Vuelo nocturno (fragmento)
ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY (1900-1944)

I
Las colinas, bajo el avión, cavaban ya su surco de sombra en el oro del atardecer. Las llanuras tornábanse luminosas, pero de una luz inagotable: en este país no cesaban de exhalar su oro, como, terminado el invierno, no cesaban de entregar su nieve.
Y el piloto Fabien que, del extremo Sur, conducía a Buenos Aires el correo de Patagonia, conocía la proximidad de la noche por las mismas señales que las aguas de un puerto: por ese sosiego, por esas ligeras arrugas que dibujaban apenas los tranquilos celajes. Penetraba en una rada, inmensa y feliz.
También hubiera podido creer que, en aquella quietud, se paseaba lentamente casi cual un pastor. Los pastores de Patagonia andan, sin apresurarse, de uno a otro rebaño; él andaba de una a otra ciudad, era el pastor de los villorrios. Cada dos horas, encontraba algunos de ellos que se acercaban a beber en el ribazo de un río o que pacían en la llanura.
A veces, después de cien kilómetros de estepas más deshabitadas que el mar, cruzaba por encima de una granja perdida, que parecía arrastrar, hacia atrás, en una marejada de praderas, su cargamento de vidas humanas: con las alas, saludaba entonces aquel navío.
«San Julián a la vista: aterrizaremos dentro de diez minutos.»
El «radio» comunicaba la noticia a todas las estaciones de la línea.
Semejantes escalas se sucedían, cual eslabones de una cadena, a lo largo de dos mil quinientos kilómetros, desde el estrecho de Magallanes hasta Buenos Aires; pero la de ahora se abría sobre las fronteras de la noche como, en África, la última aldea sometida se abre sobre el misterio.
El «radio» pasó un papel al piloto:
«Hay tantas tormentas que las descargas colman mis auriculares. ¿Haréis noche en San Julián?».
Fabien sonrió: el cielo estaba terso cual un acuario, y todas las escalas, ante ellos, les anunciaban: «Cielo puro, viento nulo». Respondió:
«Continuaremos».
Pero el «radio» pensaba que las tormentas se habían aposentado en algún lugar, como los gusanos se instalan en un fruto: y así, la noche sería hermosa, pero, no obstante, estaría estropeada. Le repugnaba entrar en aquella oscuridad próxima a pudrirse.

Al descender sobre San Julián, con el motor en retardo, Fabien se sintió cansado. Todo lo que alegra la vida de los hombres corría, agrandándose, hacia él: las casas, los cafetuchos, los árboles de la avenida. Él parecía un conquistador que, en el crepúsculo de sus empresas, se inclina sobre las tierras del imperio y descubre la humilde felicidad de los hombres. Fabien experimentaba la necesidad de deponer las armas, de sentir la torpeza y el cansancio que le embargaban –también se es rico de las propias miserias– y de vivir aquí cual hombre simple que contempla, a través de la ventana, una visión ya inmutable. Hubiera aceptado esa aldea minúscula: luego de escoger, se conforma uno con el azar de la propia existencia, e incluso puede amarla. Os limita, como el amor. Fabien hubiera deseado vivir aquí largo tiempo, recoger aquí su porción de eternidad, pues las pequeñas ciudades, donde vivía una hora, y los jardines rodeados de viejos muros, sobre los cuales volaba, le parecían, fuera de él, eternos en duración. La aldea subía hacia la tripulación, abriéndose. Y Fabien pensaba en las amistades, en las jovencitas, en la intimidad de los blancos manteles, en todo lo que, lentamente, se familiariza con la eternidad. La aldea se deslizaba ya rozando las alas, desplegando el misterio de sus jardines cercanos, a los que sus muros ya no protegían. Pero Fabien, después de aterrizar, supo que sólo había visto el lento movimiento de algunos hombres entre las piedras. Aquella aldea, con su sola inmovilidad, guardaba el secreto de sus pasiones; aquella aldea, denegaba su suavidad: para conquistarla hubiera sido preciso renunciar a la acción.

Transcurridos los diez minutos de escala, Fabien reemprendió el vuelo.
Volvióse hacia San Julián, que ya no era más que un puñado de luces, y luego de estrellas. Más tarde se disipó la polvareda que, por última vez, le tentó.
«Ya no veo los cuadrantes; voy a encender la luz».
Tocó los contactos, pero las lámparas rojas de la carlinga derramaron sobre las agujas una luz tan diluida aún en aquella azulada claridad diurna, que no llegó a colorearlas. Pasó la mano por delante de una bombilla y apenas si se tiñeron sus dedos.
«Demasiado pronto».
No obstante, la noche ascendía, cual humo oscuro, colmando los valles. Éstos no se distinguían ya de las llanuras. Y se iluminaban los pueblos y las constelaciones de sus luces se contestaban unas a otras. Él también, haciendo parpadear con el dedo sus luces de posición, respondía a los pueblos. La tierra estaba llena de llamadas luminosas; cada casa encendía su estrella, frente a la inmensa noche, del mismo modo que se vuelve un faro hacia el mar. Todo lo que cubría una vida humana, centelleaba. Fabien se admiraba de que la entrada de la noche fuese, esta vez, como una entrada en una rada, lenta y bella.
Sumergió su cabeza en la carlinga. El radium de las agujas empezaba a brillar. Una después de otra, el piloto comprobó las cifras, y quedó satisfecho. Se descubría sólidamente sentado en el cielo. Rozó con el dedo un larguero de acero, y percibió al metal chorreando vida: el metal no vibraba, pero vivía. Los quinientos caballos del motor engendraban en la materia un fluido muy suave, que cambiaba su hielo en carne aterciopelada. Una vez más, el piloto no experimentaba, en el vuelo, ni vértigo, ni embriaguez, sino el trabajo misterioso de un cuerpo vivo.
Ahora, se había recompuesto un mundo, donde, a codazos, trataba de lograr un lugar cómodo.
Golpeteó el cuadro de distribución eléctrica, tocó uno a uno los contactos, removióse un poco, se recostó mejor, y buscó la posición más cómoda para sentir el balanceo de las cinco toneladas de metal, que una noche viviente llevaba sobre sus espaldas. Luego, tanteó, colocó en su sitio la lámpara de socorro, la dejó, la tocó de nuevo para asegurarse de que no se deslizaba, la dejó después para golpetear cada clavija, y encontrarlas sin equivocarse, educando así a sus dedos en un mundo ciego. Luego, cuando estuvieron adiestrados, se permitió encender una lámpara, adornar su carlinga con instrumentos de precisión, vigilando, sólo en los cuadrantes, su entrada en la noche, como en un declive. Luego, como nada vacilaba, ni vibraba, ni temblaba, y permanecían fijos el giróscopo, el altímetro y el régimen del motor, desperezóse un poco, apoyó su nuca en el cuero del respaldo, e inició esta profunda meditación del vuelo, en la que se saborea una esperanza inexplicable.

Ahora, como un velador en el corazón de la noche, descubre que la oscuridad muestra al hombre; esas llamadas, esas luces, esa inquietud. Esa simple estrella en la oscuridad; el aislamiento de una casa. Hay una que se apaga: es una mansión que se cierra sobre su amor.
O sobre su tedio. Es una casa que cesa de hacer su ademán al resto del mundo. No saben lo que esperan, ante su lámpara, esos campesinos, acodados sobre la mesa; ignoran que su deseo, en la enorme noche que los rodea, vaya tan lejos. Pero Fabien lo descubre cuando, tras haber recorrido mil kilómetros, percibe cómo unas olas de fondo, profundas, elevan y hacen descender el avión, que respira, cuando ha atravesado diez tormentas, cual países en guerra, y, entre ellas, algunos claros de luna; cuando alcanza esas luces, una después de otra, con la sensación de vencer. Aquellos hombres creen que la lámpara brilla para su humilde mesa, pero alguien, a ochenta kilómetros, percibe el grito de esa luz, como si, desesperados, la balanceasen, ante el mar, desde una isla desierta.

* En «Vuelo Nocturno», publicado junto con «Correo del Sur», Ediciones G. P. – Barcelona, 1968, pp. 159-163.


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