«Para implantar más por entero una
civilización de la que se saben paladines, aquellos hombres piden obispos y
religiosos. La leyenda negra queda al descubierto en su apasionada falsedad
ante comprobaciones semejantes...».
Hambre, locura, nieves, soles
tropicales, selvas impenetrables, dunas inhóspitas, fiebres, llanuras
desérticas, todo lo vencen los hombres de España en una disipación máxima de
energías, de impulsos generosos, de desinterés por la propia vida terrena; labor
casi sobrehumana que, en poco más de medio siglo, florece en un enorme número
de fundaciones. Señalemos las principales: San Juan de Puerto Rico, 1508;
Santiago de Cuba, 1514; La Habana, 1515; Veracruz, 1519; Panamá, 1519;
Guatemala, 1524; León de Nicaragua, 1524; Granada de Nicaragua, 1524; San Salvador,
1525; Santa Marta, 1525; Coro, 1527; Puebla de los Ángeles, 1531; Cartagena de
Indias, 1533; Guadalajara de México, 1533; Quito, 1534; Lima, 1535; Guayaquil,
1535; Buenos Aires, 1536 –abandonada y reestablecida en 1580–; Asunción del
Paraguay, 1537; Santa Fe de Bogotá, 1538; Charcas, o Chuquisaca, o La Plata –hoy
Sucre–, 1539; Santiago de Chile, 1541; Valladolid de Michoacán –hoy Morelia–,
1541; Mérida de Yucatán, 1542; Potosí, 1545; La Paz, 1549; Santiago del Estero,
1560; Caracas, 1562; Mendoza, 1562; San Juan de la Frontera, 1562; San Miguel
de Tucumán, 1565; San Agustín de la Florida, 1565; Córdoba, 1573; Salta, 1582,
etcétera.
En las rutas de los
conquistadores fueron surgiendo las ciudades de América y en cada una
fructificó un afán de elevación social, moral y cultural que fue efectivo,
porque era la cosecha de las siembras de aquellos hombres, a los que sólo
consideramos por sus hazañas guerreras o por sus apetitos humanos, olvidando
que procedían de la cultísima España del siglo XVI y poseían insospechados
afanes de cultura. Bernal Díaz del Castillo es un modesto soldado de la
conquista de México que se immortaliza al dejar un libro que dice de la
imposibilidad de juzgar a hombres semejantes con conceptos unilaterales. Las
cartas de Hernán Cortés al emperador son un modelo de forma, precisión y
estilo. Las de Pedro de Valdivia pueden servir de ejemplo epistolar al más
culto bachiller. Por un Pizarro analfabeto, pero con afanes de cultura –pues el
alfabetismo no es signo de que se posea alguna–, se descubre a cada paso que el
alto nivel cultural que alcanzó la España del siglo XVI estuvo bien
representado por los hombres de la conquista. Citas en latín, perfectamente
ubicadas, precisión en la terminología, claridad en la expresión, referencias
de los Evangelios o de los escritores clásicos, son corrientes motivos de
atracción en escritos de la época. El amor a la cultura predomina en todos.
Pizarro asiste a las cátedras de lengua indígena que implanta en Lima para
dotar de ese instrumento de apostolado a los misioneros; Hernán Cortés lleva, a
la ha poco conquistada México, una imprenta, y bajo su protección, aquel gran
pastor que fuera fray Pedro de Gante funda una escuela de artes y oficios para
los indios. Todos tuvieron auténtica curiosidad por conocer la historia, las
costumbres y las lenguas de los naturales. La imagen del conquistador
analfabeto debe ser desechada por falsa, aunque pudo haber entre ellos quienes
lo fueran. Carlos Pereyra recuerda que entre los del Paraguay hubo por lo menos
dos, pero eran ingleses.
Cierto
indigenismo, de notoria filiación extranjera, pretende demostrar que España
destruyó en América una problemática civilización. Basta recordar, para
comprender el grado de primitivismo de las más avanzadas, que no habían
alcanzado a utilizar la rueda; no habían logrado domesticar ningún animal de
tiro, y en materia de escritura no habían pasado de la reproducción gráfica de
las cosas que querían referir, o lo hacían, como los incas, mediante los quipus,
o cuerdas con nudos, lo que equivale a demostrar que carecían del instrumento
sin el cual toda alta cultura es imposible. Si frente a eso colocamos la
primera carta de Hernán Cortés al emperador dándole cuenta de su conquista, se
comprende que no en balde siglos de elaboración espiritual consciente separan a
una de otra cultura. En dicha epístola, el conquistador suplica para que se le
envíen obispos y religiosos de todas las órdenes, que fuesen de buena vida y doctrina,
«para que nos ayudasen a plantar más por entero nuestra santa fe católica».
Por
eso es por lo que dice el padre Bayle que el sentido de la responsabilidad
colectiva en orden a la protección de los naturales, responsabilidad que muchos
no acertarán a ver y que, ciertamente, se esconde a veces, es el que hace que «aquellos
mismos hombres, duros en la pelea y en el escarmiento, sin entrañas quizá con
sus indios, al dejar a un lado sus personas o intereses
particulares, al obrar en función social y pública, son otros». Para
implantar más por entero una civilización de la que se saben paladines,
aquellos hombres piden obispos y religiosos. La leyenda negra queda al
descubierto en su apasionada falsedad ante comprobaciones semejantes. En 1543,
Pedro Dorantes, desde Asunción, escribe al rey para pedirle misioneros y un
prelado, para que con la autoridad de su buena vida «nos haga a todos
recoger de nuestros vicios». Porque el español peca, pero sabe la
responsabilidad que le incumbe por hacerlo. No es extraño, por consiguiente,
que entre hombres tales se iniciara una corriente de restitución de los bienes
materiales logrados. El obispo de Charcas, fray Matías de San Martín, escribió
un memorial titulado PARECER SOBRE SI ERAN
BIEN GANADOS LOS BIENES ADQUIRIDOS POR LOS CONQUISTADORES, POBLADORES E
ENCOMENDEROS DE INDIAS. Y no se trata de un caso aislado. Basta
recorrer los archivos notariales de América para reunir innumerables
testamentos que denuncian cómo, en la hora de la muerte, muchos piden que sus
bienes sean restituidos a los naturales. Lo que no debe sorprender. Sólo
mediante la fusión de lo más bajo con lo más sublime –tan sublime, que las
hornadas indianas fueron venero de hombres que alcanzaron la gloria de los
altares– se explica la gesta estupenda de la hispanización de América; empresa
sin parangón, que no pudo realizar otro pueblo que el que la hizo, pues su
empeño requería todas esas características, a veces contradictorias, que
integran la personalidad del español del siglo XVI. Sólo España es capaz de
concebir la religión como un combate; sólo ella es capaz de concebir que su fe
no es cuestión del propio perfeccionamiento, sino también, y a veces con pleno
sacrificio, huelga por el de los demás. Tamaña convicción, forjada en la lucha
secular contra el invasor musulmán, se tradujo en una pléyade de seres de
excepción; y verdaderamente excepcionales se necesitaron para que pudieran
hacer a América; hacerla moral y materialmente imagen y semejanza de ellos
mismos; tarea posible porque dilapidaron en las nuevas tierras la flor de su
espíritu, de su ingenio, de su trabajo, de su fe, de su cultura y de su saber.
Así como la economía de Hispanoamérica se asienta aún sobre la producción que
España introdujo o desarrolló, así todos los frutos legítimos de la
espiritualidad americana –no los otros, expresiones pasajeras de la moda– son
brotes del viejo árbol hispano, que se reproduce bajo nuevas formas.
En el cuadro de la epopeya
indiana lo que más se destaca es su valor humano. Las entradas son empresas de
riesgo, que demandan heroísmo para exponer la vida, desprendimiento para gastar
la hacienda y audacia para jugarse el crédito. Nada de eso pudo tener la
codicia como único aliciente. Pedro de Valdivia, que reúne algunos bienes en el
Perú, los pierde en las jornadas araucanas, donde además pierde la vida,
asesinado por los naturales. Almagro dilapida lo obtenido en tierras peruanas
en su infructuosa campaña chilena; Hernando de Soto sale rico del Perú para
intentar la conquista de la Florida y dejar sus huesos en las aguas del
Mississippi; Alvarado, que ha obtenido cuanto podía aspirar en Guatemala, parte
hacia el Sur para perderlo todo. La aventura tiene más que el oro, y cuando en
algunos casos se alcanza el oro, se lo pierde en la aventura. El balance es
desolador, por trágico. Comienza con Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa. Este
muere asesinado por los indios, y aquél, después de fundar San Sebastián, en
Castilla del Oro, deja su precaria fundación en manos del futuro conquistador
del Perú, Pizarro; y empobrecido y náufrago es recogido por el gobernador de
Jamaica, que lo devuelve a la isla Española, donde muere en la miseria. Diego
de Nicuesa funda la ciudad de Nombre de Dios, donde el clima malsano mata a más
de medio millar de sus hombres; el resto busca refugio en San Sebastián, que
había sido abandonado por sus pobladores, agotados por las fiebres, el hambre y
la desesperación. Pedrarias Dávila pierde dinero y crédito, y Vasco Núñez de Balboa,
la vida. Francisco de Montejo, conquistador de Yucatán, muere en la más
angustiosa miseria, y en la conquista de Centroamérica mueren Fernández de
Córdoba y Cristóbal de Olid; y Pedro de Alvarado termina desastrosamente sus
días. Los alemanes a quienes Carlos I concede la conquista de Venezuela pierden
vidas y dinero, como los pierde Pedro de Mendoza en el Río de la Plata. Su
lugarteniente Juan de Ayolas es asesinado por los naturales, como lo fue Ñuflo de Chaves, el descubridor del camino entre
Asunción y Lima, y Juan de Garay, el fundador de Santa Fe y Corrientes. Gonzalo
Jiménez de Quesada termina sus últimos días en honorable pobreza. Los conquistadores
del Tucumán no conocieron más que la miseria y el trabajo; Ortiz de Zárate
dilapida la mayor parte de su fortuna peruana en el inútil adelantazgo del Río
de la Plata, que le cuesta a Alvar Núñez su dinero, su crédito y su nombre; y
Orellana, bajando desde el Ecuador hasta la desembocadura del gigantesco
Amazonas, encuentra allí su muerte. De un gran capitán siempre es posible hacer un banquero, pero
no es tan fácil hacer de un banquero un gran capitán. Afanes de riqueza pudieron
ser el cebo. Algunos de los conquistadores de México, antiguos labradores,
expresaban sus deseos de mejoramiento al decir que «para no salir de
cavadores no valía la pena moverse de sus pueblos»; pero la realidad los
obligó a cavar y cavaron. Y es que si no se sabía valer más que la propia vida,
si no se tenía fe en el juicio final, sin el sentido trágico de la vida del español
del siglo, la conquista no se habría realizado como lo fue. A lo sumo se
habrían fundado, en las extensas costas del Nuevo Mundo, algunas factorías para
intercambiar con los naturales a cambio de baratijas; pero nunca se hubiera
logrado el trasplante maravilloso de toda una civilización a otro mundo; mundo
que hoy, por la acción de aquellos hombres, reza a Dios, dice de sus amores y
de sus penas, canta la belleza y repudia el mal, y todo eso lo hace en español.
* En «Así se hizo América», Ediciones
Dictio – Argentina, 2ª edición, 1977. La primera edición apareció en Madrid, en
el año 1955, editada por el Instituto de Cultura Hispánica por haber merecido
el Premio Reyes Católicos.
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