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«La compra de la República» - Giovanni Papini (1881-1956)

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Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia... Este mes he comprado una República. Capricho costoso y que no tendrá imitadores. Era un deseo que tenía desde hace mucho tiempo y he querido librarme de él. Me imaginaba que el ser dueño de un país daba más gusto. La ocasión era buena y el asunto quedó arreglado en pocos días. El Presidente tenía el agua hasta el cuello; su ministerio, compuesto por clientes suyos, era un peligro. Las cajas de la República estaban vacías ; imponer nuevos impuestos hubiera sido la señal del derrumbamiento de todo el clan que se hallaba en el poder, tal vez de una revolución. Había ya un general que armaba bandas de irregulares y prometía cargos y empleos al primero que llegaba. Un agente americano que se hallaba en el lugar me avisó. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República y además asigné al Presidente, a todos los ministros y a sus secretarios uno...

«La ventura de un desventurado» - Giovanni Papini (1881-1956)

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«...Siempre he sostenido la superioridad del espíritu sobre la materia: sería un tramposo y un villano si ahora, llegado el momento de confirmarlo, cambiara de opinión bajo el peso de los padecimientos. Pero he preferido siempre el martirio a la imbecilidad...». Me sorprenden a veces quienes se sorprenden de mi calma en el costado miserable al que me ha reducido la enfermedad. He perdido el uso de las piernas, de los brazos, de las manos y estoy casi ciego y casi mudo. No puedo, así, caminar ni dar la mano a un amigo, ni describir siquiera mi nombre; no puedo ya leer y me resulta imposible conversar y dictar. Son pérdidas irremediables y renuncias tremendas sobre todo para mí que tenía el continuo afán de caminar a pasos rápidos, leer a toda hora y escribir todo por mí mismo, apuntes, pensamientos, artículos y libros. Pero no conviene tener en poco lo que me ha quedado; ello es mucho mejor. Es sin lugar a dudas verdadero que las cosas y las personas se muestran como formas indetermin...

«El Desierto» - Giovanni Papini (1881-1956)

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«Estos Cuarenta días de soledad son para Jesús la última preparación. Durante Cuarenta años el Pueblo Hebreo –figuración profética de Cristo– tuvo que andar errante por el Desierto antes de entrar en el Reino prometido por Dios...». Salido apenas del agua [1] , Jesús se encaminaba al Desierto: de la Muchedumbre a la Soledad. Hasta entonces había permanecido entre las aguas y los campos de Galilea y por la verde cuenca del Jordán; ahora sube a los montes roqueños donde no brota la fuente, donde el trigo no espiga, donde solamente crecen reptiles y zarzales. Hasta entonces había estado entre los braceros de Nazaret, entre los penitentes de Juan; ahora sube a los montes solitarios donde no se ven caras ni se oyen voces humanas. El hombre nuevo pone, entre ellos y él, el Desierto. El que dijo: «¡Ay del hombre solo!» no midió más que el propio miedo. La sociedad es un sacrificio tanto más meritorio cuanto más repugnante. La soledad para los de alma selecta es Premio y no Expiación. U...

«Herodes el Grande» - Giovanni Papini (1881-1956)

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«Entonces Herodes, viendo que los magos lo habían burlado, se enfureció sobremanera, y mandó matar a todos los niños de Betlehem y de toda su comarca, de la edad de dos años para abajo» (Mt. 2, 16). Herodes era un monstruo, uno de los monstruos más pérfidos que haya engendrado el calor abrasador de los desiertos de Oriente, que, en verdad, había engendrado más de uno horrible de ver. No era hebreo, no era griego, no era romano. Era un idumeo: un bárbaro que se arrastraba a los pies de Roma y remedaba simiescamente a los Griegos para mejor asegurar su dominio sobre los Hebreos. Hijo de un traidor, había usurpado el reino a sus patrones, a los últimos desgraciados Asmoneos. Para legitimar su traición caso con una sobrina de ellos, Mariamne, a quien, luego, mató por infundadas sospechas. Antes había hecho ahogar, a traición, a su cuñado Aristóbulo; había condenado a muerte a su otro cuñado José y a Hircán Segundo, último reinante de la dinastía vencida. No contento con la muerte de Mari...

«¡No está aquí!» - Giovanni Papini (1881-1956)

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¡Surrexit Dominus vere, alleluya! No había nacido aún el sol del día que, para nosotros, es el domingo, cuando las mujeres se encaminaron al Huerto. Sobre las colinas de oriente una esperanza blanca, ligera como el reflejo remoto de una tierra vestida de lirios y de plata, se levantaba lentamente entre el palpitar de las constelaciones, venciendo, poco a poco, la claridad opaca y el centelleo de la noche. Era una de aquellas albas serenas, que invitan a pensar en los inocentes que duermen y en la belleza de las promesas, y el aire puro y suave parece que hubiera sido agitado poco antes por un vuelo de ángeles. Jornadas virginales que se preparan con lucientes palideces, con alegre pudor, con frescos estremecimientos, con animadoras candideces. Las mujeres iban, abstraídas por la tristeza, en el ventoso crepúsculo, casi encantadas por una inspiración que no habrían podido justificar. ¿Regresaban a llorar sobre la roca? ¿O por ver una vez más iban a quien supo apoderarse de sus corazon...

«Los tres Magos» - Giovanni Papini (1881-1956)

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          Algunos días después, tres Magos llegaban de la Caldea, y se postraban ante Jesús. Acaso venían de Ecbatana, tal vez de las orillas del mar Caspio. Caballeros en sus camellos, con las petacas repletas colgadas de las sillas, vadeado habían el Tigris y el Éufrates, atravesado el gran Desierto de los Nómades, contorneado el Mar Muerto. Una estrella nueva –semejante al cometa que aparece de tarde en tarde en el cielo para anunciar el nacimiento de un Profeta o la muerte de un César– los había guiado hasta Judea. Habían venido para adorar a un Rey y se encontraron con un recién nacido, mal fajado, escondido en un Establo. Casi mil años antes que ellos, una reina de Oriente había venido en peregrinación a Judea, trayendo ella misma sus dones: oro, aromas y piedras preciosas. Pero había encontrado a un gran rey en el trono, al rey más grande que haya reinado en Jerusalén y de sus labios había aprendido lo que antes nadie había sabido enseñarle. En cambio...

«El lavatorio de los pies» - Giovanni Papini (1881-1956)

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   En vísperas de ser arrancado de entre aquellos a quienes ama, quiere dar una prueba suprema de su amor. Siempre los amó, desde que viven con Él, a todos, también a Judas; siempre los amó con un amor que aventaja a todo otro amor, con un amor tan sobreabundante que, a veces, no fueron capaces de contenerlo en sus corazones pequeños: ¡tan grande era! Mas ahora, cuando está por dejarlos, y no estará con ellos otra vez sino divinizado por la muerte, todo el afecto no manifestado aún con palabras se deshace en un desborde de triste ternura.    En esta cena en la cual ocupa el puesto de jefe de la familia, quiere Jesús ser para sus amigos más benigno que un padre y más humilde que un criado. Es Rey; y descenderá al oficio de los esclavos. Es Maestro; y se pondrá por debajo de los Discípulos. Es Hijo de Dios; y aceptará el papel de los más despreciados entre los hombres. Es el primero; y se arrodillará ante los inferiores como si fuera el último. ¡Tantas veces ha ...