«La soberanía argentina» (fragmento) - P. Alberto Ezcurra (1937-1993)
En un nuevo aniversario del glorioso Combate de la Vuelta de Obligado, día
de nuestra Soberanía Nacional, publicamos estas luminosas líneas, fruto de un
sermón predicado en una de las «Misas por la Patria».
Y heroicamente durante muchas
horas esos criollos sostuvieron los cañones de largo alcance y el impulso y el
ataque de las escuadras extranjeras. Y pudieron pasar. Y esos libros de
historia que quieren minimizar los hechos grandes de la Patria, nos hablan
todavía de la derrota de Obligado. Es cierto, fue una derrota, una derrota
parcial, pero el enemigo pudo dominar solamente, como escribe Lucio Mansilla,
el terreno hasta donde alcanzaba su metralla. Porque en las orillas del río
estaban los criollos y estaba la caballería criolla que no dejaba desembarcar,
que quitaban los abastecimientos, que si la flota podía navegar por el río, sus
tropas no podían pisar el territorio de la Patria, y cuando intentaban hacerlo
eran derrotados, como lo fueron en El Tonelero, como lo fueron en San Lorenzo,
como lo fueron a lo largo de todo el río.
Y aquel conflicto terminó
precisamente con el reconocimiento de la soberanía argentina, de los derechos
argentinos y con los cañonazos de la escuadra extranjera que rendía honor, que
rendía homenaje a nuestra bandera.
Era un enfrentamiento desigual,
pero era un enfrentamiento en el cual por nuestra parte había un amor grande a
la Patria, y había un coraje en esos criollos que estaban decididos a jugarse
enteros para defender lo que era nuestro. Algo que en la Histira varias veces
se ha dado. De alguna manera podermos comparar ese enfrentamiento desigual a
aquél de nuestros héroes de las Malvinas, a aquellos pilotos que con sus
aviones contra todos los cálculos técnicos y contra todas las posibilidades
humanas, se lanzaban contra las fragatas inglesas, pero no con espíritu de
suicidas, sino precisamente con espíritu de héroes, con espíritu de
argentinos, con espíritu de aquellos que amaban a la Patria por encima de su
vida.
Es bueno recordarlo. Es bueno
recordar este heroísmo, este desinterés, esta entrega generosa, esta entrega de
la vida. Es bueno recordarlo cuando a ese heroísmo quieren olvidarlo, cuando a
ese heroísmo quieren enterrarlo, cuando a aquellos que dieron la vida por la
Patria quieren dejarlos en el entierro, en el pasado, o en el olvido, cuando
para esas gestas grandes solamente existe el silencio, el desprecio o la burla.
Cuando hay señores que ocupan los más altos cargos en el gobierno de la nación
y que son capaces de decir que en vez de un carro de gloria, lo de las Malvinas
fue un carro atmosférico. Y esos son lo que representan a nuestra Patria y los
que en algún momento como en los días que vivimos, enfrente a nuevas
provocaciones de dominio imperialista del invasor extranjero, quieren levantar
la bandera de la Soberanía que tantas veces han traicionado. Pero claro, en
este momento les sirve como una cortina de humo, les sirve como propaganda
electoral, les sirve para que los argentinos nos olvidemos de las situaciones
reales que estamos viviendo, de la angustia del pueblo, de la desorientación de
una Patria que se disgrega, de una Patria enferma hasta los tuétanos, enferma
en su cuerpo y enferma en su alma. Y entonces ahí aparecen actitudes enfrente
al extranjero que quieren ser de firmeza, pero que son cáscara, son cortina de
humo.
Nosotros no nacimos aquí por
casualidad, nosotros no somos un producto del acaso, nosotros no caímos como
sembrados del espacio, no vinimos de otro planeta. Nosotros tenemos una sangre,
una raza, una religión, una cultura, una lengua. Nosotros, si aquí, en este
momento de la Historia y en este lugar del mundo vino la luz, es por el plan de
la Providencia de Dios. No existe casualidad en las cosas humanas. Donde
nosotros decimos a veces casualidad está la Providencia de Dios, y nosotros no
es por casualidad que pertenecemos a esta tierra, a este pueblo, a esta Nación,
a este suelo. Eso está en el designio de Dios desde toda la eternidad; es Dios
el que quiso que naciéramos aquí y es Dios el que quiso que nuestra religión
fuera la católica, que nuestra lengua fuera la española, que nuestra Patria
fuera la Argentina, que nuestra Patria fuera este pueblo que vive sobre esta
tierra y en este rincón del mundo.
Y entonces en esta misión que
tenemos que cumplir porque Dios nos puso aquí, en esta misión que tenemos que
cumplir para poder ganarnos el Cielo, en esa misión en la cual tenemos que
luchar para alcanzar un día nuestra Patria definitiva que es la Patria de
Arriba, en esa misión entra el amor y la responsabilidad y el cumplimiento de
nuestro deber para con esta Patria, para con esta Patria de la tierra.
Es también nuestra vocación de
cristianos como es nuestra vocación de hombres y es también el designio
misterioso de Dios que viviéramos, no como el cascote que es arrojado, como la
semilla que es arrojada al voleo, sino es Dios el que quiso ponernos aquí, en
este lugar y en este momento. Está en su designio, en su providencia, es
nuestra vocación, es nuestra misión, y Dios un día nos pedirá cuenta de cómo
hemos cumplido esta misión, de cómo hemos asumido esta responsabilidad, de cómo
hemos vivido nuestra vocación de cristianos, de cómo hemos amado a esta familia
grande, a esta comunidad concreta en la cual quiso ponernos.
Porque la soberanía de la Patria
es que seamos argentinos y solamente argentinos. Y la soberanía de la Patria es
que seamos argentinos y no ingleses, ni norteamericanos, ni soviéticos. Es que
nuestra Bandera sea la azul y blanca como los colores del Manto de la Virgen
Inmaculada y no la bandera de las barras y las estrellas ni la bandera roja con
la hoz y el martillo. Esa es la soberanía física de nuestra Patria; pero también está
la soberanía del alma de nuestra Patria. La Patria tiene un cuerpo y tiene un
alma, y está herida en su cuerpo por esa presencia del extranjero, por esa presencia
del enemigo, y está herida en su alma por la mentira. Por la mentira que cubre
nuestra Historia. Por la mentira que quiere desarraigarnos de las raíces del
pasado, en estos tiempos en que nos preparamos para celebrar el Quinto
Centenario de la Evangelización. Lo decíamos el 12 de octubre, al recordar la
obra evangelizadora y civilizadora de España. Surgen aquellos que quieren
revolver nuevamente la leyenda negra inspirada en los masones ingleses,
inspirada en españoles renegados que quieren hacer de esa epopeya que fue la
Conquista de América, una invasión extranjera y quieren hacer una conquista de
exterminio; en aquéllos que quieren que nos avergoncemos de todos aquellos
valores que hicieron una Patria, aquéllos que reniegan de lo nuestro, de lo
español, de lo cristiano, de lo católico y también de lo que es gaucho y de lo
que es indígena. Que se avergüenzan de esta tierra como se avergonzaba
Sarmiento cuando decía en su carta a Mitre: «No hay que economizar sangre de
gauchos porque es lo único que tienen de seres humanos y es un abono necesario
para hacer fértil al país». Se avergüenzan de lo nuestro. La historia
falsificada en nuestras escuelas y en nuestras universidades, la escuela sin
Dios y la universidad sin Dios.
¡Cuántos
motivos tenemos para sentir la Patria y para sentirla en el corazón como una
herida! Aquel gran español que decía: «Amamos a España porque no nos gusta»,
nos da el ejemplo. Es lo que podríamos decir nosotros los argentinos: «Amamos a
esta Patria porque no nos gusta». No nos gusta esta Argentina enferma, no nos
gusta esta Argentina llena de miseria, llena de pecado y de mentira y de
injusticia. No nos gusta esta Argentina que se olvida de los principios que le
dieron vida y se olvida de Dios. No nos gusta esta Argentina en manos de los
intereses extranjeros. No nos gusta esta Argentina enferma que se disgrega.
Queremos otra Argentina distinta, queremos la Argentina que Dios quiere,
queremos la Argentina que nació bajo el Manto de la Virgen, queremos la Argentina
llamada a grandes destinos y a grandes empresas. Queremos una Argentina en
manos de los argentinos. Que volvamos a encontrarnos como hermanos, como hijos
de Dios, como hijos de una misma Patria para cumplir con nuestro destino
histórico. Esa es la que queremos. Pero hasta que no la logremos, con nuestra
oración, pero también con nuestro compromiso en el cumplimiento del deber y de
la lucha de cada día, esa Argentina tiene que pesar en nuestro corazón como una
herida.
Como decía el Padre Castellani:
«De las ruinas de este país que llevo edificado sobre mis espaldas cada minuto
me cae un ladrillo en el corazón».
Que sea esa oración dolorosa y
herida, preocupada y angustiada, pero al mismo tiempo llena de esperanza, la
que se levante a Dios. Lo que a veces puede parecernos imposible como obra de
hombres, lo que a veces puede parecernos imposible si miramos la pobreza de
nuestro medios, si miramos la dificultad de nuestros esfuerzo, si miramos las
potencias enormes del enemigo nacional y del enemigo internacional, lo que
puede parecernos imposible para las fuerzas del hombre, no es imposible para la
Gracia y para la Providencia de Dios.
Y entonces sí, esa oración que
hoy levantamos al Señor por la intercesión de su Madre y Madre nuestra, la Virgen
de Luján, tiene que ser una oración que brota de un corazón herido por todos
los dolores y las miserias de la Patria, tiene que ser al mismo tiempo una
oración que brota de un corazón que a pesar de todo, en medio de la oscuridad,
no pierde la esperanza mirando hacia esa Luz que nos señala el camino, y
mirando hacia esa fuerza que por sobre las fuerzas humanas, si nosotros con
nuestra oración sabemos arrancarla del corazón de Dios por la palabra de la
Virgen, hará posible que el día de mañana, aunque cueste tiempo, lucha,
sacrificio y sangre, el día de mañana podamos un día juntarnos aquí, no para
rezar un funeral por la Patria, sino para dar gracias a Dios por una Argentina
vieja y siempre nueva de acuerdo a Su Corazón y al Corazón de Nuestra Madre del
Cielo.
* En «Sermones Patrióticos»,
Editorial Cruz y Fierro, Buenos Aires, 1995, pp. 154-163.
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