El Mártir (fragmento)
EVELYN WAUGH (1903-1966)

Londres, en aquel invierno, era una ciudad muy alegre. Anjou había llegado con su séquito y la Corte por entero se hallaba volcada en su entretenimiento. Sidney, caído de favor de la Reina, tuvo como encargo la redacción de una Apología de la Poesía. La «ranita» era el hombre del momento, y hacia él se dirigieron varios amigos de Campion[1] para lograr su intercesión. Encontraron al Duque dando brincos en la pista de tenis. Era el día anterior a la ejecución de Campion y, por mediación del abate francés que ejercía de confesor del Duque, fueron capaces de conseguir una entrevista. El hombrecillo escuchó lo que le decían, los miró con estupor, como si acabara de despertar de un profundo sueño, se rascó la barba y, girando uno de sus tacones, dijo una sola palabra –«Seguimos»– y retomó el juego interrumpido.
Los últimos días de Campion estuvieron totalmente consagrados a su preparación para la muerte; incluso en la celda practicó la mortificación, ayunando y velando de rodillas durante dos noches, entregado a la oración y la meditación.
Sherwin y Briant fueron elegidos como compañeros de patíbulo. Se encontraron en la Torre de Coleharbour, el primero de diciembre, a la hora muy temprana, y se los dejó juntos mientras se buscaban las ropas con las que Campion había sido prendido: se había decidido ejecutarlo con el chaleco de ante y los escarpines de terciopelo ridiculizados durante el juicio. Pero dichas prendas ya habían sido sustraídas y finalmente se dispuso que llevara el mismo vestido de gruesa lana irlandesa que llevaba en la prisión.
Llovía; había estado lloviendo durante varios días, y las calles de la ciudad estaban sucias de barro. Una gran muchedumbre se hallaba a las puertas. «Dios los salve a ustedes, señores», saludó Campion. «Dios los bendiga y los haga buenos católicos». Había dos caballos y cada uno de ellos tiraba de un remolque con forma de trineo. Campion fue atado a uno; Briant y Sherwin fueron atados al otro.
Fueron lentamente arrastrados por el barro y la lluvia, por el camino de Cheapside, pasado St. Martin le Grand y Newgate, por Holborn, hasta llegar a Tyburn. Charke caminaba pesadamente junto a Campion, dispuesto todavía a decir hasta la última tontería sobre la justificación por la Fe, pero Campion no parecía darse cuenta de su presencia: sobre el Arco de Newgate, había todavía una imagen de Nuestra Señora que hasta el momento había sobrevivido al martillo anglicano. Campion la veneró al pasar. Aquí y allá, a lo largo del camino, algún católico se hacía hueco entre la masa y se llegaba hasta Campion para pedirle su bendición. Un testigo, que daría a Bombinus muchos detalles de esa última mañana, siguió la comitiva de muy cerca y permaneció hasta el fino junto al cadalso. Este testigo cuenta cómo un caballero, «por pena o por afecto, enjugó de la manera más delicada la cara de Campion, salpicada de fango y suciedad al ser arrastrado tan miserablemente: que por esta caridad o esta circunstancial piedad a la que fue movido, el Señor le premie y le bendiga».
Tyburn era un tumulto. Santo Tomás Moro había salido a la luz del verano para encontrase con la muerte suavemente, educadamente, de un solo golpe con el hacha. Todas las circunstancias que rodearon la muerte de Campion fueron viles y groseras.
Sir Francis Knollys, lord Howard, sir Henry Lee y otros caballeros de fama ya estaban esperando al pie del patíbulo. Cuando llegó la procesión, se encontraban discutiendo si el movimiento del sol de este a oeste era forzado o natural; aplazaron la discusión al ver a Campion salpicado y manchado de barro, subiendo al carro que se encontraba bajo la horca. Le pusieron la cuerda en la garganta. El ruido de la multitud era continuo, y sólo los más cercanos pudieron oírle cuando comenzó a hablar. Tenía en mente hacer una última exhortación piadosa.
“Spectalulum facti sumus Deo, angelis et hominibus”, comenzó. «Estas son palabras de San Pablo, que en inglés quieren decir que “hemos sido puestos a modo de espectáculo ante Dios, ante sus ángeles y ante los hombres”. Esto hoy se hace verdad conmigo, convertido en un espectáculo ante Dios mi Señor, ante sus ángeles y ante vosotros, hombres».
No le dejaron continuar. Sir Francis Knollys le interrumpió, gritándole para que confesara su traición.
«En cuanto a las traiciones de las que se me acusa –dijo– y por las que he venido a padecer aquí, deseo que todos seáis testigos de que soy completamente inocente».
Un miembro del Consejo arguyó que era demasiado tarde para negar lo que se había comprobado en los tribunales.

«Bien, Señor –contestó Campion– yo soy católico y sacerdote; en esta fe he vivido y en esta fe pretendo morir. Si considera que mi religión es una traición, entonces soy culpable; en cuanto a otras traiciones, nunca cometí ninguna, Dios es mi juez. Pero ya tienen ustedes lo que desean. Les suplico tengan paciencia y consientan en que diga un par de palabras para descargar mi conciencia».
Pero lo hombres situados en torno al patíbulo no le dejaron proseguir, sino que todavía le asaltaron con menciones a su carta a Pounde y a la invasión planeada por el Papa y el duque de Florencia.
Levantando la voz, Campion pudo hacerse oír por encima del clamor. Perdonó al jurado y pidió perdón a aquellos cuyos nombres pudieran haberse visto comprometidos durante sus torturas; se dirigió a sir Francis Knollys, en defensa de Richardson, diciéndole que, por lo que sabía, ese hombre nunca había estado en posesión del libro que, según los informantes, se había encontrado en su equipaje.
Entonces, un maestro de escuela llamado Hearne se adelantó y leyó un mensaje en nombre de la Reina, en el que se decía que la ejecución que iban a presenciar esa mañana era por traición y no por motivos de religión. Campion, en pie, oraba. Los Lores del Consejo todavía le acosaban con preguntas sobre la Bula de Excomunión, pero Campion ya no respondía y permanecía con la cabeza inclinada y las manos recogidas sobre el pecho. Un clérigo anglicano intentó dirigir su plegaria pero Campion le respondió con cortesía: «Señor, usted y yo no practicamos la misma religión, por lo que le pido se mantenga aparte mientras rezo. No excluyo ninguna oración pero deseo que sea de aquellos que puedan acompañarme en mi misma fe, y decir un mismo Credo en mi agonía».
Se le pidió que rezara en inglés, pero replicó con toda suavidad que le rezaba a Dios en un idioma que ambos entendían bien.
Hubo más ruido, y los consejeros le pidieron que solicitara el perdón de la Reina.
«¿En qué la he ofendido? En este punto soy inocente. Son mis últimas palabras, creedme en esto: he rezado y rezo por ella».
Pero los cortesanos no se dieron por satisfechos. Lord Howard quiso saber por qué Reina rezaba.
«Por Isabel, Reina suya y Reina mía, a quien deseo un largo reinado de prosperidad y de paz».
Se le quitó el carro que sustentaba sus pies, la ávida multitud se inclinó como un solo cuerpo hacia adelante, y Campion quedó colgando hasta que, inconsciente, quizá ya muerto, fue rajado de arriba abajo y el carnicero comenzó con su labor[2].
La multitud se dispersó al acabar el espectáculo. Un emotivo testigo asevera que varios miles se convirtieron a la Fe por los sucesos de ese día. Bien pueden haber sido varios miles, pero no se encontraban en esa multitud. El populacho isabelino amaba las ejecuciones sangrientas, y cualquier felón se convertía en héroe por unas horas, fueran cuales fueran sus crímenes (...).
Un hombre, sin embargo, volvió de Tyburn a Gray’s Inn con un profundo cambio interior: Henry Walpole, famoso ingenio de Cambridge, poeta menor, satírico, flaneur[3], hombre joven, popular, inteligente, levemente romántico. Descendiente de una familia católica, en alguna ocasión llegó a manifestar simpatías católicas, pero hasta ese día se había mantenido a una discreta distancia de Gilbert y su círculo, y estaba en buenos términos con las autoridades. Era un miembro típico de esa mayoría conformista de la que dependía el éxito de la fundación isabelina, esa gente que hubiese preferido vivir bajo un régimen católico pero que aceptaba el cambio sin grandes lamentos. Walpole estaba interesado en la Teología y había asistido a las Disputas de Campion en la clerecía anglicana. En Tyburn se reservó un sitio de preferencia, tan cerca del cadalso que, cuando las entrañas de Campion fueron arrancadas por el carnicero y arrojadas al caldero de agua hirviente, una gota de sangre cayó sobre su chaqueta. A partir de ese momento, comenzó para él una vida nueva: cruzó el mar, se hizo sacerdote y, trece años después, sufrió la misma muerte de Campion en el patíbulo de York.

* Fragmento del capítulo IV (El Mártir) en “Edmund Campion”, Ed. Homolegens, Madrid, 2009.




[1]  San Edmund Campion (1540-1581). Sacerdote jesuita, martirizado en Londres en la persecución a los católicos durante el reinado de Isabel. “La vida de San Edmundo Campion parecía destinada a participar intensamente de los brillos de este mundo. Su erudición, su elocuencia, su rectitud y su apostura le garantizaban un puesto del mayor honor en el reinado de Isabel I, en los años en que la vieja fe de ‘la isla de los santos’ se desarraigaba de Inglaterra para dar paso a una nueva fe impuesta a sangre y fuego. La prosa luminosa y dramática de Evelyn Waugh nos cuenta, sin embargo, cómo Campion entregó todas sus perspectivas mundanas tras la llamada de una fe católica que, en última instancia, haría de él un jesuita misionero –casa por casa, puerta por puerta- en la Inglaterra resistente. La fecundidad apostólica de Campion y sus compañeros jesuitas fue tal que sólo pudo terminar en la prisión de la Torre de Londres y, en última instancia, en el más cruel de los martirios. Escrita poco después de su conversión al catolicismo, Waugh –uno de los mayores escritores en lengua inglesa del siglo XX- nos narra con maestría sin par una historia apasionante: la historia de quien ha sido, durante siglos, el más amado y el más carismático de los mártires de Inglaterra” (De la contratapa del libro).
[2] En párrafos anteriores de este mismo capítulo de la obra de Waugh, consta la sentencia dispuesta por el magistrado al final del juicio que “por traición” se llevó a cabo contra Campion: «Deben ahora regresar al lugar de donde vinieron y permanecer allí hasta que sean arrastrados por la ciudad de Londres hasta el lugar de su ejecución. Allí serán ahorcados y suspendidos vivos, con sus partes íntimas cortadas y sus entrañas arrancada y quemadas ante su vista; después sus cabezas serán cortadas y sus cuerpos divididos en cuatro partes para que Su Majestad disponga de ellos como le plazca, Dios se apiade de sus almas» (N. de “Decíamos ayer...”).
[3] Término francés, de hondo arraigo literario, para designar al aficionado a pasearse.

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