«San José» - Ernest Hello (1828-1885)
«...José, hijo de Jacob, es su imagen
más expresiva. Este primer José fue en Egipto el guardador del pan natural. El
segundo José fue en Egipto el guardador del pan sobrenatural».
Haya lo que haya de verdad
natural en ella, esta preciosa leyenda es fecunda en grandes símbolos. Cuando
la sombra de San José se proyecta en alguna parte, el silencio no está lejos de
allí. Escárbese la arena, que en su significación simbólica representa la
naturaleza humana, y el agua brotará. Y el agua será aquel silencio profundo en
el que están contenidas todas las palabras; aquel silencio vivificante,
refrescante, apaciguante, saciante: el silencio substancial. Donde la sombra de
San José es proyectada, la substancia del silencio, profunda y pura, brota de
lo más hondo de la naturaleza humana.
No hay palabra suya en la
Sagrada Escritura. Mardoqueo, que hizo florecer a Ester a su sombra, es uno de
los precursores del Santo. Abraham, padre de Isaac, representa también al padre
putativo de Jesús. José, hijo de Jacob, es su
imagen más expresiva. Este primer José fue en Egipto el guardador del pan
natural. El segundo José fue en Egipto el guardador del pan sobrenatural.
Ambos fueron los hombres del
misterio: y el sueño les dijo sus secretos. Ambos fueron instruidos en sueños,
y ambos adivinaron las cosas ocultas. Asomados al abismo, sus ojos veían al
través de las tinieblas. Viajeros nocturnos, descubrieron sus caminos al través
de los misterios de la sombra. El primer José vio el sol y la luna prosternados
ante él. El segundo José mandaba a María y a Jesús: María y Jesús le obedecían.
¡Qué abismo interior debió
habitar el hombre que sentía a Jesús y a María obedecerle, el hombre a quien
tales misterios fueron familiares, y a quien el silencio revelaba la
profundidad del secreto que guardaba! Cuando aserraba sus maderas y veía al
Niño trabajar a sus órdenes, sus sentimientos, ahondados por esta situación
inaudita, se entregaban al silencio que los ahondaba más todavía; y desde la
profundidad donde vivía con su trabajo, tuvo la fortaleza de no decir a los
hombres: «El Hijo de Dios está aquí».
Su silencio parece un homenaje a
lo inefable: es como la abdicación de la Palabra ante lo Insondable y ante lo
Inmenso. El Evangelio, que tan pocas palabras dice, tiene los siglos por
comentadores y hasta se puede decir que tiene los siglos por comentario. Los
siglos ahondan en sus palabras y hacen brotar del pedernal la chispa de luz
viva. Los siglos tienen por misión sacar a luz las cosas del secreto. San José
ha sido desconocido durante mucho tiempo; pero desde Santa Teresa,
especialmente encargada de revelarlo, es mucho menos ignorado. Y ¡cosa extraña!
cada siglo tiene dos aspectos, el cristiano y el anticristiano; aquél se opone
a éste por un contraste directo y admirable. El siglo XVIII, siglo de la risa,
de la frivolidad, de la ligereza, del lujo, tuvo un Benito José Labre. Este
mendigo llega a alcanzar gloria, hasta gloria humana, mientras cuantos brillaron
en su tiempo han caído en una bajeza histórica, que no se parece a ninguna
otra, y ante la cual son glorias las bajezas ordinarias. Yo no sé lo que Dios
habrá hecho con las almas de muchos que brillaron en el siglo XVIII; pero la
ciencia humana, a pesar de su imperfección y de su lentitud, ha hecho justicia
a sus nombres. Los representantes del siglo XVIII quedan enterrados en un
olvido especial.
José Labre, que es su
contradicción viviente, brilla hasta a los ojos de los hombres; y aquellos
mismos que intentan burlarse de él se ven obligados a considerarle como un
personaje histórico.
Entre rayos y truenos prodúcese
insensiblemente la revolución de su silencio.
¿Hasta qué punto penetró San
José en la intimidad de Dios? No lo sabemos; pero, en medio del tumulto que nos
rodea, nos sentimos penetrados por el sentimiento de paz inmensa dentro del
cual se deslizó su vida: y parece que este contraste quiere revelarnos la
oculta grandeza de las cosas. Muchos, que nada tienen que decir, hablan, y bajo
el ruido de su lenguaje y la turbulencia de su vida disimulan la nada de sus
ideas y de sus sentimientos.
¡No hay sitio en la posada!
La historia del mundo está en
esas pocas palabras; y esta historia tan compendiosa, tan substancial, nadie la
lee, porque leerla quiere decir comprenderla; y la eternidad no es bastante
larga para tomar y dar la medida de lo que está escrito en esas palabras: «No
hay sitio en la posada». Lo hubo para otros viajeros; para aquéllos no. Lo que
a nadie se niega, no se da a María y a José: y ¡Jesucristo iba a nacer a los
pocos minutos! El Esperado de las naciones llama a las puertas del mundo... y
¡no hay sitio para él en la posada! El Panteón romano, posada de los ídolos,
tenía sitio para treinta mil demonios con nombres que se creían divinos; y Roma
no tuvo sitio para Jesucristo en su Panteón. Parece que adivinaba que
Jesucristo no quería tal lugar ni tal participación. Uno se coloca más fácilmente
cuanto más insignificante es. Al que lleva en sí un valor de humanidad le
cuesta más el colocarse; y más todavía a aquél que lleva en sí una cosa
admirable y próxima a Dios; pero el que lleva a Dios mismo no encuentra sitio.
Todos parecen adivinar que lo necesita demasiado grande, y por pequeño que él
quiera hacerse, no logra desarmar el instinto de los que le rechazan; no logra
persuadirles de que se parece a los otros hombres; por mucho que oculte su
grandeza, ésta brilla a pesar suyo, y a su proximidad las puertas
instintivamente se cierran.
Esta pequeña frase, que no dice
sino: porque no había sitio para ellos en la posada, es tanto más
terrible cuanto más sencilla. No es el acento de la queja, del reproche, de la
recriminación: está en el tono natural del relato, que suprime toda reflexión,
pues el Evangelio deja que las reflexiones nos las hagamos nosotros mismos: Quia
non erat locus in diversorio. ¿Y qué decir de esta palabra diversorio,
que indica multiplicidad? Los viajeros comunes, los hombres que hacen número,
habían encontrado lugar en la posada. Pero Aquel que María llevaba iba a nacer
en un establo, porque él era quien debía decir un día: «Una sola cosa hay
necesaria: Unum est necessarium».
El diversorio le había sido
cerrado.
Sería menester que un rayo
iluminara nuestra noche y nos mostrara todos los siglos de una vez en un solo
punto y en un instante, para que esta frase tan corta, tan pequeña, tan
sencilla, nos apareciera tal como es: para que nos apareciera tal como es esta
posada en la que María y José no encuentran sitio. Sería menester un rayo
iluminando un abismo. ¿Qué sucedería si nuestros ojos se abrieran?
El P. Faber se pregunta qué
pensarían las madres de los Inocentes que poco tiempo después fueron
degollados. Se pregunta si no meditarían sobre el hombre y la mujer que no
habían encontrado sitio, y sobre el Niño que no tuvo sino un pesebre para
nacer.
Tampoco la tierra debía darle
sitio para morir: al cabo de algunos años debía arrojarlo a lo alto de una
cruz.
La tierra fue como la posada: fue
inhospitalaria.
San José cumple en la realidad
lo que otros cumplieron figuradamente. Después de haber guardado en Egipto al
Pan de vida, realizando aquello de lo cual el primer José fue la sombra, vuelve
a Nazareth y hace lo mismo que Josué había hecho. Josué había detenido el sol
en su curso. Aquél que era la luz del mundo abandonó a María y a José para ir a
Jerusalén a defender la causa de su Padre; pero María y José van a encontrarle
allí y lo vuelven a casa. El sol que parecía haber comenzado su curso queda
detenido durante diez y ocho años. De los doce años a los treinta, Jesús no se mueve
de su casa. ¿Qué edad tenía cuando José murió? No se sabe; pero parece que
cuando Jesús abandonó su casa José ya había muerto. Y
en aquella casa, ¿qué pasó? ¿qué misterios fueron descubiertos a los ojos de
aquel hombre a quien Jesús obedecía? ¿qué veía José en los actos de Jesucristo?
Estos actos, por su misma sencillez, debieron tomar a sus ojos proporciones
inconmensurables. ¿Qué no vería en el menor de sus movimientos? ¿qué no vería
en su actividad aparentemente limitada? ¿qué no vería en su obediencia? ¿Con
qué son debió vibrar en el fondo de su alma esta frase: «Yo mando, y él
obedece: yo ocupo el lugar del Dios Padre?» y tras esta frase, debajo de
ella, en el fondo, debía haber algo más profundo que ella misma: el silencio
que la envolvía; y la frase que habría dado fórmula al silencio, quizá no llegó
a formularse nunca. Quizá estaba oculta en el silencio que la contenía.
Cuando las palabras humanas
llamadas sucesivamente por el hombre se reúnen declarándose una tras otra
impotentes para dar expresión al fondo de su alma, entonces el hombre cae de
rodillas, y del fondo de su abismo álzase el silencio. Y este silencio, que
sale del fondo del abismo, traspasa las nubes y sube al trono de Aquel que ha
tomado las tinieblas por retiro: sube al trono de Dios con los perfumes de la
noche.
Este gran silencio de la
naturaleza que se llama el sueño, fue el templo donde los dos Josés oían las
voces del cielo.
El primer José fue vendido por
causa de un sueño que excitó la envidia y el odio de sus hermanos. Por un sueño
fue llevado a Egipto.
En sueños recibió San José la
orden de huir a Egipto.
Mandó. La madre y el niño
obedecieron. Paréceme que aquel mandar debió inspirar a San José ideas
prodigiosas. Paréceme que el nombre de Jesús debía tener para él secretos
admirables. Paréceme que, cuando mandaba en él, la humildad del Niño debía
tomar proporciones gigantescas que no podían medirse con sentimientos
conocidos. Aquella humildad debía ir a reunirse con su silencio, en su lugar,
en su abismo. Y aquel silencio y aquella humildad debían engrandecerse uno a
otro.
San José escapa a nuestra
apreciación que no puede medir la altura de sus funciones. Dios, tan celoso, le
confió la santísima Virgen. Dios, tan celoso, le confió Jesucristo. Y la sombra
del Padre caía todos los días sobre él, sobre José, tan densa, que las palabras
apenas se atreven a acercarse a ella.
Cuando estaba en su taller,
¿presentábanse a su imaginación las grandes escenas patriarcales? ¿Pasaban ante
los ojos de su alma Abraham, Isaac, Jacob, José, –su sombra proyectada delante
de él–, Moisés y el interior del desierto con las llamas de la zarza ardiendo,
y todas las personas y todas las cosas pasadas que fueron figura de las
realidades presentes? Y cuando su mirada encontraba al Niño que esperaba sus
órdenes para ayudarle en el trabajo ¿contemplaba en su espíritu el nombre de
Dios revelado a Moisés? o ¿quedaba interiormente deslumbrado por los recuerdos
y los esplendores del Tetragrammaton?
La Virgen que estaba allí, bajo
su protección, era la mujer prometida a la humanidad por la voz de los profetas:
el universo esperaba, levantando un altar misterioso:
Virgini pariturae
El Niño a quien él daba órdenes
era aquel de quien se ha dicho:
Per quem majestatem tuam
laudant Angeli, adorant Dominationes, tremunt Potestates.
¡Por Él tiemblan las Potestades!
La costumbre nos roba la sublimidad de un tal lenguaje. Sin el Mediador, sin
Jesucristo, ¿qué harían las Potestades? Por él tiemblan. Tal vez sin él, ante
la majestad tres veces terrible ni osarían temblar siquiera.
(Del libro «Phisionomies des Saints»)
* En Revista «Baluarte», Buenos
Aires, Julio-Agosto 1934, N° 21.
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