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«El Trabajo» - Charles Peguy (1873-1914)

    Si vivimos lo bastante para alcanzar la edad de las «confesiones», si tantas empresas iniciadas a manos llenas nos dejan sitio para poner por escrito un mundo que hemos conocido, trataré de representar un poco lo que era hacia 1880 el admirable mundo de la enseñanza primaria: y más generalmente trataré de representar lo que era entonces todo ese admirable mundo obrero y campesino, digámoslo en una sola palabra, todo ese admirable pueblo.     Era rigurosamente la antigua Francia y el pueblo de la antigua Francia. Era un mundo en el cual ese hermoso nombre, ese hermoso nombre de pueblo, recibía su plena, su antigua significación. Cuando hoy se dice pueblo, se hace literatura y además una de las más bajas literaturas: la literatura electoral, política, parlamentaria. Ya no hay pueblo. Todo el mundo es burgués. Porque todo el mundo lee su periódico. Lo poco que quedaba de la antigua aristocracia se ha transformado como las otras en una burguesía de dinero. La antigua burguesía se

«Poema de Don Juan Manuel de Rosas» - Ignacio Braulio Anzoátegui (1905-1978)

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  En el día de la soberanía nacional, y en un nuevo aniversario del Combate de la Vuelta de Obligado... Era mi patria aquélla. Por esas tierras nuestras, por esos campos míos, Todavía eran míos el temblor de los pastos y el cristal de los ríos. Todavía eran nuestros el aire y la mañana y el viento   y la paloma Y era nuestro el coraje de la guerra y la doma. Todavía la hombría consistía en enlazar un potro a la carrera Para ganar fama y sonrisa delante de la moza forastera. Todavía quedaban, junto al aljibe fundador de la lluvia, enamorado señuelo de la altura, El malvón familiar y la llanura. . Todavía la noche era la noche de las altas estrellas y de las veredas empinadas, Y era nuestra la noche, como las veredas y como las estrellas y como los lirios y como las espadas. Y quiso Dios que fuera Aquella patria mía la que pusiera su mano en la mano del hombre que traía olores de retama y primavera, Olor de campo afuera y de retiro Y de tarde rez

«Luz nueva en España» - José Antonio Primo de Rivera (1903-1936)

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El próximo viernes –20 de noviembre– se cumplirá un nuevo aniversario del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, condenado a muerte por un tribunal popular en la cárcel de Alicante. Vaya pues en su homenaje este esclarecedor escrito de su autoría [1] .       Necesitamos dos cosas : una nación y una justicia social. No tendremos nación mientras cada uno de nosotros se considere portador de un interés distinto: de un interés de grupo o de bandería. No tendremos justicia social mientras cada una de las clases, en régimen de lucha, quiera imponer a las otras su dominación. Por eso, ni el liberalismo ni el socialismo son capaces de depararnos las dos cosas que nos hacen falta. El liberalismo es, por una parte, el régimen sin fe: el régimen que entrega todo, hasta las cosas esenciales del destino patrio, a la libre discusión. Para el liberalismo nada es absolutamente verdad ni mentira. La verdad es, en cada caso, lo que dice el mayor número de votos. Así, al liberalismo no le i

«Prólogo» - P. Julio Meinvielle (1905-1973)

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P ublicado hace más de cincuenta años, resulta, sin embargo, una advertencia de asombrosa y conmovedora actualidad. E ste escrito del P. Meinvielle, junto con el libro al que prologa, nos muestra cómo se ha ido fraguando la conspiración masónica, dentro y contra de la Iglesia, y que, lamentablemente, parece estar hoy en un momento prominente. Nos hemos permitido además, destacar  – en negrita –  los puntos que estimamos más considerables.        Hace apenas unos años, Cruz y Fierro publicó de Pierre Virion «El Gobierno Mundial y la Contra-Iglesia». Allí aprendimos a conocer los planes novísimos que la Alta Masonería estaba ejecutando en el mundo occidental para llegar al gobierno mundial, tanto en el plano económico-político como en el religioso. Un punto oscuro quedaba en la obra de Virion: ¿Cómo romper la osatura de la Iglesia Católica romana para hacerla entrar en esta iglesia Universal de la Masonería junto con los otros cultos de los que creen y no creen en Jesucristo, y de los qu

«Capítulo 21» - Ricardo Güiraldes (1886-1927)

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Del día ya no quedaba más que una barra de nubes iluminadas en el horizonte, cuando, por una lomada, enfrentamos los paraísos viejos de una tapera. Don Segundo, revisando el alambrado, vio que podía dar paso en un lugar, en que dos hilos habían sido cortados. Tal vez una tropa de carros eligió el sitio, con el fin de hacer noche, aprovechando un robito de pastoreo para sus animales. No se veía a la redonda ninguna población, de suerte que el campo era como de quien lo tomara y los arbolitos, aunque en número de cuatro solamente, debían haber volteado alguna rama o gajo, que nos sirviera para hacer fuego. Hicimos pasar nuestras tropillas al campo y, luego de haber desensillado, juntamos unas biznagas secas, unos manojos de hojarasca, unos palitos y un tronco de buen grueso. Prendimos fuego, arrimamos la pavita, en que volcamos el agua de un chifle para yerbear, y, tranquilos, armamos un par de cigarrillos de la guayaca, que prendimos en las primeras llamaradas. Como habíamos hecho

«La estirpe de un instinto» - Ernesto Giménez Caballero (1899-1988)

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    Hasta hace seis años, yo no conocí Roma. No sólo no la conocí, sino que no me había importado conocerla.     Yo era liberal y socialista. Y escribía en la prensa más siniestra de España. Y mis ídolos espirituales eran aquellos que me llegaban por filtración, y a través de los maestros que entonces regentaban mi cultura. Ídolos que podían resumirse en unos cuantos nombres de ciudades o civilizaciones: París, Londres, Berlín (un poco, Moscú). O bien, en este imperativo categórico: «europeizarse».       Yo había sido uno de tantos muchachos españoles que se habían visto obligados a obedecer ese imperativo categórico, pendiente entonces –antes– sobre las almas españolas, como una especie de espada de Damocles. Había que «europeizarse», que «civilizarse», que «humanitarizarse». España era «bárbara», «rural», «antieuropea» y «atrasada». España padecía una gravísima enfermedad, que sólo tenía remedio en las clínicas de Centro-Europa, donde unos mágicos especialistas de enfermedades recónd