«La decadencia del liberalismo histórico y la aparición del espíritu antirreligioso» (fragmento) - Mons. Fulton J. Sheen (1895-1979)
Mañana, 24 de septiembre, será beatificado el Venerable Mons. Fulton Sheen. Gozosamente, pues, nos unimos a este acontecimiento con la siguiente publicación, fragmento de un libro escrito en 1948.
La nueva época en que penetramos es lo que se podría llamar la fase religiosa de la historia humana. Con el término religiosa no queremos decir que los hombres se volverán hacia Dios, sino más bien que a la indiferencia ante lo absoluto que caracterizó a la fase liberal de la civilización le sucederá la pasión por un absoluto. Desde ahora, la lucha no se librará por las colonias y los derechos nacionales, sino por las almas de los hombres.
No habrá ya espadas desenvainadas a medias, ni lealtades divididas, ni generosos golpes de novata tolerancia: ni siquiera habrá grandes herejías, porque las herejías se basan en una aceptación parcial de la verdad. Las líneas de batalla están ya diseñadas con toda claridad y los problemas básicos no inspiran dudas. Desde ahora, los hombres se dividirán en dos religiones, entendidas también como una rendición a un absoluto. El conflicto del futuro se planteará entre el absoluto que es el Dios-hombre, y el absoluto que es el hombre-Dios; el Dios que se convirtió en hombre y el hombre que hace de sí mismo un Dios; hermanos en Cristo y camaradas en Anticristo.
El Anticristo no se llamará así: en caso contrario, no tendría adeptos. No usará calzas rojas ni vomitará azufre ni llevará tridente ni meneará una cola rígida como Mefistófeles en «Fausto». Esta máscara ha ayudado al diablo a convencer a los hombres de que él no existe. Su poder es mayor cuando ningún hombre admite su existencia. Dios se ha definido a Sí Mismo diciendo «Yo soy Quien soy» y el diablo diciendo «Yo soy quien no soy».
En ningún pasaje de las Sagradas Escrituras hallamos una justificación del popular mito del diablo como un bufón que viste como el primer «rojo». Más bien se lo llama un ángel caído del cielo y un «príncipe de este mundo», cuya misión es decirnos que el otro no existe. Su lógica es simple: si no hay paraíso, no hay infierno; si no hay infierno, no hay pecado; si no hay pecado, no hay juez; y si no hay juicio, lo malo es bueno y lo bueno malo[1]. Pero por sobre todas estas descripciones, Nuestro Señor nos dice que él se parecerá tanto a Él Mismo que engañará hasta a los elegidos; y, ciertamente, ningún demonio, ni siquiera uno de los que se ven en los libros con ilustraciones, podría engañar hasta a los elegidos. ¿Cómo aparecerá en esta nueva época para ganar adeptos de su religión?
La creencia precomunista rusa es que vendrá disfrazado con la apariencia del Gran Humanitario: hablará de paz, de prosperidad y de abundancia, no como un medio de llevarnos a Dios, sino como fines en sí mismos. Escribirá libros sobre la nueva idea de Dios, para amoldarse a la forma como vive la gente; inducirá a creer en la astrología, para que se crea que son las estrellas y no la voluntad las responsables de los pecados; explicará psicológicamente la culpa como un erotismo inhibido y hará que los hombres se avergüencen si sus prójimos dicen que no son generosos y liberales; tendrá un espíritu tan amplio que identificará la tolerancia con la indiferencia ante el bien y el mal, ante la verdad y el error; divulgará la mentira de que los hombres no serán mejores hasta que mejoren a la sociedad y hagan así que el egoísmo provea de combustible a la próxima revolución; estimulará a la ciencia, pero sólo para que los fabricantes de armamentos usen una maravilla científica a fin de destruir otra; alentará nuevos divorcios con el pretexto de que otro compañero es «esencial»; aumentará el amor por el amor y disminuirá el amor por la persona; invocará a la religión para destruir a la religión; hasta hablará de Cristo y dirá que fue el hombre más grande que vivió nunca; su misión, dirá, consistirá en liberar a los hombres de las servidumbres de la superstición y el fascismo, que nunca definirá; organizará los juegos de los niños, le dirá a la gente con quién debe casarse y descasarse, quién debe tener hijos y quién no; sacará de sus bolsillos con aspecto bondadoso barritas de chocolate para los pequeños y botellas de leche para los hotentotes.
Tentará al cristianismo con las mismas tres tentaciones con que tentó a Cristo. La tentación de convertir las piedras en pan como Mesías terrenal se convertirá en la tentación de vender la libertad a cambio de la seguridad, haciendo del pan un arma política que sólo podrán comer los que piensen como él. La tentación de obrar un milagro arrojándose temerariamente de un campanario, se transformará en una súplica de abandonar los elevados pináculos de la verdad donde reinan la fe y la razón, a cambio de las abismales profundidades donde las masas viven de los lemas y la propaganda. No quiere la proclamación de principios inmutables desde las alturas de un campanario, sino la organización de las masas mediante la propaganda, en que sólo un hombre corriente dirige las idiosincrasias de los hombres corrientes. Opiniones y no verdades, comentaristas y no maestros, encuestas y no principios, naturaleza y no gracia: a esos becerros de oro se arrojarán los hombres desde su Cristo. La tercera tentación en que Satanás le pidió a Cristo que lo adorase y le dijo que todos los reinos del mundo serían suyos, se convertirá en la tentación de tener una nueva religión sin cruz, una liturgia sin un mundo futuro, una religión para destruir a una religión, o una política que es una religión y que le da al César hasta lo que es de Dios.En medio de todo este aparente amor por la humanidad y de su locuaz charla sobre la libertad y la igualdad, ese diablo tendrá un gran secreto que no le dirá a nadie: no creerá en Dios. Como su religión será la fraternidad sin la paternidad de Dios, engañará hasta a los elegidos. Edificará una contraiglesia que remedará a la Iglesia, porque él, el diablo, es el remedo de Dios. La casa tendrá todos los detalles y características de la Iglesia, pero a la inversa y vaciada de su contenido divino. Será un cuerpo místico del Anticristo, que se parecerá en todos los aspectos externos al cuerpo místico de Cristo. En su desesperada necesidad de Dios, a quien sin embargo se niega a adorar, el hombre moderno, en su soledad y frustración, ansiará cada vez más ser miembro de una comunidad que le dé amplitud de propósitos, pero a costa de perderse en alguna vaga colectividad. Se comprobará una paradoja: las mismas objeciones con que los hombres del siglo pasado rechazaron a la Iglesia, servirán de motivos para que acepten ahora a la contraiglesia.
El siglo pasado rechazó a la Iglesia porque era infalible[2]; se negó a creer que el Vicario de Cristo pudiera estar libre de error al hablar de cuestiones de fe y de moral, como pastor principal de la cristiandad. Pero el siglo XX se plegará a la contraiglesia porque ésta afirma ser infalible cuando su cabeza visible habla ex cathedra desde Moscú sobre economía y política, y como pastor principal del comunismo mundial.
La Iglesia fue desdeñada críticamente durante estos últimos siglos porque afirmaba que era católica y universal y que unía a todos los hombres sobre la base de un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo. Ningún hombre, afirmaba el siglo XIX, podía ser un buen norteamericano, un buen francés o un buen alemán si aceptaba la égida, aunque fuese espiritual, de un jefe espiritual. Pero en la nueva época, lo que le gustará más a la extraviada alma moderna en la contraiglesia es que es católica o internacional. Destruye todos los límites nacionales, se ríe del patriotismo, libera a los hombres de la devoción por la patria que Cristo prescribió, hace que se enorgullezcan de no ser norteamericanos o franceses o ingleses, sino miembros de una clase revolucionaria gobernada por un vicario cuya sede está en el Kremlin.
El siglo XIX rechazó a la Iglesia fundándose en que era intolerante, ya que excomulgaba a los herejes que no aceptaban las tradiciones apostólicas y enseñaba que Cristo sólo fundó una Iglesia y que la Verdad es sólo una, que sus dogmas eran a modo de seres vivos, y que, como una criatura, uno tenía que aceptar a todo el niño o nada. Pero en esta hora aciaga, los hijos y los nietos de quienes objetaban esto se adhieren a la contraiglesia simplemente porque es intolerante, porque depura a sus heréticos, liquida a sus trotzkistas y excomulga a todos los que no aceptan la línea partidaria: para que no pueda haber un redil y un pastor, sino un hormiguero y un oso hormiguero.
El mundo liberal rechazó a la Iglesia porque era demasiado dogmática con sus precisas definiciones de la Unión Hipostática y la Inmaculada Concepción, demasiado jerárquica con sus obispos que derivaban su autoridad de los apóstoles y afirmaban ser custodios de la fe y la moral del pueblo. Pero he aquí que hoy millones de personas se pliegan a la contraiglesia por estas razones: porque aman sus dogmas infaliblemente definidos del materialismo dialéctico y del determinismo económico y su teoría sobre el valor del trabajo; porque les gusta su jerarquía de líderes partidarios aprobados, quienes, como obispos de la nueva contraiglesia, derivan su autoridad de los apóstoles Marx y Lenin, y, en su papel de policía secreta, mantienen al vagabundo en una línea partidaria, hasta la consumación misma del mundo.
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