«España al azar» - José Antonio Primo de Rivera (1903 –1936)

Si el lector encuentra en este lúcido escrito alguna similitud con la Argentina actual, tenga por seguro que NO es una simple coincidencia; por el contrario, ésta es siempre la realidad partidocrática y electoral de la democracia liberal.

En pocos partidos falta un hombre aprovechable. Lo que no tiene cura es el sistema de los partidos. Lo hemos visto reiteradamente en la sucesión de ensayos que nos ha tocado soportar, y vamos a verlo de nuevo con ocasión de las próximas elecciones.

La experiencia –que, por otra parte, no ha hecho más que confirmar lo que ya promulgaba la razón– pudiera formularse con la exactitud de una ley matemática: No hay política posible, ni historia posible, ni Patria posible, si cada dos años se pone todo en revisión con motivo de unas elecciones.

Las grandes arquitecturas históricas han sido, cuando menos, la obra de la vida entera de un jefe o de un rey. Las más de las veces han sido la obra de toda una dinastía. En otras partes, la de una revolución que ha impuesto sus principios y se ha mantenido en ellos durante cuarenta o cincuenta años, mediante la sucesión en el Poder de hombres ungidos por el derecho de la revolución misma. De no ser así, todo esfuerzo es inútil: ni en dos ni en cinco años da tiempo a realizar nada, y es cosa sabida que la impaciencia popular se inclina cada dos años, o cada cinco, a cambiar de postura. No hay tiempo sin incomodidad, y el juicio simple de las masas tiende siempre a recibir lo bueno de cada tiempo como cosa natural y gratuita, y lo malo como consecuencia de la torpeza de los gobernantes. Nunca se juzga a los gobernantes por lo que han hecho, sino por lo que han dejado de hacer. De este modo, como nadie en el mundo es capaz de hacer todo lo imaginable nadie está libre de que la crítica se ensañe con lo que no hizo.

Esta crítica de lo que falta, este llorar por lo que queda, es el mejor resorte del conjunto de falacias, injusticias y embustes que se llama la propaganda electoral. Los más insignes edificadores de pueblos no hubieran rematado sus obras si cada dos años o cada tres, en plena tarea, cuando aún era tan difícil entrever los resultados finales, hubiesen tenido que someterse a la dirección irresponsable de todos los demagogos en todas las tabernas de todos los pueblos.

El sistema sufragista no sólo se resiente de todos los vicios de la demagogia, sino que los estimula. Para ganar votos hay que excitar a los electores. Entre candidato y candidato se entablan pugilatos a muerte; cada uno tiene que aumentar la dosis de excitante suministrada por el rival. Cuando se agotan las reservas conocidas, urge echar mano de nuevos venenos no probados antes. Hay drogas políticas, como el nacionalismo[1], que acaso no hubieran llegado a nacer si no hubieran sido requeridas por algún candidato, en trance electoral, para flagelar la sensibilidad de las masas votantes, ya acaso embotadas por el abuso de otras drogas envejecidas.

No puede haber un solo hombre normal que defienda de buena fe este sistema diabólico. Sólo odiando al pueblo se le puede desear un sistema que le convierte, cada dos o tres años, en campo de experimentación de todos los imbéciles, ambiciosos, frenéticos, logreros y farsantes. Sobre una masa popular ingenua, tierna, fácil a la credulidad y a la cólera, se permite la avenida de todo el hampa electoral, diestra en el juego de las torturas y las mentiras. Unos candidatos saldrán triunfantes, y otros vencidos; de unos y de otros se sabrá poco hasta las próximas elecciones; pero en pos de ellos habrán quedado, envenenando almas, embalses enormes de rencor sin alivio posible, porque los demagogos, para alimentar el rencor, encienden apetitos irrealizables.

¿Por qué no se tolera la venta pública de estupefacientes y novelas pornográficas y sí se tolera este mercado libre de estupefacientes políticos? Se tolera, simplemente, porque el Estado, que admite el sistema, no cree en sí mismo ni en su propia misión justificante, y para hacer perdonar la injusticia de existir tiene que simular que se pone en juego, cada dos o tres años, su propia existencia. Nuestro Estado, que tendrá la conciencia de su gran misión al servicio de la unidad eterna de España, no permitirá que España se juegue a este turbio azar de las urnas.

(Arriba, núm. 25, 26 de diciembre de 1935)

* En «Obras de José Antonio Primo de Rivera – Edición cronológica», Recopilación de Agustín del Río Cisneros. Delegación Nacional de la Sección Femenina de F.E.T. y de las J.O.N.S. – 1964, pp. 805-807.


[1] Claro está que cuando José Antonio habla de los «nacionalismos» se refiere indudablemente a los intentos separatistas de algunas regiones de España (principalmente en Vasconia y Cataluña), cuya efectiva realización haría quebrar la unidad de la Nación. José Antonio ve la causa de los males de España –lo ha afirmado en reiteradas ocasiones– en tres divisiones: «España –dice– ha venido a menos por una triple división, por la división engendrada por los separatismos locales, por la división engendrada entre los partidos, por la división engendrada por la lucha de clases». Su insuperable concepto de «Nación», entendida ésta como la «unidad de destino en lo universal», implica necesariamente su repudio a todo «nacionalismo regionalista» que pretende precisamente la disgregación de esa unidad que es la Nación. Con suma claridad lo expuso José Antonio en muchas oportunidades, entre otras en su Discurso pronunciado en el Parlamento el 28 de febrero de 1934: «Los Vascos y España» (v. Obras...», pág. 179) (Nota de «Decíamos ayer...»).

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