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«La salud y la salvación» - Gustave Thibon (1903-2001)

He aquí un buen artículo para meditar en estos tiempos de preocupación por la salud corporal.

  Un estúpido accidente de circulación –término bastante presuntuoso, puesto que yo iba tranquilamente andando, con toda la limitación de velocidad que implica este arcaico medio de desplazamiento– me ha llevado a sufrir una operación quirúrgica. Y mi corta estancia en la clínica me ha dado ocasión de meditar sobre el doble privilegio del oficio del cirujano.     Primer punto. Si, como dice Simone Weil, los mejores oficios son aquellos en que el obrero ve directamente el vínculo entre su trabajo y el resultado de su trabajo, la tarea del cirujano responde, por excelencia, a este ideal. Al reducir una hernia o una fractura, o cuando se extirpa una vesícula biliar o un apéndice, nos encontramos con que un ser no amenazado en su existencia, pero sí gravemente mermado, recobra, en corto plazo, el uso de su cuerpo. ¿Hay alguna tarea más apasionante que la de manejar un cuchillo que realiza tales pr…

«Borges» - Roberto H. Raffaelli (1945-1989)

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«La Nación» del 30 de diciembre pasado[1] dedicó su suplemento literario a Jorge Luis Borges, de cuyo primer libro de versos se ha cumplido el cincuentenario. Rectificamos: no lo dedicó a Borges, sino a la imagen de Borges que «La Nación» cultiva. Y así, junto a grotescas trivialidades, pudimos leer confusas efusiones no estrictamente literarias de venerables matronas, una fábula, un poemita, y –no sin horror– una escolar y pervertida composición sobre las manos(¡!) de Borges. En suma, en esa colección de «testimonios» de amigos y literatos, casi todo es grotesco, superfluo o inferior: el «entourage» literario y social de Borges ha dado allí su medida. Pero si tales son los amigos del escritor, no son mejores sus enemigos de la izquierda: desde hace unos años, no hay en esta tierra mulato resentido o circunciso indigenista que no se permita a su respecto los rigores de una crítica ideológica y falsa. Y si sus amigos (por su culpa, por su íntima vocación) lo convierten en un juguete pa…

«El pacificador» - Gilbert K. Chesterton (1874-1936)

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Cuando los combatientes, cruzados los aceros, se dieron de súbito cuenta de la aparición de un tercero, hicieron el mismo movimiento. Rápido como un pistoletazo instantáneamente lo modificaron, recobrando su actitud primera; pero ambos lo habían hecho, ambos lo habían visto y ambos sabían lo que significaba. No fue un movimiento de cólera por verse interrumpidos. Dijeran o pensaran lo que quisieran, fue un movimiento de alivio. Una fuerza interior, y a pesar de eso, enteramente fuera de su alcance, iba poco a poco, implacablemente, disolviendo la dureza de su juramento. Como los amantes engañados acechan el inevitable ocaso del primer amor, estos dos hombres acechaban el ocaso de su primer odio. Sus corazones sentían crecer la debilidad del uno por el otro. Cuando sus armas retañían en el jardinillo de Londres, de seguro ocurría algo si un tercero les interrumpía. Habría muerto uno de los dos o habrían matado al intruso. Pero ahora nada podía deshacer o negar aquel hecho fugacísimo: …

«Zumalacárregui - Un genio militar» - Ramiro de Maeztu (1875-1936)

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Ya Galdós, en su famoso «episodio nacional», había hecho justicia al genio extraordinario y al absoluto desinterés de don Tomás Zumalacárregui, el general carlista. No hace mucho que un escritor joven, don Benjamín Jarnés, dedicó una biografía al héroe de Ormáiztegui. En él se reconocía que Zumalacárregui fue el mayor genio militar que España ha tenido en los últimos tres siglos, pero se incurría en el capricho de llamarle romántico. Quien lea el libro de memorias del inglés Henningsen[1], que fue capitán de lanceros con los carlistas durante un año y publicó sus memorias en 1836, no llamará romántico a Zumalacárregui, aunque pudiera llamárselo al autor de la obra.    Estas memorias se habían ya publicado en francés. Ahora las ha traducido al castellano don Rafael Oyarzun y servirán seguramente para que no vuelva a hablarse del romanticismo de Zumalacárregui. Aquel hombre fu un genio militar en perfecto equilibrio, porque lo reunía todo: el conocimiento y amor de sus hombres, el s…

«El Congreso de 1816» - Ramón Doll (1896 - 1970)

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Pocos esfuerzos cuesta comprender por qué decía el congresal Tomás Manuel Anchorena que la «idea de monarca y monarquía en nuestro país no fue siempre mirada con mal ojo, antes por el contrario, tuvo mucho tiempo la mejor acogida en el concepto de que la forma monárquica constitucional era la que más convenía». Basta situarse a fines del año 1815, cuando el Congreso de Tucumán es convocado. En Europa, las monarquías recuperan todo su prestigio; jacobinismo o cesarismo son igualmente hostilizados y perseguidos como verdaderas pestes de la época; la política internacional, los regímenes internos, la filosofía, el derecho, todos los departamentos de la cultura, se presentan como otros tantos movimientos de reacción contra el iluminismo y el racionalismo de los regicidas, según el término peyorativo de entonces. Nada de extraño que la mayoría del Congreso de Tucumán fuera monarquista. Lo eran sus componentes en su casi unanimidad; lo eran los dos jefes militares que estuvieron en contact…

«Dos publicaciones fundamentales acerca del 'Progresismo Católico'» - Fray Mario Agustín Pinto (1908-1989)

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Decía San Jerónimo, aludiendo a la singular difusión que en su momento alcanzara la herejía del arrianismo, que un día el mundo se despertó  comprobando con espanto que era arriano. Pues bien, algo análogo podría decirse en nuestros días con respecto a esa nueva forma de error que genéricamente lleva el nombre de progresismo católico.
    El progresismo, en efecto, se ha infiltrado en todos los ámbitos de la Iglesia, pero de un modo principal en sus centros más vitales, es decir, en los seminarios, en las casas de formación del clero secular y regular, en las Universidades, academias e institutos católicos, en todos aquellos lugares en fin, donde se conforman las mentes de quienes están destinados a ser los dirigentes y mentores del pueblo cristiano. Es un proceso semejante a aquel que ofreciera a comienzos de este siglo el modernismo, con el cual, por lo demás, se presenta en continuidad perfecta, y contra el cual reaccionara con sobrenatural fortaleza San Pío X. Se infiltra c…

«La recuperación de las cosas» (2ª parte) - José María de Estrada (1915-1997)

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[...] Los valores espirituales como son la justicia, la libertad, la verdad, etc., no son imperativos del intelecto humano, son realidades que se le imponen al hombre por diversas vías, ya que las reciba por la ley divina, ya que las observe en su naturaleza o que las intuya y conozca por la consideración de las cosas, puesto que entre el mundo del espíritu y el de los seres corpóreos hay una verdadera correspondencia y armonía.   La negación de los valores trascendentales y su subjetivización significa la ruptura del orden y la entronización de un nuevo dualismo análogo a aquel de los antiguos maniqueos. Por una parte nos enfrentamos ante un mundo de realidades espirituales, en cuyo centro se encuentra como una deidad el pensamiento humano, la Razón; por otra comprobamos la existencia de un mundo empírico, el mundo de las cosas sin misterio, sin referencia a lo trascendental, cuya realidad puramente fenoménica puede ser agotada –o lo será progresivamente– con los nuevos métodos de obs…