañana habían sido para ella de agonías mortales. A cada instante,
Juan, el discípulo amado, dejaba la multitud para ir a dar cuenta a la pobre
madre de las escenas que se sucedían hora tras hora; del juicio del Sanhedrín,
de los interrogatorios de Pilatos y Herodes y, por fin, de la condenación a
muerte.
Acompañada de Magdalena y demás
santas mujeres, acudió con presteza a la plaza del pretorio, oyó las
vociferaciones de la turba y presenció aquel horrendo espectáculo en que
Pilatos presentaba ante el pueblo a su Hijo ensangrentado y coronado de
espinas. Con el corazón despedazado y los ojos anegados en lágrimas, tomó
entonces la resolución heroica de acompañar a Jesús al Gólgota y sufrir con él
el tremendo martirio. Cuando el cortejo se puso en movimiento, María siguió una
calle paralela y fue a esperar a su Hijo a la avenida de Efraín.
Veinte pasos más adelante,
dejaron la calle Efraín, para tomar la que conducía directamente al Gólgota.
Apenas había marchado Jesús algunos instantes por esta nueva vía terriblemente
escarpada, cuando una palidez mortal cubrió su rostro, dobláronse sus rodillas
y a pesar de sus esfuerzos, le fue imposible seguir adelante. Viéndolo próximo
a sucumbir y temiendo verse privados del placer de contemplar su agonía en la
cruz, los fariseos rogaron al centurión romano que buscara un hombre que
ayudase al reo a llevar su carga.
Por orden del oficial, los
soldados detuvieron a un jardinero que volvía del campo, llamado Simón el
Cireneo[3]
y le obligaron a llevar la cruz con Jesús. Simón no puso resistencia, no solo
porque rehusando aquel trabajo se exponía a ser maltratado, sino principalmente
porque la vista de aquel hombre extenuado cuya mirada moribunda parecía
implorar su socorro, excitó en su corazón la más sincera piedad. Levantó por el
medio el pesado madero, de modo que quedara lo más liviano posible para los
hombros del Salvador. Jesús no olvidó este acto de
caridad: hizo del Cireneo un discípulo ferviente y de sus dos hijos, Alejandro
y Rufo, apóstoles de la verdadera fe.
Habían andado como doscientos
pasos por esta calle espaciosa hermoseada por grandes y vistosos edificios. Sus
moradores miraban con indiferencia o desprecio a los criminales conducidos al
suplicio, cuando, de improviso, una mujer de aspecto distinguido salió
precipitadamente de una casa situada a la izquierda del camino. Sin miramiento
a los soldados que intentaban impedirle el paso, acercóse al divino Maestro,
contempló su semblante desfigurado, cubierto de esputos y llagas sangrientas;
luego, tomando el finísimo velo que cubría su propia frente, enjugó con él el
rostro de la santa víctima. Diole Jesús las gracias con una mirada y continuó
su camino; pero ¿cuál no sería la sorpresa de aquella mujer cuando, de vuelta a
su casa, vio en el velo de que se había servido, impreso el divino rostro del
Salvador, aquel rostro triste y lívido, verdadero retrato del dolor? En memoria
de este hecho, los discípulos de Jesús inmortalizaron con el nombre de Verónica
a esta heroína[4]
de la caridad.
Sólo faltaban cerca de cien
pasos para llegar a la puerta judiciaria, así llamada, porque por ella pasaban
los condenados a pena capital para subir al Gólgota. En este camino pedregoso,
la subida se hacía con dificultad; a pesar de los esfuerzos del Cireneo para
ayudarle, Jesús cayó de nuevo bajo el peso de la cruz. Levantóse con gran
trabajo y se acercó a la puerta en donde en una columna de piedra llamada
«columna de infamia», estaba fijado el texto de la sentencia condenatoria. El
Salvador pudo leer, de paso, que iba a morir por haber sublevado al pueblo
contra el César y usurpado el título de Mesías. Los fariseos no dejaron de
mostrarle con el dedo la odiosa inscripción que recordaba sus acusaciones.
Jesús se encontraba ya al pie
del Gólgota. No obstante la prohibición de llorar durante el tránsito de los
condenados a muerte, un grupo de valerosas mujeres, al ver a Jesús, no pudo
menos de prorrumpir en gritos y lamentos. Muchas llevaban niños en sus brazos y
estos lloraban junto con sus madres. Movido a compasión al pensar en las
calamidades próximas a descargarse sobre la ingrata Jerusalén, Jesús se
enterneció a la vista de aquellas afligidas mujeres. «Hijas de Jerusalén, les
dijo, no lloréis por mí; antes llorad por vosotras y por vuestros hijos. Días
vendrán en que se exclamará: ¡Dichosas las mujeres que no han tenido hijos, y
los pechos que no dieron de mamar! Entonces, se dirá a los montes: ¡Caed sobre
nosotros! y a los collados: ¡Sepultadnos! Porque si esto pasa con el árbol
verde, con el seco ¿qué se hará?» Si así es tratado el inocente ¿qué será del
culpable?
Seis días antes, desde la altura
del monte de los Olivos, Jesús lloraba por Jerusalén y predecía su ruina; hoy
que esta ciudad culpable pone el colmo a sus crímenes, el Salvador anuncia
solemnemente su reprobación y la espantosa catástrofe que pondrá fin a sus
destinos. Los jefes del pueblo, al oír esta profecía, habrían debido temblar de
espanto; pero cegados y endurecidos como los demonios, irritáronse por las
amenazas que aquel condenado a muerte profería contra la ciudad santa.
Excitados por ellos, los verdugos descargaron sobre Jesús repetidos golpes, de
manera que, tratado como bestia de carga, rendido de fatiga, cayó por tercera
vez sobre las piedras del camino antes de llegar a la cima del Calvario. Levantáronle
casi exánime y a fuerza de violencias de todo género, llegó por fin al lugar
del suplicio.
En estos instantes, la multitud
venida de todas partes, estrechaba sus filas alrededor del montículo para
saborear los últimos sufrimientos del ajusticiado y aplaudir su muerte. La hora
sexta del día va a sonar, el momento es, entre todos, solemne: la gran tragedia
a que asisten los ángeles, los hombres y los demonios, la tragedia del
Hombre-Dios toca a su desenlace.
* En «Jesucristo, su vida, su pasión,
su triunfo», Ed. Turnhout (Bélgica), Establecimientos Brepols SA – 1925, pp.414-421.

