«Carta que Su Santidad escribió al Rey Felipe II, excitándole a la liga y guerra contra los turcos» - San Pío V (1504-1572)
En un nuevo aniversario de la gloriosa batalla de Lepanto -7 de octubre de 1571- y en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, y Auxilio de los Cristianos, he aquí una memorable carta que el Santo Sumo Pontífice envió a este gran monarca, para que asuma, dirija y lleve adelante la defensa armada de la Cristiandad en peligro.
Muy amado hijo:Cuando me pongo a considerar atentamente el estado actual de
la república cristiana, y hallo en ella tanta miseria y desventura, tanta
aflicción y trabajo, no puedo dejar de sentir un pesar tan entrañable que
llego, junto con el Apóstol, a desear la muerte y a decir a Dios lo mismo que
Elías: «Señor, basta ya de lo que he vivido, no soy mejor que mis
antepasados». Porque verdaderamente mi pontificado ha llegado en un tiempo
tan desventurado y triste que no sólo me pesa vivir, sino que aun me avergüenzo
de ello.
A cualquier parte que vuelvo los ojos veo debilitada la
cristiandad y las fuerzas de nuestra fe, y completamente mancillada y
angustiada la hermosura de la Iglesia de Dios: hecha esclava está la que antes
fue libre y señora de las gentes. Y sin recontar las pérdidas pasadas que ha
sufrido este pueblo cristiano, vengamos a las de ahora. Apenas hube tomado
sobre mí este cargo de servidumbre apostólica, cuando el Gran Turco, con un
poderoso ejército de pie y de a caballo, entró por Hungría a sujetar lo poco
que allí le faltaba para hacerla toda suya, y puso en tanto aprieto a
Maximiliano, electo Emperador, y en tanto miedo a toda Alemania, que si Dios,
por su infinita misericordia y por las oraciones de los fieles, no hubiera
amansado la furia de esta guerra con la muerte de aquel tirano, no solamente
habría asolado aquellas provincias, sino que aquí mismo en Italia habríamos
corrido el mismo peligro y desventura.
Amansada, pues, esta tempestad, no diré ciertamente que vino la calma a la Iglesia de Dios; porque luego en la Baja Alemania[1], que es de vuestro señorío, se levantaron tantos errores y herejías que estuvieron a punto de salirse de vuestra obediencia. Me acongoja pensar, y cuánto más escribir, las maldades y abominaciones que allí se cometieron: unas iglesias quemadas, otras asoladas, echándolas por tierra profana, y las imágenes de los santos rasgadas y vituperadas. Deshacían altares, perseguían y mataban a los sacerdotes, derramando infinita sangre de justos, y dieron rienda suelta a todo género de torpeza y deshonestidad, poniendo los herejes todo su esfuerzo en apartar a los católicos de su verdadera religión.
Y así, a un mismo tiempo que esto pasaba en Flandes, ocurría
lo mismo en Francia. ¿Qué alborotos y qué incendios dejaron de cometer en ella
los rebeldes herejes? Su atrevimiento llegó a tanto que se pusieron a prender a
su rey cristianísimo Carlos, nuestro amado hijo; y lo habrían hecho si una hora
antes no hubiese sido avisado y logrado huir de sus manos. Saquearon las
ciudades que no eran de su opinión; robaron las casas y la hacienda de los
católicos; a todo aquel reino revolvieron con batallas, muertes y sangre. Y aunque
esto se sosegó por algunos días, no dejaron por eso de volver a sus maldades y
bellaquerías: hollando el Santo Evangelio, violando todo lo sagrado, los
obispos vestidos de pontifical por traídos por las calles para su escarnio y
afrenta; a unos los arrojaban a pozos, a otros los despeñaban y arrojaban sus
vestidos y cuerpos a las fieras; y los demás ministros de Dios eran
martirizados con dolorosos géneros de tormentos. Su rey se vio puesto en gran
aprieto, y aunque milagrosamente se ha librado de sus traiciones, vive ahora
rodeado de tantos enemigos, dentro y fuera de su casa, que verdaderamente
parece que tienen su vida y su reino a disposición de ellos.
¿Qué diré de Inglaterra? ¡Cuán poco florece ya en fe y
cristiandad, habiendo de gobernarse ahora por una deshonestísima mujer! La
cual, con abominable tiranía, ha hecho de su reino un sumidero de inmundicias a
donde se recoge ahora cuanta hediondez y asquerosidad de herejías hay en el
mundo; y habiendo quitado el Santo Sacrificio de la Misa, encarcelado a los católicos
prelados y apartado de su consejo a los varones nobles y honestos, se intitula
cabeza de la Iglesia en sus Estados. ¡Oh abominación terrible! Esta misma
malvada mujer –o por mejor decir, ponzoña y corrupción de la república– tiene
en prisión a la reina de Escocia, nuestra querida hija en Jesucristo, privada
de sus reinos y señoríos; y tras esto, con soberbios edictos y pragmáticas,
fuerza a todos los fieles a que profesen su herejía y nieguen la verdadera
religión católica, para que de ella no quede ningún rastro en todos sus reinos.
Y para que a semejantes calamidades sucedan por nuestros
pecados otras iguales o mayores, el Turco, nuestro común y cruel enemigo,
quebrantando las antiguas treguas que tenía con los venecianos, se apercibe
ahora de poderosa armada, y por tierra de grandes ejércitos, para acometer a
la cristiandad, amenazando a sus príncipes de ella con la muerte y la total destrucción
de sus reinos y ciudades.
Pues yo, si estoy aquí tan solo para ver tanto mal y en
tantas partes, si no pongo en ello algún remedio y no soy de algún provecho y
ayuda, ¿a qué quiero vivir más? Porque esta Santa Sede no tiene de por sí
fuerzas bastantes que resistan a un enemigo que, con nuestros propios
descuidos, se ha hecho tan poderoso, si no es poniendo los príncipes cristianos
juntos su último poder y esfuerzo por mar y por tierra. No hay que esperar a su
furia: no puedo hacer otra diligencia sino la de mi oficio, que es atalayar desde este lugar alto
donde Dios me ha puesto y avisar, como el Profeta manda, a los reyes y a los
pueblos, que vienen enemigos, para que se guarden y no sea después a mi cargo
ninguna de las almas que perecieren.
Con tiempo, pues, aviso a todos que viene una gran tempestad;
y levantando mi voz hasta el cielo, pido ayuda y socorro a los príncipes
cristianos, especialmente a Vuestra Majestad, para que, junto con ellos de conformidad,
se defiendan, hagan guerra a este bárbaro, y sea con la presteza que la
necesidad requiere. La cristiandad está ya tan desmayada y arrinconada que, si toda
ella no se junta para remediar su peligro, imposible es dejar de perderse muy
en breve; pues la experiencia nos muestra que el poderío de ningún Rey
cristiano por sí solo es igual al del turco, pero el de todos juntos es más que
suficiente para quebrantarlo y deshacerlo.
Necesario y forzoso es que todos, con una misma conformidad,
voluntad y fuerzas, resistan al enemigo común. Esto
es lo que a Vuestra Majestad ruego que haga; y pues en religión y poder
resplandecéis entre todos los príncipes cristianos, la ayuda que en este
negocio prestéis ha de ser también muy aventajada.
Así que, hijo mío y muy amado en Jesucristo, a quien Dios
todopoderoso adornó de tan extremas virtudes y de tantos y tan abundantes
reinos os hizo señor: sed vos el primero que
persuada a los demás a esta liga contra los turcos. Ninguno de ellos habrá que
no siga vuestro parecer y autoridad, ninguno de los reinos dejará de tomar este
negocio y pelear por el propio y particular suyo. Yo también, de muy entera y
alegre voluntad, ayudaré con lo que pudiere a tan justos movimientos, y
asimismo mandaré que se haga oración pública por toda la Iglesia para que se duela
Dios de nosotros.
Esperamos que, siendo fuente de misericordia, se apiadará de
su pueblo y no permitirá que este caiga en manos de infieles: sin falta vendrá en nuestra ayuda y haremos maravillas en
su nombre. Deshará a nuestros enemigos, porque no es abreviada su mano para
hacernos merced; pues aunque ahora se ha alejado de nosotros por nuestros
pecados, es tan piadoso que, en llamándole, se nos acercará.
Aplacarle hemos con humildad, pues con soberbia le ofendimos;
y viéndonos con contrito corazón y que venimos esforzadamente a pelear por su
nombre, terror y espanto pondrá a los enemigos, en tanto que se
concluye esta general concordia y defensa común.
Y mientras se prepara lo necesario para ello,
ruego a Vuestra Majestad por las entrañas de Jesucristo, y le requiero, que
envíe luego la mayor armada que pudiere a Sicilia; porque estará allí a
propósito para que, si los enemigos viniesen sobre Malta, puedan defenderla
como lo hicieron otra vez. Y si cercaren a La Goleta, con más facilidad será socorrida; y cuando
acometiesen, como se teme, a Chipre –isla de los venecianos– y cerrasen el paso
para estorbar el socorro que se le enviase, estando las galeras de Vuestra
Majestad juntas con las de Venecia, los turcos no se harán señores del mar, o
se podría ofrecer la ocasión de pelear con ellos y alcanzar alguna victoria con
la ayuda de Dios.
Esto lo pido a Vuestra Majestad con el mayor encarecimiento
posible, porque entiendo claramente que, si la armada de Vuestra Majestad se
trasladase a Sicilia, sería un freno terrible para los enemigos y un gran
desánimo para cuanto emprendiesen. Así, los nuestros, en cualquiera parte que
fuesen acometidos, tendrían por seguro el socorro. Como este asunto es de tanta
importancia, vuelvo a rogarlo a Vuestra Majestad, y que ponga por delante el
peligro común de la cristiandad, el de su propio Estado, la fe que en el
bautismo profesasteis y los muchos beneficios con los que Dios os ha obligado a
defender su Iglesia; no solamente por haberos creado y redimido con su sangre y
haberos dado tantos reinos y señoríos, más aun también por la honra que su
Santa Iglesia, Madre de los fieles, ha dado siempre a vuestros progenitores de
gloriosa memoria, autorizándolos con el glorioso título y renombre de
«Católicos».
Esta Santa Iglesia y Madre nuestra se está quejando, pues, y
con lágrimas pide vuestra ayuda: si sus hijos no lo remedian, ¿de quién
esperará favor? Yo, como pastor que tengo a cargo tantos rebaños de almas,
estoy viendo sobre ello una noche harto oscura de herejías y muy temible por
los continuos rebatos en que nos ponen estos lobos infieles. Ahora que oigo sus
aullidos, aviso a todos de ello y con vivas lágrimas les notifico que se
acerquen. Yo, por mi parte, para la conservación y guarda de mi ganado y para
defenderles de estas fieras, muy aparejado estoy a tomar cualquier trabajo y
ponerme a cualquier peligro.
Ni más ni menos amonesto a Vuestra Majestad a que lo esté, y por aquel Soberano Señor le encargo el enviar su armada a Sicilia y concluir la liga y unión con los demás, que es lo necesario para la guerra contra los turcos; muestre Vuestra Majestad a todo el mundo el celo que tiene por la honra y servicio de Dios. Y aunque yo sé que, aun sin este aviso y advertencia mía, Vuestra Majestad se resolverá a hacerlo, mas por cumplir con mi oficio y obligación, y con el cuidado que debo tener de verdadero Padre, he querido significarlo por carta. Y porque en ella no se puede decir todo tan cumplidamente como deseo, envío al maestro Torres, de nuestra cámara, persona a quien por su bondad y virtud tenemos particular afición; y siendo tan leal vasallo de Vuestra Majestad, ha venido más a propósito encargarle este negocio; y así, todo lo que de mi parte propusiere, rogamos a Vuestra Majestad que le dé el mismo crédito que a mí.
En Roma, a 5
de marzo de 1571.
[1] Se refiere a los denominados Países Bajos. (Nota de «Decíamos ayer…»)
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