«El Nombre de Dios» - Romano Guardini (1885-1968)

Los hombres nos hemos embrutecido. De muchas cosas profundas y delicadas ya no tenemos noción, ni remota siquiera. Una de ellas es la palabra. Ignorantes de su contenido, considerándola superficial, y no sintiendo su fuerza, nos parece ligera y fugaz. No empuja ni hiere, sino que es un producto sutil de sonido y armonía. Pero ¡vaya cuerpo fino el suyo para envoltura de cosas inmateriales! En la palabra se juntan y manifiestan la esencia de un objeto y la vibración de nuestra alma a vista del mismo.

Así al menos debía ser. Y ciertamente lo fue en el primer hombre.

Refiere el Génesis en las primeras páginas cómo Dios «hizo desfilar a todos los animales de la creación en la presencia de Adán, por ver qué nombre les daba» (Gén. 2, 19). Con sentido despierto e ingenio perspicaz penetró aquél por entre la envoltura externa hasta la Esencia misma, y la declaró en un nombre. Su espíritu respondió a la criatura; alguna fibra relacionada de la manera particular con ésta vibró en aquél, como sea cierto que el hombre es síntesis y unidad de toda la creación. Y ambos elementos, la esencia del objeto y la respuesta interior del alma, vitalmente unidos, los expresó en un nombre.

El cual, por contener juntos un elemento del mundo exterior y otro del mundo interior humano, proferido por Adán, evocaba en su mente la fisonomía esencial del objeto externo, y ponía de manifiesto la reacción operada en su espíritu. De ahí que el nombre fuera un signo misterioso en que el hombre descubría el mundo y su propia alma.

Las palabras son nombres. Y hablar es el arte sublime de usar del nombre de las cosas; de tener trato con la esencia de las cosas y con la esencia de la propia alma en la armonía entre ambas querida por Dios.

Mas esta íntima relación del hombre con la creación y consigo mismo no fue duradera. Pecó, y el lazo de unión quedó roto. Hiciéronsele extraños los seres, y aun hostiles. Ya no los escudriña con ojos puros, antes bien codicioso y despótico, y a la vez con mirada insegura de culpable. Los seres le cierran las puertas de su esencia. También la suya propia se le va de las manos, por haber él pretendido imponerse egoístamente. Pierde el señorío de sí mismo, y no vive como antes contemplando ingenuamente en su alma. Ésta se le hunde, y él queda incapaz de conocerse y dominarse.

El nombre expresado en la palabra ya no encierra para él, en unidad viviente, la esencia del objeto y la del sujeto. No resplandece allí el pensamiento divino de la armonía de la creación. Sólo percibe el hombre en la palabra una imagen estropeada y como un sonido perturbado, lleno de oscuros presentimientos y de nostalgia. Y si por ventura la oye bien, se para, escucha y reflexiona, mas no penetra el sentido. La palabra sigue enigmática y confusa, y él se persuade con dolor de que el paraíso se ha perdido.

Pero ni eso siquiera. Porque a tanto ha llegado nuestra superficialidad, que no lamentamos la destrucción de las palabras. Nos hemos dado a pronunciarlas cada vez más atropelladas, insustanciales y aparentes, desentendiéndonos de la esencia allí encerrada. Las transmitimos a otros, como se pasa una moneda de mano en mano, ignorando la efigie y la leyenda que trae, sabiendo tan sólo qué dan por ella. Así de prisa van pasando las palabras de boca en boca. Su interior no habla más; ya no se trasluce en ellas la esencia de las cosas, ni se revela a sí misma el alma. Redúcense a palabras-moneda. Dicen relación a la cosa, pero no la declaran; son meros signos por donde los demás vienen en conocimiento de lo que uno quiere decir.

No es, pues, hoy el lenguaje con sus nombres aquel trato intuitivo del primer padre con la esencia de las criaturas, ni aquel encuentro de objeto y espíritu. Ni siquiera es soledad del paraíso perdido, sino un sonar arrebatado de palabras-moneda, como de máquina contadora, que distribuye las piezas, sin saber de ellas nada.

Alguna que otra vez habremos sentido un sobresalto. Llega de súbito a nuestros oídos tal o cual palabra, que parece llamar de los abismos: la esencia, que nos da voces. O bien topamos con ella en la lectura, y surge brillante de entre negros caracteres: el «nombre», la esencia, la respuesta del alma. Por un momento revive la experiencia primitiva de donde nació la palabra en que objeto y sujeto se encontraron. Renuévase aquella contemplación estática e intuitiva con que el hombre se apoderó de la esencia de los seres que a su vista desfilaban y la puso de manifiesto en figura de nombre. Nos perdemos en una inmensidad, nos engolfamos en un abismo, y la palabra vuelve a ser aquella primera obra propuesta por Dios al ingenio humano. Mas todo se desvanece muy pronto, y la máquina contadora entra de nuevo en funciones.

Quizá de esa manera se te presente alguna vez el Nombre de «Dios».

✠ ✠ ✠

Siendo esto así, no ha de sorprendernos que jamás pronunciaran el Nombre de Dios los fieles de la Antigua Alianza, sino que le sustituyeran por el de «Señor». Porque la especial elección del pueblo judío consistió en haber él palpado más directamente que ningún otro la realidad divina y la presencia de Dios. De su grandeza, majestad y terribilidad tuvo Israel idea mucho más clara que ninguna otra nación. Por medio de Moisés le reveló Dios su «Nombre»: «El que es, tal es mi Nombre». «El que es», el que de nadie necesita, el que subsiste en sí y por sí mismo, y es suma y sustancia de todo ser y toda virtud.

El Nombre de Dios era para ellos imagen y resplandor de su esencia. De su Nombre veían irradiar la esencia divina. Tan una cosa con Dios era su Nombre, que tenían temor de pronunciarle, como temieron de su presencia un día en el Sinaí. En los Libros Sagrados del Antiguo Testamento habla Dios de su Nombre como de sí mismo al decir del templo: «Allí estará mi Nombre» (Deut. 12; 11; 4 Rey 3, 27.) Y también en aquel lugar del Apocalipsis donde promete, a quien se mantuviere fiel, que le ha de «hacer columna del templo» y «sobre él inscribir el Nombre de Dios» (Apoc. 3, 12): como si dijera que le ha de consagrar y dársele en persona.

Se explica, pues, aquel mandamiento: «No tomarás el Nombre del Señor, tu Dios, en vano». (Éx. 20, 7.) Se explica también que el Salvador nos enseñe a orar: «Santificado sea el tu Nombre» (Mat. 6, 9; Luc. 11, 2); y que «en el Nombre de Dios» hayamos de comenzar todas nuestras obras.

Misterioso, en verdad, el Nombre de Dios. En él resplandece la esencia de lo Infinito; la esencia de Aquel «que es» en plenitud inagotable de ser y majestad.

Y en esa palabra vive asimismo lo más hondo de nuestra alma. Nuestro ser íntimo responde a Dios, porque inseparablemente le pertenece. Creado por Él y para Él, no descansará en tanto no esté con Él unido. Ningún otro sentido, en efecto, tiene nuestro «yo», sino el de unirse en comunión de amor con Dios. Todo esto, nuestra nobleza, el alma de nuestra alma, se encierra en la palabra «Dios», «mi Dios». Mi origen y fin, el principio y término de mi ser, la adoración, la nostalgia, la contrición: todo.

El Nombre de Dios es propiamente todo. Hemos, pues, de pedir que nos enseñe a «no tomar su santo Nombre en vano», antes bien a «santificarle». Hemos de rogar que su Nombre resplandezca en toda su gloria. Jamás consintamos que se convierta en moneda que circula muerta de mano en mano. Ha de ser para nosotros infinitamente precioso, tres veces santo.

Honremos como a Dios mismo su Nombre, que con ello honramos también el santuario de nuestra propia alma.

* En «Los Signos Sagrados», Editorial Litúrgica Española S. A. – Barcelona, España – 2ª. Edición, 1965, pp. 131-135.

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