«Jordán B. Genta» - Juan Carlos Goyeneche (1913-1982)
(Palabras pronunciadas en el homenaje a Jordán Bruno
Genta, realizado en Buenos Aires, el 30 de octubre de 1975, en el salón de
actos de la Basílica del Socorro).
Inicialmente la palabra mártir
quería decir testigo, pero con el correr del tiempo vino a significar el
testimonio dado con el derramamiento de sangre. Nuestra redención se funda en
el cuerpo de Jesús cubierto de sangre y pendiente de la cruz, y para fundar la
Iglesia los apóstoles llevan la Palabra a los puntos más distantes del mundo y
la riegan con su sangre para hacerla fecunda y poderosa. Cuando el cristianismo
se propaga por todas las calzadas que cruzan el Imperio Romano, las
persecuciones vuelven a requerir la sangre, y así la expansión del cristianismo
continúa y la sangre se hace semilla de nuevos cristianos. Ya no son únicamente
los que conocieron a Cristo los que deben dar el testimonio; son en ocasiones
niños como Tarcisio o ancianos como Ignacio de Antioquía, o tiernas doncellas
como Inés, Cecilia, Lucía, las que ofrecen sus cuellos para que a borbotones
salte la sangre inocente de sus gargantas, o es un soldado, Sebastián,
traspasado de saetas de las cuales parten hilos de rojo carmesí para unir al
testigo que fortalece la gracia con el maestro que en la cruz la otorga.
Después el cristianismo no sólo
triunfa sino que pasa a ser religión oficial. De religión perseguida enemiga
del Imperio se transforma en religión oficial, alma y vida del Imperio Romano.
Este cambio de tanta hondura histórica hace cambiar también la forma de dar el
testimonio. El carácter oficial del cristianismo corrompe en muchos casos la
pureza de la conversión porque ya empieza a «convenir» ser cristiano. No cambia
el módulo de la santidad pero sí el modo externo de dar el testimonio. Ya no se
exige la sangre; la ciudad se vuelve impura y asfixiante con su puja de
ambiciones y sus forcejeos burocráticos para los que quieren vivir con
autenticidad la ley de Cristo. Entonces se busca la
soledad, la austeridad y el silencio para lograr una más sosegada comunicación
con Dios. Muchas almas grandes parten al desierto. Surgen así los anacoretas,
nace así el monacato, fragua ardiente y callada de santos testigos.
Más adelante, cuando la Iglesia
define y precisa su doctrina, las herejías, como alimañas, pretenden socavar el
suelo firme de la verdad. Entonces el testimonio se da en el estudio entre
pergaminos, infolios y legajos. Más tarde el cristianismo continúa creciendo, y
una corriente de oro y sensualismo llega hasta las puertas mismas de la Roma
pontificia. Ha sonado entonces la hora de la pobreza. ¡Pobreza, para despejar
los caminos de la inteligencia! ¡Pobreza, para mostrar el verdadero rostro del
amor! Nacen así las órdenes mendicantes de Domingo de Guzmán y Francisco de
Asís como un testimonio nuevo, como una corriente de aire renovador y
estimulante que hace posible las Sumas Teológicas, los monasterios y las
catedrales. La Edad Media es un respiro del
espíritu, un mágico paréntesis de orden, belleza y jerarquía en la permanente
lucha del mal contra el bien. Pero es por poco tiempo.
El absolutismo y la codicia de
los poderosos, la egolatría de las naciones incipientes, debilitan y agotan el
cuerpo unánime de la Cristiandad. No pasa mucho tiempo y es ahora la herejía protestante la que quiere herir en su raíz
a la verdad de Cristo. Ese tiempo es un tiempo de batallas; el toque de clarines y el redoblar de tambores envían su
música por los aires con tal seducción viril, con tal atractivo militar que
llega a conmover a las almas místicas en el retiro recoleto de la oración. San
Ignacio de Loyola, soldado antes, continúa siendo soldado cuando crea
estrategias para llevar las almas a Dios. Así nacen sus ejercicios espirituales
y su Compañía de Jesús con un General a la cabeza. Santa Teresa de Ávila piensa
los caminos del alma como un castillo con fosos, puentes levadizos y troneras,
y todos tienen sus aventuras y sus hazañas de caballería a lo divino.
Hay almirantes santos y santos que conducen ejércitos. El testimonio se da así
en gestas gloriosas, en asombrosas misiones a lugares distantes, peligrosos e
ignorados.
Entretanto el mal, que se ha
replegado como un felino, rehace sus fuerzas en logias y sectas oscuras; y
cuando el poder del Estado se debilita entre fiestas y fulgores, se lanza con
gritos plebeyos y filósofos de inteligencia corrupta a la toma del poder. Ha sonado de nuevo la hora de la sangre; de nuevo el
testimonio se viste de rojo. Es la Revolución Francesa. Ya estamos en pleno dominio del liberalismo, sectarismo,
laicismo y falsas libertades. Libertad de prensa, de opinión, de amor.
Libertad para todo el mundo para corromper y para corromperse. Y surgen así
también las etiquetas para denigrar al adversario. Con este método el fervor
católico será acusado de oscurantismo y la fidelidad a la fe de los que se
resisten al desenfreno, de estúpido dogmatismo.
Cuando se ataca a la sociedad
cristiana en su fundamento con ánimo de derruirla, de nuevo vuelve a ser la
sangre el elemento fortalecedor de los cimientos. ¡Mártires del siglo XIX! Y en
medio de él, aquí en América, un ejemplo colosal del testimonio de sangre: el martirio de don Gabriel García Moreno,
presidente del Ecuador, de quien se ha recordado hace algo más de un mes el
centenario de su holocausto. A mí me tocó para esa fecha escribir un artículo
para la revista VERBO, que titulé El último día de un mártir[2],
y, al terminarlo, eran tantas las analogías con los
sacrificios de Genta y de Sacheri que no pude menos que dedicarlo a la memoria
de ambos, que supieron dar su sangre generosa por la honra de Dios y la
grandeza de la Patria.
En
los momentos históricos críticos es la idea de patria unida a la de Dios la que
actúa como revulsivo operando el milagro de arrancar las almas sumidas en las
pequeñas virtudes burguesas y llevarlas a encarnar nuevas calidades heroicas.
Y así se dan con generosa abundancia ejemplos de salvación de los valores
fundamentales en la serena ofrenda de la vida. ¿Acaso no lo estamos viendo
nosotros en nuestro propio país, día a día: en pechos jóvenes de valientes
soldados ofrecidos con patriotismo al cobarde plomo de los traidores?
En esta rápida evocación del
testimonio a través del tiempo histórico debemos entrar en el siglo XX en que
nos ha tocado vivir y también en él le tocó a nuestra América dar la primera el
testimonio de sangre colectivo. Le correspondió a
Méjico, tierra de la Virgen morena de Guadalupe. Allí se quiso
desfigurar a la nación arrancándole brutalmente su fe ante la indiferencia del
mundo, que en esa ocasión no contó con prensa «libre» de la SIP ni con
televisión «imparcial», ni con periodistas acongojados para dar a conocer los
brutales crímenes, las iglesias ardiendo y el espectáculo de sacerdotes
colgados en los postes de telégrafo. A mí me cupo
el gran privilegio de conocer ese querido y admirado país cuando aún estaba
viva la epopeya cristera que en los altos de Jalisco o en las tierras calientes
impuso silencio por un momento a la alegría de los jarabes tapatíos y a las
guitarras de los mariachis para hacer oír un formidable himno al heroísmo
cristero, semillero de santos y de héroes. Luego fue España la que sufrió el
brutal ataque, pero su respuesta heroica nos entregó a todos los de su estirpe
la gloria del alcázar de Toledo y la renovación homérica de hazañas memorables.
Y al nombrar a España, ¿cómo omitir aquí la mención de ese viejo glorioso, el
general Francisco Franco, que en estos momentos lucha con la muerte prolongando
su existencia para mal de los malandrines de la prensa «libre» que anhelan sin
disimulo su desaparición?[3]
En este clima, señores, vivió
Jordán Bruno Genta. Esas gestas de sangre las hizo suyas, y vivió también en el
culto de los grandes ejemplos individuales a los que procuró ser fiel, a los
que fue fiel, sobre todo con su muerte. ¡Héroes de nuestro tiempo que forjaron
el ideal de nuestra juventud!
Ernesto
Psichari, el nieto cristiano militar y ardiente del apóstata Renán,
muerto en la guerra del 14, cuyo cadáver fue encontrado cubierto de sangre con
el rosario en una mano y el fusil en la otra.
Cornelio
Codreanu –el Capitán– que allá en la lejana Dacia, a donde llegaron las
legiones romanas para llevar el latín como lengua imperial forjadora de orden y
jerarquía, cayó abatido en Bucarest por balas asesinas que buscaban callar su
verbo elocuente y su ejemplo militar de legionario de San Miguel Arcángel.
Y aquél, por español ¡tan
nuestro!: José Antonio Primo de Rivera,
fusilado en la cárcel de Alicante con la mirada fija en los luceros y la
esperanza puesta en el amanecer de España.
Señores: el número de los tontos
es infinito. No lo digo yo, lo dice la Biblia. Por eso, si de aquí sale alguno
diciendo: «Han visto, son los mismos, no han cambiado. Son los mismos
nazi-fascistas de siempre», no sería cosa de extrañar. Sí, somos los mismos de
siempre –podríamos contestar–. Sólo que, ahora, somos muchos más. Y le pedimos a Dios que en estos tiempos de cambio no nos
permita cambiar. En cuanto a los epítetos que nos hagan llegar de
totalitarios, fascistas, preconciliares, sabiendo de quienes vienen y las
intenciones con que están dichos, nos sirven –como
dije en otra ocasión– para hacer una estrella y ponérnosla con orgullo como la
mejor condecoración sobre el pecho. Por lo tanto, no nos preocupemos por
el cambio; por el contrario, mirémoslo con recelo, porque la larga espera hace que muchos hombres estimables queden
caídos por el camino, unos por derrota, otros por fatiga. También caen
los que pecan de impacientes. Y en esto me detengo, porque es una tentación que
todos debemos prever. ¿Es que acaso hay lucha posible sin pensar en el triunfo,
en el desfile triunfal, en los honores? Sí, es lícito luchar con moral de
victoria, pensar en la victoria, pero con cautela, porque si se retarda el
triunfo se corre el riesgo de aflojar en el esfuerzo y debilitar el ánimo. Por
eso es tan necesaria la fortaleza moral. Somos o no somos cristianos, podría
intervenir aquí el profesor Genta. Pues si lo somos, pongamos el esfuerzo, el
sacrificio, el deber, y dejémosle a Dios que distribuya el premio. Que no haya
en nuestro actuar ni un ápice de codicia. En Genta no hubo codicia y ahora goza
del bien ganado premio.
Genta
fue paladín indiscutido en la empresa de defender en el pensamiento y en la
acción esa noción de Patria, cara a nuestro espíritu, cuyo lábaro rector ha
sido grabado providencialmente en nuestro cielo por las estrellas que forman la
Cruz del Sur.
In hoc signo vinces. Con
este signo vencerás, se nos dijo desde los orígenes, como a los ejércitos de
Constantino antes de la batalla previa al triunfo del Cristianismo.
Genta fue paladín primero –repito–
de la empresa que –aquí, en nuestra Patria– en tiempos de esfuerzo y de combate
se llamó Nacionalismo. El Nacionalismo
Católico, que, cuando surgió hace unas
décadas, anunció audazmente el final de la edad liberal, de masónica prosapia,
y consagró una edad nueva presentida, en el ardor y el entusiasmo, como una
afirmación gallarda de la Presencia de la Patria, en acto de fidelidad actual a
la Fe; a la lengua insigne; a la Tradición hispana –y por hispana, romana, y
por romana, católica de nuestra estirpe–. Y presente fidelidad también a la
raza indomable y a la Historia no deformada de nuestro pueblo.
¡La Argentina del Nacionalismo:
La Argentina Presencia!
No la Argentina potencia del slogan
materialista y falso que no es más que un estupefaciente que sirve para
distraer del presente de derroche, incompetencia y latrocinio en la ilusión de
un futuro sensual y opulento. Un futuro donde semanalmente todos ganaremos al
Prode, a condición de que nos portemos bien y no averigüemos mucho lo que pasa
ahora.
Desde sus comienzos el
Nacionalismo peleó como un David desnudo, pastoril y hondero, contra el Goliath liberal la espléndida aventura de la
caballería. Por eso fue tan frecuente que los jóvenes nacionalistas
quisieran obligarse con juramento sagrado para darle carácter solemne a su
empresa, para lo cual querían sentir sobre sus espaldas el golpe plano de la
hoja de la espada que los armara caballeros para la lucha como en los tiempos
de oro del coraje, la hazaña y la aventura. Por eso
de entrada el Nacionalismo se enfrentó con la vieja política, siempre estuvo
contra los partidos políticos sin ideas, vacuos y vocingleros, porque todos
ellos integraban con mayor o menor desenfado la corte de los milagros de la
democracia liberal, así fueran de centro, de centro izquierda, de centro
derecha o de derecha angélica sin mezcla de mal alguno. Todos eran lo mismo
según les tocara la oportunidad de batir el parche de la democracia a las
clases cultas de las logias masónicas o al populacho sin freno. Todos eran lo
mismo, aunque en la caramañola del liberalismo unas veces se taparan las
vergüenzas con harapos y otras con mandiles.
Y en todo ese proceso el
profesor Genta fue un dedo acusador de formidable eficacia. Por eso fue
atacado, odiado y perseguido, pero él continuó inalterable su prédica
patriótica. Luchador incansable, apasionado siempre, pudo aparecer en ocasiones
como excesivamente extremado. Yo mismo, la honradez me obliga a decirlo aquí en
público y en esta ocasión, pude caer alguna vez en ese error de juicio. ¡Pero
cuánto pudo más en mi aprecio el ejemplo de su conducta, su callada y
sacrificada docencia, el celo en trabajar almas individuales e inteligencias
para hacer que hombres de valer no quedaran sumergidos en la masa y sirvieran a
su patria como jefes y no se perdieran como corifeos de demagogos hábiles en
sugestionar muchedumbres con el apoyo de bombos africanos y alaridos de turbas
enardecidas.
Señoras y Señores:
Dentro
de algo más de un mes se cumplirá también el aniversario del asesinato de otro
amigo dilecto y maestro ejemplar: Carlos Alberto Sacheri.
También él tuvo conciencia del
peligro que corría por amar la Verdad y no callarla. Y no la calló.
Estando yo en su casa una semana
antes de su muerte y hablando del asesinato de Genta le dije:
–«Ahora tú debes cuidarte».
–«No sirvo para cuidarme –me
contestó– lo importante es tener ante Dios la conciencia limpia».
Ambos –Genta y Sacheri– con
temperamentos distintos, con distintos ritmos, eran amantes de una misma
tradición filosófica. La Doctrina del Ser que reconoce en Aristóteles y Santo
Tomás a sus maestros.
Hoy están unidos para siempre.
El odio los unió en la muerte.
Dios los unió en la aceptación
de sus viriles testimonios.
Nosotros los tenemos que unir en
la admiración, el culto y el reconocimiento.
Pienso que pronto, cuando corran
aires más puros por estas tierras, nos uniremos para pedir que sus nombres
honren algún lugar público de Buenos Aires y así sea esta vez los nombres de
dos campeones de Cristo y de la Patria los que se promueva a ejemplaridad, y no
el nombre de un cantor de tangos, o lo que es peor, la memoria de algún
político de comité que sirvió a su clientela electoral en la satisfacción de
mil codicias.
Yo sé que ambos hoy parecen dos
grandes vencidos, dos grandes derrotados. Sin embargo, son dos grandes
triunfadores. ¿Hay acaso derrota más grande que la de la Cruz y a su vez
triunfo mayor que su exaltación sobre las almas y las naciones? ¿Acaso sin el sacrificio
de ellos resonarían con igual potencia las voces viriles en himnos de gloria a
Dios y a la Patria de tantos camaradas como se los escucha cuando se congregan
al conjuro de sus nombres y para honrar sus memorias? ¿Acaso hubiera sido
posible la semana pasada esa magnífica peregrinación a pie de cuarenta y cinco
mil jóvenes al santuario de Nuestra Señora de Luján sin necesidad de bombos ni
estribillos soeces ni ayudas del ministerio de Bienestar Social?
¡Cuánta razón tenía un amigo que
hace un tiempo me decía: «Creo que las muertes
de Genta y de Sacheri son los acontecimientos más importantes y más preñados de
futuro que han ocurrido en la Argentina contemporánea»!
¡Hoy estamos viendo la certeza
de esa afirmación!
Sobre sus tumbas podemos
recordar el verso de Quevedo –el poeta de la vida y de la muerte– refiriéndose
al alma de los grandes caídos y a sus huesos:
«Alma a
quien todo un Dios prisión ha sido
venas que
humor a tanto fuego han dado,
médulas
que han gloriosamente ardido,
su cuerpo
dejarán, no su cuidado.
Serán
ceniza, mas tendrán sentido.
Polvo
serán, mas polvo enamorado».
Les pasa hoy a muchos argentinos
que seguían a estos jefes –a estos maestros– para orientar sus pasos, lo que al
protagonista del viejo romance castellano llamado el Romance del prisionero
que nos habla de un preso que en lo profundo de su celda y quizás con sólo un
ventanuco en lo superior del muro, hundido en la oscuridad, no sabe cuándo es
de día,
«ni cuando
las noches son
sino por
una avecilla
que me
cantaba al albor.
¡Matómela
un ballestero;
Dios le dé
mal galardón!»
Aquí
también unos siniestros ballesteros mataron a quienes anunciaban el albor, el
amanecer, para ver si nos dejaban sumergidos en la noche. Pero esos infelices
ignoran la luz que el amor genera después de la muerte, la fuerza trascendente
del «polvo enamorado».
Por eso –y para terminar– me
dirijo en singular a la juventud que más desamparada se siente con estos
crímenes:
Joven,
enjuga tus lágrimas y alegra tu corazón con la esperanza. Y cuando recorras las
largas playas que en esta tierra acaricia el mar Atlántico, detente cuando
encuentres una concha marina. Toma la caracola y llévala al oído: oirás rumores
de mares, de vientos, de frondas, de lejanías.
Es
el rumor de la Historia que te habla de un futuro al que debes ser fiel, que
pide paladines de ideales difíciles y audaces. Que pide hombres que tengan algo
en su interior por lo que estén dispuestos a dar la vida. Como la dieron los
maestros Genta y Sacheri. Maestros de vida. Maestros de muerte.
Entonces verás que a la vanguardia de tu peregrinar, para orientarte y para animarte en los desfallecimientos, van muchos de los hombres que hoy se han ido nombrando en este homenaje. Y en medio de ellos verás destacarse con su sonrisa segura, con su confianza en la victoria, la figura firme, alta, infatigable y resuelta del profesor Jordán Bruno Genta.
[1] «El martirio, supremo
testimonio», del P. Alfredo Sáenz,
firmado bajo el seudónimo de Carlos Saraza, y publicado en el N° 7 (año 3) del
primer cuatrimestre de 1975.
[2] Ya hemos publicado en este blog ese magnífico
artículo. Junto con otros de Goyeneche, el lector que lo desee, podrá
descargarlo AQUÍ (Nota de «Decíamos ayer...»).
[3] A menos de un mes de brindarse esta conferencia, el
20 de noviembre de 1975, moría el General Francisco Franco (Nota de «Decíamos
ayer...»).

