«Capítulo 6» («El más macho de los oficios») - Ricardo Güiraldes (1886-1927)
«...Había empezado mi trabajo y con él un gran orgullo: orgullo de dar cumplimiento al más macho de los oficios...».
Hecha mi
revisación de haberes, me sentí feliz rememorando cómo los preparativos de ese
primer viaje fueron fáciles para mí. El patrón me había hecho entregar los
veinticinco pesos de mi sueldo mensual, con los cuales pude pagar el potrillo,
sobrando para «los vicios».
¿Qué más quería? Tres petizos, de los cuales uno chúcaro
que podía reservarme una mala sorpresa es cierto, recado completo con su juego
de riendas y bozal, su manea, lonjas y tientos, ropa para mudarme en caso de
mojadura y buen poncho que es cobija, abrigo e impermeable. Con menos avíos, a
la verdad, suele salir un resero hecho.
Concluido aquel
recuento, al tiempo que anudaba las alzaprimas de mis espuelas, me incorporé
satisfecho, echando, no sin tristeza, una mirada a mi cuartito y al catre, que
quedaba desnudo y lamentable como una oveja cuereada. Adiós vida de estancia,
ya veríamos lo que nos reservaban los caminos y el campo sin huellas.
Con las dos
mudas envueltas en el poncho, puesto en la cintura, salí andando de a pedacitos
hasta afuera y me detuve un rato, porque la noche suele ser traicionera y no hay
que andar llevándosela por delante.
Respiré
hondamente el aliento de los campos dormidos. Era una oscuridad serena,
alegrada de luminares lucientes como chispas de un fuego ruidoso. Al dejar que
entrara en mí aquel silencio me sentí más fuerte y más grande.
A lo lejos oí
tintinear un cencerro. Alguno andaría agarrando caballo o juntando la tropilla.
Los novillos no daban aún señales de su vida tosca, pero yo sentía por el olor
la presencia de sus quinientos cuerpos gruesos.
De pronto oí
correr unos caballos; un cencerro agitó sus notas con precipitación de gotera.
Aquellos sonidos se expandían en el sereno matinal, como ondas en la piel soñolienta
del agua, al golpe de algún cascote. Perdido en la noche, cantó un gallo,
despertando la simpatía de unos teros: solitarias expresiones de vida diurna,
que amplificaban la inmensidad del mundo.
En el corral,
agarré mi petizo, algo inquieto por el inusitado correr de sus compañeros
libres. Al ponerle el bozal sentí su frente mojada de rocío. Sobre el suelo
húmedo oí rascar las espuelas de Goyo que andaba buscando alguna prenda.
–Güen día.
–¿Se te ha perdido algo?
–Ahá, el arriador.
–¿Cuál?
–El cabo’e plata.
–Está en el cuarto contra del baúl.
–Vi’a alzarlo.
–¿No matiamos?
–Aurita.
Mientras Goyo
buscaba su arriador, ensillé chiflando mi petizo que dormitaba, gachas las
orejas, resoplando a intervalos con disgusto.
Cuando entré a
la cocina, estaban ya acompañando a Goyo, Pedro Barrales y don Segundo.
–Güenos días.
–Güenos días.
Horacio entró descoyuntándose a desperezos.
–Te vah’a quebrar –rió Goyo.
–¿Quebrar?... Ni
una arruguita le vi’a dejar al cuerpo.
Silencioso,
Valerio traspuso el umbral, dirigiéndose a un rincón, donde en cuclillas se
calzó de un brillante par de lloronas de plata. Después rodeamos el fogón y el
mate comenzó a hacer sus visitas.
Cada cual vivía
para sí y mi alegría de pronto se hizo grave, contenida. Un extraño nos hubiese
creído apesadumbrados por una desgracia.
No pudiendo
hablar, observé.
Todos me
parecían más grandes, más robustos y en sus ojos se adivinaban los caminos del
mañana. De peones de estancia habían pasado a ser hombres de pampa. Tenían alma de reseros, que es tener alma de horizonte.
Sus ropas no
eran las del día anterior; más rústica, más práctica, cada prenda de sus
indumentarias decía los movimientos venideros.
Me dominó la
rudeza de aquellos tipos callados y, no sé si por timidez o por respeto, dejé
caer la barbilla sobre el pecho, encerrando así mi emoción.
Afuera los
caballos relinchaban.
Don Segundo se
puso en pie, salió un momento, volvió con un par de riendas toscas y fuertes.
–Traime un poco
de sebo, muchacho.
Lentamente untó
el cuero grueso con la pasta, que a las tres pasadas perdió su blancura.
Valerio acomodó
una poca ropa en su poncho, que ató en torno a su cintura, sobre el tirador.
Pedro Barrales
se asomó hacia la noche, dio un sonoro rebencazo en un banco y dijo con mueca
de resignación:
–Me parece que a
medio día, el sol nos va a hacer hervir los caracuses.
De un movimiento
coincidente salimos sin necesidad de ser mandados. Las espuelas resonaron en
coro, trazando en el suelo sus puntos suspensivos. La noche empezaba a
desmayarse.
En el palenque
tomamos cada cual su caballo y salimos tranqueando por la playa.
–Goyo –dijo
Valerio–, andá sacando los caballos... nosotros vamoh'a buscar la tropa... Vos,
muchacho, seguilo a Goyo. Ya es güeno que nos movamos.
Por primera vez
el capataz daba una orden y esto era como un paréntesis abierto para el arreo.
Valerio, Horacio
y Barrales galoparon hacia un potrero cercano, en que se veía confusamente el
bulto de los novillos echados. Goyo y yo abrimos la tranquera del corral,
dejando salir las tropillas que pronto hicieron familia, cada cual con su
madrina, cuyo cencerro les sirve de voluntad.
–Abriles la
puerta del potrero grande y quedate adelante pa que no disparen.
Había empezado mi
trabajo y con él un gran orgullo: orgullo de dar cumplimiento al más macho de
los oficios.
Primero tuve que
espolear mi petizo y correr de un punto a otro, para sujetar los ímpetus
libertarios de las tropillas, pero muy pronto las madrinas baquianas
comprendieron, tomando sometidamente el camino. Marchando bien las madrinas,
podía reírme de las rebeldías de los más briosos, que un silbido y un «vuelva
pingo» cortaban de cuajo. Tranquilo marché, sabiéndome seguido.
De la playa
venían los gritos y el ruido de la tropa en marcha; rumor de guerra con sus
tambores, sus órdenes, sus quejidos, carreras, choques y revolcones. Aquello se
acercaba, aumentando en tamaño y pronto distinguimos un pesado entrevero de
colores y formas en la luz naciente.
Fuese calmando
la tropa hasta formar una sola masa de movimiento, de la cual yo era el
principio tallado en punta.
En mi
aislamiento y mientras el amanecer iba haciendo su obra, me sentí de pronto
triste. ¿Por qué? Tal vez fuera un detalle del oficio. Hoy en la cocina, antes
de la partida, no había oído ninguna risa, sorprendiéndome, por el contrario,
la seriedad de las expresiones. ¿Sería porque dejaban algo detrás suyo? ¿Sería
un pasajero momento de duda al iniciar la tarea, en que corrían el albur de no
volver más a sus pagos, a sus familias? No conociendo lo que era extrañar la
querencia, explicábame a medias los sentimientos nostálgicos. ¿Sería, entonces,
por las chinas y los guachitos? ¿Y qué tenía yo que ver con eso? Una carita
olvidada en el trajín de mi partida, se presentó nítida a mis ojos. Aurora.
Aurora, pensé,
¿qué tenía que ver conmigo sino el compartimiento de un juego, sin mayor
pasión, dada nuestra rudimentaria sensualidad?
Sin embargo, la
imagen no retrocedió ante mi pensamiento. ¿En qué andaría a esas horas? ¿No
estaría triste, a pesar de la sonrisa con que me había despedido la noche
antes, en el maizal?
Idear una
expresión de llanto en su pequeño rostro hecho de alegría, me echó en un
repentino enternecimiento.
–«Chinita» –dije
casi fuerte, y mordí la manijera del rebenque mirando hacia adelante, para
abstraerme en otra cosa.
El día se iba
preparando hacia el este con vibración potente. Mi petizo escarceaba seguido
como llamando la madrugada. Ya un pájaro tendía el vuelo sobre la llanura.
Los recuerdos de mis últimas dos horas en la
estancia, parecían empaparse de finura y lejanía.
Al día siguiente
de mi primer encuentro con Aurora, había ido a hacer efectiva mi compra, y de
vuelta la encontré en el mismo lugar, pero esa vez hosca.
–Güenas.
–¿Estah’enojada?
–No he de estar. Anoche por culpa tuya, he perdido una sortija entre el maíz y mamá me ha pegao una paliza.
–¿Querés que la busque? –pregunté, no sin malicia.
–¿Te acordás donde jue?
–Como no me via acordar, preciosa.
–Sonso.
Después, juntos
habíamos buscado la pequeña joya y habíamos encontrado nuestros juegos.
Esa tarde no me
había reñido, y al apartarnos, no fui yo quien dijo:
–Mañana te
espero.
Pobre chinita,
aquel mañana había sido nuestro último encuentro.
Distrájome de
mis pensamientos la cruzada del río. Volvió a formarse el remolino y el
griterío osciló la tropa asustada, hasta que los primeros novillos se echaron
al agua. Llenóse de espuma, de risas y roturas, la corriente arisca; salimos a
la otra orilla con las cinchas goteando y alguno que otro salpicón en las
bombachas.
Sobre la tierra, de pronto oscurecida, asomó un sol enorme y sentí que era yo un hombre gozoso de vida. Un hombre que tenía en sí una voluntad, los haberes necesarios del buen gaucho y hasta una chinita querendona que llorara su partida.
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