«Oliveira Salazar – La última concepción cristiana de gobierno» - Rafael Gambra (1920-2004)
«…para Salazar
–como para la teoría católica de todos los tiempos– la política no es sólo el
arte de que los hombres vivan en común, sino que vivan recta y moralmente, esto
es, de hacer posible la vida justa y virtuosa. Porque el hombre –individual o
socialmente considerado– no tiene como fin su propia pervivencia, sino su
salvación a través de la vida virtuosa».
Él supo librar a Portugal de la segunda Guerra Mundial, a
pesar de las fuertes ligaduras políticas y económicas que desde antiguo ataban
a ese país con Inglaterra. Sin embargo, la coyuntura verdaderamente trágica se
presentaría para Salazar al término de la gran contienda, al iniciarse los años
cincuenta. Una propaganda demagógica se lanza a gran escala sobre los pueblos
de Europa y de África con la exigencia de una inmediata, súbita, «descolonización».
Todos parecen de acuerdo en este insensato imperativo: Norteamérica porque ve
en él un cauce de expansión para sus mercados y un debilitamiento de la
economía europea; los pueblos árabes y negros porque han excitado sus pasiones
y ven la posibilidad de hacerse gratuitamente con un inmenso botín; las
naciones europeas por el abandonismo y horror a toda lucha propios de las
sociedades decadentes; la Unión Soviética, sobre todo, porque esperan –con
razón– ser beneficiarias y árbitros de la dilatada anarquía que producirá tal
descolonización. Las víctimas fundamentales: los colonos expoliados y
arruinados, y los propios nativos sucumbiendo de hambre y de luchas tribales.
Salazar sabe cuál es su deber y el destino que debe afrontar.
Portugal lleva ya siglos establecido de espaldas a Castilla (y a Europa) en
expansión pacífica y benefactora por tierras del África negra. Tal expansión es
necesaria para su economía y para su equilibrio político en el mundo. Pero,
aunque no fuera así, no es lícito jugar con la vida e intereses de miles de
colonos establecidos y de millones de nativos que han confiado en la bandera y
en la palabra de Portugal. Sin contar con los intereses de la fe, en amplia
expansión por aquellos territorios, que sería arrasada por el abandono.
Mantenerse contra todo y contra todos. Despreciar los famosos dogmas marxistas de «el viento de la Historia» y la «irreversibilidad de los procesos históricos». Para un país diminuto y relativamente pobre parece empresa temeraria, impensable: en los mismos momentos en que las grandes naciones europeas (Francia, Inglaterra, su antigua protectora) abandonan sin lucha a sus antiguas colonias. Salazar, sin embargo, cumpliendo con su deber y sabiendo mostrarlo a sus compatriotas, manteniéndose en todas sus posiciones durante los veinte últimos años, ha demostrado ante el mundo estas dos grandes verdades: Que Dios no abandona a quienes cumplen con su deber. Que la sublevación anticolonial del África negra es un mito creado y mantenido por las potencias interesadas en ella. (Si la rebelión fuera real y partiera del interior, el ejército portugués no hubiera podido sostenerse ni una semana en los inmensos territorios de Angola, Guinea y Mozambique). El Portugal de Salazar supo testimoniar ante el mundo que los hombres y los pueblos deben vivir –y viven– por algo más que por su propia subsistencia e interés inmediatos.
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| Antonio de Oliveira Salazar |
La creciente contaminación universal de ideas socialistas,
demagógicas y «progresistas» crearon en los últimos años un mal ambiente contra
Salazar, incluso dentro de sectores del propio Portugal que no pudieron
inmunizarse de esa influencia. Tampoco las potencias europeas podían perdonarle
aquella doble demostración de su política africana que ponía de manifiesto la
cobardía y la indignidad del abandonismo súbito. Se reprochaba a Salazar que
durante los últimos diez años (y después de su gran florecimiento hasta mil
novecientos cincuenta y tantos) no hubiese seguido el ritmo de industrialización
y de crecimiento de salarios que ha sido visible en otros países de la Europa
occidental.
Bastaría para justificar este hecho la consideración del
épico esfuerzo portugués para preservar sus territorios ultramarinos. Pero
Salazar no rehuyó explicarlo por su propia concepción política, inconcebible
para el mundo que nos rodea: «Un campesino –gustaba de decir– al que no falte
un austero alimento y pueda cultivar lo suyo, es mejor y más feliz que un
obrero de la gran industria, aunque tenga coche». O, dicho de otro modo, la
industrialización y el aumento del «nivel de vida» no son un bien en sí (y
pueden ser un gran mal) si suponen la pérdida para el hombre del arraigo a una
tierra, una familia y una fe. La industrialización rápida –como la
descolonización súbita– pueden ser causa de los mayores males para la salud
espiritual y aun física de los hombres. Lo que
supone que para Salazar –como para la teoría católica de todos los tiempos– la
política no es sólo el arte de que los hombres vivan en común, sino que vivan
recta y moralmente, esto es, de hacer posible la vida justa y virtuosa. Porque
el hombre –individual o socialmente considerado– no tiene como fin su propia
pervivencia, sino su salvación a través de la vida virtuosa.
La industrialización (como el turismo y demás medios de
riqueza) deben advenir a una sociedad encajando en su modo habitual de vida y
mejorándolo; nunca destruyéndolo o desarraigándolo. Y para esto es preciso
tiempo, represión de la codicia y prudencia política.
Salazar predicó toda su vida con el ejemplo. Dueño de los
destinos de un pueblo durante casi cuarenta años, vivía en el silencio y en el
trabajo, apenas visible. Soltero y al cuidado de una vieja ama de llaves, vivía
en la casa presidencial con pobreza franciscana. Se había asignado a sí mismo
un sueldo inferior a lo que en España cobra un juez municipal (por señalar una
referencia) y dedicaba su tiempo libre a la cría de gallinas y conejos.
Descanse en paz el ilustre estadista –último representante quizá de la política cristiana– y, con este homenaje póstumo, pidamos al Señor que ilumine a sus continuadores y al pueblo portugués para que se mantengan dignos de las decisiones y de la obra de su gran presidente.
* Publicado en «El Pensamiento Navarro», 31 de Julio de 1970, página 8. El texto lo hemos encontrado y extraído del excelente sitio web español, «Hispanismo.org», de fecha 26-05-2018, donde consta el origen de la publicación.
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