«El orgullo de nuestro origen hispánico» - Jordán Bruno Genta (1909-1974)

En un nuevo aniversario de su martirio, y a modo de homenaje, vayan estas breves pero luminosas líneas; pequeño fragmento de la vasta obra que nos legó este católico y patriota ejemplar, asesinado hace 47 años por el bárbaro terrorismo marxista.

La confrontación de estas dos posiciones mentales[1] nos revela la superior y nobilísima tradición de inteligencia y de Verdad que heredamos de la Madre España. Claro está que la preferencia por la Verdad inmutable que el hombre debe servir, puede acompañarse con el fracaso en los negocios circunstanciales de la vida; pero sólo por sus reales caminos se renace a la eternidad del valor.

La Historia está llena de hazañosas empresas que fueron pésimos negocios, tales como las Cruzadas o el Descubrimiento y la Conquista de América. Y esto no significa que el español de la Conquista, por ejemplo, no haya tenido el más ajustado sentido de la realidad y de sus duras necesidades.

Por el contrario, no existe, no ha existido nunca, espíritu más acabadamente realista que el español; ni entereza mayor, por esto mismo, para afrontar las variaciones extremas de la fortuna.

Don Quijote, dechado y ejemplo de caballeros, es el testimonio irrecusable de ese hábito de las esencias y de los principios realísimos que distingue a la mente hispánica tradicional. Verdad es que le ocurre, a veces, andar los caminos del mundo tan absorbido en el misterio de las cosas y en la persecución del orden justo que le vemos tropezar y caer de bruces o estrellarse contra tal o cual obstáculo fortuito. Y nuestra estimativa plebeya y ramplona nos hace apreciar que vive fuera de la realidad; que tiene sorbido el seso y está loco de remate.

No le perdonamos que se distraiga de lo accidental, de lo que es una vez y nunca más, por una extremada dedicación a lo que es sustantivo y eternamente valioso.

Pero Don Quijote, genio y figura del único Imperio libertador que ha existido sobre la tierra, no se cuida de las apariencias: su mirada continúa fija en lo hondo de las almas y su brazo fuerte y delicado está siempre pronto para el rescate de las esencias cautivas y de las dignidades humilladas.

¿Acaso la fuerza bruta que mueve las aspas de los molinos de viento no es el alarde de todos los gigantes que en el mundo han sido, son y serán?

¿Acaso cuando llama «altas doncellas» a las mozas del partido y ellas no pueden tenerse de la risa, no es la mirada profunda y piadosa del caballero cristiano que reconoce en las infelices criaturas, la dignidad de la mujer, la doncellez perdida en la impudicia y en la humillación de todas las horas?

Y cuando discurre entre los hospitalarios cabreros acerca de la «dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados», cuando «no había el fraude, el engaño, ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza»; y los cabreros le escuchan «embobados y suspensos» ¿no es que se sienten arrebatados por la magia del verbo creador hasta la nostalgia del tiempo del esplendor original de la criatura humana?

Don Quijote, señor de piedad y de sapiencia, levanta con las manos graciosas y varoniles de las remontadas palabras y de las discretas y bien concertadas razones, a los caídos, a los humillados, a los menesterosos, a la humanidad derrotada y claudicante, hasta la altura de su nobilísima condición y decoro de ser, hasta la excelencia de la imagen y semejanza de Dios.

Don Quijote es la España misma que se vino a América para enseñar a las gentes y abundar en justicia; y para hacer posible esta Argentina nuestra, así como es y queremos que sea. Y frente a este quijotesco realismo, a esta palabra de verdad y de vida, reparemos en toda esa literatura seudocientífica del siglo XIX y lo que va del nuestro: ese cúmulo de construcciones ideológicas, hipotéticas y arbitrarias, que sustituyen la realidad de las cosas por simulacros groseros, por fantasmas pueriles y extravagantes. Recordemos, por ejemplo, al transformismo darwiniano que hace del hombre un mono diferenciado y a esos «sabios» abnegados que dedicaban la vida a explorar todos los rincones de la tierra en busca del «eslabón perdido»; a quienes sostienen con aparente seriedad científica que el pensamiento es una secreción del cerebro y a los que hacen de la corteza cerebral una fábrica de sensaciones a partir de puras vibraciones. Y no olvidemos a los que niegan la libertad moral del hombre en virtud del inexorable determinismo cientificista y luego se desgañitan en la plaza pública, defendiendo las libertades conculcadas por la opresión; y a los que niegan la función directriz de la conciencia y la someten a la regulación del subconsciente turbio y oscuro.

Sería cosa de no acabar nunca empeñarse en los testimonios acumulados por la imaginación trasnochada de tanto pretendido «hombre de ciencia», pero corresponde citar un último ejemplo: esos entusiastas pregoneros del progreso indefinido o de la infinita perfectibilidad de la humanidad que se burlan de Don Quijote porque siente la nostalgia de la Edad dorada, del tiempo original del hombre; y proyectan, en cambio, a esa Edad de Oro en un más allá siempre futuro; meta ideal, eternamente fugitiva e inasible, hacia la cual corre la humanidad a sabiendas de que no puede ni debe llegar. Y a esto le llaman cordura y hablar en nombre de la ciencia.

He aquí la enseñanza que vienen soportando las sucesivas generaciones argentinas en las escuelas oficiales. He aquí las lecciones y lecturas que le «secan el cerebro» a la juventud y le hacen perder el juicio.

No cabe extrañarse del fracaso reiterado y del deplorable espectáculo de la clase dirigente e ilustrada en nuestro país. Todo comienza en la inteligencia y desde el 80 venimos forjando una mentalidad colonial, una incapacidad progresiva para la Verdad con la consiguiente debilitación del carácter en los hombres destinados a las funciones rectoras: maestros, profesores, profesionales y doctores.

El primer deber argentino es la restitución de la inteligencia al sentido del ser y del valor de cada, cosa; es decir, a su vida natural en el hábito metafísico de los principios y de las esencias que no excluye y, por el contrario, refuerza el cultivo de las ciencias prácticas y de las artes útiles manteniéndolas en su lugar propio e intransferible.

Y para el cumplimiento adecuado de este deber, hemos fundado la Universidad Libre Argentina[2].

* En «Rehabilitación de la Inteligencia», Conferencia magistral, en el acto de inauguración de la Universidad Libre Argentina - 15 de abril de 1946. Ed. Universidad Libre Argentina, 1946.


[1] Se refiere Genta a lo explicitado en el punto anterior de su discurso, atinente a «La Verdad real y las apariencias de la verdad», y en el cual confronta el pensamiento de Santo Tomás, heredado por nosotros a través de España, y el pensamiento anglosajón extraído de una nota de William James (Nota de «Decíamos ayer...»).

[2] La «Universidad Libre Argentina» fue un proyecto de fundación de una universidad, independiente de las oficiales existentes, y que lamentablemente no pudo a la postre concretarse. No obstante ello, Genta funda en su casa, el mismo año 1946, lo que fue una Cátedra Privada de Filosofía y Política que pervivió hasta el día de su muerte. Amén de muchas mentes esclarecidas, fue fruto y expresión de esa Cátedra la publicación, desde el año 1955 hasta 1966, del periódico «Combate»(Nota de «Decíamos ayer...»).

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