«Odiseo y Eneas» - Teodoro Haecker (1879-1945)

«...todos nosotros vivimos aún en el Imperium Romanum, que no ha muerto. Todos nosotros somos aún miembros del Imperium Romanum, que, después de crueles errores, aceptó el Cristianismo ‘sua sponte’, por su libre voluntad, y ya no puede abandonarlo sin abandonarse también a sí propio...».

Odiseo anduvo errante veinte años, antes de volver a su hogar; veinte años; pero volvió, aunque pobre y desnudo y hecho un mendigo, no obstante, como vencedor; volvió a su hogar y encontró de nuevo casi todo aquello que constituye el hogar: su isla, el suelo y la tierra en que se abrieron por vez primera sus ojos de niño y contemplaron la hermosura del mundo, incluso al anciano padre, a la esposa y al hijo, y una criatura noble por su fidelidad, el perro. ¡Verdaderamente, la imagen de un hombre dichoso que vuelve a su hogar!

Pero Eneas, ¿adónde llegó? ¿Se asemeja a Odiseo? No; dentro del paganismo no hay diferencia mayor, y quien la ve conoce también en qué ridiculez más cruel caen todos aquellos que sólo ven en Virgilio su calidad de plagiario e imitador de Homero. No hay entre los antiguos originalidad más profunda, más asombrosa que la de Virgilio, precisamente en su respetuosa observancia de las formas tradicionales y acreditadas.

¿Regresa Eneas al hogar de su niñez como Odiseo? Es cierto que también se dice incidentalmente que, en tiempos muy remotos, los antepasados de Eneas consideraban a Italia como su patria; pero esto no es más que un registro de oratoria política; esto se produce más tarde por motivos clarísimos; esto, en realidad, no tiene que ver lo más mínimo con la verdadera trama del sino personal de Eneas; esto se olvida allí por completo. No; Eneas no regresa como Odiseo al hogar de su niñez, sino que lo abandona como fugitivo (fato profugus), de manera que Turno, que siempre ha permanecido en su casa del Lacio, el soberbio (superbus desde la coronilla hasta la planta de los pies, en cada palabra que dice, en cada hecho que realiza y –lo hemos de oír aún– hasta en el último suspiro que exhala), le llama afrentosa y despectivamente desertorem Asiae: desertor del Asia, prófugo, cobarde que ha olvidado su deber.

¿Y a quién se lo llama? ¡A Eneas, antepasado de César, imago de Augusto! Eneas no es griego ni vencedor; es un troyano y un vencido como Héctor. En la noche horrorosa de la devastación, en la Troya incendiada, pierde a su esposa, la dulcis coniunx, lleva consigo a su anciano padre y los penates, y a su lado apura los breves pasos su hijito, que apenas puede seguirle. En el viaje se le muere el padre, a él, al pius Aeneas, cuya vida y secreto interior descansaban en el amor hacia el padre y en el amor del padre hacia él, y lo entierra.

A buen seguro que, en cuanto dependía de él, de su propia y libre voluntad, de su inclinación y de sus deseos ligados a la tierra y al pasado, preferiría volver y reconstruir la vieja Troya. Pero no le es posible; el hado, la voluntad omnipotente, le ordena, prometiéndosela al mismo tiempo, buscar una nueva patria: Italia; contra los caprichos de la fortuna, con la fuerza de la virtus, pues Eneas nunca tiene «suerte», mientras que Odiseo siempre volvía a tener suerte:

Disce, puer, virtutem ex me verumque laborem;
Fortunam ex aliis.

Aprende de mí, oh hijo, la virtud y el verdadero trabajo;
de otros, la buena suerte,

contra la oposición de los hombres, incluso con ayuda de la guerra, aunque odiada en sí misma; contra la envidia de los dioses inferiores, contra los propios apetitos, contra la misma compasión, contra la propia voluntad incluso: con la fuerza de la obediencia y de la omnipotencia del hado.

Italiam non sponte sequor,

no busco a Italia por mi propia voluntad.

Me si fata meis paterentur ducere vitam
Auspiciis, et sponte mea componere curas:
Urbem Troianam primum, dulcesque meorum
Reliquias colerem.

Si los hados me dejaran gobernar mi vida conforme a mi voluntad,
si pudiera yo mismo determinar libremente mi fin y mi camino,
la ciudad de Troya y las dulces reliquias de los míos
serían mi cuidado.

¡No hay en la antigua poesía precristiana ningún verso más cristiano que estos! Nos parece como si Saint-Beuve no hubiera escrito ninguna frase más feliz, aunque audaz y expuesta a malas interpretaciones, que esta: La venue même du Christ n’a rien qui étonne quand on a lu Virgile[1].

Contra su propia voluntad se dirige Eneas a Italia, a la que no conoce, que está llena de peligros; pero, como obedece a la misteriosa e inescrutable voluntad superior, poco a poco se va encendiendo en él, hasta llegar a la médula de sus huesos, una abnegada añoranza de esta segunda patria, que solo tiene aún en el mandato de Júpiter y en promesa, y de la cual lo separan todavía largas y más largas viae inviae, caminos sin camino. Aquí ha infundido Virgilio en el héroe su propio amor a Italia, no sólo a Roma. Virgilio era tan italiano como romano.

¡Tan paradójica, tan dialéctica es la vida interior de Eneas! ¿Se parece en esto a algún héroe de Homero? ¡A ninguno! ¿No se parece más bien, de lejos, nacido de otra sangre y en otras tierras, es cierto, pero en el espíritu, que está por encima de todas las sangres, por encima de todas las razas y países y no reconoce ninguna de estas diferencias, al padre de la fe, Abraham? También Abraham tuvo que abandonar la patria familiar a su alma, a su cuerpo y a sus sentidos, arraigada en ellos desde la niñez, para tomar sobre sí, a causa de la fe y en la obediencia ante un designio inescrutable –un hado–, la pena y el acerbo dolor de lastimados recuerdos, que supone para hombres ligados a su tierra y a sus estrellas un cambio de patria.

Tal sucede con Eneas. La grandeza y la irrecuperable unidad poética de los poemas homéricos, perdida eternamente para nosotros, consiste en que sus hombres pueden decir y dicen con toda franqueza lo que les falta y lo que tienen (unidad: al hombre que tiene algo en sentido finito le falta algo); y, donde no lo dicen o lo dicen de otro modo, se trata de un simple dolo, que analógicamente se da ya en los irracionales, como astucia animal. Pueden decir sencillamente su verdad y su mentira, y ambas son automanifestaciones naturales; Eneas no puede hacerlo; como todo hombre reservado, tiene que decir a veces su verdad en palabras oscuras, y, como todo hombre reservado por necesidad o voluntariamente, no hace, ni con mucho, tan buen papel como Aquiles u Odiseo: puede fácilmente ser mal interpretado, lo cual es difícil tratándose de la astucia de Odiseo o de la franqueza de Aquiles.

Quizás se refleje aquí una luz virgiliana sobre el difícilmente comprensible Augusto, en el sentido de que era un hombre reservado, y no hay para qué decir silencioso, y tenía que serlo. Así, cargado con un pensamiento, Eneas es un hombre gravis –pues los muchos pensamientos hacen más bien al hombre ligero y tornadizo; lo hacen grave los pocos pero de peso, y lo que más grave lo hace es uno solo– así se convierte en caudillo, en fundador de Roma. Virgilio no inventó aquí fantásticamente, no improvisó en el aire; explicó en verdad y belleza lo que Roma sostenía ya desde mucho antes implícitamente, y Roma, a su vez, aceptó y sancionó inmediatamente, sin un segundo de vacilación, la explicación de su gran poeta con un acto de espontánea aprobación, sin que hubiera ningún hereje.

Este es un hecho histórico, uno de los más importantes; pues lo que un pueblo acepta de sus grandes poetas con un carácter duradero e irremisible es siempre un conocimiento de sí mismo y una autoconfesión. Goethe no hubiera podido jamás persuadir a los alemanes de que Fausto era parte de ellos, si así no fuera. Un historiador que omite un hecho tal, realizado por un poeta, omite mucho, con frecuencia el todo; se priva de una llave mágica y se ciega una fuente de conocimiento, que mana clara y abundante.

Roma no tiene filósofos especulativos originales, pero tiene grandes pensadores en y en virtud de lo real. El más grande de ellos fue un poeta: Virgilio; las cosas grandes y sencillas de nuestra realidad fueron pensadas por él. El ideal del hombre intelectual, cuya nueva realización anhelaba y esperaba éste continuamente: la unidad del sabio que contempla y del artista ejecutor que realiza, se verificó dos veces en la antigüedad pagana: en Grecia con Platón, que fue pensador y poeta a la manera griega; en Roma con Virgilio, que fue pensador y poeta al modo romano. [En el judaísmo precristiano, en las Sagradas Escrituras, nunca se deshizo esta unidad; allí nadie fue poeta sin ser también sabio, nadie fue sabio sin ser también poeta].

Virgilio demuestra claramente que Roma se conocía muy bien a sí misma, que sabía lo que le faltaba, pero también lo que tenía con exceso. Sin envidia se concede a los griegos la supremacía en las artes plásticas y en la filosofía, pero difícilmente en el arte del lenguaje; con calma y seguridad inconmovibles se reclama para Roma la misión de dominar y de regir, que también es un arte. Pero esta misión, y esto es lo que frecuentemente se pierde de vista y se olvida muy pronto: esta misión no se basa en una fuerza brutal; donde quiera que ésta se da, allí está la sentencia de Virgilio, incorruptiblemente dura. Catilina, el auténtico criminal político, el contemptor divum, el despreciador de los dioses, y no sólo él, sino también Sila y Antonio, generales, violentos, sin la magnanimitas del auténtico político, son odiosos para él y están en el infierno como los criminales políticos de Dante. Incluso el gran César es censurado porque no gobernó siguiendo las costumbres de los antepasados, more patrio.

Esta misión no se basa, por su propia esencia, en la fuerza brutal, sino que es ¡poder dentro de grandes y sencillas virtudes, de las cuales la más alta es la pietas, el amor en el cumplimiento del deber, y la más política, incluida ya en aquélla, la justicia. De aquí la paradoja de que Roma no sea fundada por un vencedor, sino por un vencido. Que se alabara en buenahora el rey Pirro, o incluso cualquier otro tirano insignificante, de tener como antepasado al mismo Aquiles, guerrero siempre invicto; Roma era partidaria de Héctor, y el antepasado del gran César y de César Augusto fue el fugitivo Eneas, que después de una derrota construyó una ciudad.

Con los griegos y con todo aquello que les es demasiado afín no se puede fundar ningún Estado que se mantenga en pie, menos un Imperio que dure; ni con Aquiles, que se lanza resueltamente a la batalla y con igual resolución a una muerte infructuosa, ni con Odiseo, que sabe demasiado, es frívolo, tiene excesivo humor, lo cual puede ser obstáculo para una política acertada. Los antepasados de Roma han tenido que ser constructores y reconstructores de ciudades, no sólo destructores de ciudades. No se puede negar: también los griegos habían construido ciudades; nos dieron los nombres y conocimiento de casi todo lo que tenemos; conocieron la esencia de la Polis, de la Politeia, de la Política, que es la justicia, la cual da a cada uno lo suyo, es decir, no sólo a cada uno cosas semejantes, sino también cosas diversas, puesto que cada uno es, no solo semejante, sino también diverso a otro; conocieron, me refiero a los filósofos, no a los políticos griegos, esta esencia y le dieron nombre, pero no pudieron crear de manera durable el Estado real.

Es cierto; también ellos fundaron ciudades, pero sólo para una vez; cuando fueron destruidas no las reconstruyeron. Eneas, por el contrario, hubiera reconstruido a Troya, si el hado se lo hubiera permitido; así, edificó ciudades latinas. Roma puede ser destruida varias veces, y reconstruida de nuevo. Esto es lo que dijo y dice y dirá Virgilio en su Eneida, a veces largo tiempo incomprendido, luego, de pronto, nuevamente claro a su propia luz, encendida por una catástrofe del tiempo.

Virgilio es el único pagano, junto con los profetas judíos y cristianos, y la Eneida el único libro, junto con la Sagrada Escritura, que, trascendiendo la hora y la circunstancia de sus propios días, contiene frases que resuenan como profecías hasta las puertas de la eternidad, de la cual recibieron su aliento:

His ego nec metas rerum, nec tempora pono: Imperium sine fine dedi;

A éstos no les pongo límites, ni en el espacio ni en el tiempo; Imperio sin fin les he dado;

tal es el fatum Iovis. Porque todos nosotros vivimos aún en el Imperium Romanum, que no ha muerto. Todos nosotros somos aún miembros del Imperium Romanum, que, después de crueles errores, aceptó el Cristianismo sua sponte, por su libre voluntad, y ya no puede abandonarlo sin abandonarse también a sí propio y abandonar el humanismo. Este Imperium Romanum conocido en su grandeza natural y contemplado en el esplendor de su hermosura por Virgilio, no es una idea confusa, ni tampoco una idea verdadera solamente, sino una realidad, aun cuando a veces puede ésta quedar soterrada. La cosa de Roma no es nunca la idea sola, aunque sea verdadera, sino la cosa, la res, y carne y sangre. Donde quiera que hay una voluntad o un principio de imperio, su moderación o su desmesura, su bendición o su anatema, son determinados por la realidad del Imperium Romanum, siempre subsistente, subsistente aun bajo los escombros, incluso cuando la anarquía y la ignorancia, consecuencias de una decadencia espiritual, son tan grandes que se burlan de esta conexión real o ya no son capaces de verla.

La renovación de este imperio nunca totalmente muerto sólo puede hacerse de dos maneras: por una repetición de la Pax Romana, que desnacionalizaba y nivelaba el Occidente, la cual únicamente sería posible por el principado de una sola nación, basado en la pura fuerza, y constituiría el mayor crimen humano y cristiano. Porque hoy no tiene nación alguna la preeminencia que entonces tenía el romano, quien, por otra parte, en su Pax Romana tampoco realizó sólo buenas y hermosas acciones, ¡ciertamente que no! Además, el valor de la nación ha sido sublimado también por el Cristianismo, después que el alto valor del «individuo», de la persona, llegó a ser infinito: la exigencia de la desnacionalización no puede ser admitida por nosotros, a no ser que queramos renunciar a nosotros mismos. La nivelación en lo espiritual es anticristiana. ¡Ante el trono de Dios, rodeado de banderas, están los ángeles de cada nación! ¿Quién pretenderá nivelar ángeles?

Así, pues, la segunda manera es con mucho la mejor: por la comprensión y la reconciliación, y por el respeto y la salvaguardia de la dignidad de todos, uniéndose todos en algo más alto, que sólo puede ser algo espiritual. Pero esta segunda manera no podrá omitir nada de lo que ha precedido, ni tampoco la Roma pagana, que en Virgilio se hizo adventista, pero en el sentido del cumplimiento y de la trascendencia de un nuevo eón, y en el sentido espiritual de la Fe, de la Esperanza y del Amor.

No nos ha resultado difícil precisar un motivo fundamental en las Bucólicas y en las Geórgicas; allí: Amor omnia vincit; aquí: Labor omnia vincit improbus; allí, la fuerza irresistible de Eros, del impulso, del ansia de la Naturaleza que crea, que engendra y que produce, a la que también pertenece el hombre; aquí, en un mundo ya más espiritual, la unidad expresada en la magnífica antítesis de un sustantivo y un atributo: del labor improbus, de la bendición que nace de una maldición, de la bendición que no puede lograrse sin la violencia de la maldición. La grandeza del lenguaje de Virgilio, de la que sólo es capaz un poderoso entendimiento, no el mero sentir impetuoso, alcanza ya una cumbre en esta fuerte y clara Antitética de maldición y bendición, que ve las cosas reales como son, y en el labor improbus.

Pero en la Eneida, cuyo tema es el caudillo, el jefe político, y solo en segundo término el guerrero, las exigencias son todavía mayores, de manera que no basta un solo lema para, en cierto modo, resumir y expresar en él felizmente el contenido. Uno hay, sin embargo, todavía, como veremos. El tema es: Eneas, caudillo para la gloria de Roma. Pero el legítimo caudillo, tal es sin duda la opinión de Virgilio después de cien años de guerras civiles, no se hace caudillo él mismo, sino que es consagrado y elegido por el hado; los que sin la voluntad de éste se constituyen en caudillos, son odiados en lo más íntimo del alma teológica de Virgilio. De este modo, el contenido de la Eneida es también una teología incoativa, indecisa, en espera del espíritu confirmador, de la cual fue capaz el paganismo en la plenitud del tiempo.

El paganismo anterior a Cristo es exactamente tan irrecuperable como el judaísmo precristiano. Esta es la gran diferencia entre la humanidad obediencial y adventista de un Virgilio y el humanismo pálido y demacrado de los llamados humanistas del Renacimiento; aquélla era un suelo fértil, que aguarda la germinación de la semilla; éste, una jardinería que se propaga con esquejes de hermosas plantas de maceta; aquélla, un abismo de añoranza, que suspira por el abismo de la consumación, el cual, por fin, satisfizo sus anhelos; éste, una medida de precaución, que tal vez, a lo sumo y si se da el caso, ayuda durante algunos siglos a cerrar los ojos ante catástrofes que se avecinan –lo grotesco es aquí que los clasicistas han querido ver en Virgilio su propia caricatura, siendo así que él no abandonó nada, ni siquiera lo más mínimo, de lo suyo, de la tragedia y de la culpa, mientras que ellos, en las cosas definitivas, han traicionado con frecuencia el pasado de sus mayores, y por eso en el futuro que nos espera difícilmente será grande su intervención, sino que serán traicionados por sí mismos, por sus hijos y por sus nietos–.

Un humanismo vacío de teología no puede perdurar. Búscase hoy al «hombre» convulsivamente, pero se busca algo que no existe: el hombre autónomo. Tener en cuenta «todo» el hombre quiere decir, no sólo no considerar partes de él como su todo, sino, lo que es más esencial y decisivo, conocer su totalidad en el hecho de que él, «el hombre», es creatura total, y por lo tanto se dirige incesantemente hacia el Creador si no está cerca de él, como el niño hacia la madre, si ella no está a su lado.

* En «Virgilio, Padre de Occidente», Ghersi Editor, 1979, pp.95-105. 


[1] La venida misma de Cristo no es sorprendente cuando uno ha leído a Virgilio.
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