«Las ilusiones del Centenario» - Ernesto Palacio (1900-1979)

Y continuando con la «Semana de Mayo» he aquí un excelente análisis de lo que en realidad fue el centésimo aniversario de aquellas jornadas.

«...El programa de Caseros se cumplía, en efecto. Todo lo nacional estaba a punto de desaparecer. Hasta la misma imagen de la Argentina real, suplantada por una grotesca mentira...».

El optimismo progresista alcanzó su punto más alto en los festejos del Primer Centenario de la emancipación, en mayo de 1910, siendo presidente Figueroa Alcorta y electo ya su sucesor, Sáenz Peña, cuyo nombre suscitaba una esperanza. El país se sentía fuerte, rico y seguro del porvenir. Contaba con poco más de siete millones de habitantes, la tercera parte extranjeros, de las inmigraciones de las últimas décadas, preferentemente italianos (casi un millón) y españoles (ochocientos mil). El desarrollo económico correspondía al aumento de población y tenía sus manifestaciones visibles en la construcción de obras públicas, que se acentuó notablemente bajo esa presidencia a partir del palacio del Congreso, inaugurado en 1906.

Contribuía a elevar la tónica nacional el descubrimiento de nuevas riquezas, como el yacimiento petrolífero de Comodoro Rivadavia, y la llegada de los barcos de nuestra marina de guerra, cuya exhibición en la rada constituyó, para la población porteña, una emocionante novelería.

A esta exaltación provocada por la fausta fecha no podían ser ajenos los poetas y los escritores. Una nueva generación intelectual había surgido en los últimos años, llena de talento e ímpetu creador, y por primera vez se cantaba a la patria y se hablaba de ella como de una cosa viva. A la cabeza de esta generación se hallaba Leopoldo Lugones, que dedicó cuatro libros en homenaje al Centenario. En las Odas Seculares fijaría, de manera perdurable, los mitos y las imágenes que suscitaban en el espíritu nacional, el «milagro» de nuestro advenimiento.

Los versos de Lugones y de Rubén Darío (Canto a la Argentina), que conmovieron a la generación entonces actuante, tenían como signo común la confianza en nuestra predestinación a la grandeza, y no hay duda de que esa fe careció a la sazón de herejes y cismáticos y animó sin excepción a todos los argentinos.

Pero el entusiasmo es como los alcoholes, estimulante en dosis razonables y depresivo en dosis exageradas. La exaltación del Centenario traería, a la larga, una extraña anestesia del espíritu nacional y la eliminación de las reacciones defensivas necesarias para sobrevivir. A favor del optimismo progresista que suscitó, se impondría, de manera definitiva, la falsificación histórica de la generación organizadora, cuyo «panteón» se declararía sacro e intocable: se perdería el sentido de la realidad de nuestra formación y de nuestros más urgentes problemas. La convicción dogmática de ser ya una gran nación (por obra –claro está– de Urquiza, Sarmiento y Mitre) nos privaba de las nociones y los instrumentos indispensables para llegar alguna vez a serlo de veras.

Si algo nos sorprende hoy, al recorrer la literatura del Centenario, es ese extraño reemplazo de la historia real por una mitología optimista, y el inherente olvido de los problemas concretos del país, tan vivos todavía, pocos años antes, en la corriente política de tradición federal, que había dado origen a la obra de Hernández, Quesada y Guido y que animó la acción tribunicia y parlamentaria de autonomistas y radicales, como del Valle y Alem. ¿Acaso habían dejado de existir esos problemas? Lejos de ello, se habían agravado. Nadie los mencionaba, sin embargo, bien por acostumbramiento a males que se consideraban inevitables, bien por esperar su curación del mero transcurso del tiempo. No escapaba a esta regla la misma Unión Cívica Radical, heredera directa del partido de la independencia, que limitaba a la sazón sus reivindicaciones a la conquista del sufragio libre.

La persistencia de la propaganda liberal había hecho presa poco a poco en los adversarios, a favor de la predisposición del espíritu humano a aceptar como verdadera la versión de los triunfadores. No es difícil señalar las diversas fases de la infiltración, en la coalición de distintas fracciones del autonomismo con Sarmiento en el 80 y con Mitre en el 90, en cuyo transcurso se va atenuando la resistencia al influjo extranjero, hasta que, poco a poco, se olvida. En 1890 todavía parecía escandalosa a muchos la entrega de los ferrocarriles a los ingleses; en 1910 ya resulta normal, y no escandaliza a nadie que se concedan también a empresas extranjeras los tranvías, la electricidad y los teléfonos, aun sacrificando a cooperativas criollas competidoras.

También se olvida la historia. Sólo queda en pie la versión unitaria. Rosas es un hombre fatídico, que hay que borrar de sus anales, porque en el mejor de los casos pertenece a la psicopatología. Mientras los médicos se dedican a investigar las taras físicas y morales del Restaurador, el Martín Fierro cae en manos de los folkloristas, como expresión de pintoresco gauchismo. Con todo ello, se va levantando sobre la Argentina real una Argentina convencional y aséptica, que pronuncia frases como «América para la Humanidad», que tiene «dos maestros por cada soldado» y que se ofrece, como un paraíso progresista y laico, a todos los hombres del mundo que quieran habitarla.

La generación intelectual del Centenario, sucesora de la del 80, acepta esa herencia sin beneficio de inventario, porque también es europeísta y civilizadora y trae propósitos de renovación social de signo ecuménico, que empalman con la ideología liberal de los precursores. Como 1901 vio la apoteosis de Mitre –«el hombre funesto», según Carlos D’Amico–, 1911 verá la de Sarmiento, al que Lugones le dedica una exaltada apología. Los años siguientes serán los de la reedición, en ediciones populares, de los «clásicos argentinos». «La Cultura Argentina», fundada por José Ingenieros y la «Biblioteca Argentina» fundada por Ricardo Rojas, difundirían exclusivamente las obras de los escritores de la tradición liberal, que aparecen así, ante los estudiantes y el pueblo, como único pensamiento de la República.

Porque la oligarquía dominante es implacable con los disidentes. Carlos Guido y Spano alcanza un relativo indulto por callarse a tiempo y permitir que se lo considere como un lírico intrascendente, al que no hay que tomar en serio. Sus escritos políticos desaparecen de las librerías y no vuelven a editarse. Saldías muere olvidado. Ernesto Quesada concita todos los odios y las calumnias y se le hace fama de pesado e ilegible: morirá en el extranjero. Zeballos, que ha denunciado la política de entrega del mitrismo y del roquismo y que ha exaltado la nacional de Rosas, verá sus últimos años amargados también por la calumnia, y caerá de su decanato universitario por una sublevación estudiantil de sospechoso origen.

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En los treinta años transcurridos desde el 80 se había producido también otro fenómeno que contribuía en gran parte a la transformación del país. Ya actuaban en profusión y empezaban a intervenir en la vida pública las generaciones de hijos de los inmigrantes llegados en masa, en sucesivas oleadas, desde poco antes del 60. Con la extensión de los cultivos agrícolas y la adopción general del alambrado, habíanse modificado las modalidades del trabajo rural. El antiguo peón criollo, que trabajaba a campo abierto y lazo, iba siendo paulatinamente reemplazado por el inmigrante, más adaptado a las nuevas modalidades económicas. La mano de obra para las cosechas era casi exclusivamente extranjera. Se había generalizado para esa fecha la llamada «inmigración golondrina», que venía temporalmente con dicho objeto y retornaba luego a los países de origen. Sólo una parte, si bien apreciable, se incorporaba a la vida argentina, con ánimo de permanecer y fundar hogar.

En 1910 no sólo la mayoría de las chacras, sino la casi totalidad del pequeño comercio, estaban en manos de extranjeros, principalmente italianos y españoles; el gran comercio, así como la totalidad de las incipientes industrias, en mano de ingleses, franceses y alemanes.

Todo ello contribuía a formar una población excesivamente heterogénea, cuya amalgama ulterior constituía un problema de solución difícil. Si de acuerdo con los principios del alberdismo, era de práctica la apología del «crisol de razas» que el país aspiraba a ser, no se sabía aún a ciencia cierta qué metal saldría en definitiva de ese crisol. La inquietud al respecto daría nacimiento pronto a un nuevo sentimiento defensivo de xenofobia larvada en los dueños de la situación, herederos de quienes habían hecho la doctrina de la entrega al extranjero: empezarían a sentir contra el inmigrante el mismo temor que los había llevado a proclamar el exterminio del criollo. Muchos de ellos, en esta fase de la evolución, justificaron la prolongación del sistema del fraude comicial y los gobiernos electores, fundándose en la preocupación (naturalmente «patriótica») que les causaba la perspectiva de que el gobierno cayera en manos de los inmigrantes y sus hijos.

Los hijos de la inmigración, educados en la escuela pública argentina, recibían la misma enseñanza que los hijos de los criollos y aceptaban, sin beneficio de inventario, la imagen convencional de la Argentina imbele y acogedora que impartía el régimen imperante para consumo general.

Pero tanto ellos como sus padres sentían, en el choque con la realidad, que ésta no era tan cordial como lo proclamara el optimismo dominante. Algunos triunfaban, sin duda; pero la mayor parte debía ir a engrosar la cohorte cada vez mayor de los vencidos, la masa de proletariado urbano y rural, con bajos salarios y frecuente desocupación. Tras de la fachada esplendorosa de la joven Argentina, en la que había teóricamente porvenir para todos, se ocultaba tanta opresión y miseria como en cualquier país del Viejo Mundo.

El campo les estaba vedado a los que llegaban, por el acaparamiento de la tierra en grandes latifundios ganaderos, donde sólo se los admitía en calidad de peones a precio de hambre. La colonización agrícola había sido, en general, un fracaso. Los colonos se arruinaban con frecuencia por el bajo precio de sus productos y debían vender la tierra, si la tenían. En 1910 sólo una tercera parte de los chacareros, repartidos por el país, eran propietarios; el resto, arrendatarios, a precios altísimos, que les insumían la mayor parte de las ganancias. Una red de fletes, intermediarios, intereses y amortizaciones aprisionaba al trabajador del campo, condenándolo a una vida precaria que no le permitía levantar cabeza. Los hijos que no cabían ya en la chacra debían salir a peonar.

No era mejor la situación del trabajador urbano, a la que estaba condenada la gran masa de la inmigración, por falta de demanda campesina.

El país de la abundancia, de que se hacían lenguas los dueños de la situación, donde sólo bastaba extender la mano para hallar sustento, conoció la vergüenza del trabajo de las mujeres y los niños menores, con salarios inferiores a un peso, cuando el pan costaba 0,30 el kilo: una ley presentada por Palacios en el congreso le puso fin. Conoció el hacinamiento de los conventillos, instituciones típicamente porteñas y generalizadas, que era la vivienda corriente de la población obrera, con una pieza a lo sumo para cada familia, cuando no para dos. Conoció la plaga de la mendicidad por hambre, y los sin trabajo y sin hogar durmiendo en los umbrales y alimentándose de los residuos de los tachos de basura[1].

Dadas esta situaciones extremas –compensación del triunfo de unos pocos– y el bajo nivel general de los salarios, unido a la dureza de las condiciones en que el trabajo se desarrollaba, no es de extrañar la virulencia que adquieren las luchas sociales en la época del Centenario, cuyos festejos debieron celebrarse bajo la vigencia del estado de sitio.

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Si tales eran las condiciones del trabajo en la capital de la República, ¡cuáles no serían las del interior!

En los ingenios de azúcar, en los obrajes y en los yerbales del norte se había establecido un régimen de verdadera esclavitud, en el que a los bajos salarios se agregaba, para mermarlos más todavía, la explotación del trabajador mediante el crédito en las «proveedurías», establecidas por los mismos empresarios y donde debía obligadamente comprar, a precios exorbitantes, los artículos de primera necesidad. Para asegurarse la clientela, no se le abonaban los salarios en moneda corriente, sino en bonos especiales, que sólo tenían curso en los referidos comercios. La llave del sistema consistía en mantener al obrero hambriento perpetuamente endeudado con la empresa, de modo que no pudiera abandonar su puesto sin hacerse culpable de la estafa. Las policías locales, que recibían de los empresarios una asignación más suculenta que el sueldo oficial, tenían buen cuidado de que todo marchase sin inconvenientes, y de que los caritativos patronos no fuesen burlados en su generosidad y buena fe.

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Pero todo ello se ignoraba en la capital de la República, cuyo núcleo privilegiado mantenía viva su fe en la prosperidad milagrosa del país, donde «no podía» haber problemas sociales por la abundancia de recursos: creencia que algunos conferenciantes extranjeros, como el profesor Ferri, no tuvieron empacho en confirmar.

Ese núcleo privilegiado, esa oligarquía estaba constituida, según sabemos, por los intereses afines de los grandes ganaderos, agrupados en la Sociedad Rural, y del capital inglés: comercio de exportación e importación, ferrocarriles y frigoríficos, con sus conexiones políticas, profesionales y administrativas y su influencia todopoderosa sobre los órganos de la opinión pública. Tal era la Argentina actuante y visible, optimista y feliz.

Los ferrocarriles habían logrado desde 1907 su estatuto con la ley que lleva el nombre de su autor, el ingeniero Emilio Mitre, hijo del general –por cierto– y heredero de sus principios. Ella había dado fin a la incertidumbre de las concesiones, y había ratificado por 40 años la exención de impuestos, salvo un 3 por ciento que se aplicaría sobre las utilidades cuya determinación quedaba de hecho librada a la buena fe de las empresas. El tono del debate mostró cuán lejos se estaba de la época (1891) en que el diputado Osvaldo S. Magnasco había dicho: «El ferrocarril inglés en la Argentina no es un negocio... es una extralimitación insolente», aludiendo después a los «grandes robos» de las empresas. Magnasco había recibido ya su castigo, al tener que renunciar a un ministerio efímero (1901) a raíz de una campaña en que toda la prensa lo acusó de imaginarios escándalos. Era natural que, a la sazón, nade se atreviera a imitarlo.

Sobre la incidencia de los ferrocarriles en la economía del país, bástenos recordar que sus entradas llegaron a igualar y a veces a sobrepasar las rentas del Estado nacional y que lo que extrajeron como dividendo anual compensó con frecuencia el monto de las cosechas. Su política de fletes, calculada a medida del interés inglés, tendía a sofocar toda tentativa industrial que pudiera chocar con el de los importadores británicos.

Con los dividendos de las inversiones extranjeras, los intereses y amortizaciones de una deuda externa en permanente crecimiento y las compras en el extranjero para suplir nuestra deficiencia industrial, el país sufría un drenaje permanente de su riqueza, que impedía todo conato de capitalización. Lo cual se pagaba a costa del «hambre y las sed» del pueblo argentino, cuyo nivel de alimentación, no sólo en el interior, sino en la misma capital, estaba debajo de las necesidades elementales. El país de la carne y el trigo llegó a tener los índices más altos de excepciones al servicio militar por desnutrición y anemia. Lo que no había logrado la «pacificación» mitrista (a saber, el extermino manu militari de la población nativa) se estaba consiguiendo de modo más sutil y lento. ¡La República liberal era, realmente, la concreción de los sueños de sus fundadores!

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El programa de Caseros se cumplía, en efecto. Todo lo nacional estaba a punto de desaparecer. Hasta la misma imagen de la Argentina real, suplantada por una grotesca mentira.

Y todo ello ocurría con el beneplácito, mejor dicho, con el auspicio entusiasta de la «inteligencia» argentina, que lo aceptaba en nombre del Progreso y que, aun cuando se aventuraba a afirmar que no vivíamos en el mejor de los mundos posibles, buscaba remedio en la aplicación de las recetas de última moda en Europa, eludiendo el estudio de las verdaderas causas de los males sociales y políticos. Pululaban los «constitucionalistas» y los «sociólogos». Pero el punto de coincidencia de todos ellos era la aceptación del ideario de la generación organizadora, cuyos dogmas fundamentales consistían en la afirmación de la incapacidad nativa para la industria y en la aceptación consiguiente de la necesidad de fomentar el capital y el comercio extranjeros, puntales de la «grandeza» argentina. Por lo demás, la «inteligencia» dependía de los diarios y la administración pública, los que dependían cada vez más de la buena voluntad de los gerentes.

Por lo que hace a los políticos de la situación, ya hacía tiempo que sabían dónde estaba el verdadero poder, al que –paradójicamente– había que obedecer para poder mandar.

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El Centenario se celebró con grandes fiestas y con real emoción patriótica por el pueblo de la República. Concurrieron delegaciones de todas las naciones del mundo (con excepción del Brasil, donde subsistían los resquemores) y se coronó con un grandioso desfile militar en la Avenida de Mayo. Nuestra visitante más encumbrada fue la infanta Isabel, tía de Alfonso XIII.

No alcanzó a deslucir la magnitud de los actos la agitación obrera, sofocada por el estado de sitio oportunamente declarado y por el cierre de los locales de los sindicatos. Ni siquiera los desmanes de la «juventud dorada» de Buenos Aires, cuya exaltación patriótica derivó en persecución a mano armada de los «gringos anarquistas», entre lo que había no pocos criollos hambrientos. Los vástagos de la oligarquía porteña, que se educaban en la Facultad de Derecho para servir al capital inglés, desplegaron en la ocasión una xenofobia inesperada que por cierto, no halló en su camino a ningún cliente posible y sólo se cebó en pobres inmigrantes indefensos, italianos y «gallegos». Con lo cual la oligarquía del puerto demostraba una vez más los resabios de la pulpería originaria, visible en la falta de ese señorío heredado de las aristocracias verdaderas, cuya principal virtud es el amor a los humildes.

* En «Historia de la Argentina (1515-1983)», Abeledo Perrot, 15ª edición, Bs.As., 1988, p.p. 613-620. La primera edición, fruto de una serie de artículos escritos quince años antes, fue publicada por Ediciones Alpe, en mayo de 1954.
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[1] Cualquier semejanza con la realidad actual y, en general, con la historia argentina después de Caseros, es una simple causalidad liberal (Nota de «Decíamos ayer...»).

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