«La virtud de Piedad para con la Patria según Santo Tomás de Aquino» - Juan Alfredo Casaubón (1919-2010)
En un nuevo aniversario de la gran gesta malvinense, vaya una vez más nuestro homenaje a los héroes que valerosamente combatieron por la recuperación de nuestras
islas, y especialmente a aquellos que han quedado para siempre y como prenda de
un futuro y cierto regreso, en la helada turba y en el azul mar
argentinos.
La virtud de piedad (pietas) ha sido relativamente poco
estudiada por los especialistas en Santo Tomás de Aquino, y sobre todo en
cuanto ella toma por objeto la patria.
En estos momentos en que la
nuestra se bate con heroísmo contra una de las grandes potencias de la tierra,
en defensa de lo que estima ser una parte de su suelo, nos parece oportuno dar
a conocer lo que el Aquinate opinó sobre la virtud de la piedad para con la
patria: esa misma virtud que mueve a nuestros soldados.
Al parecer, una identificación
semejante –si no igual– se daba ya en tiempos de Sto. Tomás, dado que éste nos
dice en su Suma Teológica que la costumbre del vulgo era la de usar el término «piedad»
para indicar la misericordia, de manera que incluso a Dios –misericordioso por
excelencia– se lo llamaba pío. Y se funda el Aquinate en un texto de San
Agustín («De Civitate Dei», cap. I), lo que muestra que la confusión entre
ambas virtudes es aún mucho más antigua.
En cuanto al fundamento de la
virtud de piedad, se halla en que en la patria tenemos uno de los principios de
nuestro ser («S. Teol...», 2-2, q.101, a.3, ad.3). Porque en ella hemos nacido
y porque de ella hemos recibido nuestro alimento material y espiritual, ya que
todos participamos de su bien común.
Empero, tal verdad no debe
llevarnos a endiosar la patria, al modo pagano o al de ciertos totalitarismos
modernos, porque «...Dios es principio de nuestro ser y de nuestra gobernación,
de un modo muchísimo más excelente. Y, por tanto, la virtud de religión, por la
que se manifiesta el culto a Dios, es diversa de la piedad, por la que se
manifiesta el culto a los padres y a la patria (...). Por lo cual, por
excelencia, se llama también piedad el culto a Dios[2], así como por
excelencia se llama a Dios, Padre nuestro» («S. Teol...», 2-2, q.101, a.3, ad
2).
De manera que, teniendo su
fundamento la virtud de piedad en dar lo debido a todo aquello que es el
principio de nuestro ser, y gobierno nuestro, por excelencia se llama también «piedad»
a la virtud de religión, que da lo debido a Dios, causa primera y sustentáculo
permanente de nuestro mismo ser, pues Él es el Ser mismo subsistente, mientras
que nosotros, creaturas, tenemos ser, participamos del ser; pero no somos el
Ser. A partir de Dios, en orden descendente, se dan una serie de causalidades
que también –bajo la causalidad primera y universal de Dios– nos dan el ser y
la dirección de nuestra vida: nuestros padres y nuestra patria. Y así como la
patria concurrió y concurre a darnos nuestro ser, así nosotros debemos, en caso
necesario, dar nuestro ser –nuestra vida, nuestra existencia– a la patria.
Vemos aquí cuánto dista este
concepto auténticamente tradicional de la patria, del roussoniano y jacobino
que –¡ay!– se enseña todavía, a menudo, en nuestras escuelas. La patria no
surge de un pacto social, de un acuerdo de voluntades; la soberanía no nace de
la «voluntad general»; la patria es tal porque es «la tierra de nuestros padres»[3];
de los carnales en primer lugar; pero también de los que han formado nuestro
espíritu a través de las generaciones; patria, tierra, padres, tradición, son
conceptos y realidades íntimamente vinculados.
Hoy en día se ha hecho ya una costumbre la crítica indiscriminada a los gobernantes, cuando nos desagradan por algo, o porque «las cosas andan mal» o porque nos perjudican en nuestros intereses privados en beneficio del superior bien común de la patria. Al perder su vinculación con Dios, los gobiernos modernos han perdido también el culto, el honor y respeto de los gobernados. Quizá su origen histórico debamos encontrarlo en aquella guillotina que cercenó la cabeza de Luis XVI: al matar al Rey, se intentaba, con conciencia clara u oscura, matar también el respeto a los antepasados (tradición), y, sobre todo el matar a Dios. Los mismo que mataron a Luis XVI fueron los que entronizaron en Notre Dame a la «diosa Razón o los que –Robespierre– instituyeron el culto laico de un vago «Ser Supremo»[5].
Por lo dicho, y por lo expuesto antes sobre la jerarquía
Dios-padres-patria, no puede haber oposición entre las virtudes de religión y
de piedad para con los padres y para con la patria, si se guardan en todo caso
las debidas circunstancias. Pero, así como quien, por un exagerado culto a los
padres, deja de rendir culto a Dios, obraría mal; así también –no lo dice allí
Sto. Tomás, pero se deduce de los múltiples textos en que une piedad para con
los padres y piedad para con la patria–, quien por un exagerado culto a la
patria dejara de rendir culto a Dios, obraría también mal. Es lo que más arriba
hemos designado por culto pagano o neopagano –totalitario o democrático– a la
patria. Y, así, al separarla de Dios, se haría un mal a la patria misma y a sus
ciudadanos, pues se la transformaría en un ídolo, en un cruel «Moloch».
Pero el debido culto a la patria se contiene dentro de la obligación del culto a Dios («S. Teo.», 2-2, q.122, a, 5 y ad 2).
Dice luego Sto. Tomás que la piedad que es sólo virtud se refiere a los padres carnales (y extensivamente a la patria, como vimos); pero que aquélla que es don, se refiere a Dios como Padre (cfr. «S. Teol.», 2-2, q.121, a.1, ad 2).
Pero sería un error creer que el
don sobrenatural de piedad se refiere sólo a Dios. Por el contrario, dice a
continuación Sto. Tomás: «así como por la piedad que es virtud, manifiesta el
hombre su deber y su culto no sólo respecto de los padres carnales, sino
respecto de todos los vinculados por la sangre, en cuanto tienen relación con
el padre; así también la piedad que es don, no sólo manifiesta y ejercita el
culto y el deber para con Dios, sino también para con todos los hombres en
cuanto pertenecen a Dios...». («S. Teol.», 2-2, q.121. a.1, ad 3).
Y por eso dice en otro pasaje
que el don de la piedad perfecciona nuestra capacidad apetitiva (la voluntad)
«en todo aquello que se refiere a los otros» («S. Teol.», 1-2, q.68, a.4 c).
Y como vimos ya antes que la
virtud (natural) de piedad, se extiende no sólo a los padres y consanguíneos,
sino también a la patria, se sigue sin esfuerzo que el don (sobrenatural) de
piedad se refiere no sólo a Dios y a los hombres en cuanto son algo de Dios,
sino también a la patria, por razones sobrenaturales.
Es que la patria, cuando está bien organizada en lo natural y en su relación con lo sobrenatural, es un medio poderoso para contribuir a que los hombres alcancen la vida eterna en la contemplación beatífica de Dios, que Jesucristo nos consiguió. Por eso una lucha justa en defensa de una patria justa, natural y sobrenaturalmente, puede y debe ser no sólo el ejercicio de la virtud de piedad, sino también del don del Espíritu Santo que igual nombre lleva. Charles Péguy –muerto en combate en la guerra del 14, así lo había visto, cuando en una inolvidable poesía, llamaba felices a aquéllos que han muerto por la «patria carnal», porque ésta es antesala de la casa de Dios, del Padre; antesala de la patria eterna.
* En Revista «Moenia», Buenos Aires, N° X, Junio 1982.
[2] Tenemos así las siguientes significaciones de «piedad»: a) vulgarmente, igual a misericordia; b) en sentido estricto, la virtud de piedad; c) la virtud de piedad elevándose hasta la virtud de religión; d) el don de piedad, como se verá.
[3] En nuestro país, debido a la gran inmigración, esto no siempre se verifica; pero aunque no sea «la tierra de nuestros padres», es aún en esos casos un principio de nuestro mismo ser.
[4] De manera que, ahora, nuestra virtud de piedad debe extenderse a todas las naciones que han defendido la causa argentina.
[5] No pretendemos con esto que la monarquía sea la sola firma legítima de gobierno, pueden serlo también una aristocracia, una república o un régimen mixto.