La Fundación de la Cristiandad (fragmento)
HILAIRE BELLOC (1870-1953)

Junto con este fragmento del primer capítulo, “Decíamos ayer...” ofrece el texto íntegro de la valiosa obra de Belloc, “La Crisis de Nuestra Civilización”, el cual, y por gentileza del sitio “alexandriae.org”, el lector podrá descargar al pie de la página.

Me inclino a afirmar desde el principio que la crisis actual de nuestra civilización es la más grave de cuantas han afectado a ésta desde que adquirió sus caracteres esenciales entre los siglos II y V de nuestra era.
Durante este largo período se ha hecho presente en esta tierra y en este distrito del mundo que parece haber sido dispuesto ex profeso para ese fin, la dirección de una cultura bien definida e inconfundible, a la cual nuestros antepasados dieron un nombre apropiado: Cristiandad. Surgió sobre los cimientos de un imperio pagano de la antigüedad: el greco-romano. Se desarrolló gracias al impacto y a la influencia que ejerció sobre éste la Iglesia Católica, y también se desarrollaron sus características espirituales y su energía durante 500 años más o menos, a través de los cuales el catolicismo fue aceptado como la filosofía, la moral y la religión de nuestra sangre. Su expansión rebasó los límites de aquel antiguo estado civilizado que la vio nacer, transformó o convirtió a los infieles más allá de los límites de ese estado, extendiéndose siempre, hasta incluir zonas donde jamás habría regido directamente la administración romana; sufrió ataques desde afuera y también una profunda decadencia de orden material interior, mas consiguió sobrevivir.
No sólo consiguió sobrevivir la cristiandad, sino que floreció después de su prolongada ordalía durante “la Época Oscura”; más aún, podría afirmarse que alcanzó su culminación en los siglos que vinieron después (el XI, XII, XIII, XIV y XV) a los cuales llamamos la Edad Media.
Habiéndose difundido en esa forma, habiendo soportado sus primeros peligros y por último habiéndose establecido gradualmente, estuvo 400 años en peligro de ruptura. Casi fue destruida por divisiones internas: la controversia hizo mella en sus doctrinas primarias y creadoras, arruinando en parte sus principales instituciones, pero sobrevivió lo suficiente como para mantener la integridad de la cultura. Aun cuando en guerra contra sí misma durante los siglos XVI y XVII, la Cristiandad siempre seguía siendo la Cristiandad. Las primeras doctrinas y las costumbres sociales subsecuentes (gracias a las cuales Europa vivía y se expandía allende los mares) aún se mantenían en el espíritu de los hombres. Mas la lucha había sido cruenta, y como consecuencia acentuábase gradualmente en ese gran cuerpo la pérdida de la personalidad y de la unidad.
Al principio sólo una minoría perdió la totalidad de las tradiciones cristianas, pues hasta fines del siglo XVIII la masa de Europa misma y las colonias que Europa había estado fundando más allá del océano seguían viviendo gracias a las reglas, sino gracias a la fe, o, en última instancia, merced a una conducta aceptada, última herencia de un pasado tan grande.
Mas el proceso de disolución continuaba. Durante el siglo XIX ciertos puntales básicos comenzaron a aflojarse, ciertas cosas establecidas desde un principio y que habían formado la estructura de la cristiandad se estremecían, y dos generaciones después tambaleaban. La unidad característica de la Cristiandad estaba más que medianamente olvidada; cada una de sus partes, ahora totalmente separadas, habíanse arrogado para sí una soberanía absoluta y en consecuencia implícitamente negaban la vida corporativa del conjunto: en tanto que dentro de la estructura, las instrucciones ligadas por una herencia común, que las aglutinaba confiriéndoles unidad, se disolvían.
Comenzábase a discutir el matrimonio. La Familia y la Propiedad aún subsistían, pero sus bases morales comenzaban a ponerse en tela de juicio. La autoridad civil seguía el camino de la autoridad espiritual y sus bases también eran motivo de disputa, perdiendo paulatinamente su estabilidad. Los antiguos cánones de la moral, que constituían la característica principal de la Cristiandad en las relaciones sexuales y personales, así como en las generales y las civiles, fueron impugnados, puestos en duda y confinados. Al perder su carácter inmutable e indiscutible para convertirse en una masa de opiniones fluidas, se debilitaban. Este proceso ha alcanzado su culminación en nuestra época actual.
Mientras tanto, paralelamente a la descomposición general de aquella antigua y según toda apariencia definitiva estructura moral, operábase un cambio social y económico originado en sus raíces mismas. Sus consecuencias eran inmediatas, porque afectaban directamente la vida de los hombres de manera que cada uno de ellos podía percibir el cambio que trastornaba directa y visiblemente la vida de la comunidad entera.
La existencia de los hombres tornábase insegura. En la mayor parte de la sociedad, así como en amplios sectores de muchas naciones, esa inseguridad y asimismo la destitución se manifestaban en forma tal que amenazaban crear en breve plazo una situación intolerable para sus víctimas. Si bien este siniestro desafío estaba a punto de provocar la crisis, toda esperanza de resolverlo mediante una filosofía aceptada por todos, parecía haberse perdido.
En otras palabras, aquello por lo cual los conductores de la humanidad habían vivido, aquello gracias a lo cual la civilización de la raza blanca había sido lo que era, aquello por lo cual lo que durante tanto tiempo habíase llamado la Cristiandad y con lo cual ésta había formado su personalidad, su voluntad, su verdadera identidad, estaba y está en trance de disolverse.
Hablamos pues con justicia de la Crisis de Nuestra Civilización. Con justicia y con la conciencia de la gravedad que ello implica, aplicamos este término a este momento en que tenemos la desgracia o la gloria combativa de vivir.
Tan enfática descripción de la amenaza que se cierne sobre nosotros puede parecer exagerada a aquellos que no han considerado el contraste que existe entre nuestro día y los largos siglos de moral aceptada que lo han precedido. No es exagerada. Es verdadera y está expuesta en la proporción que le corresponde. Estamos en peligro, aquí y ahora mismo, de perder todo aquello gracias a lo cual y por lo cual nuestros padres vivieron y que nosotros sabemos que es, aunque en aparente disolución activa, nuestra herencia.
En presencia de cualquier crisis importante, la tarea a nuestro alcance consiste en encontrar su solución; y dado que esta crisis es la más grande de todas las que conoce la historia, la tarea a la cual estamos abocados es también la más grande, y, por lo tanto arribar a una solución es el fin más práctico que los hombres de nuestra sangre jamás hayan tenido ante sí.
A través del mundo europeo y transoceánico comienzan a hacerse, en forma imprecisa y confusa, tentativas inspiradas en la necesidad de llegar a alguna solución. Estas tentativas difieren en cuanto a sus características. Las dos escuelas principales en aquellos que persiguen esos esfuerzos están en oposición y en conflicto moral –y sin embargo será forzoso arribar, y arribar en común, a alguna solución.
El propósito de este libro consiste en examinar la naturaleza del problema y descubrir, si es posible, el plan de acción que corresponde adoptar a fin de disipar la amenaza mortal que se cierne sobre nosotros.
La esfinge nos ha planteado su enigma final y decisivo; debemos encontrar la solución o morir.
[...]

* En “La Crisis de Nuestra Civilización”, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1939, Cap. I, págs. 13-17.

Descargar aquí “La Crisis de Nuestra Civilización” 

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