«El aborto, ¿sólo violación de un “Derecho Humano”?» - Federico Mihura Seeber (1939-2024)

Ayer, 25 de marzo, fiesta de la Encarnación del Verbo, fue celebrado, en Argentina y en otros países de Hispanoamérica, el «Día del Niño por nacer». Con tal motivo, publicamos hoy este esclarecedor artículo en el cual queda bien asentado, entre otras realidades a veces ignoradas, que «...El aborto es un crimen, el más abominable. No sólo ni principalmente porque con él se destruya la vida de un inocente indefenso, sino porque quien perpetra el crimen es la madre...».

Hay mi entender, un equívoco fundamental en las posturas antiabortistas; equívoco impuesto, sin duda, por exigencias polémicas de adaptación a la «opinión», pero respecto del cual debemos estar, al menos, advertidos. La lucha contra la legalización del aborto, máximo exponente de la perversidad de nuestro tiempo, se ha centrado con exclusividad en la defensa de los «derechos humanos el no-nacido». Este alegato es obviamente legítimo, pero no apunta al motivo más importante de nuestro repudio. Porque si el aborto es, en efecto, criminal bajo este aspecto, y criminal la ley que lo permite, habiéndolo señalado, queda aún por denunciar lo peor: la satánica desviación de la naturaleza humana a la que induce el acto criminal admitido por la ley –y alentado por el entorno social de la ley– en la madre. El crimen no afecta tanto al feto: víctima inocente que encontrará su defensa, sin duda, en el regazo infinitamente amoroso del Creador. Afecta mucho más a la madre, espantosa Medea que, con su acción, viola las más elementales leyes de la naturaleza creada y las de su propio yo individual. Y este último efecto del crimen abominable y de su legalización tiene, por añadidura, un mayor peso negativo sobre la sociedad humana, que el que pudiera atribuirse a sus efectos demográficos[1].

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Decimos que Dios nos ama con el mayor amor que podamos imaginar. Y, como todo lo imaginado por nosotros tiene un fundamento sensible, decimos que Dios nos ama con un amor comparable al mayor amor humano que conocemos. Dios nos ama, efectivamente, «como una madre». Y nuestra atribución analógica, a Dios, de las perfecciones naturales conocidas, no la hacemos en el mismo sentido derivativo con el que solemos comparar «entre cosas», asignando a la realidad «término de comparación» el atributo disminuido del modelo.

Aquí es a la inversa. Porque entendemos, cuando decimos que Él nos ama con «amor de madre», que es éste un débil reflejo del infinito amor de Dios por nosotros. En este sentido, Feuerbach –y, con él, todo ateo en tren de explicar el sentimiento religioso– sostiene algo que sería verdadero con sólo invertir el sentido de la causalidad ejemplar. Dice que el hombre «crea a Dios», atribuyéndole todo lo que a él le falta en su apetito de infinitud defraudado en esta vida. Cuando la verdad es que Dios nos crea, poniendo en nosotros todo lo que de Su infinita Perfección se puede poner en una naturaleza limitada.

Y así, pues, si decimos que Dios nos ama «con amor de madre», no es porque concibamos a Dios como una madre, sino porque concebimos a la madre, en su amor de madre, como la participación tal vez más alta, en la naturaleza, del Amor de Dios.

Esto es lo que, en su aspecto de perversión más abyecta –y más allá de toda violación de «derechos humanos»– destruye el aborto. El aborto es un crimen, el más abominable. No sólo ni principalmente porque con él se destruya la vida de un inocente indefenso, sino porque quien perpetra el crimen es la madre. ¿No es peor, el aborto, que el asesinato con alevosía, cometido por un criminal cualquiera sobre un chico de 2 años? Lo es: no en virtud de la condición de la víctima, que en los primeros meses de embarazo será quizás –como quieren los abortistas– insensible al dolor o, en todo caso, incapaz de manifestarlo. Lo es, objetivamente, por la condición del criminal: llamada por la naturaleza a dar la vida, y a protegerla con total despojo de sí misma, la madre abortista quita la vida, impulsada por su solo egoísmo vital. (Egoísmo al que el «entorno social» del que hablábamos, alentador del aborto, llama «autorrealización».)

Si el amor de madre es semejante al amor de Dios, lo es porque, como en este último, el amor es donante. No es una respuesta al bien recibido, no al amor del amado. Es un amor que es, él mismo, creador del bien y creador del amor del amado. Del mismo modo que no hemos sido, o sido buenos, antes de que Dios nos amara, sino que tenemos lo uno y lo otro porque Dios nos amó primero, así (análogamente) el hombre viene al mundo por una causa segunda amorosa que no espera, para amar, a que el hijo sea, o que sea «bueno», o «rico», o «de comérselo». Lo ama desde antes de nacido; y el hijo nace, y es, y –según los psicólogos– es «bueno», porque es amado.

Los feministas han pretendido que el aborto es el supremo «derecho» de la mujer: el derecho a una «libertad» que la pone en el mismo nivel de auto-disponibilidad del varón. Que la libera de las ataduras de la maternidad. En su torpe pretensión de elevar a la mujer a las supuestas «superioridades» masculinas (donde las traiciona, siempre, el mismo «complejo de inferioridad») han terminado por quitarle su mayor título de superioridad. De auténtica superioridad sobre el varón. Porque de todas las perfecciones a las que puede acceder el varón, revelándose en ellas como «superior» a la mujer, ninguna posee la densidad ontológica máxima de ésta, reservada por el Creador a la compañera del hombre: la gestación y el cuidado amoroso del propio ser humano. Este excelso reflejo del Creador en la creatura es el que, en su forma más cruel y satánica, destruye el aborto. 

* En «Revista Gladius» - Año 11 N°34 -15 de diciembre de 1995. Adviento.


[1] Me refiero con ello a un aspecto de la legislación que tendemos a olvidar, inmersos como estamos en la cultura del «estado de derecho». Olvidamos, en efecto, los tomistas, demasiado a menudo, que el fin principal de la ley no es la «garantía de los derechos individuales», sino «hacer buenos a los hombres» (homines bonos facere). Y que, dada la naturaleza política del hombre, la ley que no los hace buenos, los hace malos. Aquí está el efecto sociológicamente perverso de la ley abortista: la corrupción generalizada de la naturaleza de la mujer.

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