«Los Cursos de Cultura Católica y nosotros» - Ignacio Braulio Anzoátegui (1905-1978)
«...Tales fueron las lecciones que aprendimos en los Cursos. Tal fue la vida que nos develaron. Tal la enseñanza deslumbrante que compromete para siempre nuestra gratitud».
Yo, su más humilde y malaprovechado discípulo, dedico este recuerdo a Tomás D. Casares, amigo, compañero y maestro de todas las horas.
Nacieron los Cursos de Cultura Católica de la decisión de una minoría de hombres inmunes a la heredosífilis liberal que venía regenteando al país después de lo de Caseros (donde la patria se recalcó un pie).
Era por entonces el cultianalfabetismo dueño casi absoluto de la verdad y
de la historia: de la verdad gambeteadora y prepotente y de la historia para
párvulos a la que jineteaba orondamente tocado de poncho y galera.
La chivatería masónica dictaba cátedra y las quitaba. So color de los
colores azul y blanco –infaltables delantales de las tribunas de pino
improvisado– arengaba a un rebaño, al que, de paso, había negado el derecho de
prosternarse ante el Pastor. Y la intelectualidad argentina la escuchaba
boquiabierta, acaso balando hurras a los carraspeos de los descuajeringados
pajarracos.
Aquella chivatería creó así, para los fieles de Cristo, una cara que
reunía los rasgos de la beatería y la bobera.
Fue por el veintitantos cuando el Señor decidió que se operara el
milagro. Y lo hizo –como a Él le gusta hacerlo– valiéndose de aquella minoría,
en armas también ella, cuya misión primera era la de llamar pan al pan y vino
al vino y cuya segunda misión era comerse a los comecuras. Pan y vino fueron su
alimento y su aliento: el pan y el vino del convivio eucarístico donde Cristo
se da entero a sus leales seguidores.
En medio de aquella época tan nefanda como nefasta, en medio de aquel
tiempo que se creía dueño y lacayo del último quiquiriquí del máximo mascalzone
de turno, en medio de aquellos años enloquecidos de aggiornamiento con el más
vil de los viles detractores, los Cursos de Cultura Católica nos rescataron a
la confianza, nos reconciliaron con la dignidad, nos enseñaron que el católico
no tenía por qué poner cara de drogadicto de la virtud, de monja psicoanalizada
por cualquier Amado Nervo.
Tales fueron las lecciones que aprendimos en los Cursos. Tal fue la vida
que nos develaron. Tal la enseñanza deslumbrante que compromete para siempre
nuestra gratitud.
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