«El aborto, ¿sólo violación de un “Derecho Humano”?» - Federico Mihura Seeber (1939-2024)
Ayer,
25 de marzo, fiesta de la Encarnación del Verbo, fue celebrado, en Argentina y en otros países de Hispanoamérica, el
«Día del Niño por nacer». Con tal motivo, publicamos hoy este esclarecedor
artículo en el cual queda bien asentado, entre otras realidades a veces ignoradas, que «...El aborto es un
crimen, el más abominable. No sólo ni principalmente porque con él se destruya
la vida de un inocente indefenso, sino porque quien perpetra el crimen es la
madre...».
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Decimos que Dios nos ama con el
mayor amor que podamos imaginar. Y, como todo lo imaginado por nosotros tiene
un fundamento sensible, decimos que Dios nos ama con un amor comparable al
mayor amor humano que conocemos. Dios nos ama, efectivamente, «como una
madre». Y nuestra atribución analógica, a Dios, de las perfecciones naturales
conocidas, no la hacemos en el mismo sentido derivativo con el que solemos
comparar «entre cosas», asignando a la realidad «término de comparación» el
atributo disminuido del modelo.
Aquí es a la inversa. Porque
entendemos, cuando decimos que Él nos ama con «amor de madre», que es éste un
débil reflejo del infinito amor de Dios por nosotros. En este sentido,
Feuerbach –y, con él, todo ateo en tren de explicar el sentimiento religioso–
sostiene algo que sería verdadero con sólo invertir el sentido de la causalidad
ejemplar. Dice que el hombre «crea a Dios», atribuyéndole todo lo que a él le
falta en su apetito de infinitud defraudado en esta vida. Cuando la verdad es
que Dios nos crea, poniendo en nosotros todo lo que de Su infinita Perfección
se puede poner en una naturaleza limitada.
Y así, pues, si decimos que Dios
nos ama «con amor de madre», no es porque concibamos a Dios como una madre,
sino porque concebimos a la madre, en su amor de madre, como la participación
tal vez más alta, en la naturaleza, del Amor de Dios.
Esto es lo que, en su aspecto de
perversión más abyecta –y más allá de toda violación de «derechos humanos»–
destruye el aborto. El aborto es un crimen, el más
abominable. No sólo ni principalmente porque con él se destruya la vida de un
inocente indefenso, sino porque quien perpetra el crimen es la madre.
¿No es peor, el aborto, que el asesinato con alevosía, cometido por un criminal
cualquiera sobre un chico de 2 años? Lo es: no en virtud de la condición de la
víctima, que en los primeros meses de embarazo será quizás –como quieren los
abortistas– insensible al dolor o, en todo caso, incapaz de manifestarlo. Lo
es, objetivamente, por la condición del criminal: llamada por la
naturaleza a dar la vida, y a protegerla con total despojo de sí misma, la
madre abortista quita la vida, impulsada por su solo egoísmo vital. (Egoísmo al
que el «entorno social» del que hablábamos, alentador del aborto, llama «autorrealización».)
Si el amor de madre es semejante
al amor de Dios, lo es porque, como en este último, el amor es donante. No
es una respuesta al bien recibido, no al amor del amado. Es un amor que es, él mismo, creador del bien y creador
del amor del amado. Del mismo modo que no hemos sido, o sido buenos,
antes de que Dios nos amara, sino que tenemos lo uno y lo otro porque Dios
nos amó primero, así (análogamente) el hombre viene al mundo por una causa
segunda amorosa que no espera, para amar, a que el hijo sea, o que sea «bueno»,
o «rico», o «de comérselo». Lo ama desde antes de nacido; y el hijo nace, y es,
y –según los psicólogos– es «bueno», porque es amado.
Los feministas han pretendido que el aborto es el supremo «derecho» de la mujer: el derecho a una «libertad» que la pone en el mismo nivel de auto-disponibilidad del varón. Que la libera de las ataduras de la maternidad. En su torpe pretensión de elevar a la mujer a las supuestas «superioridades» masculinas (donde las traiciona, siempre, el mismo «complejo de inferioridad») han terminado por quitarle su mayor título de superioridad. De auténtica superioridad sobre el varón. Porque de todas las perfecciones a las que puede acceder el varón, revelándose en ellas como «superior» a la mujer, ninguna posee la densidad ontológica máxima de ésta, reservada por el Creador a la compañera del hombre: la gestación y el cuidado amoroso del propio ser humano. Este excelso reflejo del Creador en la creatura es el que, en su forma más cruel y satánica, destruye el aborto.
* En «Revista Gladius» - Año 11 N°34 -15 de diciembre de 1995. Adviento.
[1] Me refiero con ello a un aspecto de
la legislación que tendemos a olvidar, inmersos como estamos en la cultura del «estado
de derecho». Olvidamos, en efecto, los tomistas, demasiado a menudo, que el fin
principal de la ley no es la «garantía de los derechos individuales», sino «hacer
buenos a los hombres» (homines bonos facere). Y que, dada la naturaleza
política del hombre, la ley que no los hace buenos, los hace malos. Aquí está
el efecto sociológicamente perverso de la ley abortista: la corrupción
generalizada de la naturaleza de la mujer.
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