«Apología del “Contemptus mundi”» - Federico Mihura Seeber (1939-2024)
«Apreciamos los cristianos el buen
vino y la buena comida, apreciamos los hombres cristianos a las mujeres, y las
mujeres a los hombres, apreciamos la ciencia y el saber, apreciamos la belleza
de las cosas bellas. Gustamos y gozamos de todo ello...».
Apreciamos los cristianos el
buen vino y la buena comida, apreciamos los hombres cristianos a las mujeres, y
las mujeres a los hombres, apreciamos la ciencia y el saber, apreciamos la
belleza de las cosas bellas. Gustamos y gozamos de todo ello. Y mucho; mucho
más que los otros. Apreciamos y gustamos enormemente de cada uno de los bienes
mencionados, que son bienes de Dios.
Sólo nos diferencia una cosa, o
dos cosas: que en el fondo no son sino una. Una de las dos: que gozamos de todo
ello dentro de la ley que el Creador de esas cosas nos ha puesto para gozar de
ellas. Y la otra: que estamos dispuestos a dejar todos estos bienes por Dios.
Y estas dos son, en efecto, una
misma cosa. Porque para gozar legítimamente de todo ello debemos estar
dispuestos a dejarlas. Por eso: «bebemos como si no bebiéramos, comemos como si
no comiéramos, tenemos mujer como si no tuviéramos». Vivimos, y gozamos de los
bienes de este mundo como si no viviéramos ni gozáramos. Amamos a las cosas «desprendidamente».
Pero porque las amamos así, desprendidamente, las amamos, no sólo mejor, sino
más. Y gozamos más de ellas.
Estamos desprendidos de las
cosas, no porque no las apreciemos ni gustemos de ellas. Nos agradan las cosas,
nos gustan enormemente. Pero más nos gusta y nos agrada Dios. Esa es toda la
diferencia.
No somos lo que imaginan muchos –y
que la conducta de algunos cristianos puede a veces sugerir–: no somos una
tropa de seres emasculados que atraviesan la vida indiferentes y con una
sonrisa beata en los labios. Conocemos y gustamos las bondades y bellezas de
este mundo. No ignoramos lo que es el placer.
Y aunque gustamos de las cosas
de otra forma que como los demás, de esa forma legítima y desprendida, sabemos
lo que es gustarlas y gozarlas como las gustan y gozan los otros: sin frenos y
posesivamente. Sabemos lo que es eso: algunos porque no siempre hemos vivido
cristianamente sino como el mundo; otros, porque no es necesario la experiencia
del desenfreno para conocerlo por sus resultados. Basta mirar alrededor, y
comparar. Y, así, estamos donde estamos porque elegimos: no somos ignorantes
del mal.
Los que aman y gozan el mundo,
con el mundo y sin Dios; los que gozan de las cosas como si no hubiera límites
en el gozo, posesivamente; los que viven en el mundo «sin ley ni Dios»; ellos
gustan, sin duda, y gozan de todo. Pero de este modo de amar resultan dos
cosas: que no son –de nuevo– sino una. En su avidez posesiva consumen las
cosas: se quedan sin ellas. Y pierden a Dios.
Porque para perder las cosas, en
efecto, no es necesaria la muerte: aunque la muerte sea la advertencia más
segura de que nos quedaremos sin ellas. Hay una muerte cotidiana, una muerte en
vida, para los que no saben ni quieren prever la muerte. Porque la caducidad de
las cosas que amamos es la muerte para los que sólo aman y gozan las cosas del
mundo. ¿Cómo no han de gustar cotidianamente la muerte aquéllos para los que
las cosas mortales son la única realidad? Inútil es que se consuelen de la
caducidad de las cosas reemplazando las cosas muertas por cosas nuevas: todas
ellas son mortales. Cada renovación es una decepción. ¿Y el gozo de ellas?
También es mortal: el recuerdo del placer desaparecido no es placer, es dolor.
Dice el vividor: ¿quién me quita lo bailado? Imbécil: en el momento en que fue
dicho, ya te fue quitado.
Y dicen que aman las cosas: pero
no las aman. Las gozan, sí, pero se aman a sí mismos. Y al gozarlas las
destruyen, las matan, las consumen, en una avidez desesperada y monstruosa por
ganar la eternidad: una eternidad de gozo con las cosas muertas. Son necrófilos,
porque aman y gozan, y se alimentan, de cosas muertas. ¿Es eso vida? ¿Es eso «amar
las cosas de este mundo»? ¿Es esa la felicidad pagana, el amor natural, el «vivir
y dejar vivir» del hedonismo? Es, al contrario, una prolongada muerte.
Y se quedan sin Dios. Nosotros
los cristianos, que debemos estar dispuestos a dejar las cosas por Dios,
ganamos a Dios y recuperamos a las cosas: «En verdad os digo que ninguno que
haya dejado casa, mujer, hermanos... por amor al Reino dejará de recibir mucho
más en este siglo, y la vida eterna en el venidero». Ellos, para quienes Dios
es un estorbo en el festín de las cosas, pierden (consumen) las cosas, y
pierden a Dios. Definitivamente, un mal negocio.
Y estos desgraciados nos
consideran hoy a los cristianos (como ya lo hacían los romanos de la
decadencia), desgraciados. No lo somos nosotros, lo son ellos. Y, pues, como
cristianos debemos esperar que rompan el círculo asfixiante en que los envuelve
un mundo sin Dios, sólo podemos desear que la propia experiencia del dolor los
devuelva al camino que nosotros también, como ellos, algún día dejamos.
* En «Revista Gladius» - Año 6 - N°18, 15 de agosto de 1990. Asunción de María.
[1]
El presente artículo fue firmado por Mihura Seeber con el seudónimo de «Alonso
de Escobar».
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