«Rosas y sus adversarios (fragmento)» - Roberto de Laferrère (1900 -1963)
Los unitarios
El nacionalismo de Rosas se
define, ante todo, por su oposición a los unitarios, quienes desde 1812, con
Rivadavia frente a Artigas, hasta después de Caseros, estuvieron siempre al
servicio, más o menos deliberado, de aquel plan de dominación extraña. Al
juzgar la conducta de sus jefes de las logias secretas, cabe pensar, en su
excusa, que les faltaba el sentimiento de la nacionalidad. No lo traicionaron,
porque no lo tuvieron. Para los más caracterizados entre ellos, ser argentino
era ser porteño, y ser porteño era un fenómeno de cultura personal, rara vez
logrado en sus filas, porque, la verdad sea dicha, todo el partido unitario no
produjo una docena de espíritus verdaderamente cultos. Los más ilustres, los
más famoso hoy, eran literatos o poetas, que, a título de tales, pretendían
erigirse en los supremos legisladores de la nacionalidad. En cualquier caso,
fueron extraños al país, cosa que tardaron en descubrir, pues por un fenómeno
característico de su vanidad, al principio concibieron éste a imagen y
semejanza suya, y luego, al comprobar la contradicción, dictaminaron que el
país estaba equivocado. Vivieron mirando a Europa, de espaldas a la tierra en
que habían nacido, de la que se avergonzaban sin ocultarlo, como se avergüenzan
los guarangos modernos. En el fondo no se sintieron nunca compatriotas del
hombre del interior o de las campañas de Buenos Aires o de los arrabales
porteños. Lo despreciaron, porque se creían superiores a él, cuando sólo lo
eran en algunos aspectos, los de su cultura social y libresca, es decir lo
menos importante en la vida que les había tocado vivir.
En el origen de su
política centralista no hay una doctrina –tan pronto eran republicanos como
monárquicos– sino un interés de clase o de grupo que aspira a tener un país
propio para gobernarlo e imponerle por decreto –o mejor dicho por ley, pues eran
legalistas– la cultura «europea»: no española, ni inglesa, ni francesa, nada
definido, sino «europea», así en abstracto: lo único que no había existido ni
podía existir en ninguna parte de Europa. Todo hace creer que confundieron la
cultura con las modas de la época y no comprendieron nunca que en la formación
de una cultura nacional –de acuerdo al modelo europeo, precisamente– no podía
prescindirse de la realidad nacional, el sujeto de la cultura. Pero esta
realidad era lo que ellos no aceptaban. Querían rehacerla conforme a sus «ideas»,
que habían convertido en ídolos. Y sus «ideas» no nacían de la experiencia, en
el mundo que vivían: les llegaban, como las levitas, confeccionadas en otra
parte.
La desvinculación de las ideas
con la realidad es el caos, la locura. Rivadavia, el «visionario», era ante
todo un loco: un loco de la política; su cordura renacía en la vida privada,
donde no interesaba a nadie. Sus adláteres –algunos de ellos siniestros por su
perversidad sanguinaria– eran también los hombres de las contradicciones y de
las incoherencias. Se llamaron unitarios, pero no admitían que la nacionalidad
es una unidad moral que se prolonga a través de las generaciones, y conspiraron
contra la unidad de raza, de religión, de costumbres, de tradiciones, de
cultura, en el pueblo argentino. Así confundieron progreso con sustitución,
ignorando que sólo progresa lo que se perfecciona en el sentido de lo que ya
es. Y nunca se propusieron el progreso del pueblo argentino, sino su
trocamiento en otro pueblo distinto, que no sería hispánico, ni latino ni
tendría pasado respetable porque lo habría repudiado. El ideal de los unitarios
–que después extremó Alberdi hasta el absurdo de las Bases– consistía en hacer
del argentino real un ente tan descaracterizado como las propias imágenes con
que sustituían las ideas ausentes. Los hombres de la realidad se levantaron
contra ellos y los expulsaron del país. En eso consistió su tragedia de
desterrados.
Pero antes habían llevado a la
política el desorden de sus «ideas», convulsionando a las catorce provincias
con sus tentativas de predominio ilegítimo. Al aproximarse el año 20,
comprobado su fracaso en el gobierno y sintiendo que el suelo temblaba bajo sus
pies, creyeron que el país se hundía con ellos, porque ellos eran el país, y
pidieron el Protectorado de Inglaterra o mendigaron en España y en Francia –¡y
hasta en Suecia!– un monarca extranjero. Repudiados, con la Constitución de
Rivadavia, que era su obra maestra, utilizaron a Lavalle sublevado para iniciar
la guerra civil. Cuando el orden se salvó con Rosas, conspiraron contra el
orden, siempre a la zaga de los extranjeros, para establecer aquí «la
influencia de Francia», o para desmembrar la nación, después de declararla
disuelta, o para entregar los ríos interiores al dominio internacional, o para
garantizar en forma perdurable la independencia de las antiguas provincias
segregadas.
¿Traidores? La palabra es
terrible y desagradable de aplicar, si no es en un sentido metafórico.
Preferible es creer que Florencio Varela, por ejemplo, llegó a ser un
desarraigado sin patria, ciudadano de una República inexistente, que había
perdido en el exilio cualquier resto de solidaridad con los hombres de su
tierra. No olvidemos, por los demás, que con los unitarios militaron algunos
guerreros de la independencia y que un patriota como Chilavert siguió también
la política de Montevideo, hasta descubrir su entraña, antes escondida a sus
ojos, que no eran de lince. ¿Cuántos habrán estado en la misma situación de
engañados? Esto nunca lo sabremos. El General Paz rechazó el proyecto de
separar a Entre Ríos y Corrientes de la Confederación Argentina que sometió
Varela a su aprobación. Pero ese mismo rechazo de Paz, la sorpresa de Chilavert
y los escrúpulos que más de una vez confesó Lavalle antes del 40, prueban que
el fondo de la conspiración unitaria era sombrío y que convenía mantenerlo
oculto. Esa gente no «procedía a la luz del día»…
En general, y aunque nos cueste reconocerlo a los que también somos sus compatriotas, podemos decir con verdad que esa política que consistió, desde sus comienzos, en negar el país, y concluyó conspirando contra su integridad territorial, era en sí misma una traición a los hombres de la Conquista y de la Revolución. Era una traición a la historia, a los antepasados: una traición de los hijos a los padres.
La
figura de Rosas
Frente a esa política, tan obcecadamente mantenida, la figura de Rosas se agiganta como la del principal defensor de la nacionalidad en una lucha a muerte que dura, para él, más de treinta años. Es el representante de lo argentino, de lo nuestro, en conflicto con los extraños, cuyos propósitos hostiles nada tenían que hacer con la Civilización ni con la Cultura, brillantes chafalonías con que se buscaba deslumbrar a los incautos. Ese es el sentido que tiene Rosas para nosotros, los que procuramos rehabilitar su nombre, por eso ilustre, ante las nuevas generaciones. En vano se insistirá en renovar los viejos motivos de repudio, calificando lo nacional de «bárbaro» y de «salvaje» en un curioso empeño de exhibirnos ante los demás como un pueblo de inferiores. No lo creemos. Se podría probar sin esfuerzo que en ninguna otra parte del mundo el hombre de la tierra ha sido superior al gaucho, ni tan rico en calidades esenciales, ni tan susceptible de un rápido perfeccionamiento individual. En vano también se procurará restaurar las viejas diatribas personales contra Rosas. Están demasiado desacreditadas.
¿Era inclemente? No nos interesa. No fue clemente Moreno con Liniers, ni Castelli con Nieto, ni Rivadavia con Álzaga, ni Bólivar con Policarpa Salavarrieta[2], ni O’Higgins con los Carrera, ni Urquiza con Chilavert. ¿Lo era acaso Sarmiento cuando se regocijaba en público por el fusilamiento del héroe de Martín García, proclamaba la necesidad de asesinar a Urquiza o aconsejaba a Mitre que «no ahorrase sangre de gauchos»?[3]
Rosas, que no gobernó un día,
fusiló muchos unitarios. Se nos ha enseñado que las luchas entre éstos y los
federales era una simple lucha de partidos en desacuerdo por doctrinas
políticas, como podría serlo la de los radicales y conservadores de hoy, si tuvieran
doctrinas. Pero esto es falso. A partir de 1838,
esa lucha tuvo el carácter de internacional que los unitarios por propia
voluntad le dieron al sumarse a los extranjeros que guerreaban contra el país.
Acaso seguían creyendo que el país eran ellos, pero este error no valía para
Rosas, ni puede valer hoy para nosotros al juzgar a Rosas y a sus adversarios.
Sorprendidos en sus maquinaciones, eran fusilados como Ramón Maza, o muertos en
la persecución que seguía a las batallas, como Berón de Astrada o en la
exaltación que su propia conducta provocaba en la ciudad bloqueada y humillada
por las dos escuadras más poderosas de la tierra. No necesitó iguales motivos
Urquiza para matar a todos los soldados de la división Aquino, en las mismas
calles de Buenos Aires. ¿Abusos? Mil se habrán cometido, como en todas las
épocas de guerra civil, en Francia, en España, en Inglaterra, en Alemania, en
Italia. Como se cometen actualmente aquí, en plena era de paz democrática, con
motivo de cualquier acto electoral: en San Juan, hace poco tiempo. Con sólo los
asesinados en el siglo XX, por razones políticas, podríamos construir otras
tablas de sangre como las de Rivera Indarte.
Pero los fusilamientos de Rosas
no son objetables en su época y en las circunstancias del país, que vivía bajo
la ley marcial. Sólo en los pueblos bárbaros, formados por tribus o bandas, no
se castiga con la máxima severidad a los que conspiran contra las autoridades
para derrocarlas, en momentos de un peligro nacional. Las pasiones de entonces
eran candentes; los juicios con que unos a otros se condenaban, lapidarios. Era
«acción santa matar a Rosas», según el lema de Rivera Indarte. Había que
colocarse a la recíproca. Lavalle mismo fue despiadado al condenar la unión con
los franceses antes de aceptarla en una de sus frecuentes desviaciones. Los
rosistas de hoy no la hemos calificado con igual virulencia. «Los dos diarios
de Montevideo –escribía el general– están de acuerdo sobre la unión con los
franceses… Estos hombres, conducidos por un interés propio muy mal entendido,
quieren trastornar las leyes eternas del patriotismo, el honor y el buen
sentido; pero confío en que toda la emigración preferirá que la revista (una de
las publicaciones unitarias) la llame estúpida a que su patria la maldiga
mañana con el dictado de vil traidora».
Más tarde, Lavalle cambió de
opinión; Rosas, no. ¿Con qué violencia no hubiera obrado aquél, en la posición
de éste, contra los que llamaba «viles traidores»? Aterra pensarlo, cuando
recordamos el drama de Dorrego, fusilado sin causa…
El doctor Lavalle Cobo le censura a Rosas que no hiciera la organización nacional. ¿Quién lo hizo
antes de él? ¿Quién pudo hacerla? ¿Y cómo podía Rosas darnos la organización
nacional en medio de la guerra que durante los 17 años de su segundo gobierno
le llevaron sus enemigos internos en alianza con los bolivianos o con los
franceses o con los ingleses o con los paraguayos o con los brasileños o con
los orientales de Rivera o con todos a la vez?
Hizo mucho más que eso, sin
embargo. Nacido a la política como reacción espontánea contra la anarquía de
los partidos, sofocó por la fuerza de una guerra victoriosa y las artes de la
diplomacia más sutil, a todas las facciones adversas: lo mismo que los unitarios
habían ensayado antes, pero sembrando la ruina y el desorden. Así impuso en los
hechos, en la realidad inconmovible de las cosas, la unidad nacional y creó en
el país el hábito de la obediencia y el respeto a la autoridad. Y ese hecho fundamental no le será nunca suficientemente
agradecido por las generaciones del futuro que reflexionen con serenidad y con
lucidez sobre el proceso de la formación argentina.
Su empresa era la de la fuerza
en acción: la violencia, la guerra, únicos métodos capaces de restaurar el
orden de un país convulsionado por los anarquistas y amenazado desde el
exterior. Una Constitución escrita, de la que emanase el poder capaz de dominar
el desorden, hubiese creado el despotismo permanente, para Rosas y los que le
siguieran. Si, por temor al despotismo, se creaba un poder constitucional
moderado, su debilidad en las circunstancias nos volvería a la anarquía o
violaba el Gobierno la Constitución con el pretexto de sostenerla. Con estos
mismos argumentos, Facundo Zuviría, presidente de la Convención del 53, sostuvo
al iniciar ésta sus deliberaciones que no había llegado todavía el momento de
dar una Constitución escrita al país. Era partidario de una autoridad de hecho
o fundada en convenciones circunstanciales, que pudiera ejercer el poder con
todo rigor, sin comprometer ningún principio permanente. Las razones que
defienden a Rosas eran las de Zuviría, su enconado adversario político de 30
años.
Rosas sabía, por lo demás, que
la Constitución no podía ser la obra suya, sino la consecuencia de su obra. Que
ésta, la pacificación del país, no había concluido lo prueba el hecho de que,
en definitiva, los rebeldes concluyeron con él. Pero nadie podrá negarle la
gloria de haber constituido la nación en los hechos con sus empresas de treinta
años, desde el 20, en que sofocó por primera vez la anarquía, hasta el 52, en
que entregó las provincias unificadas a sus vencedores ocasionales. El acuerdo
de SAN NICOLÁS fue el acuerdo de los gobernadores de Rosas.
Lo
que sucedió después de Caseros, lo justifica aún más ante la historia. Urquiza
quiso hacer lo que Rosas no había hecho y atrajo consigo a los unitarios, en un
prematuro ensayo de organización nacional. Con los unitarios en el partido
gobernante, creó el cisma en el gobierno mismo. Rota la unidad de Rosas, no
vino la unidad de Urquiza, sino la anarquía de los unitarios otra vez, pero con
ellos dueños de Buenos Aires. Diez nuevos años de guerra civil, acaso los más
sangrientos de todos, otros diez de revueltas y de tumultos, de persecuciones y
de injusticias, y el asesinato de Urquiza, siguieron al derrocamiento de Rosas,
mientras el extranjero, que había atisbado pacientemente la oportunidad
propicia a sus intereses, sacaba los mejores frutos de una victoria de armas,
que, lejos de ser una victoria de los argentinos, se convirtió con el tiempo,
en la más grande derrota de su historia: Caseros.
[2] Nos ha llamado la atención esta mención que hace Laferrère acerca de Bolívar y de Policarpa Salavarrieta, apodada La Pola. Fue ésta una extraordinaria y valiente mujer que sirvió de espía y peleó por la causa independentista de Nueva Granada, hoy Colombia, y, por ende, del mismo bando de Bolívar. Quizás, confusión mediante, quiso Laferrère referirse al Gral. Pablo Morillo, jefe realista, quien se encontraba al mando del Ejército Expedicionario español, enviado para contrarrestar las rebeliones acaecidas en Nueva Granada, y quien llevó a cabo un sinnúmero de ejecuciones, entre las cuales dispuso la de Dña. Policarpa Salavarrieta.
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