«La nostalgia del fascismo» - Henri Massis (1886-1970)

«Si el “fascismo” había podido conquistar un número tan grande de jóvenes era porque respondía a unas ardientes esperanzas. La opinión liberal no oponía nada más que lo negativo a sus afirmaciones contagiosas; el “antifascismo” que proponía no era una “mística” digna de Francia».

En espera de las tormentas que se avecinaban[1], la juventud perdía no el valor, sino la salud moral, el equilibrio, roída por una forma extraña de «desesperación». Todas las juventudes extranjeras, exaltadas por nuevas formas de vida, se sentían llamadas a destinos heroicos, unidas en una comunidad inseparable y como transportadas más allá de sí mismas. Se dejaba sentir nuestra impaciencia por un «compromiso» en el que se pudiera reunir el entusiasmo, el optimismo, la sensación vital de existir. Si el «fascismo» había podido conquistar un número tan grande de jóvenes era porque respondía a unas ardientes esperanzas. La opinión liberal no oponía nada más que lo negativo a sus afirmaciones contagiosas; el «antifascismo» que proponía no era una «mística» digna de Francia.

Entre los valores que el «fascismo» había rehabilitado o creado, Etienne Borne[2] reconocía «el desprecio por lo banal y lo rutinario, la búsqueda de lo extraordinario, la negación de un idealismo falso que disimula, bajo una moral universal, egoísmos confortables y garantizados; un esfuerzo por aceptar la idea del orden, arrancándola a los compromisos burgueses la certeza de que existen razones para vivir que valen más que la vida». Sí, había en el estilo de vida fascista elementos nobles, altas virtudes que nosotros, los franceses, estimábamos más que otros, sin que por ello ignorásemos sus peligros. Mejor que despreciarlas por sistema hubiese sido distinguir entre las experiencias totalitarias, buscar lo que unas y otras proponían de valioso, retener lo que se traducía en una ganancia, una ventaja, a fin de hacer algo nuevo y mejor. El restablecimiento de la nación francesa no tenía por qué dar a esta realidad, que es Francia, un contenido fascista o no fascista, sino que debía hacerse según las directrices que le son propias, es decir, conforme a los caracteres históricos de su pueblo y a los valores tradicionales y espirituales de una civilización que tiene por mensaje su perpetuación[3].

Carente de una política íntegramente nacional, el «fascismo», la nostalgia del «fascismo», fue para muchos franceses jóvenes una especie de mal del siglo, un romanticismo de la juventud. «¿Por qué tantos jóvenes se han separado de nosotros, los católicos?», preguntaban entonces los dominicos de «La Vie Intellectuelle». Porque amaban la aventura y el peligro, el esfuerzo que se arriesga y se compromete, y porque consideraban demasiado inconsistentes las virtudes de los maestros. Desde Nietzsche a Malraux, desde Lenin a Hitler, se ha escrito la historia de las infidelidades de los cristianos a la virtud de la fortaleza. La juventud francesa, que se formaba y se desarrollaba en un siglo difícil, no sentía, en efecto, esa vocación de fracaso para la cual le preparaban muchos católicos, y en cambio comprendía a aquellos que les decían:

«Poseamos la fuerza y la grandeza, y todo será posible en un mundo en el que la paz sea defendida. El secreto de la paz, como el de la humanidad, de la libertad y de la caridad, es el poder. Si sois caritativos, pero estáis muertos, ¿de qué sirve vuestra caridad?»

Así hablaba Robert Brasillach.

Volvía de Toledo, de Burgos. Había ido a Bruxelles para ver a Degrelle; tenía compañeros que, al regreso de Rumania, le habían hablado de la Guardia de Hierro y de Codreanu. Era de aquellos a quienes el mito del fascismo había hecho vibrar, para quienes el fascismo había sido la última aventura de su juventud. El fascismo no era, ni mucho menos, para Brasillach, una doctrina ni una imitación del extranjero; era un espíritu, el espíritu de la amistad, opuesto a todos los prejuicios, a los prejuicios de clase como a cualquier otro; era un inmenso compañerismo disperso que unía a través del vasto universo a todos aquellos que creían todavía en las virtudes de la nación, de la raza, de la historia y que, unas veces emocionados y otras desairados, pensaban en el pasado y en el presente de su país y se decían: ¿Por qué no nosotros?

* En «La vida intelectual de Francia en tiempo de Maurras», Ediciones Rialp, S.A. – Madrid, 1956.


[1] Se refiere Massis aquí a la 2ª Guerra Mundial, que, en su narración, pronto estallaría (Nota de «Decíamos ayer...»)
[2] «Temps présent» del 10 de enero de 1938.
[3] En el mismo sentido se expresó claramente José Antonio Primo de Rivera en diversas ocasiones: p.e. «Nos dicen que somos imitadores porque este movimiento nuestro, este movimiento de vuelta hacia las entrañas genuinas de España, es un movimiento que se ha producido antes en otros sitios. Italia, Alemania, se han vuelto hacia sí mismas en una actitud de desesperación para los mitos con que trataron de esterilizarlas; pero porque Italia y Alemania. se hayan vuelto hacia sí mismas y se hayan encontrado enteramente a sí mismas, ¿diremos que las imita España al buscarse a sí propia? Estos países dieron la vuelta sobre su propia autenticidad, y al hacerlo nosotros, también la autenticidad que encontraremos será la nuestra, no será la de Alemania ni la de Italia, y, por tanto, al reproducir lo hecho por los italianos o los alemanes seremos más españoles que lo hemos sido nunca... Dejemos que nos digan que imitamos a los fascistas. Después de todo, en el fascismo como en los movimientos de todas las épocas, hay por debajo de las características locales, unas constantes, que son patrimonio de todo espíritu humano y que en todas partes son las mismas. Así fue, por ejemplo, el Renacimiento; así fue, si queréis, el endecasílabo; nos trajeron el endecasílabo de Italia, pero poco después de que nos trajeran de Italia el endecasílabo cantaban los campos de España, en endecasílabo castellano, Garcilaso y fray Luis, y ensalzaba Fernando de Herrera al Señor de la llanura del mar, que dio a España la victoria de Lepanto». (Nota de «Decíamos ayer...»).

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