El caballo
ROQUE RAÚL ARAGÓN (1926-2007)


    
   Les voy a contar un caso que ustedes no conocen, porque no pertenece a la historia. La tradición local de la ocurrencia lo data el 29 de marzo de 1898, de modo que mañana se van a cumplir los ochenta años[1].Sucedió en Simoca, pueblo del departamento de Monteros, provincia de Tucumán. Allí vivía un cantor famoso, Ramón Alderete, dueño de una chacrita y una majada, hombre muy estimado por sus buenos hábitos, su carácter comunicativo, su ligereza para componer versos de contrapunto y los delicados sonidos que sabía sacarle a la guitarra. Su nombre se había extendido casi por toda la provincia y llegaba hasta Catamarca por el sur.
    En las ponderaciones de la gente, sólo tenía un rival, a quien no había visto nunca pero oía celebrar hacía tiempo: Roque Gramajo, afincado en el departamento de Trancas, al norte, que supo cantar en las reuniones políticas del gobernador Lucas Córdoba.
    Quienes habían tenido la suerte de oír a los dos no sabían con cuál quedarse y pensaban en la fiesta que sería oírlos juntos. Quienes conocían sólo a uno, creían que no podía haber otro que lo pudiese. Hasta que una vez –cómo sería la curiosidad– se hicieron las gestiones para un encuentro, mezcla de invitación y desafío. Y viajó Gramajo a caballo –de un tirón de más de veinte leguas–, acompañado por media docena de amigos. Fue muy bien montado; llevó una rica guitarra, con las primas de tripa, que aunque se tizaban pronto, daban un timbre mucho más dulce.

Copla a copla  

    La reunión se armó en una finca de las inmediaciones, propiedad de Eufemiano Núñez. Estuvo muy concurrida. Se mataron cabritos y gallinas. Los invitados y los colados llegaron bien puestos, bien aperados. Fueron el cura, que era fiestero; el comisario, que también lo era; el boticario, nuevo en el pueblo; el maestro Benigno Valdés, que también hacía versos y sabía echar sus rasgueos cuando la ocasión se ofrecía. Fue todo Simoca, si puede decirse.
   
    Ya a la nochecita, los cantores empezaron a templar. El auditorio estaba tan tenso como los encordados de las guitarras y celebró los primeros floreos como un pregusto de emociones memorables. Hasta que se largaron a preguntarse y responderse esos hombres, que parecía que cada uno era ganador cuando terminaba su decir. Pero venía el otro sacándose el lazo y arremetiendo a matar. Y si éste le iba con coplas, su rival le retrucaba en coplas y si le iba con décimas le retrucaba en décimas. Y así pasearon por la Historia Sagrada, del Nuevo y el Viejo Testamento, por los doce pares de Francia y las hazañas del Cid y de Ricardo Corazón de León y las guerras de San Martín y las campañas del general Quiroga y las ciencias de la tierra y los diversos acaeceres del hombre. De todo sabían lo dos, a cual más.

Y fue aclarando

    Las mujeres iban sirviendo vino (que los cantores aceptaban apenas para mojar los labios) y ya a las deshoras aparecieron unas fuentes con empanadas recién sacadas del horno. Nadie se movía ni decía nada. Todos se hallaban en plena gustación del suceso, sin perderse un detalle. Y cuando fue aclarando, empezó a circular el mate cocido y con él los bollos y tortillas calientes. Los cantores, como dos gallos de riña, seguían sin aflojar como ajenos a los testigos.
    En un momento de interrupción, Roque Gramajo salió al patio. Ya era de día. Vio cómo venía el tiempo y un caballo atado bajo un árbol, desensillado, con una matadura junto a las crines. Cuando se reanudó la payada, cantó esta copla:
Clavado de pies y manos,
sentido en la cruz está:
no es Dios ni su semejanza
explíqueme quién será.

    Don Ramón Alderete, sería por el cansancio, no consiguió desatar el nudo. 

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   * “Bajo estos mismos cielos”, Ed. Vórtice, Buenos Aires, 2014. Recopilación de escritos publicados en el diario La Nueva Provincia.



[1] El presente artículo fue escrito el 28 de marzo de 1978 (N. de “Decíamos ayer...”).

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