«Dos publicaciones fundamentales acerca del 'Progresismo Católico'» - Fray Mario Agustín Pinto (1908-1989)

      Decía San Jerónimo, aludiendo a la singular difusión que en su momento alcanzara la herejía del arrianismo, que un día el mundo se despertó  comprobando con espanto que era arriano. Pues bien, algo análogo podría decirse en nuestros días con respecto a esa nueva forma de error que genéricamente lleva el nombre de progresismo católico.
    El progresismo, en efecto, se ha infiltrado en todos los ámbitos de la Iglesia, pero de un modo principal en sus centros más vitales, es decir, en los seminarios, en las casas de formación del clero secular y regular, en las Universidades, academias e institutos católicos, en todos aquellos lugares en fin, donde se conforman las mentes de quienes están destinados a ser los dirigentes y mentores del pueblo cristiano. Es un proceso semejante a aquel que ofreciera a comienzos de este siglo el modernismo, con el cual, por lo demás, se presenta en continuidad perfecta, y contra el cual reaccionara con sobrenatural fortaleza San Pío X. Se infiltra como un veneno sutil que disuelve las mentes de los hombres, y las estructuras sociales en las filas de los laicos, del clero, del episcopado, determinando actitudes, iniciativas, proposiciones, decisiones, que provocan la congoja de las almas fieles, y la desorientación y confusión en el pueblo creyente, que acaba por no saber al fin, ni qué pensar, ni a qué atenerse, por cuanto ve que se pone en tela de juicio prácticas, certezas, costumbres, que suponía, fundadamente, inconmovibles.
     A quienes, desde treinta años atrás, veníamos siguiendo con atención y angustia este proceso, la situación a que hemos llegado no puede ciertamente sorprendernos. Es la lógica conclusión de los errores del liberalismo católico, del modernismo, del maritainismo, del personalismo, que han venido a conjugarse y resolverse en el error global del progresismo. Pero la gran masa de los fieles católicos no tenía elementos suficientes para sospechar lo que en el seno de la Iglesia se venía incubando, por cuanto, hasta hace poco, las nuevas ideas se manifestaban rodeadas de precauciones y cautelas, ante el temor de la autoridad eclesiástica, y principalmente de la Congregación del Santo Oficio, cuya necesaria función moderadora y vigilante, viene haciéndola objeto de tenaces e insensatos ataques. Más, he aquí que, de pronto, parecería como si todas esas inhibiciones se hubiesen esfumado, como si todas las compuertas se hubiesen abierto. Por eso es que el mundo católico ha podido despertarse un buen día comprobando con asombro, que estaba todo circundado, infiltrado, penetrado, por la marea incontenible y siempre creciente de las nuevas corrientes progresistas. Ante esta situación, en verdad dramática, es necesario, hoy más que nunca, que los espíritus que han sabido conservar su lucidez intelectual, y que siguen adhiriendo firmemente a la integral doctrina de la Iglesia –los tan vituperados «integristas» de las campanas difamatorias del progresismo– den su testimonio de verdad, para contribuir a disipar, en la medida de sus fuerzas, tan universal confusión. Así lo han hecho entre nosotros, dos teólogos argentinos, que desde mucho tiempo atrás se vienen señalando por su intrépida constancia en la lucha contra los errores que han conducido gradualmente hasta la actual crisis progresista. Por todo ello, recomendamos vivamente dos estudios recientemente publicados que proyectan una vivísima luz sobre el fundamento, la raíz, y las múltiples implicancias del error que venimos comentando. Uno de ellos es el R. P. Alberto García Vieyra O.P., quien en su opúsculo «El error del progresismo»[1], señala agudamente como fundamento filosófico de este error, el desplazamiento que en él se ha producido del sujeto mismo de la moralidad bajo el influjo de la instancia personalista y existencialista de la filosofía contemporánea, radicalmente opuesta a la filosofía cristiana tradicional de las esencias eternas e inimitables. El otro es un folleto que contiene conferencias del R. P. Julio Meinvielle. «En torno al progresismo cristiano»[2]. Ya en el año 1960 en un número de la Revista «Estudios Teológicos y Filosóficos», que ha adquirido en estos momentos de crisis, renovada actualidad, el R.P. Julio Meinvielle, tomando como punto de partida el problema de los sacerdotes obreros, investiga, con su habitual sagacidad la raíz teológica más profunda del progresismo católico, y la descubre en la concepción de un cristianismo «reencarnado», es decir, en la audaz tentativa de implantar una suerte de «nuevo cristianismo», que completa y perfecciona la «nueva cristiandad» de Maritain, y que no deja de evocar el recuerdo del abad Joaquín de Fiore, que pretendió predicar en la Edad Media un nuevo Evangelio, el «Evangelio eterno» que él decía, y a quien refutó Santo Tomás con razones contundentes (cf. Summa Theol. I-II, 106, 4). En sus conferencias recientemente publicadas, el P. Meinvielle ha completado aquel agudo análisis a la luz de los nuevos y sorprendentes desarrollos que alcanzaron aquel error.
   Creemos sinceramente que todo aquel que lea estos estudios con espíritu ecuánime y desprejuiciado, con sincero amor a la verdad, encontrará en ellos todos los elementos necesarios para formarse un juicio ortodoxo y exacto acerca de estos perniciosos errores, que determinan, allí donde por desdicha vienen a imponerse, la turbación de los espíritus, el relajamiento de la moral, la destrucción del concepto de autoridad y de la disciplina eclesiástica, la más triste y lamentable subversión. Aquí mismo en la Argentina, ejemplos recientes que no son del caso enumerar, por ser de sobra conocidos, vienen a confirmar, con meridiana claridad, nuestra aserción.
   No se nos oculta ciertamente la suerte reservada a quienes en la hora actual se atreven a desenmascarar y denunciar estos errores. Los progresistas tienen en efecto, declarada una guerra sin cuartel a todos aquellos que permanecen inconmovibles en la defensa de la doctrina católica, tradicional e integral. Cuentan para ello con casi todos los medios de publicidad, y gozan del favor y ayuda de los enemigos solapados y aun abiertos de la Iglesia. Por eso no han vacilado en desencadenar campanas de difamación y desprestigio que han llegado hasta los más altos niveles de la Iglesia: Cardenales, Superiores de Órdenes y Congregaciones, eminentes teólogos romanos. Así lo ha señalado con palabras en verdad conmovedoras la revista francesa «Itinéraires», que dirige el gran polemista católico Jean Madiran, y que asesora el R. P. Thomas Calmel O. P., querido condiscípulo y hermano, por cuya lucha heroica, librada en circunstancias singularmente difíciles le hacemos llegar nuestro homenaje de cordial solidaridad y admiración. Leemos en efecto, en el número 69 de «Itinéraires», en una crónica romana que firma «Peregrinus», estas palabras de angustia que muestran hasta dónde ha llegado la audacia agresiva del movimiento progresista, en su campaña contra el «integrisme»; es decir, contra los defensores de la doctrina católica integral, sin mutilaciones que la desvirtúen en su contenido esencial. Dice «Itinéraires»: «La descalificación arbitraria de las personas por los reflejos condicionados del anti-integrismo, es un proceso de autodestrucción de la Iglesia. Si esta fuese una sociedad solamente humana, no hubiese podido sobrevivir. El ‘integrista’ es aquel a quien no se habla; no es más un hermano, ni siquiera un hermano enemigo; no es un adversario humano, es el equivalente de un perro sarnoso a quien se espanta con un puntapié. Se le desprecia en silencio o se le injuria con la mayor grosería. Se le considera como capaz de todo, y más abajo aún, en la escala de los seres que los criminales endurecidos, a quienes se les concede por lo menos alguna función en las prisiones. Se le puede hacer todo, menos tener en cuenta su existencia y su opinión. Basta que la calificación de ‘integrista’ se haya lanzado con alguna insistencia en el universo del rumor organizado, para que, prácticamente, ni siquiera se examine si esa calificación está fundada, y en qué medida y en qué  sentido. Es de suyo global y definitiva, como la declaración de que un individuo  está afectado de lepra; ya no cabe para él ningún contacto con los hombres sanos. Ahora bien, a una parte cada vez mayor, en número de los clérigos y laicos que integran la Iglesia, se les coloca esta pestífera etiqueta. Es una cuarentena psicológica, pero absoluta. Es ‘la guerra psicológica’ trasladada al seno de la Iglesia.
    »Esta ‘guerra psicológica’ –agrega el mismo autor– se había desarrollado, hasta hace poco en las zonas periféricas del cuerpo eclesial, en el nivel de las Parroquias, de las organizaciones de Acción Católica, de los Vicariatos Generales de las diócesis, a veces también en el nivel de tal o cual conferencia episcopal. Pero ahora se la ha llevado hasta el centro mismo de la Iglesia. Pero ahora, Cardenales de curia, Superiores de Órdenes Religiosas, teólogos romanos, vienen a ser personalmente destrozados por la máquina infernal. Algunos de ellos conocen ya por experiencia propia las tinieblas de la soledad y del desprecio, la tentación de la desesperanza, la desorientación del alma, que provoca en sus víctimas esta guerra psicológica organizada por el anti-integrismo. Experimentan, lo que habían experimentado antes que ellos, sin que ellos lo hubiesen sabido, sin que tal vez lo hubiesen cabalmente comprendido, tantos humildes laicos y clérigos de última fila. Ahora ellos, a su vez, están solos, con su corazón desgarrado, solos con su amor rehusado y despreciado, solos con sus lágrimas y sus oraciones. Solos con Jesús y su Santísima Madre, en el umbral del primero de los misterios dolorosos.
    »Que todos aquellos que desde un extremo al otro de la Cristiandad han sobrevivido a la prueba, que por la gracia de Dios la han sobrellevado sin quedar definitivamente destrozados, que todos aquellos también que están actualmente sumergidos en ella, y se debaten a tientas en las tinieblas, que todos se unan, en la oración y en el Santo Sacrificio de la Misa, a quienes hoy en día, en Roma, han venido a ser blanco, a su vez, de la masacre; blanco de esta atroz guerra psicológica del anti-integrismo, que arruina arbitrariamente su reputación, que rompe o relaja sus más viejas amistades, que destroza en sus manos el bien que podrían hacer, y que lleva sus devastaciones hasta lo más íntimo de su alma. Con ellos, por su intención, para que se sientan confortados, consolados, fortalecidos, recitemos los misterios dolorosos del Santísimo Rosario».
    Y nosotros a nuestra vez, que comprendemos cabalmente toda la dolorosa verdad de estas palabras, como intima adhesión a las figuras eminentes, a los campeones de la fe que atraviesan hoy por esta prueba, para que se pueda conocer mejor la raíz venenosa y profunda, que explica la razón de ser, y la íntima cohesión de todas esas ideas, actitudes y doctrinas que están sembrando la confusión en nuestras filas, recomendamos vivamente la lectura de estos estudios, liberadores y esclarecedores, del P. García Vieyra y del P. Julio Meinvielle.



[1] No hemos podido hallar esta publicación no obstante la búsqueda realizada. Rogamos pues a algún lector que tenga conocimiento de su existencia, nos lo haga saber para una eventual publicación (N. de «Decíamos ayer...»)
[2] Obra ésta que puede descargarse aquí (N. de «Decíamos ayer...»)

* En «Revista Verbo», septiembre de 1964, n°44/45; y reproducido en el sitio http://www.traditio-op.org/inicio.html