«La Cartuja y los Cartujos» - Antonio González (1901-1979)
Como su objeto era venerar los restos de su padre, se levantó la losa de mármol que los cubría; sacaron los religiosos el féretro fuera de la clausura y ante su vista se postró a orar la magnánima reina. Regresó a las Huelgas donde se hospedaba y al día siguiente hizo su entrada, con gran solemnidad, en la ciudad de Burgos. La tela de tisú de oro del palio bajo el cual fue recibida la envió de regalo a la Cartuja de Miraflores.
A su interés y generosidad se debió, después de curiosas vicisitudes, la terminación de las obras de este admirable templo. Hoy, en el atrio del mismo, se lee una inscripción latina que los monjes dedicaron a la hija del monarca fundador; gratitud perenne de la Comunidad a la egregia señora: Quorum memoria apud hujus Cartusiae alumnos, in perpetua erit benedictione.
Justamente merece esta gran reina ser tenida y considerada como fundadora de la Santa y Real Cartuja de Miraflores. Honróse con ello levantando templo a su Dios, sepulcro a sus padres, cobijo y asilo a la venerable Comunidad que ha conservado en este Monasterio, a través de los siglos, la tradición y el espíritu de la Regla de San Bruno.
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Una crasa ignorancia de lo que es La Cartuja ha creado en torno a ella y a la vida de sus monjes una leyenda tan falsa como disparatada acerca de su rigidez y austeridad. Es frecuente oír, entre personas cultas y bien intencionadas, los consabidos tópicos de que los cartujos cavan diariamente su sepultura, se saludan con frases que renuevan constantemente el pensamiento de la muerte y que su silencio les obliga a comunicarse por señas. Esto, unido a otras vulgaridades y leyendas de un romanticismo enfermizo, ha presentado a los cartujos como unos seres extraños que, siempre mudos y absortos en el pensamiento de la muerte, terminan por aborrecer la vida.
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| San Bruno -de Manuel Pereira- Miraflores |
La Cartuja, por dentro, es austera, pero alegre. Los religiosos que en ella se santifican, lo son también; con esa alegría santa, con esa paz y esa circunspección que da la práctica de las virtudes. Los temperamentos tristes y melancólicos han dado aquí siempre medianos resultados. Y hace falta, desde luego, la especial vocación, sin la cual no es posible resistir esta vida. Pero observándola, al detalle, y tratando con quienes la practican, se puede sentar esta afirmación que acaso llame la atención de muchos lectores: La Cartuja es alegre; con una alegría sin contrastes, equilibrada y serena, que no derrama los ojos ni el espíritu.
Hay en la mirada de estos monjes una clara placidez de aguas tranquilas y, al propio tiempo, un especial fulgor de transparencia. Es como el reflejo de la paz, de la alegría y del fervor de su vida interior; ese resplandor sobrenatural que irradian, también al exterior, las almas que, en la plenitud de su vocación, han roto toda clase de ligaduras con la tierra, viviendo de Dios sólo y sólo para Dios.
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La distribución de la vida que hacen en la celda es muy minuciosa. Rezan en ella las demás horas del Oficio y el de la Virgen; lectura espiritual, estudio y otras devociones.
La soledad y el silencio forman como el ambiente propio dentro del cual se desenvuelve la observancia cartujana. Su vida es una oración variada y no interrumpida. Y si de algo se quejan los cartujos, es de la rapidez con que el tiempo pasa.
Los domingos y fiestas de Capítulo, los Padres suelen tener, en común, una hora de recreo. Sabia y prudente medida del Estatuto cartujano, profundo conocedor del alma humana y de los peligros que la soledad y la incomunicación absolutas pueden acarrear, incluso a estos hombres llamados a vivir en las excelsas cumbres de la vida contemplativa.
Un día a la semana, el lunes generalmente, los cartujos salen fuera de la Cartuja para dar un largo paseo de varios kilómetros por el campo. Y desde que abandonan la Cartuja hasta que regresan a ella hablan entre sí.
Su alimentación es muy sobria. Nunca, ni por ningún motivo, toman carne. No hay desayuno. A las once comen y tienen luego, en su celda, una hora de esparcimiento que dedican, según su gusto o afición, al paseo por su pequeño huerto, al cultivo de sus flores, a algún trabajillo manual. Entre cuatro y media y cinco se toma la cena, si no es día de ayuno; la colación, cuando lo es. Además de los ayunos de la Iglesia, guardan todos los de la Orden, que prescribe su Regla. Sin embargo, la salud de estos hombres es excelente, llegando en su mayor parte a edades muy avanzadas.
A esta frugalidad, precisamente, se atribuye en gran parte, la salud que en la Cartuja suele disfrutarse y la longevidad extraordinaria de los cartujos, que llama tanto la atención de las gentes. Cuando el Papa Urbano V pretendió suavizar la austeridad de su Regla, en puntos tan esenciales como la soledad y la abstinencia, los cartujos enviaron al Santo Padre una comisión para suplicarle que desistiera de semejante intento. Pero ¡qué comisión! La formaban veintiocho religiosos, el más joven de los cuales contaba ya sus ochenta y ocho años...
La vida penitente de estos monjes, edifica a las almas sinceramente cristianas, espanta a las tibias o ignorantes y desorienta, con frecuencia, a los hombres sin fe que no aciertan a comprenderla.
Ojos miopes, muy dados al utilitarismo, se han lamentado a veces, de la inacción de estas inteligencias y energías que, sometidas a la práctica de su Regla, no pueden dedicarse a ningún ministerio exterior: predicación, confesión, enseñanza, etc., considerando esta vida como obra de un estéril egoísmo. ¡Error profundo el de esta visión de la vida contemplativa!
Si el ministerio exterior de acción, que constituye la base y fundamento de la organización de la Iglesia, instrumento ordinario de sus conquistas, opera cerca de los hombres distribuyendo entre ellos las influencias del poder divino, este otro que pudiéramos llamar ministerio de unión divina de las órdenes contemplativas, en íntima comunicación con Dios, es el que obtiene de su divina Bondad lo que el ministerio activo tiene el encargo de distribuir.
He aquí la misión sublime de estos monjes.
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Cargadas de historia, de arte y de nobleza están estas venerables piedras de Miraflores que evocan un pasado de grandeza y de fe, el más esplendoroso de la Historia de España, pero saturadas sobre todo por el aroma de las virtudes heroicas de tantas generaciones de monjes que aquí maceraron su carne y divinizaron su espíritu, siempre sometidos a una disciplina y a una Regla nunca reformada, porque nunca sufrió deformación. Conocido es el axioma: Cartusia nunquam reformata... Hecho quizá único en la historia de las antiguas Órdenes monásticas.
Y ¡qué fuerza de convicción encierra, a través de los siglos y ante la conmoción de la guerra más espantosa, por sus medios de destrucción, que ha conocido la historia, el mote del escudo cartujano: Stat Crux dum volvitur orbis!...
* En «Estampas Cartujanas», La Editorial Vizcaína, Bilbao, España – 1947, pp.33.38.
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«…Hay en la mirada de estos
monjes una clara placidez de aguas tranquilas y, al propio tiempo, un especial
fulgor de transparencia. Es como el reflejo de la paz, de la alegría y del
fervor de su vida interior…»



