Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote yendo a ver a su señora Dulcinea del Toboso
MIGUEL de CERVANTES SAAVEDRA (1547-1616)

[...] Eso me parece, Sancho -dijo don Quijote-, a lo que sucedió a un famoso poeta destos tiempos, el cual, habiendo hecho una maliciosa sátira contra todas las damas cortesanas [1], no puso ni nombró en ella a una dama que se podía dudar si lo era o no; la cual, viendo que no estaba en la lista de las demás, se quejó al poeta diciéndole que qué había visto en ella para no ponerla en el número de las otras, y que alargase la sátira, y la pusiese en el ensanche; si no, que mirase para lo que había nacido. Hízolo así el poeta, y púsola cual no digan dueñas [2], y ella quedó satisfecha por verse con fama, aunque infame. También viene con esto lo que cuentan de aquel pastor que puso fuego y abrasó el templo famoso de Diana, contado por una de las siete maravillas del mundo, sólo porque quedase vivo su nombre en los siglos venideros; y aunque se mandó que nadie le nombrase, ni hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque no consiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato. También alude a esto lo que sucedió al grande emperador Carlo V con un caballero en Roma. Quiso ver el emperador aquel famoso templo de la Rotunda [3], que en la antigüedad se llamó el templo de todos los dioses, y ahora, con mejor vocación [4], se llama de todos los santos, y es el edificio que más entero ha quedado de los que alzó la gentilidad en Roma, y es el que más conserva la fama de la grandiosidad y magnificencia de sus fundadores: él es de hechura de una media naranja, grandísimo en extremo, y está muy claro, sin entrarle otra luz que la que le concede una ventana, o, por mejor decir, claraboya redonda que está en su cima, desde la cual mirando el emperador el edificio, estaba con él y a su lado un caballero romano, declarándole los primores y sutilezas de aquella gran máquina y memorable arquitectura; y habiéndose quitado de la claraboya, dijo al emperador: –«Mil veces, Sacra Majestad, me vino en deseo de abrazarme con vuestra majestad y arrojarme de aquella claraboya abajo por dejar de mí fama eterna en el mundo». –«Yo os agradezco –respondió el emperador– el no haber puesto tan mal pensamiento en efeto, y de aquí adelante no os pondré yo en ocasión que volváis a hacer prueba de vuestra lealtad; y así, os mando que jamás me habléis ni estéis donde yo estuviere». Y tras estas palabras le hizo una gran merced. Quiero decir, Sancho, que el deseo de alcanzar fama es activo en gran manera. ¿Quién piensas tú que arrojó a Horacio [5] del puente abajo, armado de todas armas, en la profundidad del Tibre [6]? ¿Quién abrasó el brazo y la mano de Mucio? ¿Quién impelió a Curcio a lanzarse en la profunda sima ardiente que apareció en la mitad de Roma? ¿Quién, contra todos los agüeros que en contra se le habían mostrado, hizo pasar el Rubicón a César? Y, con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales desean como premio y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin señalado. Así, ¡oh Sancho!, que nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene puesto la religión cristiana que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros.Ves aquí, Sancho, los medios por donde se alcanzan los estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama. 
     –Todo lo que vuestra merced hasta aquí me ha dicho –dijo Sancho– lo he entendido muy bien; pero, con todo eso, querría que vuestra merced me sorbiese una duda que ahora en este punto me ha venido a la memoria.
     –Asolviese quieres decir, Sancho –dijo don Quijote–. Di en buen hora; que yo responderé lo que supiere.
       –Dígame, señor –prosiguió Sancho–: esos Julios [7] o Agostos, y todos esos caballeros hazañosos que ha dicho, que ya son muertos, ¿dónde están agora?
–Los gentiles –respondió don Quijote–, sin duda están en el infierno; los cristianos, si fueron buenos cristianos, o están en el purgatorio o en cielo.
–Está bien –dijo Sancho–; pero sepamos ahora: esas sepulturas donde están los cuerpos desos señorazos, ¿tienen delante de sí lámparas de plata, o están adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si desto no, ¿de qué están adornadas?
A lo que respondió don Quijote:
–Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos [8]: las cenizas del cuerpo de Julio César se pusieron sobre una pirámide de piedra de desmesurada grandeza, a quien hoy llaman en Roma la Aguja de San Pedro [9]; al emperador Adriano le sirvió de sepultura un castillo tan grande como una buena aldea, a quien llamaron Moles Hadriani, que agora es el castillo de Santángel en Roma; la reina Artemisa sepultó a su marido Mausoleo en un sepulcro que se tuvo por una de las siete maravillas del mundo; pero ninguna destas sepulturas ni otras muchas que tuvieron los gentiles se adornaron con mortajas ni con otras ofrendas y señales que mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados.
–A eso voy –replicó Sancho–. Y dígame agora: ¿cuál es más: resucitar a un muerto, o matar a un gigante?
–La respuesta está en la mano –respondió don Quijote–: más es resucitar a un muerto.
–Cogido le tengo –dijo Sancho–. Luego la fama del que resucita muertos, da vista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante de sus sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentes devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este y para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores, gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.
–También confieso esa verdad –respondió don Quijote.
–Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto –respondió Sancho–, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos que, con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia, tienen lámparas, velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que aumentan la devoción y engrandecen su cristiana fama: los cuerpos de los santos o sus reliquias llevan los reyes sobre sus hombros, besan los pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados altares.
–¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? –dijo don Quijote.
–Quiero decir –dijo Sancho–, que nos demos a ser santos, y alcanzaremos más brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o antes de ayer, que, según ha poco se puede decir desta manera, canonizaron o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en más veneración que está, según dije, la espada de Roldán en la armería del rey nuestro señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; más alcanzan con Dios dos docenas de disciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestigios o a endrigos [10].
–Todo eso es así –respondió don Quijote–; pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religión es la caballería; caballeros santos hay en la gloria.
–Sí –respondió Sancho–; pero yo he oído decir que hay más frailes en el cielo que caballeros andantes.
–Eso es –respondió don Quijote– porque es mayor el número de religiosos que el de los caballeros.
–Muchos son los andantes –dijo Sancho.
–Muchos –respondió don Quijote–, pero pocos los que merecen nombre de caballeros. [...]

* “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, Parte II, Cap. VIII (fragmento).

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[1] damas cortesanas ´mujeres públicas´.
[2] Las dueñas solían ser malhabladas y maldicientes. La expresión es cual digan dueñas.
[3] El antiguo Panteón, consagrado al culto de todos los dioses y dedicado desde el siglo VII al culto cristiano con el nombre de Santa María de la Rotonda. La claraboya redonda del techo tiene ocho metros y medio de diámetro. La anécdota que cuenta Cervantes no consta en ningún texto conocido.
[4] advocación.
[5] Horacio Cocles; más adelante se refiere a Mucio Scevola.
[6] Tibre por Tiber.
[7] Alude a Julio César, a quien don Quijote, sin embargo, había nombrado simplemente César.
[8] Monumentos
[9] El obelisco colocado hoy en la plaza de San Pedro, en Roma. No consta que en él se hayan colocado las cenizas de Julio César.
[10] Endriagos (Monstruo fabuloso, cuyo cuerpo estaba formado con parte de hombre y de varias fieras. - N. de «Decíamos ayer.,.») 

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