«Carta al Padre Caron» - Carlos de Foucauld (1858-1916)

Tamanrasset, 9 de junio 1908.
    El rincón del Sahara, que yo solo tengo que trabajar, tiene dos mil kilómetros de Norte a Sur, y mil de Este a Oeste, con cien mil musulmanes dispersos por este espacio, sin un cristiano, si no son los militares franceses en todos los grados; estos últimos son poco numerosos; noventa o cien, diseminados en esta extensión; pues en las tropas saharianas sólo los cuadros son franceses; los soldados son indígenas. Yo no he hecho una sola conversión en serio desde hace siete años que estoy aquí; dos bautismos; pero Dios sabe lo que son y serán las almas bautizadas; un niño pequeño, que los Padres Blancos educan –¡Dios sabe lo que será!– y una pobre vieja ciega: ¿qué habrá en esa cabeza y en qué medida su conversión es real? Como conversión en serio, cero, y aún diré alguna cosa más triste, y es que cuanto más voy viendo, más creo que no hay lugar a buscar hacer conversiones aisladas (salvo casos particulares), por el momento, siendo la masa de un nivel tan bajo, el apego a la fe musulmana tan fuerte, el estado intelectual de los indígenas hace difícil, al presente, hacerles reconocer la falsedad de su religión y la verdad de la nuestra.
    Salvo caso excepcional, no se podría ahora buscar más que conversiones aisladas, conversiones interesadas y solamente aparentes, lo que es la peor de las cosas. En lo referente a los musulmanes, que son semibárbaros, el camino no es el mismo que con los idólatras y fetichistas, gentes del todo salvajes y bárbaros, teniendo una religión del todo inferior; ni como con los civilizados. A los civilizados se les puede proponer directamente la fe católica, son aptos para comprender los motivos de credulidad y para reconocer la verdad; a los completamente bárbaros, lo mismo, pues sus supersticiones son tan inferiores, que se les hace bastante fácil comprender la superioridad de la religión de un solo Dios... Parece ser que con los musulmanes el camino es civilizarlos primero, instruirlos, hacerles gentes parecidas a nosotros; hecho esto, su conversión estaría casi hecha, pues el islamismo no se puede defender delante de la instrucción; la Historia y la Filosofía le hacen justicia, sin discusión: cae como la noche ante el día.
    La obra a hacer aquí, como con todos los musulmanes, es, pues, una obra de educación moral: educarlos moral e intelectualmente por todos los medios: acercarse a ellos, tomar contacto, ligar amistades, hacer caer, por las relaciones diarias y amistosas, sus prevenciones contra nosotros; por medio de la conversación y el ejemplo de nuestra vida, modificar sus ideas; procurar la instrucción propiamente dicha, hacer, en fin, la educación entera de estas almas; enseñarles por medio de escuelas y colegios lo que se aprende en los mismos; enseñarles por el contacto diario y estrecho lo que se aprende en la familia; hacerse de su familia... Obtenido este resultado, sus ideas serán modificadas infinitamente, sus costumbres mejoradas por ellos mismos, y el paso al Evangelio se hará fácilmente. Sin duda alguna, Dios lo puede todo; puede, por su gracia, convertir a los musulmanes y lo que quiera en un instante; pero hasta ahora no ha querido hacerlo; parece, aún más, que no esté en sus designios conceder esta conversión solamente a la santidad, pues si la reserva para la santidad, ¿cómo es que San Francisco de Asís no la ha obtenido? Quedan por emplear los medios que parecen más razonables, todo, y santificándose lo más posible y acordándose que se hace el bien en la medida en que se es bueno.
    Estos medios, lentos e ingratos, con pueblos que nos rechazan y desprecian, que nos llaman «salvajes» y «paganos», que están tan alejados de nosotros en costumbres, lengua y en tantas cosas; estos medios lentos e ingratos son la educación por el contacto y la instrucción. Sobre todo, es necesario no desanimarse ante la dificultad, sino decirse que cuanto más la obra es difícil, lenta e ingrata, más es necesario ponerse apresuradamente a la obra y hacer grandes esfuerzos; la frase de San Juan de la Cruz «no se deben medir los trabajos según nuestra debilidad, sino nuestros esfuerzos en los trabajos», debe estar continuamente ante nuestros ojos.
    ¿Qué hacer solo ante esta tarea? Por vocación debo tener una vida oculta, solitaria y no una vida de predicación y de viajes. Por otra parte, las almas de estos lugares, para los cuales yo estoy solo, exigen, en tanto que no haya otros obreros, ciertos viajes. Procuro conciliar las dos cosas. Tengo dos ermitas, a mil quinientos kilómetros una de otra. Paso tres meses en la del Norte, seis meses en la del Sur y tres meses en ir y venir cada año. Cuando estoy en una de las ermitas, vivo en ella en clausura, procurando hacer una vida de trabajo y oración, una vida de Nazaret. En el camino, pienso en la huida a Egipto y en los viajes anuales de la Santa Familia a Jerusalén... En las ermitas, como en el camino, procuro tomar contacto, en tanto que me sea posible, con los indígenas, haciéndoles pequeños servicios, hablando con ellos, divirtiéndoles como a los niños, por medio de estampas o cuentos, procurando empezar un poco esa parte de la educación que se hace en el seno de la familia. En la ermita, es la vida del claustro, pero en la forma en que ella lo es para el Hermano portero, encargado de recibir las personas y de hacerles el bien en lo posible... Pero, en suma, esto no es nada al lado de lo que sería necesario hacer. Haría falta, no un obrero, sino un centenar; con obreros, y no solamente ermitaños, sino también apóstoles, yendo y viniendo, tomando contacto y asimismo instruyéndoles.
    Este pueblo Tuareg es particularmente interesante, puesto que musulmán de nombre solamente, poco ferviente, está muy cerca de nosotros por sus costumbres, su viva inteligencia y su facilidad para intimar. Desgraciadamente, está bien lejos de nosotros, por su extrema ignorancia, sus prevenciones y su poco gusto por la instrucción... Es necesario trabajar y rogar al Padre de Familia que envíe obreros a su campo.

9 de febrero 1909
    Sus oraciones me son demasiado preciosas para que yo no se las pida, de cuando en cuando, para mí y para los pobres infieles que me rodean. Esta parte del reino de Jesús queda dolorosamente abandonada. El venerado y santo prefecto apostólico del Sahara no dispone más que de algunos sacerdotes para unas poblaciones dispersas sobre inmensos espacios, y usted se dará cuenta que las dificultades no faltan, viniendo de todas partes... En este momento estoy al sur de In Salah; al fin del verano volveré a Beni Abbés, cerca de la frontera de Marruecos, y allí la miseria espiritual es mayor todavía, pues numerosas gentes están en un abandono más grande aún... Rogad por tantas almas, que después de mil novecientos años no han recibido aún la Buena Nueva, o han perdido el conocimiento y el recuerdo después de tantos siglos. Recomendad estos pueblos a las oraciones de las almas piadosas. ¡Hay por aquí partes del campo del Padre de Familias bien abandonadas! Lugares donde las almas, desprovistas de nuestros medios de salvación, esclavas del error y del vicio, caen en el infierno en masa... Cristo ha muerto por cada una de ellas... ¿Qué no debemos hacer por estas almas, de las cuales el precio es la Sangre de Jesús? Rogad para que el Padre de Familia envíe obreros, buenos obreros a su campo; ¡y rogad por el pobre y miserable obrero que soy yo, a fin que sea lo que quiera Jesús!

* En «Escritos Espirituales», 5ª edición, Editorial Herder – Barcelona – 1988.

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