«La interpretación progresista de Maritain de los documentos del Vaticano II» - P. Julio Meinvielle (1905-1973)

En un nuevo aniversario de la muerte del P. Julio Meinvielle (2 de agosto de 1973), vaya esta esclarecedora publicación en su homenaje y recuerdo.

Maritain, empeñado en mantener sus posiciones equívocas y peligrosas de su Humanismo Integral, interpreta las decisiones de Vaticano II como si ellas fueran la confirmación de sus arriesgadas teorías. Así, escribe regocijado: «En verdad todos los vestigios del Santo Imperio están hoy liquidados; hemos salido definitivamente de la edad sacral y de la edad barroca; después de dieciséis siglos que sería vergonzoso calumniar y pretender repudiar, pero que decididamente han acabado de morir y cuyos graves defectos no eran cuestionables, una edad nueva comienza, donde la  Iglesia nos invita a comprender la bondad y la humanidad de Dios nuestro Padre, y nos llama a reconocer al mismo tiempo todas las dimensiones de este hominem integrum del cual hablaba el Papa en su discurso del 7 de diciembre de 1965 en la última sesión del Concilio»[1].

Es muy posible que el régimen histórico concreto del Santo Imperio haya quedado liquidado. Pero la Cristiandad, la Civilización Cristiana, la Ciudad Católica, el orden temporal público subordinado a la Iglesia que la enseñanza de León XIII hasta Paulo VI recuerda y que, en substancia, constituye la significación profunda de la concordia del sacerdocio y del imperio, como lo enseña la «Inmortale Dei» de León XIII, lejos de haber sido liquidada, es afirmada de mil maneras en los Documentos de Vaticano II, en especial en «Lumen Gentium», «Gaudium et Spes» y «Apostolicam actuositatem» sobre el apostolado de los seglares.

Es claro, que estos documentos pueden ser interpretados como corresponde en el contexto de la doctrina social de la Iglesia o violentados con la mentalidad progresista, bien del progresismo a mitad de camino del maritainismo, bien del progresismo integral que censura Maritain en Le Paysan de la Garonne. Pero esta segunda interpretación no corresponde porque no es legítimo cuestionar la continuidad del magisterio apostólico y porque ello implica además forzar la interpretación obvia de las palabras de Vaticano II, como veremos.

No hay dificultad en admitir que le doctrina de la Iglesia sobre el orden temporal pueda exponerse en dos perspectivas diferentes. La primera exposición, que podríamos llamar de régimen de cristiandad, y que es la clásica de León XIII, San Pío X y Pío XI, supone todavía vigente, al menos en substancia, el orden temporal cristiano y lo toma como punto de referencia mientras habla de su restauración. Vaticano II, en cambio, parece colocarse en otra perspectiva, como si el régimen de cristiandad no tuviera vigencia y como si hubiera que comenzar tomando como punto de partida, el de una sociedad totalmente descristianizada. Esta segunda exposición tiene en cuenta preferentemente la iniciación del orden temporal cristiano, cuando todavía no se ha logrado forjar una opinión pública que pueda sostener un poder público cristiano. Es evidente que la Revolución mundial ha logrado descristianizar totalmente los antiguos pueblos cristianos y que se ha alcanzado ya la destrucción del régimen de cristiandad y la implantación de un orden público laicista y ateo. No tendría sentido en esas condiciones que la Iglesia propiciase una acción pastoral de cristianización del poder político cuando se trata previamente de realizar una más elemental de cristianización de los ambientes aislados en los que sólo apenas pueden actuar los católicos. Pero la cristianización del poder público, lejos de estar excluida, está exigida por los deberes que le incumben al laico en su consagración del mundo. «Que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana, familiar y social»[2]. Que (los laicos) «no escondan esta esperanza (de la gloria futura) en la interioridad del alma, sino manifiéstenla en diálogos continuos y en un forcejeo con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos (Ef. 6, 12) incluso a través de las estructuras de la vida secular»[3]. Y entre estas estructuras, evidentemente hay que incluir las del poder legítimo que viene de Dios.

La Iglesia exhorta al laicado a procurar seriamente «que por su competencia en los asuntos profanos y por su actividad, elevada desde dentro por la gracia de Cristo, los bienes creadores se desarrollan al servicio de todos y cada uno de sus hombres y se distribuyan mejor entre ellos, según el plan del Creador y la iluminación de su Verbo»[4].

«Lumen Gentium» recuerda también a los laicos que les competen derechos y obligaciones (unos) «por su pertenencia a la Iglesia y otros como miembros de la sociedad humana». Que unos y otros derechos deben «acoplarlos armónicamente entre sí, recordando que, en cualquier asunto temporal, deben guiarse por la conciencia cristiana, ya que ninguna actividad humana, ni siquiera en el orden temporal (¿y el poder público es una actividad temporal?) puede sustraerse al imperio de Dios».

El documento «Gaudium et Spes» sobre la Iglesia en el mundo actual está todo él dirigido a exhortar «a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad los deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico»... «No se creen, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa por otra. El cristiano que falta a sus obligaciones temporales falta a sus deberes con el prójimo, falta, sobre todo a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación. Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales, haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios»[5].

Y el decreto «Apostolicam actuositatem» sobre el apostolado de los seglares no puede ser más explícito en el largo capítulo que dedica a «la instauración cristiana del orden temporal». «Es preciso, con todo, dice el documento, que los seglares tomen como obligación suya la restauración del orden temporal, y que, conducidos en ello por la luz del Evangelio y por la mente de la Iglesia y movidos por la caridad cristiana, obren directamente y en forma concreta; que cooperen unos ciudadanos con otros con sus conocimientos especiales y con su responsabilidad propia, y que busque en todas partes y en todo el reino de Dios. Hay que establecer el orden temporal de forma que, observando íntegramente sus propias leyes, esté conforme con los principios de la vida cristiana, adaptado a las variadas circunstancias de lugar, tiempo y pueblos».

Nada hay en Vaticano II que favorezca la utilización «revolucionaria» del Evangelio que hace Maritain para corromper el orden temporal, y todo, en cambio, para afirmar que la vida temporal de los pueblos, siguiendo su dinamismo natural, ha de ajustarse al orden cristiano de valores.

* En «De Lamennais a Maritain», 2ª edición, Ediciones Theoria, Buenos Aires, 1967, pp. 346-348; y reproducido en «El Progresismo Cristiano», Ed. Cruz y Fierro, Buenos Aires, 1983, pp.187-190.

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[1] Le Paysan de la Garonne, pág. 13.
[2] Lumen Gentium, 35.
[3] Ibid., 35.
[4] Ibid., 36.
[5] Gaudium et Spes, 43.

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