«San Martín y la Religión» - Jordán Bruno Genta (1909-1974)

Resulta ocioso discutir si el general San Martín era un católico ferviente o un simple deísta. Es un asunto reservado al juicio de Dios y no es discreto que los hombres demoren su turbia mirada de interés o de pasión, en el alma del prójimo.

Lo que podemos y debemos juzgar es la conducta pública de las personalidades históricas. Y en tal sentido, es indiscutible que el Libertador General José de San Martín, ha sido un dechado y ejemplo de caballero católico, mariano, hispánico.

La herencia sanmartiniana recibida por las Fuerzas Armadas de la Nación, se define en la más pura continuidad espiritual con la cristiandad occidental. Por otra parte, se confirma con nitidez inconfundible en el apoyo total y decidida colaboración a la política de Rosas, restaurador de las antiguas costumbres, unificador de la Nación y defensor de la soberanía fundada por su espada.

El P. Guillermo Furlong ha documentado exhaustivamente la definición católica, apostólica y romana del general San Martín[1].

La evidencia de esa identidad católica en su conducta política y militar, está en el culto de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre de la Unidad, como acaba de nombrarla Paulo VI.

Mariana es nuestra Bandera de Guerra que los soldados juran seguir constantemente hasta perder la vida. Mariano fue el Ejército de los Andes que San Martín puso bajo la protección de la Virgen del Carmen, su patrona y generala; así después de Chacabuco y Maipú, envía su bastón de mando al guardián de San Francisco en Mendoza, con estas palabras:

«La decidida protección que ha prestado al Ejército de los Andes su Patrona y Generala, Nuestra Madre y Señora del Carmen, son demasiado visibles. Un cristiano reconocimiento me estimula a presentar a dicha Señora (que se venera en el convento que rige vuestra paternidad) el adjunto bastón como propiedad suya y como distintivo del mando supremo que tiene sobre dicho Ejército».

Mariano es el espíritu y estilo del militar argentino, en la medida de su fidelidad a la inspiración de Belgrano y de San Martín reflejada en la memorable carta que el primero escribió al segundo, el 6 de abril de 1814:

«La guerra, allí, no sólo la ha de hacer usted con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre en las virtudes naturales, cristianas y religiosas; pues los enemigos nos la han hecho llamándonos herejes, y sólo por este medio han atraído las gentes bárbaras a las armas, manifestándoles que atacábamos la religión.

»Acaso se reirá alguno de mi pensamiento; pero usted no debe dejarse llevar de opiniones exóticas, ni de hombres que no conocen el país que pisan; además por ese medio conseguirá usted tener al ejército bien subordinado, pues él, al fin, se compone de hombres educados en la religión católica que profesamos y sus máximas no pueden ser más a propósito para el orden.

»...conserve la bandera que le dejé; que la enarbole cuando todo el ejército se forme; que no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra generala, y no olvide los escapularios a la tropa. Deje usted que se rían; los efectos lo resarcirán a usted de la risa de los mentecatos, que ven las cosas por encima.

»Acuérdese usted que es un general cristiano, apostólico, romano; cele usted de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales, se falte el respeto a cuanto diga a nuestra santa religión...».

Belgrano al escribir esta carta tenía presente las razones que provocaron el desastre de Huaqui o del Desaguadero (20 de junio de 1811):

«La infeliz tentativa de introducir en el verdadero espíritu de Mayo los métodos sanguinarios y el anticatolicismo de la Revolución Francesa, malogró la campaña del primer gran ejército que logró formar la naciente República» (Hugo Wast: Año X, Cap. XV).

Belgrano y San Martín aprendieron la tremenda lección de esa página negra de la historia militar argentina. Comprendieron para siempre que el sentido de Patria es indivisible de la Religión de Cristo y de María en esta América hispánica; y que el patriotismo se acrecienta o declina con la fe de sus hijos. De ahí que el primer artículo del código de Deberes militares y penas a sus infractores, redactado por San Martín, reviste una dureza y ejemplaridad extremas:

«Todo el que blasfemare del Santo Nombre de Dios o de su adorable Madre, e insultare a la Religión, por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza, atado a un palo en público, por el término de ocho días, y, por segunda vez, será atravesada su lengua con un hierro ardiente y arrojado del Cuerpo».

Semejante rigor no exento de caridad en la justicia militar, se justifica plenamente allí donde la Patria y el Estado tienen su principio vital en la Religión. Para el caballero cristiano ofender a Dios es un crimen de lesa Patria. Debe ser reprimido en el acto y cortado de raíz para evitar el relajamiento moral en los cuadros; la quiebra del espíritu de subordinación, de la disciplina, de la fortaleza y de la fidelidad hasta la muerte en el soldado.

El bien de la Patria es un fin del servicio de las Armas, en tanto está ordenado a Dios como al fin último.

El laicismo masónico y el ateísmo militante (anticatolicismo de la Reforma Universitaria de 1918), deforman la mente y envenenan el corazón de los militares argentinos. Su influencia creciente en la formación intelectual de los jefes y oficiales, está minando la tradición sanmartíniana. Si llegara a prevalecer definitivamente, las armas dejarán de ser la fuerza de la soberanía nacional para convertirse en instrumento de la subversión social del castrocomunismo o nacionalismo de izquierda.

La idea puramente profesional del militar argentino es un paso decisivo hacia la servidumbre de las ideologías ateas y materialistas.

No es la pedagogía de Sarmiento ni de Ingenieros la que debe seguir orientando la formación mental del militar. Tampoco un turbio entrevero de laicismo, reforma universitaria y catolicismo aguado. Tan sólo en la pedagogía cristocéntrica y mariana de Belgrano y San Martín, con una clara visión de lo esencial y permanente de la Patria, está el camino verdadero en el servicio de las Armas.

No se olvide que lo primero en la política después de la Religión, es lo militar. La prueba es que la Patria se elevó a la soberanía política por la virtud de las Armas. La constitución del Estado vino después, al amparo de la fuerza militar y como una simple ley de circunstancias (art. 30).

El soldado argentino se debe antes a Dios y a la Patria soberana que a la Constitución del 53 y a la soberanía popular. Ésa es la herencia del Libertador General San Martín, caballero católico y mariano en toda su trayectoria histórica.

* En «Doctrina política de San Martín a través de su correspondencia», Editorial Nuevo Orden – Buenos Aires, 1965.


[1] El general San Martín ¿Masón – Católico – Deísta?, edición del Club de Lectores. 

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