«La poesía del sector nacional» (fragmento) - Vicente Marrero (1922-2000)

[...]

Sin duda, es Roy Campbell el poeta extranjero que mejor sentía y comprendía a España[1]  y el autor del poema más importante que se ha hecho sobre nuestra guerra. Algunos de sus poemas se publicaron en Inglaterra antes de estallar la contienda, y revelaban una extraordinaria visión de cómo se iban a presentar los hechos, a la vez que predicen el desastre militar que los rojos iban a sufrir en España. Cuando la mayoría de los intelectuales británicos, y casi todos los poetas de su generación apoyaban con las armas, la palabra y la pluma a la España roja, él se decidía por la España nacional. Tomó parte en la lucha con los batallones de Requetés, estando también en contacto con los Tercios de la Legión. También combatió siempre a muerte a los intelectuales que no estuviesen dispuestos a defender sus ideales en el campo de batalla –lo que él llamaba la «Brigada del cuchillo y tenedor»–. Literatura de compromiso de más prosapia, brillantez y honestidad que la inspirada últimamente por el existencialismo francés.

Mas, a diferencia de la poesía inspirada por el sector republicano que tiende a un acusado naturalismo los poetas que cantan al sector nacional, al contrario, ponen de relieve un encendido sobrenaturalismo. Donde el fenómeno resalta más precisamente es en la poesía de Roy Campbell. Todo en él respira una luz sobrenatural: el paisaje, el momento, las ciudades, el hecho de la contienda...

Así «La Mancha en tiempo de guerra» tiene una significación sobrenatural, con los molinos como cruces en el horizonte y los caminos perdiéndose en el infinito. Desiertas carreteras siguiendo su itinerario interrumpidas sólo por los postes eléctricos irguiéndose para el caminante como estaciones del Vía Crucis:

de poste en poste en lenguas de gimiente alambre,

quintales de metal tañen su lánguida lira

contestando a una tempestad de duelo

Si Roy Campbell canta la mañana, capta la huella de Dios en el ambiente y el paisaje. Percepción sacramental de las cosas que trae a la conciencia del poeta la memoria de San Juan de la Cruz:

Como si San Juan cantara en alta voz
hasta que el canto se volviera todo
lo que atrae mis ojos: la nube velera,
el mar que embiste incansablemente,
y el sol que lo enorgullece:
el viento azul atado al árbol
paciendo las amapolas a mi lado...
¡Un viento tan azul que no se puede ver,
tan fino y raudo que no se puede montar!

«Toledo –escribe– fue la personificación completa de la Cruzada por la Cristiandad y contra el comunismo, y de ello me di cuenta en seguida que puse los pies en esta ciudad. Hay algo victorioso en el aspecto mismo de Toledo»[2]

Desde aquel Toledo de la mente
en que nada se labra sino perfecto acero,
de todas sus ciudades densas de un pensamiento
que se cierne en lo más alto de la planicie,
claro relámpago con vaina dorada
y borla de plata en la empuñadura,
hoja que desprecia el sol del mediodía
y relumbra en la mano de un querube,
la sexta saluda a la última cruzada
y a aquella, traicionada por el orbe entero,
que arrió su bandera roja y gualda
en lo alto de los baluartes de Castilla...,
única redentora de Occidente
y arco iris de las tormentas de acero.

«Toledo, julio de 1936» describe la impresión sentida por el poeta en dicha ciudad al empezar la guerra: la destrucción de los conventos por la multitud revolucionaria... 

           Toledo, cuanto te vi expirar
           y sentí la techumbre del Carmelo
           ................................
           que han dejado ahí estas piedras rotas
           más allá de los años para hacer tu hogar,
           y arder, con Atenas y con Roma,
           como una ciudad sagrada del espíritu.

Roy Campbell hace sentir el silencio de las campanas de la catedral y de las iglesias, y el ataque del Alcázar llevado a cabo por la artillería republicana desde los montes cercanos: 

            Esta Roca de Fe, quemada por el rayo...
            la Eternidad la oirá levantarse
            con los sobrevivientes del infierno
            que se llevarán consigo al cielo.
            Hasta que en las entrañas del averno
            los susurros descubran el Milagro prohibido
            y, confundidos los Diablos, se recuenten
            que torturas más feroces que las suyas
            la fe viviente había superado;
            y que unos hombre flacos y cadavéricos,
            gangrenosos y pudriéndose sus huesos,
            con almas aladas de valor cristiano,
            levantaron diez mil toneladas de piedra
            por encima del Valhalla y del Olimpo

[...]

Yo conocí y traté a Roy Campbell. Nunca en mi vida he visto de cerca una naturaleza tan asombrosamente poética como la suya. No he oído nadie hablar tan «en poesía» como él. No podía referirse a un asunto, por insignificante que fuera, sin que lo hiciese en nombre de una belleza profunda que le era congénita. La más ligera mala sombra era algo vedado a su generoso espíritu. ¡Cuántos sabíamos, de los que le tratábamos, que era él el autor de los mejores poemas dedicados a nuestra guerra! Una vez, recuerdo, le pregunté por qué no se traducían al español sus poemas, y me respondió, con una humildad en él habitual, que la poesía española era demasiado buena y que sus poemas no merecían la pena de ser traducidos. Recuerdo también que asistí a una comida en honor suyo en un modesto restaurante madrileño. Se le regaló una chaquetilla de torero que le quedaba ridículamente estrecha. La recibió con su humor característico. A la hora de los discursos, una brillante y amena escritora española cometió la impertinencia de decir que los amigos con que España contaba en el extranjero venían a ser casi todos una chalados, unos locos... ¡Benditos locos, si todos son como Roy Campbell!, y quiera él perdonarnos en el cielo a todos los españoles, que todavía su libro de poemas –Flowring Rifle– no se haya traducido al castellano sino sólo en pequeños fragmentos, y éstos con bastante retraso. Y quiera también disculparnos que parte de la tinta vertida en los últimos años por sus compañeros españoles de pluma sobre Alberti, León Felipe, Miguel Hernández... –con lo que se podría formar un voluminoso tomo– , no la vertiéramos en hacer siquiera una discreta presentación de su poesía[3]. ¡Nuestras editoriales tienen tantos engendros que traducir! ¡Y él, el pobre, era tan loco, y los otros, tan cuerdos!

[...]

 En «La guerra española y el trust de cerebros», Ediciones Punta Europa, Madrid 1961, pp.226-230.


[1] Una excelente biografía para conocer la vida de este poeta es «Roy Campbell: “España salvó mi alma”», de Joseph Pearce, Ed. Libroslibres, Madrid, 2012. (Nota de «Decíamos ayer...»).

[2] Light on a Dark Horse, Hollis and Carter, London, 1951, págs. 524-25

[3] La versión castellana de las poesías de Roy Campbell que citamos es de Esteban Pujals: España y la guerra de 1936 en la poesía de Roy Campbell, «O crece o muere», Madrid, 1959. De su obra poética sólo se ha traducido fragmentariamente. Tiene un tomito en la colección «Adonais», con poemas seleccionados y traducidos por Aquilino Duque; y las revistas «Papeles de Son Armandans (núm XIV, mayo de 1957) y Punta Europa (núm 48) le ha dedicado, no hace mucho algunas páginas.

blogdeciamosayer@gmail.com

Entradas más populares de este blog

«La democracia como religión - La frontera del mal» - Rafael Gambra (1920-2004)

«La nación exploradora» - Charles Fletcher Lummis (1859-1928)

«El Nombre de Dios» - Romano Guardini (1885-1968)

«San Martín y la Religión» - Jordán Bruno Genta (1909-1974)

«Analogía de la Historia- La Reconquista» - Federico Ibarguren (1907-2000)

«Sobre Esquiú, Más y lo Mismo» - P. Leonardo Castellani (1899/1981)

El Desquite de la Mujer
P. LEONARDO CASTELLANI (1899 -1981)

«Virtudes para los tiempos de espera» - Juan Carlos Goyeneche (1913-1982)

Sobre la Inteligencia Argentina (II)
LEOPOLDO MARECHAL (1900-1970)