«Don Segundo Sombra y el ejercicio ilegal de la Crítica» - Leopoldo Marechal (1900-1970)
«…Es que Güiraldes ha visto “en poeta” ese fragmento de la Creación, y como lo ha visto en poeta lo nombra en poesía…».
En el año del centenario de «Don Segundo Sombra», vaya este excelente comentario a la gran obra de Ricardo Güiraldes.
Refiriéndose a las dos o tres ideas elementales que sobre la
legalidad de la crítica recordé no hace mucho en La Nación me trae usted
el ejemplo del Don Segundo Sombra de Güiraldes y el de cierta crítica
hostil que ha venido pesando sobre la obra desde su aparición. Observa, y con
acierto, que dicha crítica se hace generalmente desde algunos sectores
intelectuales caracterizados por su adhesión a ciertas doctrinas sociológicas,
o que proviene de críticos independientes, pero cuya inclinación a la materia
social es harto conocida; y termina usted por acusar a unos y otros de ejercer
ilegalmente la crítica literaria, acusación oportuna que suscribo con gusto.
En efecto, los críticos «socializantes» no miran con buenos
ojos a Don Segundo Sombra: olvidan que Don Segundo Sombra es una
obra de arte; que como tal fue concebida y engendrada por su autor; y que debe
ser juzgada en tanto como obra de arte, ya que no puede ni quiere ni debe ser
otra cosa. Para ellos «Don Segundo» no es un personaje de novela, sino un
elemento social, un paisano de nuestra llanura que se observa con el riguroso
lente de la sociología y cuyo examen, al parecer, no resulta satisfactorio. «Don
Segundo Sombra» es un gaucho que no responde al ideal de los sociólogos
avanzados: ha perdido en reñideros y boliches el tiempo que debió consagrar a
la dialéctica del señor Marx.
Y en este punto los críticos vacilan: «Don Segundo Sombra»,
¿será o no el arquetipo de nuestro paisano? Algunos admiten que lo es, y tras
una lamentación de su miseria presente lo señalan como sujeto de las futuras
reivindicaciones; otros le niegan verosimilitud, y el pobre «Don Segundo»
aparece entonces como un paisano irreal, adaptado al gusto de la mitología gauchesca.
No faltan los mal intencionados que ven en la obra una creación interesada de
Güiraldes: para ellos «Don Segundo» es el gaucho visto por el patrón, el
explotado visto por el que lo explota, conclusión maligna que huele a «viento
libertario» y que se funda, no en un juicio, sino en un prejuicio. (Suponga usted que Don Segundo Sombra hubiese
aparecido, no con la firma de Güiraldes, sino con la de un mensual novelista de
su estancia: ¿cree, por ventura, que alguien habría descubierto la
mistificación y advertido la presencia del aristócrata bajo el disfraz del
paisano?).
Dejemos ahora la enumeración y pintura de tales críticos (ya
la retomaremos en otro lugar de la carta); y si le parece digamos lo que
debiera ser una crítica rectamente formulada sobre Don Segundo Sombra.
Dije, y usted lo recordará, que la obra de arte
sólo tiene una razón de ser (necesaria y suficiente) que es la belleza: belleza
necesaria, porque sin ella no hay obra de arte posible; belleza suficiente,
porque basta, ella sola, para signar la obra de arte y darle la plenitud de su
entidad. Ahora bien, Don Segundo Sombra se ha presentado como una
obra de arte, y el crítico deberá someterla entonces a una prueba inicial
verdaderamente «eliminatoria»: ¿se trata o no de una obra bella? Su respuesta
será, ya un asentimiento, ya una negación, y en ambos casos la obra estará
juzgada. Pero el asentimiento y la negación no son fáciles de dar en materia de
arte: dije también que la belleza es cognoscible por una intuición de orden
suprarracional que algunos poseen y otros no. Y bien, ¿Don Segundo Sombra
estará signado por la belleza? Ya sé, querido amigo, que su respuesta es
afirmativa, como lo es la de todos aquellos espíritus cuyo comercio real con la
hermosura les ha dado, con la seguridad de la visión, la certeza del juicio: Don Segundo Sombra
está signado por la belleza, luego es una obra de arte, vale decir, es
lo que su autor quiso que fuera; exigirle algo distinto es violentar su
esencia, como lo sería violentar la del olmo al exigirle las peras de marras
(¡y cuántos errores y utopías modernas no se fundan en la esperada madurez de
las peras imposibles!).
Quedamos entonces en que Don Segundo Sombra es una
obra bella. Tal afirmación es bastante para la obra y no lo es para el crítico:
si se redujese a un asentimiento y a una negación la crítica podría formularse
con un movimiento de cabeza (y bastaría, ciertamente). Pero la razón no se
resigna: la razón, según su modo propio, querrá dividir lo indivisible,
comunicar lo incomunicable, alcanzar por vía racional lo que por vía
suprarracional es dado al entendimiento; la razón entrará en no poca fatiga
detrás de la hermosura, ese fantasma inasible para ella, y querrá decir el «qué»
y el «porqué» y el «para qué». ¿Le daremos un pequeño gusto a la razón? Digamos
entonces en qué radica la belleza de la obra, ya que no podemos decir por qué
la obra es bella.
En cuanto a la belleza de las acciones que narra, ¿cómo
describirla? El argumento de la obra es invisible casi: un puñado de hombres
que se mueven y luchan en un escenario grandioso. ¿Para qué luchan y se mueven?
No hay allí grandes resortes individuales en juego: los intereses inmediatos
(ya sean los del resero, ya los del patrón) no gravitan en la obra. Diríase que
los paisanos de Güiraldes, al moverse, trabajar y sufrir, sólo persiguen la
realización de «un gesto». ¿Cuál? El gesto antiguo y renovado, el gesto propio
del hombre, el gesto que a la vez confirma su nobleza original y su
rebajamiento presente. Si bien lo mira observará usted que aquellos hombres, en
su juego de fuerza, maestría y coraje, tienden, en el fondo, a la dominación
del mundo que los rodea: los elementos, las bestias, el espacio. Inconscientemente recaban así el señorío que sobre las
cosas fue dado al hombre desde su origen y por eso digo que afirman en aquel
gesto su nobleza original. Pero tal dominio no se conquista y ejerce sin
combate ni pena: la maldición antigua está pesando en ellos; y en su trabajo es
fácil advertir un sentido «penitencial» que no conocen tal vez, pero que
intuyen vagamente y aceptan con resignación. Ese doble gesto es lo que, a mi
juicio, exalta Güiraldes en los paisanos de su novela; y no sin motivo, pues al
hacerlo destaca en ellos lo que tienen de verdaderamente universal, sobre todo
localismo particularizante.
Y ahora que Don Segundo Sombra nos ha satisfecho en su
razón primera, que es lo bello, cabe preguntar si la obra tiene una razón
segunda. Y en verdad la tiene, porque Güiraldes entendió imitar una realidad,
según las condiciones particulares del lugar y el tiempo en que actúan sus personajes.
La obra se presenta como un reflejo de lo real, según el «aquí» y el «ahora», y
es dado al crítico medir, por cotejo, el mayor o menor grado de verosimilitud,
siempre que conozca la realidad imitada. Y bien, ¿responde Don Segundo a
ese cotejo? Sólo diré que así lo admite la mayoría de los lectores que han
conocido el lugar y el tiempo en que se desarrolla la novela; y ese testimonio
es más que suficiente. Por otra parte, su verosimilitud sólo brinda la
satisfacción de un «reconocimiento» al que conoce la realidad imitada, y sólo
tiene un valor «documental» para el que no la conoce.
Pero los críticos literario-socializantes no consideran la
obra en ninguna de sus dos razones: la censuran, no
en su belleza ni en su verosimilitud, sino en el hecho de que la realidad
imitada por ella no responde al tipo ideal que han forjado en sus laboratorios
de sociología. Eso ya no es tomar el rábano por las hojas; es no tomar
el rábano, simplemente. Y aquí me permitirá que clasifique a los censores de Don
Segundo en dos linajes diferentes: el censor nihilista y el censor
dogmático. El censor nihilista no soporta que «Don Segundo» viva en un estado
de orden, sea el que fuere, y le opone un rival temible, Martín Fierro;
desearía ver a «Don Segundo» luchando con la partida, demoliendo comisarios de
campaña, viviendo sin restricción en una libertad químicamente pura. El censor
dogmático es diferente: reprocha a «Don Segundo», no la circunstancia de vivir
en el orden, sino la de vivir en un orden que no es el orden soñado por el
censor. Y querría ver a «Don Segundo» al frente de un sindicato de reseros; o
entregando al patrón de la estancia un pliego de condiciones debidamente
articulado; o dirigiéndose al comicio, en una bella mañana dominguera, con la
Constitución Nacional en un bolsillo, y en el otro su libreta de enrolamiento,
si es posible encuadernada en cuero de Rusia. Con
igual criterio el censor de marras hostilizaría a Virgilio, porque sus pastores
dialogan sobre nimiedades poéticas en lugar de hacerlo sobre la jornada de ocho
horas.
Bromas aparte, y a título de aclaración y final, responderé
ahora, en síntesis, a las dos o tres preguntas de su carta. 1º) Si ha negado a
la Política la servidumbre del Arte, no es porque desdeñe a la Política, sino
por una razón de jerarquía espiritual: la Política tiene su esfera propia y su
propia dignidad, como que los antiguos la ubicaron junto a sus hermanas
mayores, la Metafísica y la Ética; pero cada una de ellas tiene su «objeto
formal», y es absurdo querer sustituir el objeto formal de una por el de la
otra. 2º) No me parece mal que un escritor aborde las cuestiones sociológicas:
sólo le pido que lo haga, no en un poema, sino en un opúsculo de sociología.
Dante nos dio ya el ejemplo, y al tratar la materia política no lo hizo en los
tercetos de La Divina Commedia, sino en su tratado latino De
Monarchia. 3º) Admito que el escritor introduzca una tesis en su obra de
arte, siempre que la introduzca como razón contingente de la misma; empero
corre el peligro de que su obra envejezca con la tesis (¡y con qué rapidez
envejecen las tesis contemporáneas!). Lo que no puedo admitir es que se haga
girar todas las actividades del hombre alrededor de un problema efímero, por el
hecho de que tal problema (social o económico, y por lo mismo secundario en la
jerarquía de los problemas humanos) acapare la atención de un siglo que caduca,
precisamente, por haber olvidado que hay una jerarquía de problemas.
(En Sur, Buenos Aires, a. V,
nº 12, septiembre de 1935, pp. 76-80).
* En «Leopoldo Marechal, Obras Completas», Ed. Libros Perfil, Buenos Aires, T°V, p.261/265.
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