«La cruzada española y los voluntarios rumanos» - Sergio Miranda Carrington (1927-2013)

He aquí un pequeño fragmento de un gran libro. En él, el autor ha volcado el testimonio de su amigo Vlad Durlia, de quien oyó «durante meses, noche a noche (...) el relato de las luchas, esperanzas y desventuras de la Guardia de Hierro».

El 20 de julio de 1936 los grandes diarios rumanos, muy a disgusto, informaron que el ejército español del África, a las órdenes del general Francisco Franco, se había levantado contra el Gobierno de la República española. Un escalofrío sacudió a los nacionalistas: España estaba unida a nosotros no sólo por su condición de país latino, sino, especialmente, porque de España había salido Trajano, el emperador romano que nos incorporó a la civilización. Esa, que se llamó «guerra civil española» era nuestra propia guerra. El general Franco alcanzó caracteres legendarios. ¡Por fin alguien se atrevía a enfrentar el comunismo en el terreno de los hechos! Ya conocíamos los detalles del asesinato de Calvo Sotelo por los republicanos y el calvario de los sacerdotes y monjas. La prensa nacionalista olvidó los problemas rumanos para informarnos sobre Franco y el avance victorioso de su ejército. Nunca habíamos estado tan identificados con una causa extranjera. Fueron muchos los muchachos rumanos que calladamente partieron hacia España. Entre ellos, y lo supe mucho después, mi hermano mayor. Con el supremo decoro del silencio viajó de Macedonia a Rumania y de ahí a España, donde combatió como voluntario. Lo hizo con la dignidad de los nuestros. Terminada la cruzada, volvió a Grecia. Se hizo monje y se recogió en el célebre monasterio de Monte Athos. Murió en el gran bombardeo ruso de Constanza, en 1941.

En esos días, nada sabía de mi hermano, pero debo insistir en que la juventud rumana captó en su plena esencia el significado del conflicto español, y en su casi totalidad se identificó con la causa nacionalista a través de la personalidad de su líder espiritual, el siempre presente José Antonio Primo de Rivera.

Se produjo una especie de psicosis colectiva. Todos queríamos partir a España, donde se vivía la hora de la verdad. Fácilmente habríamos podido formar legiones, pero nos lo impedía la persecución gubernamental. Los diarios de Constanza informaron que la Legión de San Miguel Arcángel, imposibilitada de una participación masiva, enviaba a la España nacionalista su adhesión simbólica. Eran sólo siete voluntarios, pero de los mejores de los nuestros. Ellos darían testimonio en tierra española de la vitalidad de la cruzada anti bolchevique. Al principio eran sólo seis. Pero, Vasile Marín se presentó al Capitán pidiendo «el favor de ser el séptimo ataúd», el que le fue concedido.

Conservo las fotos de los diarios, y con veneración repito sus nombres:

Ion Motza, abogado y periodista, segundo comandante de la Guardia de Hierro, cuñado de Corneliu Codreanu, casado con Iridenta, hermana del Capitán, todavía viva en Rumania;

Jorge Clime, ingeniero, jefe del C. M. L. (Cuerpo de los trabajadores legionarios) y que, con otros, moriría asesinado en la cárcel;

El príncipe Alecu Cantacuzino, sobrino del famoso general del mismo apellido;

Bánica Dobre, el gigante imponente, cuyo nombre di a mi propio nido, y que caería con Jorge Clime y otros en la cárcel de Ramnicul-Sarat;

Nicolás Totu, quien, además de sus grandes méritos personales, está sentimentalmente unido a la vida de la Guardia porque fue el primero que espontáneamente designó a Corneliu Codreanu con el apelativo de «El Capitán», que se impondrá, pese a la resistencia de éste;

Ion Dumitrescu, sacerdote aguerrido en las cosas de este mundo, que algún día guardaría el uniforme de la Guardia para seguir sirviéndola en igual espíritu con los hábitos. Es el único sobreviviente del grupo.

Vasile Marin
Miles y miles de camaradas despidieron a los voluntarios de España en un acto de triste solemnidad. Les envidiábamos, pero sentíamos que nunca los volveríamos a ver. Sobre nosotros flotaban las palabras de Vasile Marín el 29 de noviembre de 1936, próximo a partir: Era un deber de honor que pesaba sobre los hombres de nuestra generación. Lo hice con el mismo amor que si se hubiera tratado de mi Patria». Fue su último pensamiento conocido. Antes, el mismo Vasile Marín había escrito: «Nosotros no perseguimos tan sólo la conquista del pan, no tenemos objetivos económicos... nosotros perseguimos la reforma espiritual del hombre... su retorno a las antiguas virtudes de nuestra estirpe, lo que significa que nuestro nacionalismo adquiere un aspecto de pura espiritualidad».

Los voluntarios de España partieron dejándonos una sensación de soledad y de dureza. Cruzaron Alemania, y en un puerto de ese país debieron embarcarse, porque la Francia de León Blum no los dejó pasar. «Monte Oliva» se llamaba el barco en el cual, en definitiva, marcharían hacia su destino.

La juventud rumana seguía expectante su itinerario. Todos los voluntarios de Rumania eran oficiales de reserva. El ingeniero Jorge Clime tenía incluso el grado de capitán y veterano de la primera guerra; por igual solicitaron en España la gracia de combatir como simples voluntarios.

Ion Motza publicaba sus crónicas en La Libertad. Rebuscando entre viejos papeles, encuentro una de ellas, que corresponde a las Navidades de 1936. En el párrafo que más me impresiona, dice así:

«Sin duda, la bestia roja será vencida al fin, pues la Iglesia fundada por Cristo no podrá ser vencida ni por las puertas del infierno. Pero, he aquí, sin embargo, que en los países donde el comunismo diabólico ha vencido, la Iglesia ha sido aniquilada. No para siempre, pero sí para el siglo actual, y en su lugar se ha enseñoreado el poder diabólico de la incredulidad, de la corrupción, con los sufrimientos y la muerte espiritual y corporal de los hombres de hoy. Creemos en la resurrección de la Iglesia, tanto en Rusia como en la España comunista. Pero esta resurrección, como la salvación de nuestra Patria de la desgracia del dominio del Anticristo, depende de nuestro esfuerzo. Dios ha dicho que “las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia”, porque Dios ha tenido confianza en el esfuerzo de los hombres, en su adhesión a Él».

En la misma crónica escribía Ion Motza, el segundo comandante de la Guardia: «Sin lucha valerosa, ni el Arcángel San Miguel ha podido librar al cielo de las huestes de Lucifer, el jefe de los ángeles rebeldes».

El 13 de enero de 1937, Ion Motza y Vasile Marín cayeron como voluntarios del Tercio español en Majadahonda, tierras de Castilla, es decir, tierras doblemente españolas. Ambos se habían distinguido por su valor. Fueron fieles a la divisa con la cual habían firmado sus últimas cartas: «Los que hemos venido a morir por España». Cuentan las crónicas que ellos cargaron, solitarios, a bayoneta calada, contra los tanques bolcheviques, y decidieron la suerte de un asalto. Pero ese día 13 de enero, a las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde, mientras disparaban sus ametralladores contra las brigadas comunistas que avanzaban, símbolo de Asia y odio, un obús cayó en la posición rumana. La muerte les encontró en el puesto de honor, con las ametralladoras empuñadas, a miles y miles de kilómetros de la Rumania amada.

Recuerdo el día en que recibí la noticia del testimonio de Majadahonda. Piénsese que Ion Motza era nuestro segundo jefe, el sucesor del Capitán. En el puerto de Constanza, dirigía yo la carga de un barco alemán. Por dos o tres días, las lágrimas corrieron desde mis ojos. Me avergonzaba el estar ahí, en una función burocrática, mientras los míos habían caído en tierras lejanas.

Ion Motza

Los diarios del Movimiento publicaron las cartas dirigidas por Ion Motza a sus padres, al Capitán y a los legionarios. La primera, que también conservo, dice:

«Queridos padres míos, procurad ver junto a vuestro dolor toda la belleza de nuestro gesto: ¡Se ametralla el rostro de Cristo! ¡Se bambolea el fundamento cristiano del mundo!

»¿Podríamos nosotros permanecer impasibles? ¿No es un gran beneficio espiritual para la vida futura el haber caído en defensa de Cristo? Así, junto al dolor, no podréis menos de sentir una gran exaltación espiritual. Dios os dará fuerzas para soportar este sufrimiento y vencerlo.

»Así he comprendido el deber de mi vida. ¡He amado a Cristo y he marchado feliz a la muerte por Él! ¿Por qué os afligís más de lo debido, cuando yo tengo salvada mi alma en el reino de Dios?».

En la segunda carta pueden leerse las últimas palabras de Ion Motza a Corneliu Codreanu, nuestro Capitán:

«Te deseo el apoyo de Dios y la victoria lo más pronto posible. Soy feliz y muero contento, con la satisfacción de que he sido capaz de sentir tu llamada, de comprenderte y de servirte ¡Puesto que eres el Capitán!

»También te he molestado a sabiendas y sin quererlo. ¡Perdóname! Sin embargo, jamás he faltado a la más estricta fidelidad legionaria y a la fidelidad hacia ti, Capitán. No he hecho bastante por la Legión en los últimos años, pero he creído y creo en ti, y frente a esta creencia no he pecado ni siquiera una vez ni en el repliegue más escondido de mi conciencia.

»Haz, Corneliu, de nuestra Patria, una tierra hermosa como el sol, poderosa y obediente a Dios. ¡Viva la Legión!».

Estos párrafos del testamento de Ion Motza fueron aprendidos de memoria por la juventud rumana. Se repetían con el fervor de una oración, así como los que siguen:

«Dios ha concedido a siete legionarios del Capitán el pasar la fiesta de Navidad y esperar el Año Nuevo con la mano en el fusil, en la granada o en la ametralladora, diseminados por las carreteras de Madrid o en las montañas españolas, en lucha ardorosa contra los que sacan los ojos del Salvador con las bayonetas y ultrajan las santas imágenes de la Madre de Dios y su Divino Hijo.

»El año que ha pasado, 1936, abrió esta lucha cruel en el suelo español. El año en que entramos, 1937, ¿quién sabe qué otras pruebas, quizás mayores, va a pedir a los hombres y a los pueblos?

»Dejemos a un lado aquella palabrería vana, y especialmente aquella creencia que hemos cumplido con nuestro deber sólo por haber luchado con palabras huecas, con apariencias, con alabanzas estériles y decisiones que no son seguidas del peso áspero de los hechos, de los sacrificios, de las cargas.

»Ningún poder, ningún amor, está por encima del de la Patria y no se puede cumplir más que en la propia Patria, excepto el poder de Cristo y el amor hacia Él. Cristo es el mismo en España que en Rumania. Cuando una hueste diabólica se levanta para arrojarle del mundo, cuando a la figura luminosa del Salvador se la hiere con bayoneta y se la ametralla, entonces todos los hombres, de cualquier nación que sean, tienen que alzarse en defensa de la Cruz. Y tanto más, cuando los que trabajan para derribar al Cristianismo en España, no se contentan con la desgracia de este país, sino que atacarán mañana los cimientos cristianos de todos los países y también los de nuestra Rumania».

* En «Recuerdos de la Guardia de Hierro», Editor Autor – 1969, Madrid, España, págs. 100-106.

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