«Humildad y Soberbia» - Josef Pieper (1904-1997)

Humildad como forma fundamental de la templanza
           Una de las cosas en que el hombre, por instinto natural, procura hallar el logro de sí mismo es la tendencia a sobresalir, el demostrar superioridad, categoría y preeminencia[1].

La virtud de la templanza, en cuanto aplicada a ese instinto para someterlo a los dictados de la razón, se llama humildad. Esta consiste en que el hombre se tenga por lo que realmente es[2]. Con esto está ya dicho lo fundamental sobre esta virtud.

Por eso resulta difícil entender el que se haya discutido tanto sobre ella. Claro que hay que tener en cuenta los esfuerzos del diablo para destruir en las almas la fisonomía delicada de esta virtud, tan esencial para la perfección cristiana. Pero si prescindimos de esto, hay que admitir un oscurecimiento del concepto de humildad en la conciencia cristiana, para explicarnos tanta discusión sobre su verdadero alcance y contenido.

En todo el tratado de Santo Tomás sobre la humildad y la soberbia no se encuentra ni una frase que diera pie a pensar que la humildad pueda tener algo que ver, como tampoco lo tiene ninguna otra virtud, con una constante actitud de autorreproche, con la depreciación del propio ser y de los propios méritos o con una conciencia de inferioridad.

Magnanimidad como virtud subordinada y necesaria.
         Para que se entienda por dónde va el camino de la verdadera humildad hay que percatarse de que no sólo no es contraria a la magnanimidad[3], sino que es su hermana gemela y compañera; ambas están a mitad de camino, igualmente distantes de la soberbia y de la pusilanimidad[4].

¿Qué quiere decir magnanimidad? Es el compromiso que el espíritu voluntariamente se impone de tender a lo sublime[5]. Magnánimo es aquel que se cree llamado o capaz de aspirar a lo extraordinario y se hace digno de ello. El magnánimo es en cierto modo caprichoso; no se deja distraer por cualquier cosa, sino que se dedica únicamente a lo grande, que es lo que a él le va[6]. El magnánimo tiene sobre todo una sensibilidad despierta para ver dónde está el honor: «el magnánimo se consagra a aquello que proporciona una grande honra»[7]. En la Summa theologica se dice: «El que despreciare la honra hasta tal punto que no se preocupa de hacer aquello que honra merece, es de vituperar»[8]. El magnánimo no se inmuta por una deshonra injusta; la considera sencillamente indigna de su atención[9]. Acostumbra a mirar con desprecio a los seres de ánimo mezquino; y nunca es capaz de considerar que exista alguien tan alto que sea merecedor de que, por miramiento a él, se cometa algo deshonesto[10]. Santo Tomás aplica al justo que muestra este sano desprecio de lo humano aquellas palabras del Salmo 14, 4: «A sus ojos es nada el hombre malvado»[11].

Características del magnánimo son la sinceridad y la honradez. Nada le es tan ajeno como callar por miedo[12]. El magnánimo evita, como la peste, la adulación y las posturas retorcidas[13]. No se queja, pues su corazón no permite que se le asedie con un mal externo cualquiera[14]. La magnanimidad implica una fuerte e inquebrantable esperanza, una confianza casi provocativa[15] y la calma perfecta de un corazón sin miedo[16]. No se deja rendir por la confusión cuando ésta ronda el espíritu, ni se esclaviza ante nadie, y sobre todo no se doblega ante el destino: únicamente es siervo de Dios[17].

Uno queda maravillado cómo la Summa theologica va construyendo, rasgo por rasgo, la imagen de la magnanimidad. Era necesario un desarrollo minucioso y claro porque, aunque Santo Tomás había dicho en el tratado sobre la humildad que la magnanimidad no es contraria a ésta, no lo había explicado demasiado. Ahora se entenderá mejor lo que aquella afirmación quería significar. Y advertiremos también que la frase de que humildad y magnanimidad no se contradicen, tiene su parte de aviso y de toque de atención para que no se desvirtúe el contenido de la humildad.

A veces se ha confundido el magnánimo con el engreído, y esta equivocación repercute en el juicio que se forma sobre la humildad. «Ese hombre es un soberbio», se oye a veces decir, con más ligereza que justificación; pues raras veces es cierto que haya verdadera soberbia («superbia» teológica) en los casos a que nos referimos cuando hablamos así.

La soberbia no es primariamente una forma de portarse con los demás. Soberbia es ante todo una postura ante Dios. Quiere decir, fundamentalmente, la negación de la relación criatura-Creador; el soberbio niega la dependencia de Dios como criatura.

De las dos cosas que definen el pecado: alejamiento de Dios y acercamiento a los bienes perecederos, lo primero es lo que determina y constituye la forma definitoria de lo pecaminoso. Este aspecto constitutivo del pecado se encuentra en la soberbia de una manera especialísima y específica, como en ningún otro: «Todos los pecados son fuga de Dios; la soberbia es el único que le planta cara»[18]. Los soberbios son también los únicos pecadores a quien Dios no soporta, según dice la Biblia, en la Epístola de Santiago 4, 6.

Tampoco la humildad es en primer término una forma de relacionarse con los demás, sino una forma determinada de estar en la presencia de Dios. Ese carácter de criatura, que es inherente al hombre y que la soberbia niega y destruye, es afirmado y mantenido por la humildad. Si ese carácter creacional del hombre, el ser hechura de Dios, es lo que constituye su esencia, la humildad, en cuanto «sometimiento del hombre a Dios»[19], es la aceptación de una realidad primaria y definitiva.

Humildad y humor
         Por otra parte, la humildad no es tampoco en primer término un comportamiento exterior, sino una forma de ser por dentro, que nace de una decisión libre y consciente de la voluntad[20]. Aplicada a la relación Dios-criatura, es la aceptación sin reservas de aquello que por divina voluntad es lo real. En este sentido, consiste en doblegarse conscientemente al hecho de que ni la humanidad ni el hombre particular son Dios, ni están tampoco creados de naturaleza divina. Y en este momento es cuando quiere hacerse visible una secreta correspondencia entre humildad y humor; algo que sería profundamente cristiano[21].

Aceptar la condición de criatura
          Una vez aclarado su auténtico concepto ya no será preciso demostrar que la humildad tiene también una cara que da hacia el mundo de la convivencia con los demás. Entendida así habremos de definirla como la virtud que inclina a los hombres a rebajarse los unos ante los otros. Palabras un poco grandilocuentes, pero que en seguida vamos a intentar explicar.

La cuestión de la humildad de unos hombres entre otros la ha resuelto Santo Tomás de Aquino en la Summa theologica de la siguiente manera: «En el hombre hay que distinguir dos cosas: lo que es de Dios y lo que es del hombre... Humildad, tomada en su sentido estricto, es el miedo reverencial por el que el hombre se somete a Dios. Por eso debe el hombre subordinar lo que hay de humano en sí mismo a lo que hay de Dios en el prójimo. Pero la humildad no exige que se someta lo que hay de Dios en sí mismo a lo que parece ser de Dios en el otro... Así como tampoco exige que se someta lo humano propio a lo humano de los demás»[22].

Aunque perfectamente delimitado el ámbito de la humildad en esta aclaración de Santo Tomás, queda un amplio margen para una rica escala de «humildades», que van desde un sano «desprecio de los hombres» que muestra el magnánimo, hasta el anonadamiento de un San Francisco de Asís, que con una soga al cuello se deja conducir ante la turba, despojado de su hábito[23].

Una vez más nos encontramos con que la Iglesia, por lo que se refiere a la doctrina de la perfección cristiana, no es una gran partidaria del «camino único». Este cuidado que muestra la Iglesia por abrir sendas múltiples, su aversión incluso al exclusivismo, está comentada por San Agustín con ocasión de otro tema afín al que ahora nos ocupa, pero donde se refleja la identidad de pensamiento: «Si uno cree que debe recibirse el Cuerpo del Señor diariamente y el otro dice lo contrario, que cada uno haga lo que mejor le parezca según su opinión y devoción. Tampoco se pelearon entre sí Zaqueo y el Centurión porque el uno recibiera con gozo al Señor en su casa (Lc. 19, 6) y el otro dijera: Señor, yo no soy digno de que entréis en mi morada (Lc. 17, 6). Aunque no de la misma manera, ambos hicieron honor al Redentor[24].

* En «Las Virtudes Fundamentales» (fragmento del estudio de la virtud de la Templanza), Ediciones Rialp, Madrid, 6ª edición – 1998, pp. 276-281.

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[1] S. Tomás, Quaestiones disputatae de malo 8, 2. Es omnibus bonis nostris aliquam excellentiam quaerimus 1-2, 47, 2.
[2]
Summa theologica, 2-2, 161, 6; 162, 3 ad 2.
[3] 2-2, 161, 1 ad 3; 129, 3 ad 4.
[4] 2-2, 162, 1 ad 3.
[5] 2-2, 129, 1.
[6] 2-2, 129, 3 ad 5.
[7] 2-2, 129, 2.
[8] 2-2, 129, 1 ad 3.
[9] 2-2, 129, 2 ad 3.
[10] 2-2, 129, 3 ad 4.
[11] Loc. Cit.
[12] 2-2, 129, 4 ad 2.
[13] 2-2, 129, 3 ad 5.
[14] 2-2, 129, 4 ad 2.
[15] 2-2, 129, 6.
[16] 2-2, 129, 7.
[17] 2-2, 129, 7 sed contra.
[18] Juan Casiano, De Coenob. inst. 12, 7.
[19] 2-2, 162, 5; 161, 1 ad 5; 161, 2 ad 3; 161, 6.
[20] 2-2, 161, 3 ad 3.
[21] Theodoro Haecker, en su obra Dialog über Christetum und Kultur (Hellerau, 1930), 78, y posteriormente en el T. I, Essays, de sus obras completas (Kösel, Munich, 1958), llama al humor «humildad natural». Vid. también a este respecto lo que dice Fr. Th. Vischer, Aesthetik, I (Reutlingen y Leipzig, 1846) 449 ss: «El humorista sabe que es un loco; se ve, sin que él mismo pueda evitarlo, como reflejado lo que en él hay de bajo e inconsciente en ese espíritu del que él parte para reconocerse como tal. Pero eso mismo es lo que le hace a la vez sabio y loco; pues el que ve y la cosa vista son la misma persona; este ver/se (sujeto y objeto a la vez) es lo que constituye la liberación de las personas».
[22] 2-2, 161, 3-
[23] Vid. Bruder Leo, Spiegel der Vollkommenheit (Leipzig, 1935), 111 ss.
[24] Epistola ad Januarium 54, 4.

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